jueves, 22 de marzo de 2012

La disgregación de la compensación

I

En la casa del decano del distrito Bóndariev, Mijaíl Ilích, iba la víspera. Oficiaba un sacerdote joven, un rubio grueso de rizos largos y nariz ancha, parecido a un león. Cantaban sólo el sacristán y el secretario.
Mijaíl Ilích, enfermo de seriedad, estaba sentado en una butaca inmóvil, pálido, con los ojos cerrados, como un muerto. Su mujer Viéra Andréevna estaba parada cerca, inclinado la cabeza a un costado, en la pose perezosa y resignada de la persona indiferente a la religión, pero obligada a estar parada y persignarse a cada rato. Alexánder Andréich Yánshin, hermano carnal de Viéra Andréevna, y su mujer Liénochka estaban parados detrás de la butaca y también cerca. Era víspera de Trinidad. En el jardín los árboles rumoreaban con suavidad, y el hermoso crepúsculo vespertino ardía a lo festivo, atrapando medio cielo.
Se oyera acaso en las ventanas abiertas el tañido de las campanas citadinas y monásticas, gritara acaso en el patio el pavoreal o tosiera alguien en el recibidor, a todos les venía a la mente de forma involuntaria, que Mijaíl Ilích estaba enfermo de seriedad, que los doctores habían ordenado, tan pronto sintiera alivio, llevarlo al extranjero, pero que de día en día se ponía ya mejor, ya peor, no se podía entender nada, y el tiempo pasaba, y la indefinición aburría. Yánshin aún en Pascua había venido aquí, para ayudar a su hermana a llevar a su marido al extranjero; pero he aquí ya había vivido allí con su mujer casi dos meses, he aquí ya se oficiaba ante él casi no la tercera víspera, y el futuro estaba aún en una neblina, y no se podía entender nada. Y nadie podía garantizar, que esa pesadilla no se iba a extender hasta el otoño...
Yánshin estaba insatisfecho y se aburría. Le cansaba disponerse cada día al extranjero, y ya quería irse a casa, a su Novosiélki. Es verdad, en casa también no había contento, pero en cambio allá no había este salón espacioso con cuatro columnas en las esquinas, no había butacas blancas con tapicería dorada, portières amarillos, lucernas y todo ese mal gusto pequeño burgués, que pretendía la magnificencia; no había un eco, que repitiera por la noche cada paso tuyo, y lo principal, no había ese rostro enfermizo, amarillento, rollizo con los ojos cerrados... En casa se podía reírse, decir tonterías, pelearse con la mujer o la madre en voz alta, en una palabra, vivir como querías, y aquí, como en un pensionado, andabas de puntillas, susurrabas, decías sólo cosas inteligentes, o pues estabas parado y escuchabas la víspera, que se oficiaba no por un sentimiento religioso, sino como decía el mismo Mijaíl Ilích por tradición... Y nada fatigaba y humillaba tanto como ese estado, cuando tenías que someterte a un hombre, que en lo profundo del alma considerabas una nulidad, y hacer de niñera con un enfermo que no te daba lástima…
Yánshin pensaba aún en una circunstancia: la noche pasada, su mujer Liénochka le había anunciado que estaba embarazada. Esa noticia fue interesante sólo, por que añadía a la cuestión del viaje aún un nuevo disturbio. ¿Cómo hacer ahora? ¿Llevarse consigo a Liénochka al extranjero, o pues enviarla a donde su madre en Novosiélki? Pero viajar en su situación sería incómodo, y a casa ella no iría por nada, ya que no se llevaba con su suegra y no convendría en vivir en el campo sola sin su marido.
“¿O valerme de ese pretexto e irme a casa junto con ella? -pensaba Yánshin tratando de no escuchar al sacristán. -No, era embarazoso dejar a Viéra sola aquí... -decidió, mirando la esbelta figura de su hermana. -¿Pero cómo hacer pues?”
Pensaba y se preguntaba: “¿Cómo hacer pues?” -y su vida le parecía compleja y enredada en extremo. Todas estas cuestiones sobre el viaje, su hermana, su mujer, el cuñado y demás, cada una por separado, puede ser, se resolvían muy fácil y cómodamente, pero todas estaban enmarañadas juntas y parecían un pantano intransitable, y sólo bastaba resolver alguna, para que las otras se enredaran aún más por eso.
Cuando el sacerdote, antes de leer el Evangelio, se volteó y dijo: -¡Paz a todos! -el enfermo Mijaíl Ilích de pronto abrió los ojos y se movió en la butaca.
-¡Sásha! -llamó éste.
Yánshin se le acercó rápido y se inclinó.
-No me gusta como él oficia… -dijo Mijaíl Ilích a media voz, pero así que sus palabras volaron con claridad por el salón; su respiración era penosa, con silbido y ronquido. -Yo me voy de aquí. Acompáñame, Sásha.
Yánshin lo ayudó a levantarse y lo tomó del brazo.
-Tú quédate, amada... -dijo Mijaíl Ilích con una voz débil, suplicante a su mujer, que quería tomarlo del brazo por el otro costado-. ¡Quédate! -repitió con irritación, mirando su rostro indiferente. -¡Yo así llegaré!
El sacerdote estaba parado con el Evangelio abierto y esperaba. En el silencio que sobrevino se oyó con claridad un esbelto canto coral de voces masculinas. Cantaban en algún lugar tras el jardín, debía ser en el río. Y salió muy bonito, cuando de pronto tañeron en el monasterio vecino, y el tañido suave, melódico se mezcló con el canto. A Yánshin se le encogió el corazón con el dulce presagio de algo bueno, y apenas no olvidó que necesitaba llevar al enfermo. Los sonidos extraños que llegaban volando al salón, le recordaron por algo cuán poco placer y libertad habían en su vida actual, y cuán menudas, ínfimas y no interesantes eran las tareas, que él con tal tensión resolvía cada día de la mañana a la noche. Cuando llevaba al enfermo y la sirvienta, apartada y abriendo camino, echó una mirada con la sombría curiosidad, con que miran comúnmente en los pueblos a un cuerpo muerto, de pronto sintió odio, un odio penoso, agudo hacia el rostro rollizo, afeitado, actoral del enfermo, hacia sus manos de color ceroso, su bata felpuda, respiración, golpe de su bastón negro... Por esa sensación, que experimentaba ahora por primera vez en todo el tiempo que había vivido, y que tan de repente lo atrapaba, se le enfriaron la cabeza y los pies, y el corazón le palpitó fuertemente. Quiso apasionadamente que Mijaíl Ilích se muriera en ese mismo minuto, que gritara por última vez y se pegara con el suelo, pero por un instante se imaginó esa muerte y se volteó de ésta con horror... Cuando salieron del salón quería ya no la muerte del enfermo, sino la vida para sí: arrancar las manos del sobaco cálido y correr, correr, correr sin mirar atrás...
El lecho para Mijaíl Ilích estaba dispuesto en el gabinete en un diván turco. El dormitorio al enfermo le pareció caluroso e incómodo.
-Una de dos: ¡sé un pope o un húsar! -dijo, bajando al diván de modo penoso-. ¡Qué clase de maneras! Ah, Dios mío… Yo a tal pope-pisaverde lo degradaría a sacristán.
Mirando su rostro caprichoso, desdichado Yánshin quería replicarle, decirle alguna insolencia, confesarle su odio, pero recordó la orden de los doctores, no emocionar al enfermo, y calló. Por lo demás, no estaba en los doctores el asunto. ¿Qué sólo no se podría decir y gritar, si a ese hombre odioso no estuviera vinculado para siempre y sin esperanza, el destino de su hermana Viéra?
Mijaíl Ilích tenía la manera de sacar adelante sus labios apretados de forma constante, y de moverlos a los costados como si chupara un caramelo, y ese movimiento de sus labios gruesos y afeitados irritaba ahora a Yánshin.
-Tú, Sásha, ve allá… -dijo Mijaíl Iích-. Tú estás saludable y, al parecer, eres indiferente a la iglesia... Para ti es lo mismo, quien no oficie… Ve.
-Pero tú pues también eres indiferente a la iglesia... -profirió Yánshin en voz baja, conteniéndose.
-No, yo creo en la providencia y reconozco a la iglesia.
-Y precisamente. Como me parece, en la religión tú necesitas no a Dios y no la verdad, sino tales palabras como providencia, arriba...
Yánshin quería agregar: “de otro modo tú hoy no hubieras insultado así al sacerdote”, pero calló. Le parecía, que ya se había permitido decir sin eso demasiado, muchas cosas.
-¡Ve, por favor! -profirió Mijaíl Ilích impaciente, al que no le gustaba cuando no convenían con él o hablaban de él mismo-. Yo no deseo cohibir a nadie... Yo sé, qué penoso es sentarse junto a un enfermo... ¡Lo sé, hermano! Siempre lo dije y lo voy a decir: no hay labor más penosa y sagrada, que la labor de la enfermera. Ve, hazme la merced.
Yánshin salió del gabinete. Yendo a su lugar abajo, se puso el paletó y el sombrero, y a través de la puerta principal pasó al jardín. Eran ya las nueve. Arriba cantaban el canon. Abriéndose paso entre los canteros, los arbustos de rosas, los heliotropos celestes de los monogramas V y M (o sea Viéra y Mijaíll), y junto a una multitud de flores maravillosas, que en esa hacienda no brindaban gusto a nadie, y crecían y florecían, probablemente, también “por tradición”, Yánshin se apuraba y temía, como que su mujer no lo llamara desde arriba. Ella lo podía ver fácilmente. Pero he aquí él, pasando un poco por el parque, salió a la alameda de abetos, larga y oscura, a través de la cual en los atardeceres era visible el ocaso. Allí los abetos viejos, decrépitos siempre, incluso con tiempo apacible, emitían un rumor ligero, severo, olía a resina, y los pies resbalaban por las agujas secas.
Yánshin iba y pensaba que el odio, que hoy durante la víspera lo había dominado tan de repente, ya no lo dejaría y tendría que contar con él, éste traía a su vida aún una nueva complejidad, y prometía poco de bueno. Pero de los abetos, del cielo sereno, lejano y del crespúsculo festivo emanaba paz y bendición. Con gusto prestaba oído a sus pasos, que resonaban solitarios y apagados en la alameda oscura, y ya no se preguntaba: “¿Cómo hacer pues?..”
Casi cada atardecer iba a la estación a recibir los periódicos y las cartas, y eso, mientras vivió donde el cuñado, fue su única distracción. El tren de correo llegaba a las diez menos cuarto, precisamente en ese tiempo, cuando en la casa empezaba el insoportable aburrimiento vespertino. No había con quien jugar a las cartas, no daban de cenar, no quería dormir, y por eso a la fuerza tenía que sentarse junto al enfermo, o pues leerle a Liénochka en voz alta las novelas traducidas, que a ella le gustaban mucho. La estación era grande, con buffet y armario librero. Se podía picar algo, tomar cerveza, mirar los libros... Más que todo, a Yánshin le gustaba recibir el tren y envidiar a los pasajeros, que viajaban a algún lugar y, le parecía, eran más dichosos que él.
Cuando llegó a la estación, pues por la plataforma ya paseaba en espera del tren ese público, que él estaba habituado a ver aquí cada atardecer. Allí habían veraneantes que vivían cerca de la estación, dos-tres oficiales de la ciudad, cierto hacendado con una espuela en el pie derecho y un dogo, que andaba tras él bajando la cabeza con tristeza. Los veraneantes y las veraneantes, evidentemente bien conocidos entre sí, conversaban en voz alta y reían. Como siempre, estaba más animado que todos y se reía más fuerte que todos, un veraneante-ingeniero, un hombre muy grueso de unos 45 años, con patillas y una pelvis ancha, vestido con una camisa de percal por fuera y unos bombachos de terciopelo de algodón. Cuando él, sacando adelante su gran barriga y alizando sus patillas, pasó junto a Yánshin y le echó una mirada cariñosa con sus ojos aceitosos, pues a Yánshin le pareció que ese hombre vivía con gran apetito. El ingeniero tenía incluso una peculiar expresión en el rostro, que no se podía leer de otro modo, que como: “¡Ah, qué rico!” Su apellido era incoherente, triple, y Yánshin lo recordaba sólo por que el ingeniero, a quien le gustaba hablar de política en voz alta y discutir, juraba a menudo y decía:
-¡Si yo no fuera Bítnii-Kúshle-Suvriemóvich!
Decían que era muy divertido, hospitalario y un apasionado jugador de wint. Yánshin hacía mucho tiempo ya que quería conocerlo, pero a acercarse a él y hablarle no se decidía, aunque adivinaba que aquél no estaba en contra de conocerlo... Paseando solitario por la plataforma y escuchando a los veraneantes, Yánshin cada vez por algo recordaba que él ya tenía 31 años, y que empezando desde los 24, cuando terminó la universidad, no había vivido ni un solo día con gusto: ya el pleito con el vecino por el linde, ya su mujer tenía un aborto, ya al parecer su hermana Viéra era desdichada, ya he aquí Mijaíl Ilích estaba enfermo y era necesario llevarlo al extranjero; comprendía que todo eso iba a continuar y repetirse con aspectos diferentes sin fin, y que a los 40 y 50 años serían tales preocupaciones e ideas, como a los 31; en una palabra, de ese cascarón duro él ya no saldría hasta la misma muerte. Había que saber engañarse a sí mismo, para pensar de otro modo. Y quería dejar de ser una ostra siquiera por una hora, quería asomarse a un mundo ajeno, aficionarse a eso que no le competía en lo personal, hablar con personas extrañas a él, siquiera con ese ingeniero gordo o con las veraneantes, que en las penumbras vespertinas estaban todas tan bonitas, contentas y lo principal jóvenes.
El tren llegó. El hacendado con una espuela recibió a una dama gruesa, madura que lo abrazó, y varias veces repitió con voz emocionada: “¡Alexis!” Con toda probabilidad, era su madre. Él con ceremonia, como un jeune premier del ballet, tintineado con la espuela, le propuso el brazo y le dijo al cargador con un barítono de terciopelo, melifluo:
-¡Sea tan amable, reciba nuestro equipaje!
Pronto el tren se fue… Los veraneantes recibieron sus periódicos y cartas y se marcharon a sus casas. Sobrevino el silencio...
Yánshin paseó un poco por la plataforma y fue al salón de I clase. No quería comer, pero de todas formas se comió una porción de ternera y tomó cerveza. Las maneras ceremoniosas, rebuscadas del hacendado con espuela, su barítono melifluo y amabilidad, en la que había tan poca sencillez, le habían producido una impresión obsesiva, enfermiza. Recordaba sus bigotes largos, su rostro bondadoso y no estúpido, aunque algo extraño, inentendible, su manera de frotarse las manos como si hiciera frío, y pensaba que si la dama gruesa, madura era en realidad la madre de ese hombre, pues probablemente era muy desdichada. Su voz emocionada decía sólo una palabra: “¡Alexis!”, pero su rostro tímido, extraviado y ojos amorosos decían todo lo restante...

II

Viéra Andréevna vio por la ventana cómo se marchaba su hermano. Ella sabía que iba a la estación, y se imaginó la alameda de abetos toda hasta el final, después la cuesta hacia el río, la vista amplia, y esa impresión de calma y sencillez que siempre le producían el río, las praderas inundadas, y tras éstos la estación y el bosque de abedules donde vivían los veraneantes, y a la derecha en la lejanía la ciudad del distrito y el monasterio con las cúpulas doradas… Después se imaginó de nuevo la alameda, la oscuridad, su miedo y vergüenza, los pasos conocidos y todo eso que se podía repetir de nuevo, puede ser, incluso hoy... Y salió del salón por un minuto, para disponer en cuanto al té para el padrecito y, llegando al comedor, se sacó del bolsillo una carta de sobre duro y con un sello extranjero, doblada en dos. Esa carta se la habían traído unos cinco minutos antes de la víspera, y ella ya había alcanzado a leerla dos veces.
“Amada mía, querida, tortura mía, angustia mía -leyó, teniendo la carta con ambas manos, y dejando a ambas deleitarse con el roce de las líneas amadas, ardientes-. Amada mía -empezó de nuevo desde la primera palabra-, querida, tortura mía, angustia mía, tú escribes de modo convincente, pero yo de todas formas no sé qué hacer. Tú dijiste entonces que, probablemente, te marcharías a Italia, y yo como un loco corrí adelante, para recibirte aquí y amar a mi amada, mi alegría... Yo pensaba, que aquí tú ya no ibas a temer en las noches de luna, como que tu marido o tu hermano no vieran mi sombra desde la ventana. Aquí yo pasearía contigo por las calles y tú no temerías, que Roma o Venecia supieran que nos amamos el uno al otro. Perdóname, mi tesoro, pero hay una Viéra tímida, pusilánime, indecisa, y hay otra Viéra indiferente, fría, orgullosa, que delante de los extraños me llama 'usted' y hace ver que apenas me advierte. Yo quiero que me ame esa otra, esa orgullosa y hermosa... Yo no quiero ser un búho, que tiene derecho a disfrutar sólo la tarde y la noche. ¡Dame la luz! Las tinieblas me oprimen, amada, y este amor nuestro a ratos y a escondidas me mantiene hambriento, y estoy irritado, sufro, siento rabia... Bueno, en una palabra, yo pensaba que mi Viéra, no la primera sino la otra, aquí en el extranjero, donde es más fácil ocultarse de la vigilancia que en la casa, me daría siquiera una hora de amor pleno, verdadero, sin mirar atrás, para que yo siquiera una vez, como es debido, me sintiera un amante y no un contrabandista, para que tú, cuando me abrazaras, no dijeras: “¡Ya me es hora!” Yo pensaba así, pero he aquí ya pasó un mes entero desde que vivo en Florencia, tú no estás y nada es sabido… Tú escribes: “este mes nosotros apenas salgamos”. ¿Qué es eso pues? Desolación mía, ¿qué tú haces conmigo? ¡¡¡Entiende, yo sin ti no puedo, no puedo, no puedo!!! Dicen que Italia es hermosa, pero yo me aburro, estoy como en el destierro, y mi amor fuerte se consume, como deportado. Mi retruécano, dirás, no es risible, pero en cambio yo soy risible, como un bufón. Yo corro ya a Bolonia, ya a Venecia, ya a Roma y lo miro todo, ¿no hay acaso en la multitud una mujer parecida a ti? Por aburrimiento, ya recorrí cinco veces todas las galerías de pintura y los museos, y vi en las pinturas sólo a ti. En Roma escalo con jadeo el Monte Pincio, y miro desde allí la ciudad eterna, pero la eternidad, la belleza, el cielo, todo se me funde en una imagen con tu cara y en tu vestido. Y aquí, en Florencia, ando por las tiendas donde venden esculturas, y cuando no hay nadie en la tienda, abrazo a las estatuas, y me parece que eso yo te abrazo. Yo te necesito ahora, en este minuto... Viéra, yo hago locuras pero perdona, yo no puedo, mañana iré hacia ti... Esta carta es superflua, ¡pero deja! Amada, entonces, está decidido: mañana voy1.”

1En su Comentario sobre La disgregación de la compensación, Emma Polótzkaya señala que en el primer Librito de apuntes de Chejov, "hay una anotación en la que se puede adivinar fácilmente la idea inicial del relato: ...el vecino se marcha a Florencia para curarse del amor, pero en la distancia se enamora aún más fuerte" (FEB: ENI "Chejov", tom. 10).

Título original: Rasstroistvo kompensatzii, relato inconcluso, publicado por primera vez en la revista Zhurnal dlia vsex, 1905, Nº 2, después de la muerte de Antón Chejov.
Imagen: Azat Galimov, Midday in Sviyazhsk, 2009.

martes, 20 de marzo de 2012

Estatuto del premio Griboyédov de la Sociedad de escritores dramáticos y compositores de ópera rusos


1. La Sociedad de escritores dramáticos y compositores de ópera rusos, con el objetivo del estímulo a la literatura dramática instituye, a la memoria de Alexánder Serguéevich Griboyédov1, un premio en efectivo con la atribución a éste de la nominación Griboyédov2. 2. El dinero colectado con este objetivo a través de donaciones voluntarias, conforma un capital intangible, que se conserva en papeles de porciento en una de las Instituciones crediticias estatales. El factible de ingresar en adelante al mismo objeto de donación, se adiciona al capital. 3. La cuenta del capital y los porcientos es llevada por el tesorero de la Sociedad, con rendición de cuenta ante el comité de la Sociedad. Los porcientos de ese capital se designan a un premio anual, con descuento a éstos de los necesarios gastos del premio, por definición del comité de la Sociedad. 4. El premio se otorga anualmente por la mejor obra dramática original en lengua rusa, no menos que en 3 actos, aparecida en los teatros imperiales moscovitas y peterburgueses, o en las escenas de los teatros privados capitalinos (excepto de los clubes), en el período de tiempo del 1º de septiembre de un año, hasta el 1º de septiembre del otro año. 5. Cualquier re-hechura de obras ajenas y apropiación de piezas dramáticas, en el premio no se permiten. El comité lleva una lista de todas las obras dramáticas, que son adecuadas bajo las condiciones del punto 4. 6. Los autores, no deseosos de presentar sus obras al concurso del premio, entregan sobre eso una declaración por escrito al comité no más tarde del 1º de octubre. El comité excluye esas obras de la lista recordada, y pone en conocimiento de eso a la ordinaria asamblea general. Los ejemplares sujetos al juicio de los escritores dramáticos, en caso de necesidad, son adquiridos por el comité a cuenta de los porcientos del capital del premio Griboyédov. 7. Para la valoración de las obras dramáticas originales, aparecidas en el período de tiempo anual recordado en el punto 4, y para la adjudicación del premio Griboyédov a la mejor de éstas, la Sociedad de escritores dramáticos y compositores de ópera rusos escoge, en su ordinaria asamblea general anualmente, a tres jueces y tres candidatos a éstos de los literatos y artistas célebres de los teatros imperiales, que no figuren en el número de miembros de esta Sociedad. Observación. En el cuerpo de jueces participa no más de un artista. 8. Los jueces se escogen de un número de personas residentes en Petersburgo o en Moscú, además el completo cuerpo de jueces y candidatos a éstos, cada vez se conforma de personas vivientes en una y la misma ciudad. 9. Tras la elección de los jueces, el comité de la Sociedad de inmediato les informa sobre eso, y tras la obtención de su convenio les concede ejemplares de todas las obras dramáticas, adecuadas bajo las condiciones del punto 4. 10. Tras la examinación de las obras dramáticas presentadas, los jueces se reúnen en sesión para la discusión definitiva, de cuál de éstas merece el premio. 11. Su decisión la exponen en un protocolo que, tras su firma general, es remitido por ellos no más tarde del 15 de enero, al comité de la Sociedad de escritores dramáticos rusos. 12. Si en la sesión de jueces, cada uno reconoce una obra dramática por separado merecedora del premio, pues el premio no se otorga sino se adjunta al capital. 13. Los jueces pueden no reconocer ni una de las obras dramáticas presentadas merecedora del premio, que en ese caso asimismo se adjunta al capital. 14. El premio se otorga por el comité de la Sociedad al autor el 30 de enero, el día de la defunción de A.S. Griboyédov. 15. La persona, aceptadora en sí de los deberes de juez no menos de tres veces, recibe, establecido por la asamblea general de la Sociedad de escritores dramáticos y compositores de ópera rusos, el medallón de la Sociedad para uso en forma de colgante, cuyo costo es cubierto por los porcientos del capital del premio Griboyédov. Observación. En caso de otorgarse medallones de modo simultáneo a dos o tres personas, sólo un medallón se confecciona con los porcientos del premio, y el gasto de los restantes compete a las sumas de la Sociedad3.

1La Sociedad de escritores dramáticos y compositores de ópera rusos, en su asamblea general del 20 de enero de 1890, elige entre otros a Antón Chejov, como miembro de la comisión de revisión del estatuto del premio Griboyédov.
Con este motivo, Chejov escribe a su amiga Elena Shavróva el 11 de marzo de 1891: "Perdone, Elena Mijáilovna, que no le respondí ayer. Su enviado me encontró cuando yo recién regresaba de una sesión, donde componía junto con Yúzhin y Shpazhínskii el nuevo estatuto del premio Griboyédov”.
2Alexánder Griboyédov, dramaturgo, músico, poeta y diplomático ruso, autor de La amargura del ingenio, linchado por una turba enfurecida en la embajada rusa de Teherán, en Irán.
3El periódico La voz publica este artículo con el subtítulo: "Aprobado por el Min. de asun. inter. el 17 de octubre de 1894".

Título original: Ustav Griboedovskoi premii pri Obshestve russkix dramaticheskix pisatelei i opernix kompozitorov, publicado por primera vez en la revista Teatral, 1895, Nº 6, sin firma, escrito por Alexánder Yúzhin, Ippolite Shpazhínskii y Antón Chejov.
Imagen: Ilya Repin, Formal Session of the State Council, 1903.

sábado, 10 de marzo de 2012

Los miedos


En todo el tiempo que yo vivo en este mundo, tuve miedo sólo tres veces.
El primer miedo verdadero, por el que se me movieron los cabellos y me corrió un hormigueo por el cuerpo, tuvo como causa un fenómeno insignificante pero extraño. Una vez, sin nada que hacer, yo iba en un atardecer de julio a la estación de correo por los periódicos. Era un atardecer silencioso, cálido y casi sofocante, como todos esos uniformes atardeceres de julio que, una vez iniciados, se extienden en una hilera correcta, incesante uno tras otro unas dos semanas, a veces y más, y de pronto se desgarran en una tormenta torrencial, con un aguacero exuberante que refresca por largo tiempo.
El sol se había puesto ya hacía mucho tiempo, y en toda la tierra yacía una sombra continua, grisácea. En el aire inmóvil, estancado se cuajaban los vapores melosos-empalagosos de las hierbas y las flores.
Iba yo en una carreta sencilla, carguera. A mi espalda, puesta la cabeza en un saco de avena, roncaba con suavidad el hijo del jardinero, Páshka, un chico de unos ocho años, que yo había tomado consigo para el caso, si se presentaba la necesidad de mirar por el caballo. Nuestra ruta iba por un camino vecinal estrecho, pero recto como una regla que, como una gran serpiente, se escondía en un centeno alto, tupido. El crepúsculo vespertino ardía con palidez, la franja luminosa era cortada por una nube estrecha, disforme que parecía ya un bote, ya una persona envuelta en una sábana...
Pasé unas dos-tres vérstas y he aquí, en el fondo pálido del crepúsculo, empezaron a crecer uno tras otro unos álamos esbeltos, altos; seguido tras éstos brilló un río y delante de mí de pronto, como por encanto, se desplegó un rico cuadro. Fue necesario detener el caballo, ya que nuestro camino recto se desgarraba, e iba ya abajo por una cuesta abrupta, cubierta de arbustos. Nosotros estábamos parados en una montaña, y abajo, debajo de nosotros se hallaba un foso grande, lleno de penumbras, formas caprichosas y espacio. En el fondo de ese foso, en una amplia llanura, vigilada por los álamos y acariciada por el brillo del río, anidaba una aldea. Ésta ahora dormía... Sus isbás, iglesia con campanario y árboles se dibujaban en las penumbras grisáceas, y en la lisa superficie del río se oscurecían sus reflejos.
Yo desperté a Páshka, para que no se cayera de la carreta, y empecé a bajarme con cuidado.
-¿Llegamos a Lúkovo? -preguntó Páshka, alzando la cabeza con pereza.
-Llegamos. ¡Sostén las riendas!..
Yo conduje el caballo desde la montaña y miré la aldea. Desde la primera mirada me preocupó una circunstancia extraña: en el mismo piso superior del campanario, en una ventana diminuta entre la cúpula y las campanas, titilaba una lucecita. Esa llama, parecida a la luz de una lamparita extinguida, ya se amortecía por un instante, ya se encendía vivamente. ¿De dónde podía haber salido? Su procedencia para mí era incomprensible. Tras la ventana ésta no podía arder, por que en el piso superior del campanario no había ni íconos, ni lamparitas; allí, como yo sabía, había sólo vigas, polvo y telarañas; penetrar en ese piso era difícil, por que la entrada a éste desde el campanario estaba tapiada en estanco.
Esa lucecita podía ser más pronto el reflejo de una luz exterior, pero cuanto yo no forzaba mi vista, en el espacio inmenso que yacía delante de mí, no veía excepto esa luz ni un punto luminoso. No había luna. La pálida, ya extinguida por completo franja del crepúsculo no podía reflejarse, porque la ventana con la lucecita miraba no al oeste, sino al este. Esas y otras reflexiones semejantes vagaban por mi cabeza todo el tiempo, mientras me bajaba del caballo. Abajo me senté en la carreta y eché una mirada otra vez a la lucecita. Ésta como antes refulgía y se encendía.
“Es extraño -pensaba, perdiéndome en conjeturas-. Muy extraño”.
Y de mí, poco a poco, se apoderó una sensación desagradable. Al principio pensé que era fastidio, por que no estaba en condición de explicar un fenómeno sencillo, pero después, cuando de pronto me volteé de la lucecita con horror, y me agarré con una mano de Páshka, se hizo claro que de mí se apoderaba el miedo... Me abarcaba una sensación de soledad, angustia y horror, como si contra mi voluntad me hubieran arrojado a ese foso grande, lleno de penumbras, donde yo estaba parado frente a frente con el campanario, que me miraba con su ojo rojizo.
-¡Pásha! -grité, cerrando los ojos con horror.
-¿Bueno?
-Pásha, ¿qué es eso se ilumina en el campanario?
Páshka echó una mirada al campanario por encima de mi hombro y bostezó.
-¡Y quién sabe pues!
Esta corta conversación con el chico me tranquilizó un tanto, pero no por largo tiempo. Páshka, advertido mi inquietud, dirigió sus ojos grandes a la lucecita, me echó una mirada otra vez, después de nuevo a la lucecita...
-¡Me da miedo! -susurró.
Ahí ya, fuera de sí por el miedo, envolví al chico con un brazo, me apreté a él y golpeé fuerte al caballo.
"¡Es estúpido! -me decía a mí mismo-. Este fenómeno es terrible sólo porque es incomprensible... Todo lo incomprensible es misterioso y por eso es terrible".
Yo me convencía y al mismo tiempo no cesaba de fustigar al caballo. Llegado a la estación de correo, platiqué con el celador a propósito una hora entera, leí dos-tres periódicos, pero la inquietud aún no me abandonaba. En el camino de regreso la lucecita ya no estaba, en cambio las siluetas de las isbás, los álamos y la montaña, a la que tuvimos que ascender, me parecían animados. Y por qué estaba esa lucecita, hasta ahora no lo sé.
El otro miedo vivido por mí, fue motivado por una circunstancia no menos insignificante… Yo regresaba de una cita. Era la una de la madrugada, el tiempo cuando la naturaleza, comúnmente, está sumida en el sueño más profundo y más dulce, pre-matutino. Pero esta vez la naturaleza no dormía y la noche no se podía llamar silenciosa. Gritaban los rascones, las codornices, los ruiseñores, las becadas, chirriaban los grillos y los saltamontes. Sobre la hierba se cernía una neblina ligera, y en el cielo, delante de la luna, las nubes corrían a algún lugar sin mirar atrás. La naturaleza no dormía, como si temiera quedarse dormida en los mejores instantes de su vida.
Yo iba por un sendero estrecho al mismo borde del terraplén del ferrocarril. La luz lunar se deslizaba por los rieles, en los que ya yacía el rocío. Las grandes sombras de las nubes, a cada rato, pasaban corriendo por el terraplén. Lejos adelante ardía serena una opaca lucecita verde.
“Entonces, todo está favorable…”-pensaba yo, mirándola.
Yo sentía el alma en silencio, serena y favorable. Iba desde una cita, no tenía a donde apurarme, no tenía deseo de dormir, y sentía salud y juventud en cada aliento, en cada paso mío, que repercutía apagado en el uniforme zumbido de la noche. No recuerdo qué sentía entonces, ¡pero recuerdo que me sentía bien, muy bien!
Pasado no más de una vérsta, oí de pronto detrás de mí un fragor unísono, parecido al murmullo de un arroyo grande. Con cada segundo éste se tornaba más y más alto, y se oía más y más cerca. Yo me volví a mirar: a cien pasos de mí se oscurecía el boscaje, del que recién había salido; allí el terraplén, en un bonito semicírculo, doblaba a la derecha y desaparecía en los árboles. Me detuve perplejo y empecé a esperar. Al instante en la curva apareció un gran cuerpo negro, que corrió con ruido en dirección a mí, y con la rapidez de un pájaro pasó volando junto a mí, por los rieles. Pasó menos de medio minuto, y la mancha desapareció, el fragor se mezcló con el zumbido de la noche.
Era un ordinario vagón de mercancía. Por sí mismo éste no representaba nada particular, pero su aparición solo, sin locomotora, y aún de noche, me desconcertó. ¿De dónde éste pudo salir, y cuáles fuerzas lo movían con tal rapidez terrible por los rieles? ¿De dónde y a dónde volaba?
Si yo tuviera prejuicios, hubiera resuelto que eso los diablos y las brujas lo rodaban a un shabbath, y hubiera ido adelante, pero ahora ese fenómeno era para mí resueltamente inexplicable. Yo no creía a mis ojos y me perdía en conjeturas, como una mosca en la telaraña...
Y sentí de pronto que estaba solitario, solo como un dedo en todo el espacio inmenso, que la noche, que parecía ya huraña, me miraba con fijeza a la cara y vigilaba mis pasos; todos los sonidos, los gritos de los pájaros y el susurro de los árboles parecían ya siniestros, existentes sólo para asustar mi imaginación. Yo como un demente arranqué del lugar y, sin darme cuenta, eché a correr, tratando de correr más y más rápido. Y al instante oí eso, a lo que antes no prestaba atención, y precisamente el gemido lastimero de los cables telegráficos.
"¡El diablo sabe qué! -me avergonzaba a mí mismo-. ¡Esto es pusilánime, estúpido!.."
Pero lo pusilánime es más fuerte que el sentido común. Yo acorté mis pasos sólo cuando llegué corriendo hasta la lucecita verde, donde vi la oscura garita del ferrocarril, y junto a ésta en el terraplén una figura humana, probablemente el vigilante.
-¿Tú lo viste? -pregunté sofocado.
-¿A quién? ¿Qué tú?
-¡Por aquí corrió un vagón!..
-Lo vi...-profirió el mujík sin gana-. Del tren de carga se desprendió. En la vérsta ciento veintiuna hay un declive... arrastra al tren a la montaña. Las cadenas del vagón trasero no aguantaron, bueno, se desprendió y atrás... ¡Ve ahora, alcánzalo!..
El fenómeno extraño fue explicado y su aire fantástico desapareció. El miedo se fue, y yo pude continuar mi camino adelante.
Un tercer buen miedo me tocó experimentar, cuando yo una vez en la primavera temprana regresaba de la caza. Eran las penumbras vespertinas. El camino del bosque estaba cubierto de charcos, por la lluvia recién caída, y el suelo se anegaba bajo los pies. El crepúsculo púrpura se traslucía a través de todo el bosque, tiñendo los blancos troncos de los abedules y el follaje joven. Yo estaba fatigado y apenas me movía.
A unas 5-6 vérstas de la casa, pasando por el camino del bosque, me encontré de repente con un gran perro negro, de la raza de los terranova. Pasando corriendo de largo, el perro me miró fijamente, directo a la cara, y echó a correr adelante.
“Buen perro”... -pensé-, “¿de quien será?”
Yo me volví a mirar. El perro estaba parado a diez pasos y no me quitaba el ojo de encima. Un minuto nosotros, callados, nos examinamos el uno al otro, luego el perro, probablemente halagado por mi atención, se me acercó con lentitud y meneó la cola...
Yo fuí adelante. El perro tras de mí.
“¿De quién es ese perro?” -me preguntaba-. “¿De dónde es?”
En 30-40 vérstas yo conocía a todos los hacendados y conocía a sus perros. Ni uno de éstos tenía tal terranova. ¿De dónde pues éste pudo salir aquí, en un bosque apagado, en un camino por el que nadie iba nunca, y sólo llevaban leña? Atrasarse de algún viajero él apenas podía, porque por ese camino los carneros no iban a ningún lugar.
Me senté en un tocón a descansar y empecé a examinar a mi compañero de viaje. El también se sentó, levantó la cabeza y dirigió a mí una vista fija... Él miraba y no parpadeaba. No sé, si acaso bajo la influencia del silencio, las sombras y los sonidos del bosque, o puede ser debido a la fatiga, por la mirada fija de los ordinarios ojos del perro, de pronto me dio espanto. Recordé a Fausto y su bulldog, y que las personas nerviosas a veces, debido a la fatiga, solían sufrir de alucinaciones. Eso fue suficiente, para que me levantara rápido y fuera adelante rápido. El terranova tras de mí...
-¡Vete de aquí! -grité.
Al perro, probablemente, le gustó mi voz, porque saltó contento y echó a correr delante de mí.
-¡Vete de aquí! -grité otra vez.
El perro se volvió a mirar, me miró fijamente y movió la cola contento. Evidentemente, lo divertía mi tono amenazante. Yo debía haberlo acariciado, pero el bulldog faustiano no me salía de la cabeza, y la sensación de miedo se tornaba más y más aguda... Sobrevino una tiniebla que me perturbó de modo definitivo, y yo cada vez, cuando el perro corría hacia mí y me golpeaba con su cola, cerraba los ojos de forma pusilánime. Se repetía la misma historia, que con la lucecita en el campanario y con el vagón: no aguanté y eché a correr...
En mi casa encontré a un visitante, un viejo amigo que, tras saludarme, empezó a quejarse de que mientras venía hacia mí, pues se había perdido en el bosque, y se le atrasó un perro bueno, costoso.

Título original: Straji, publicado por primera vez en el periódico Peterburgskaya gazeta, 1886, Nº 162, con la firma: "A. Chejonté".
Imagen: Designsoak.com, Realistic‑painting‑railroad, XXI.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Bancarrotas fraudulentas


Hace días leímos en La voz, un llamado del comité de la Sociedad de subvención a los estudiantes1 de la Universidad de Petersburgo. La sociedad llama a sus deudores insolventes, rogándoles pagar la deuda o por lo menos enviar sus direcciones.
Nos aprestamos a comunicar unas cuantas direcciones. Atrápenlas, aquí están:
Iván Semiónich y Yegór Petróvich, ambos compañeros del fiscal del juzgado de N-ii. Se les puede ver diariamente en el club local en la mesa de cartas. El primero bebe roederer, el segundo chablis. Ambos pierden. Después de las cartas tragan ostras y comen hojuelas con caviar astrajáno.
Fedór Fedórich, maestro de matemática en el gimnasio de Z-ii. Se le puede ver diariamente a las 6 de la tarde en la calle Moscovita, yendo con un gran bouquet a donde su novia. Recauda dinero para la boda y ya recaudó cerca de dos mil. Para el casamiento alquiló a unos cantores y encargó una lucerna. Dentro de una semana recibirá una dote de 25 000.
Borís Ivánovich, abogado apoderado en Monrepo2. Diariamente se le puede ver en el edificio del municipio, donde por su cuenta organiza una escena para los espectáculos aficionados. Primer amante y guionista. Después del espectáculo agasaja con una cena a los artistas y al público. Un hombre de alma.
Nikolai Ósipich, funcionario de encargos especiales en Glúpov3. La semana pasada se disponía a París. Si aún no se fue, pues se le puede encontrar donde María Kárlovna o Adele Petróvna. Ambas no sin fundamento lo consideran su bienhechor. El año pasado recibió una herencia.
Conocemos aún once direcciones, pero esas no las comunicamos, ya que lo consideramos superfluo. Esos once engordaron, se enriquecieron e hicieron tan importantes, que no reciben a nadie y no leen las cartas petitorias. A ellos no se les puede molestar: se enojarán…

1La Sociedad de subvención a los estudiantes, de la Universidad de San Petersburgo, publica en el periódico La voz un llamado a los “deudores de la sociedad sin respuesta”, con el ruego de “honrar finalmente al comité con una respuesta, hacia la próxima asamblea general de los miembros de la sociedad del 8 de febrero, para que ésta pueda disponer una resolución definitiva respecto a sus deudores" (1883, Nº 21, 21 de enero).
El periódico La voz comenta asimismo en sus Notas moscovitas, sobre la festividad del 12 de enero de 1883: “¡Cómo cambiaron los compañeros con quienes me sentaba en un banco, y con quienes ahora, dentro de diez y tantos años, nos tenemos que encontrar en la vida, y pues en estos almuerzos de 'Tatiana'! Allí ese fiscal, con bigote y patillas à la jurista, que escucha de modo obsequioso los lamentos de un anciano respetable, cuál divertido estudiante corta-cabezas era <...> Ahora es un carrerista. En su frente está escrito: '¿Cómo ordena? Escucho', en sus ojos: '¿No tiene una novia rica?' Y ese principito de hombros anchos <...> Alguna vez editaba conferencias 'con pérdida para sí', pagaba un dinero salvaje a los compañeros por su anotación <...> ¿Y ahora? <...> elabora unos vinos excelentes de su propia uva crimeana, y en este minuto, evidentemente, se entregó todo no a los recuerdos del pasado lejano, sino a la colación de los vinos extranjeros con los crimeanos y los caucasianos... ¿Y ese doctor de moda, que en algunos cinco-seis años se conformó, apenas no una fortuna de medio millón? <...> Y es bueno ese gordo, que supo aún en la universidad asegurarse la amistad de los futuros Strousbergs rusos, y a través de eso él mismo se hizo uno de nuestros reyezuelos del ferrocarril. <...> de los abogados no te resguardas <...> los abogados aquí son todos gente rapaz, saciada y satisfecha. No está ese Solodóvnikov, cuyo cinismo los turbaría a ellos, como no está ese Mielnítzkii, que los asombraría con su pintada con destreza máscara de virtud y devoción. <...> ¿Y 'los maestros de los negocios bancarios', los notarios y 'otra gente restante' divertida, satisfecha y dichosa, re-saciada de éxitos en 'la pesca de la vida'? ¿Cuál y hasta dónde es asunto de ellos, excepto esos éxitos y 'resultados sustanciales'? ¡Nosotros pues, los escritorzuelos, nos matamos por que 'el alma rusa fue a la baja', y para ellos es escupir!” (1883, № 18, 18 de enero).
2Monrepo, rincón personal, asilo de un hacendado arruinado en El refugio de Monrepo, relato de Mijaíl Saltikóv-Schedrín.
3Glúpov, ciudad donde reinan la violencia y la arbitrariedad, en Historia de una ciudad, novela de Mijaíl Saltikóv-Schedrín.

Título original: Zlostnie bankroti, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1883, Nº 5, con la firma: "El hombre sin bazo".
Imagen: Giovanni Boldini, A Portrait of John Singer Sargent (detail), XIX.