domingo, 1 de abril de 2012

El miedo (relato de mi amigo)


Dmítrii Petróvich Sílin terminó el curso en la universidad y servía en Petersburgo, pero a los 30 años abandonó el servicio y se dedicó a la industria agrícola. La industria le iba no mal, pero a mí de todos modos me parecía que él no estaba en su lugar, y que haría bien si se fuera a Petersburgo de nuevo. Cuando bronceado, grisáceo de polvo, torturado por el trabajo me recibía junto a los portones o en el portal, y después de la cena luchaba con la soñolencia, y su mujer lo llevaba a dormir como un niño, o cuando venciendo la soñolencia empezaba con su voz suave, espiritual, como suplicante a exponer sus buenas ideas, pues yo veía en él no un dueño y no un agrónomo, sino sólo un hombre torturado, y me quedaba claro que no necesitaba ninguna industria, sino necesitaba que el día pasara, y gracias a Dios.
Yo amaba estar donde él, y sucedía que lo visitaba en su hacienda unos dos, tres días. Amaba su casa, el parque, el gran jardín frutal, el riachuelo y su filosofía un poco lánguida y rebuscada, pero clara. Debía ser lo amaba a él mismo, aunque no puedo decir eso con certeza, ya que hasta ahora no puedo esclarecer mis sensaciones de entonces. Era un hombre inteligente, bondadoso, no aburrido y sincero, pero yo recuerdo muy bien que cuando me confiaba sus secretos guardados, y llamaba nuestra relación amistad, pues eso me agitaba de forma desagradable, y sentía embarazo. En su amistad hacia mí había algo incómodo, penoso, y yo gustoso hubiera preferido a ésta unas comunes relaciones amigables.
El asunto era que me gustaba excesivamente su mujer, María Serguéevna. Yo no estaba enamorado de ella, pero me gustaban su rostro, ojos, voz, andar, la extrañaba cuando no la veía en largo tiempo, y mi imaginación por ese tiempo a nadie se dibujaba tan gustosa, como a esa mujer joven, bonita y elegante. Respecto a ella, yo no tenía ningunas intenciones definidas y no soñaba con nada, pero por algo cada vez cuando nos quedábamos a solas, recordaba que su marido me consideraba su amigo, y tenía embarazo. Cuando ella tocaba en el piano de cola mis piezas preferidas, o me contaba algo interesante, yo escuchaba con gusto, y al mismo tiempo por algo en la cabeza se me metían ideas, sobre que ella amaba a su marido, que él era mi amigo y que ella misma me consideraba amigo de él, el estado de ánimo se me estropeaba, y me ponía lánguido, embarazoso y aburrido. Ella advertía ese cambio y comúnmente decía:
-Usted se aburre sin su amigo. Hay que mandar por él al campo.
Y cuando llegaba Dmítrii Petróvich, decía:
-Bueno, ahora pues llegó su amigo. Alégrese.
Así continuó año y medio.
Cierta vez, uno de los domingos de julio, Dmítrii Petróvich y yo, sin nada que hacer, fuimos a la gran aldea Klúshino, a comprar allí unos bocados para la cena. Mientras andábamos por las tiendas, el sol se puso y sobrevino el atardecer, un atardecer que yo, probablemente, no olvidaré nunca en la vida. Comprado un queso que parecía jabón, y un embutido petrificado que olía a alquitrán, nos dirigimos a la taberna a preguntar si no tenían cerveza. Nuestro cochero se fue a la herrería a herrar los caballos, y nosotros le dijimos que lo íbamos a esperar junto a la iglesia. Andábamos, hablábamos, nos reíamos de nuestras compras, mientras callado y con un aire misterioso, como un detective, nos vigilaba un hombre que tenía en nuestro distrito un apodo bastante extraño: Cuarenta mártires. Ese Cuarenta mártires no era otro que Gavríla Siéverov, o simplemente Gavriúshka, que había servido en mi casa no largo tiempo de lacayo, y despedido por mí por borrachera. Él había servido asimismo donde Dmítrii Petróvich, y fue despedido también por éste siempre por el mismo pecado. Era un borracho feroz, y en general todo su destino era borracho y tan disoluto como él mismo. Su padre era sacerdote y su madre noble, entonces, por nacimiento pertenecía a un estamento privilegiado, pero cuanto yo no escrutaba su rostro demacrado, respetuoso, siempre sudado, su barba rojiza ya canosa, su saco lastimero, raído y camisa roja por fuera, no podía encontrar de ningún modo, incluso, una huella de eso que en nuestra sociedad se llamaba privilegio. Él se llamaba instruido y contaba que había estudiado en una escuela religiosa, donde no terminó el curso ya que lo despidieron por fumar tabaco; luego cantó en el coro obispal y vivió unos dos años en el monasterio, de donde lo despidieron también pero ya no por fumar, sino por “debilidad”. Recorrió a pie dos gobiernos, presentó una petición para algo en el consistorio y en diversas oficinas públicas, fue a juicio cuatro veces. Finalmente, atascado en nuestro distrito había servido de lacayo, guardabosque, perrero, guarda de iglesia, se había casado con una viuda-cocinera libertina, y se había atollado de forma terminante en la vida servil, y convivido tanto con su fango y disputas, que ya él mismo hablaba de su procedencia privilegiada con cierta desconfianza, como de algún mito. En el tiempo descrito vagaba sin puesto, dándose por curandero y cazador, y su mujer se había perdido por algún lugar sin rastro.
De la taberna fuimos a la iglesia y nos sentamos en el atrio en espera del cochero. Cuarenta mártires se paró lejos y se llevó la mano a la boca, para toser en ésta con respeto cuando fuera necesario. Ya estaba oscuro, olía fuertemente a humedad vespertina y la luna se disponía a salir. En el cielo límpido, estrellado había sólo dos nubes y justo sobre nosotros: una grande, otra menor, éstas solitarias, como una madre con el niño, corrían una tras otra en esa dirección, donde se extinguía el crepúsculo vespertino.
-Un día glorioso hoy -dijo Dmítrii Petróvich.
-Hasta lo excesivo... -convino Cuarenta mártires y tosió en la mano con respeto-. ¿Cómo eso usted, Dmítrii Petróvich, se dignó a pensar venir aquí? -preguntó con una voz insinuante, por lo visto, deseando entablar conversación.
Dmítrii Petróvich no respondió nada. Cuarenta mártires suspiró profundo y profirió en voz baja, sin mirarnos:
-Sufro únicamente por una razón, por la que debo dar respuesta a Dios todopoderoso. Eso, por supuesto, yo soy un hombre perdido e incapaz, pero créanle a la conciencia: sin un pedazo de pan, es peor que un perro... ¡Perdone, Dmítrii Petróvich!
Sílin no escuchaba y, apoyada la cabeza en los puños, pensaba en algo. La iglesia estaba al extremo de la calle, en una costa alta, y a través de la rejita de la verja nos era visible el río, las praderas inundadas del otro lado y el fuego vívido, púrpura de una fogata, alrededor de la cual se movían negras personas y caballos. Y más allá de la fogata aún unas lucecitas: un pueblito... Allá cantaban una canción.
En el río y por algún lugar en la pradera se alzaba una neblina. Los altos, angostos jirones de neblina, espesos y blancos como la leche, vagaban sobre el río, tapando el reflejo de las estrellas y aferrándose a los sauces. Éstos a cada minuto cambiaban su aspecto, y parecía que unos se abrazaban, otros se inclinaban, los terceros alzaban al cielo sus brazos con anchas mangas de pope, como si rezaran... Probablemente, éstos llevaron a Dmítrii Petróvich a la idea de los fantasmas y los difuntos, porque volteó su rostro hacia mí y preguntó, sonriendo con tristeza:
-Dígame, querido mío, ¿por qué eso, cuando nosotros queremos contar algo terrible, misterioso y fantástico, pues sacamos el material no de la vida, sino seguro del mundo de los fantasmas y las sombras sepulcrales?
-Es terrible eso, que es incomprensible.
-¿Y acaso la vida le es comprensible? Dígame, ¿acaso usted entiende la vida más, que el mundo sepulcral?
Dmítrii Petróvich se sentó cerca de mí por completo, así que yo sentía su aliento en la mejilla. En las penumbras vespertinas su rostro pálido, enjuto parecía más pálido aún, y su barba oscura más negra que el hollín. Sus ojos estaban tristes, sinceros y un poco asustados, como si se dispusiera a contarme algo terrible. Me miraba a los ojos y continuó, como de costumbre, con su voz suplicante:
-Nuestra vida y el mundo sepulcral son, igualmente, incomprensibles y terribles. Quien le teme a los fantasmas, ese debe temerme a mí, a esas luces y al cielo, ya que todo eso, si pensarlo bien, es no menos inconcebible y fantástico que los forasteros del otro mundo. El príncipe Hamlet no se mató por que le temiera a esas visiones, que puede ser visitaban su sueño mortal, ese famoso monólogo suyo a mí me gusta pero, hablando con franqueza, nunca me conmovió de alma. Le confieso como a un amigo, yo a veces en los minutos de angustia me dibujaba la hora de mi muerte, mi fantasía inventaba miles de las visiones más sombrías, y yo lograba llevarme hasta una exaltación torturante, hasta la pesadilla, y eso, le aseguro, no me parecía más terrible que la realidad. Y qué decir, las visiones son terribles, pero la vida es terrible también. Yo, hijito, no entiendo y le temo a la vida. No sé, puede ser yo soy un enfermo, un hombre desquiciado. Al hombre normal, saludable le parece que entiende todo lo que ve y oye, y yo pues perdí ese “le parece”, y día tras día me enveneno con el miedo. Hay una enfermedad, el temor al espacio, así pues yo estoy enfermo de temor a la vida. Cuando estoy acostado en la hierba, y miro largo tiempo un bicho, que nació recién ayer y no entiende nada, pues me parece que su vida se conforma de un horror continuo, y en éste me veo a mí mismo.
-¿Qué pues, propiamente, le da miedo? -pregunté.
-A mí todo me da miedo. Yo soy un hombre por naturaleza no profundo, y me intereso poco en tales cuestiones como el mundo sepulcral, el destino de la humanidad, y en general raramente me llevo a la altura celestial. Me da miedo de manera principal esa rutina, de la que nadie de nosotros puede ocultarse. Yo soy incapaz de distinguir qué es verdad y qué es mentira en mis acciones, y éstas me alarman; yo reconozco, que las condiciones de vida y la educación me encerraron en un estrecho círculo de mentira, que toda mi vida no es otra cosa que una preocupación cotidiana, por cómo engañarme a mí mismo y a las personas y no advertir eso, y me da miedo la idea, de que hasta la misma muerte no saldré de esa mentira. Hoy yo hago algo, y mañana ya no entiendo para qué hice eso. Ingresé al servicio en Petersburgo y me asusté, vine aquí para dedicarme a la industria agrícola, y me asusté también... Yo veo que nosotros sabemos poco, y por eso cada día nos equivocamos, somos injustos, calumniamos, devoramos un siglo ajeno, gastamos todas nuestras fuerzas en una sandez, que no nos es necesaria y nos impide vivir, y eso me da miedo, porque no entiendo para qué y a quién es necesario todo eso. Yo, hijito, no entiendo a las personas y les temo. Me da miedo mirar a los mujíks, no sé por cuáles, tales objetivos superiores ellos sufren y para qué viven. Si la vida es placer, pues ellos son personas superfluas, no necesarias; si el objetivo y el sentido de la vida está en la necesidad, y en la ignorancia insuperable, sin esperanza, pues a mí me es incomprensible a quién y para qué es necesaria esa inquisición. Yo no entiendo a nadie ni nada. ¡Dígnese pues a entender a ese sujeto! -dijo Dmítrii Petróvich señalando a Cuarenta mártires-. ¡Piénselo!
Advertido que ambos le echamos una mirada, Cuarenta mártires tosió en el puño con respeto y dijo:
-Donde los buenos señores yo siempre fui un fiel servidor, pero la razón principal: las bebidas alcohólicas. ¡Si ahora me respetaran, a un hombre infeliz, y me dieran un puesto, pues yo besaría la imagen. ¡Mi palabra es firme!
El guarda de la iglesia pasó por delante, nos echó una mirada perpleja y empezó a tirar de la cuerda. La campana con lentitud y extensión, violando el silencio de la noche con brusquedad, tocó las diez.
-¡No obstante, ya son las diez! -dijo Dmítrii Petróvich-. Ya es hora de irnos. Sí, hijito mío -suspiró-, si usted supiera cómo yo le temo a mis ideas rutinarias, mundanas en las que, al parecer, no debe haber nada terrible. Para no pensar, yo me distraigo con el trabajo e intento fatigarme, para dormir bien por la noche. Los hijos, la mujer, para otros eso es común, ¡pero para mí qué pesado es, hijito!
Se arrugó el rostro con las manos, graznó y se echó a reír.
-¡Si yo pudiera contarle, de qué imbécil he actuado en mi vida! -dijo-. A mí todos me dicen: usted tiene una mujer gentil, unos hijos preciosos, y usted mismo es un hermoso hombre de familia. Piensan que soy muy feliz, y me envidian. Bueno, si a eso vamos, pues le diré un secreto: mi feliz vida familiar es sólo un triste equívoco, y yo le temo.
Su rostro pálido se puso no bonito por la sonrisa forzada. Me abrazó por el talle y continuó a media voz:
-Usted es mi amigo sincero, yo le creo y lo respeto profundamente. La amistad nos la envía el cielo, para que podamos expresarnos y salvarnos de los secretos que nos oprimen. Permítame pues aprovechar su amistosa disposición hacia mí, y expresarle toda la verdad. Mi vida familiar, que a usted le parece tan admirable, es mi desgracia principal y mi miedo principal. Yo me casé de un modo extraño y estúpido. Tengo que decirle, que antes de la boda yo amaba a Másha con locura, y la cortejé dos años. Yo le hice la propuesta cinco veces, y ella me rechazaba, porque era totalmente indiferente a mí. La sexta vez cuando yo, ardiendo de amor, me arrastré de rodillas delante de ella, y le pedí la mano como una limosna, ella aceptó… Así me dijo: “Yo a usted no lo amo, pero le seré fiel”… Tal condición la recibí con éxtasis. Yo entonces entendía qué significaba eso, pero ahora, lo juro por Dios, no lo entiendo. “Yo a usted no lo amo, pero le seré fiel”, ¿qué significa eso? Eso es la neblina, la tiniebla... Yo la amo ahora tan fuerte, como el primer día de la boda, y ella, me parece, es indiferente como antes, y debe ser, se pone alegre cuando me voy de la casa. Yo no sé con certeza me ama ella o no, no sé, no sé, pero pues nosotros vivimos bajo un mismo techo, nos decimos el uno al otro tú, dormimos juntos, tenemos hijos, la propiedad nuestra es común... ¿Qué significa eso pues? ¿Para qué eso? ¿Y entiende usted acaso algo, hijito? ¡Una tortura cruel! Por que, en nuestra relación yo no entiendo nada, yo la odio ya a ella, ya a mí, ya a ambos juntos, todo se me enredó en la cabeza, me torturo y emboto, y ella como adrede cada día está más bonita, se vuelve asombrosa... Para mí, tiene un cabello notable, y sonríe como ninguna mujer. Yo amo, y sé que amo sin esperanza. ¡Un amor sin esperanza por una mujer, con la que tienes ya dos hijos! ¿Acaso eso es comprensible y no es terrible? ¿Acaso eso no es más terrible que los fantasmas?
Él se hallaba en tal estado de ánimo, que hubiera hablado aún largo tiempo, pero por suerte se oyó la voz del cochero. Llegaron nuestros caballos. Nos sentamos en el cochecito y Cuarenta Mártires, quitándose el gorro, nos acomodó a ambos con tal expresión, como si hiciera mucho tiempo ya que esperara una ocasión, para tocar nuestros cuerpos preciosos.
-Dmítrii Petróvich, permítame ir a su casa -profirió, guiñando los ojos fuertemente e inclinando la cabeza al costado-. ¡Muestre la bondad divina! ¡Me muero de hambre!
-Bueno, está bien -dijo Sílin-. Ven, vivirás tres días, y allá veremos.
-¡Obedezco! -se alegró Cuarenta mártires-. Yo hoy mismo iré.
Hasta la casa había seis vérstas. Dmítrii Petróvich, satisfecho con que, finalmente, se había expresado delante del amigo, todo el camino me sostuvo del talle, y ya no con amargura y no con susto, sino contento me decía que si su familia estuviera favorable, pues él regresaría a Petersburgo y se dedicaría allí a la ciencia. Esa tendencia, decía, que había arrojado al campo a tantos hombres jóvenes dotados, era una triste tendencia. Centeno y trigo en Rusia teníamos mucho, pero no por completo hombres cultos. Era necesario que la juventud dotada, saludable se dedicara a las ciencias, las artes y la política, proceder de otra forma significaba ser imprevisor. Él filosofaba con gusto, y expresaba la lástima de que mañana por la mañana se separaría de mí, ya que necesitaba ir a la subasta forestal.
Y yo sentía embarazo y tristeza, y me parecía que engañaba al hombre. Y al mismo tiempo me era agradable. Yo miraba la luna inmensa, púrpura que salía, y me imaginaba a la rubia alta, esbelta, de rostro pálido, siempre ataviada, olorosa a cierto perfume peculiar parecido al almizcle, y por algo me ponía contento pensar que ella no amaba a su marido.
Llegado a la casa nos sentamos a cenar. María Serguéevna, riendo, nos convidó con nuestras compras, y yo hallaba que ella, en realidad, tenía un cabello notable y que sonreía como ninguna mujer. Yo la vigilaba, y quería ver en cada movimiento y mirada suya, que ella no amaba a su marido, y me parecía que veía eso.
Dmítrii Petróvich pronto empezó a luchar con la soñolencia. Después de la cena estuvo sentado con nosotros unos diez minutos y dijo:
-Como les plazca, señores, pero yo mañana necesito levantarme a las tres. Permítanme dejarlos.
Él besó a su mujer con ternura, me estrechó la mano fuertemente, con gratitud, y me tomó la palabra de que vendría seguro la semana próxima. Para no quedarse dormido mañana, fue a pernoctar a la accesoria.
María Serguéevna se acostaba a dormir tarde, a lo peterburgués, y ahora yo por algo me alegraba de eso.
-¿Así? -empecé, cuando nos quedamos solos-. Así, sea usted amable, toque algo.
Yo no quería música, pero no sabía cómo empezar la conversación. Ella se sentó al piano de cola y tocó, no recuerdo qué. Yo estaba sentado a su lado, miraba sus manos blancas, rollizas e intentaba leer algo en su rostro frío, indiferente. Pero he aquí ella sonrió por algo y me echó una mirada.
-Usted se aburre sin su amigo -dijo.
Yo me eché a reír.
-Por la amistad sería suficiente viajar aquí una vez al mes, y yo estoy aquí más a menudo que cada semana.
Dicho esto me levanté y, con agitación, me paseé de una esquina a la otra. Ella también se levantó y se apartó hacia la chimenea.
-¿Usted qué quiere decir con eso? -preguntó, alzando hacia mí sus ojos grandes, claros.
Yo no respondí nada.
-Usted no dijo la verdad -continuó, habiendo pensado-. Usted está aquí sólo por Dmítrii Petróvich. Qué pues, yo me alegro mucho. En nuestro siglo, es raro a quien le toca ver tal amistad.
“¡Ajá!” -pensé y, no sabiendo qué decir, pregunté: -¿Quiere pasear por el jardín?
-No.
Yo salí a la terraza. Por la cabeza me corría un hormigueo y tenía frío por la agitación. Ya estaba convencido de que nuestra conversación sería la más insignificante, y que nada particular sabríamos decirnos el uno al otro, pero que seguro esa noche debería suceder eso, con lo que yo no me atrevía incluso a soñar. Seguro esa noche, o nunca.
-¡Qué buen tiempo! -dije en voz alta.
-Para mí, resueltamente, da lo mismo -se oyó la respuesta.
Yo entré a la sala. María Serguéevna como antes estaba parada junto a la chimenea, puesta las manos detrás, pensando en algo, y miraba a un costado.
-¿Por qué pues para usted, resueltamente, da lo mismo? -pregunté.
-Porque me aburro. Usted se aburre sólo sin su amigo, y yo siempre me aburro. Por lo demás... eso para usted no es interesante.
Yo me senté al piano de cola y puse unos cuantos acordes, esperando qué diría ella.
-Usted, por favor, no ande con ceremonias -dijo, mirándome enojada y como dispuesta a romper a llorar de fastidio-. Si quiere dormir, pues váyase. No piense, que si es amigo de Dmítrii Petróvich, pues ya está obligado a aburrirse con su mujer. Yo no quiero una víctima. Por favor, váyase.
Yo no me fui, por supuesto. Ella salió a la terraza, yo me quedé en la sala y ojeé las notas unos cinco minutos. Después salí también. Estábamos parados juntos a la sombra de las cortinas, y debajo de nosotros estaban los peldaños bañados de luz lunar. A través de los canteros floridos, y por la arena amarilla de la alameda, se extendían las negras sombras de los árboles.
-Yo también necesito irme mañana -dije.
-Por supuesto, si mi marido no está en la casa, pues usted no puede quedarse aquí -profirió con burla-. ¡Me imagino qué infeliz sería usted, si se enamorara de mí! Pues espere, yo alguna vez agarraré y me le lanzaré al cuello... Veré, con qué horror correrá de mí. Es interesante.
Sus palabras y rostro pálido estaban enojados, pero sus ojos estaban llenos del amor más tierno, apasionado. Yo ya miraba a esa criatura hermosa como a mi propiedad, y ahí advertí por primera vez que tenía unas cejas doradas, unas cejas maravillosas que nunca había visto antes. La idea de que yo ahora podía atraerla a mí, acariciarla, tocar su cabello notable, se me figuró de pronto tan monstruosa, que me eché a reír y cerré los ojos.
-No obstante, ya es hora… Buenas noches- profirió ella.
-Yo no quiero unas buenas noches... -dije, riendo y yendo tras ella a la sala-. -Yo maldeciré esta noche, si es buena.
Estrechando su mano y acompañándola hasta la puerta, vi por su rostro que ella me entendía, y se alegraba de que yo también la entendía.
Fui a mi habitación. En mi mesa junto a los libros yacía la visera de Dmítrii Petróvich, y eso me recordó sobre su amistad. Tomé el bastón y salí al jardín. Allí ya se alzaba una neblina, y alrededor de los árboles y los arbustos, abrazándolos, vagaban esos mismos fantasmas altos y angostos, que yo había visto antes en el río. ¡Qué lástima que no podía hablar con ellos!
En el aire inusualmente diáfano se destacaban con nitidez cada hoja, cada gota de rocío, todo eso me sonreía en silencio, medio dormido y, pasando por delante de los bancos verdes, recordé las palabras de cierta pieza de Shakespeare: ¡cuán dulce duerme el resplandor de la luna aquí en el banco!
En el jardín había una lomita. Yo subí a ésta y me senté. Me fatigaba una sensación encantadora. Sabía con certeza que ahora iba a abrazar, apretarme a su cuerpo exuberante, besar sus cejas doradas, y quería no creer eso, burlarme de mí mismo, y era una lástima que ella me había torturado tan poco, y se había dado tan pronto.
Pero he aquí de repente se oyeron unos pasos pesados. En la alameda apareció un hombre de estatura mediana, y yo al instante reconocí en él a Cuarenta mártires. Se sentó en un banco y suspiró profundo, después se persignó tres veces y se acostó. Al minuto se levantó y se acostó del otro costado. Los mosquitos y la humedad nocturna le impedían dormirse.
-¡Bueno, vida! -profirió-. ¡Infeliz, amarga vida!
Mirando su cuerpo flaco, doblado y escuchando sus suspiros pesados, roncos recordé aún sobre una vida infeliz, amarga que hoy se me había confesado, y me dio espanto y miedo mi estado beatífico. Descendí de la lomita y fui a la casa.
“La vida, en su opinión, es terrible -pensaba yo-, así pues no andes con ceremonias con ella, quiébrala y, mientras ella no te aplaste, toma todo lo que se pueda arrancar de ella”.
En la terraza estaba parada María Serguéevna. Yo la abracé callado y empecé a besar sus cejas, sienes, cuello ávidamente...
En mi habitación ella me dijo que me amaba hacía ya mucho tiempo, más de un año. Me prometió amor, lloró, rogó que la llevara a mi casa. Yo a cada rato la conducía a la ventana, para echar una mirada a su rostro a la luz de la luna, y ella me parecía un sueño hermoso, y me apuraba a abrazarla fuertemente, para creer en la realidad. Hacía mucho tiempo ya que no padecía tal éxtasis... Pero de todas formas lejos, en algún lugar en lo profundo del alma, yo sentía cierto embarazo y estaba no a gusto. En su amor a mí había algo incómodo y penoso, como en la amistad de Dmítrii Petróvich. Era un amor grande, serio con lágrimas y promesas, y yo quería que no hubiera nada serio, ni lágrimas, ni promesas, ni conversaciones sobre el futuro. Que esa noche de luna pasara en nuestra vida como un meteoro luminoso, y basta.
A las tres en punto ella salió de mi lugar, y cuando yo parado en las puertas la miraba por detrás, al final del corredor apareció de pronto Dmítrii Petróvich. Al encontrarse con él ella se estremeció y le abrió camino, y en toda su figura estaba escrita la repulsión. Él como que sonrió de modo extraño, tosió y entró a mi habitación.
-Aquí yo olvidé ayer mi visera… -dijo, sin mirarme.
La encontró, y se puso la visera en la cabeza con ambas manos, después echó una mirada a mi rostro turbado, a mis zapatos y profirió no con la suya, sino con cierta voz extraña, afónica:
-Yo, probablemente, al nacer tenía escrito no entender nada. Si usted entiende algo, pues... lo felicito. Yo tengo oscuridad en los ojos.
Y salió tosiendo. Después vi por la ventana, cómo él mismo junto al establo enganchaba los caballos. Las manos le temblaban, se apuraba y echaba miradas a la casa, probablemente tenía miedo. Luego se sentó en la calesa y, con una expresión extraña, como temiendo una persecución, fustigó a los caballos.
Un poco después me fui yo mismo. Ya salía el sol, y la neblina de ayer se apretaba con timidez a los arbustos y los montículos. En el pescante estaba sentado Cuarenta mártires, ya alcanzado a beber en algún lugar, y parlaba una sandez borracha.
-¡Yo soy un hombre libre! -le gritaba a los caballos-. ¡Hey, ustedes, colorados! ¡Yo soy un ciudadano honorable descendiente, si desean saber!
El miedo de Dmítrii Petróvich, que no me salía de la cabeza, se me trasmitió. Yo pensaba en lo que había sucedido, y no entendía nada. Miraba a los grajos, y me era extraño y terrible que éstos volaran.
-¿Para qué yo hice eso? -me preguntaba perplejo y desolado-. ¿Por qué eso salió precisamente así, y no de otra forma? ¿A quién y para qué fue necesario eso, que ella me amara seriamente y que él se presentara en la habitación por la visera? ¿Qué tenía que ver ahí la visera?
Ese mismo día yo me fui a Petersburgo, y con Dmítrii Petróvich y su mujer ya no me vi más ni una vez. Dicen que ellos continúan viviendo juntos.

Título original: Strax (Rasskaz moego priyatelya), publicado por primera vez en el periódico Novoe vremia, 1892, Nº 6045, con la firma: "Antón Chejov".
Imagen: L. Russov, Portrait of E.Balebina, 1956.