lunes, 18 de abril de 2011

Los mujíks

X

La hermana de Olga, Klávdia Abrámovna, vivía en uno de los callejones cerca de los Estanques del patriarca, en una casa de madera de dos pisos. En el piso inferior había una lavandería, y todo el superior lo ocupaba una madura señorita de la nobleza, silenciosa y modesta, que ya por su cuenta alquilaba las habitaciones a los inquilinos y se alimentaba con eso. En la antesala oscura cuando entrabas había dos puertas, a la derecha y a la izquierda: tras una en un cuartito pequeño se alojaba Klávdia con Sásha, tras la otra el metteur en pages de una tipografía. Después había una sala con un diván, unas butacas, una lámpara de pantalla, cuadros en las paredes, todo como era debido, pero allí olía a ropa blanca y al vapor que penetraba de la lavandería, y todo el día se oía un canto desde abajo del suelo. Desde la sala, general para todos los inquilinos, había un paso a tres apartamentos; allí vivía la misma dueña, luego el viejo lacayo Iván Makárich Matvéichev, natural de Zhúkov, ese mismo que alguna vez colocó a Nikolai en el puesto; en su puerta blanca, manoseada, colgaba de unas anillas un gran candado de cobertizo; tras la tercera puerta vivía una mujer joven, delgada, de ojos vivaces, labios gruesos, que tenía tres niños que lloraban de modo constante. En las fiestas la visitaba un hieromonje, ella andaba de la mañana a la noche con una falda, no peinada, no lavada, pero cuando esperaba a su hieromonje, se ataviaba con un vestido de seda y se rizaba.
En el cuartito de Klávdia, como se dice, no había a donde voltearse. Allí había una cama, una cómoda, una silla y nada más, y de todas formas era estrecho. Pero a pesar de eso el cuartito se mantenía aseado, y Klávdia lo llamaba boudoir. A ella misma su ambiente le gustaba bastante, y en particular lo que estaba en la cómoda: el espejo, el polvo, los frasquitos, la pintura labial, las cajitas, el albayalde y todo el lujo, que ella consideraba una necesaria pertenencia de su profesión, y en la que gastaba casi toda su ganancia; allí mismo había fotografías en marcos, en las que ella misma se presentaba con diversos aspectos. Ella tomada con su marido cartero, con el que vivió sólo un año y después se fue de él, ya que no sentía la vocación de la vida familiar; estaba tomada, como se toman en general las mujeres de esa clase, con un cerquillo en la frente, rizada como un cordero, con un uniforme de soldado y el sable desenvainado, con aspecto de paje montada en una silla, además sus caderas, ajustadas en el tricot, yacían en la silla planas, como dos gruesos embutidos cocinados. Había allí también retratos de hombres, ella los llamaba sus visitantes y no los conocía a todos de nombre, había caído allí también nuestro conocido Kiriák en calidad de pariente: éste se había tomado en toda su estatura, con un traje negro, que había conseguido en algún lugar por un tiempo.
Antes Klávdia asistía a las mascaradas, a donde Filíppov, y se pasaba las noches enteras en el boulevard Tvierskáya; pero con los años poco a poco se volvió hogareña, y ahora, cuando ya tenía 42 años, recibía visitantes muy raramente, y esos no eran muchos, quedados del tiempo anterior y que iban a verla por la vieja memoria, y que -¡ay!- también habían envejecido y la visitaban aún más raramente, por que con cada año se hacían aún menos. De los nuevos la frecuentaba sólo uno muy juvenil, sin bigote; éste entraba a la antesala en silencio, lúgubre, como un conjurado, alzando el cuello de su paletó de gimnasio, y tratando que no lo vieran desde la sala, y después, al irse, dejaba un rublo en la cómoda.
Klávdia estaba en la casa los días enteros, sin hacer nada; a veces, por lo demás, con buen tiempo, se paseaba por la Pequeña Brónnaya y por la Tvierskáya, alzando la cabeza con orgullo, sintiéndose una dama importante, respetable, y sólo cuando pasaba por el almacén-farmacia, a preguntar en susurro si no había crema para las arrugas o las manos rojas, parecía que le daba vergüenza. Por las noches estaba sentada en su cuartito, sin encender el fuego, y esperaba por si venía alguien; y hacia las once horas -eso sucedía ahora raramente, una o dos veces a la semana-, se oía cómo alguien andaba en silencio por la escalera, ya arriba ya abajo, y después hacía frufrú tras la puerta, buscando el timbre. La puerta se abría, se oía un farfullar, y a la antesala entraba indeciso un visitante, comunmente calvo, grueso, viejo, no bonito, y Klávdia se apuraba a llevarlo a su cuartito. Ella adoraba al buen visitante. Para ella no había una criatura superior y de más dignidad; recibir al buen visitante, tratarlo con delicadeza, satisfacerlo, complacerlo era una necesidad de su alma, su deber, dicha, orgullo; de rechazar al visitante o tratarlo sin afabilidad, ella no estaba en condición, incluso cuando ayunaba.
Olga, vuelta del pueblo, alojó a Sasha donde ella por un tiempo, calculando que la niña, mientras fuera chica, si veía algo malo no lo entendía. Pero he aquí Sasha cumplió trece años, ya llegaba de verdad la hora de buscarle otro alojamiento, pero ella y su tía se habían apegado la una a la otra, y ya era difícil separarlas; y además, no había donde llevar a Sasha, ya que la misma Olga se albergaba en un corredor de las habitaciones amuebladas, y dormía en las sillas. El día Sasha lo pasaba donde su madre, en la calle o abajo en la lavandería, pernoctaba donde la tía en el suelo, entre la cama y la cómoda, y si venía un visitante se acostaba en la antesala.
Le gustaba ir por las noches a ese lugar, donde servía Iván Makárich, y mirar los bailes desde la cocina. Allí siempre tocaban música, era brillante y ruidoso, cerca del cocinero y las fregonas olía a comidas sabrosas, y el abuelo Iván Makárich le daba ya té, ya helado, y le metía pedazos diversos que traía de vuelta a la cocina, en los platos y las fuentes... Cierta vez en otoño, tarde en la noche, vuelta a casa de donde Iván Makárich, trajo un muslo de pollo en un envoltorio de papel, un pedacito de esturión, un pedacito de pastel... La tía ya estaba en el lecho...
-Querida tía -dijo Sasha con tristeza-, yo le traje de comer.
Encendieron el fuego. Klávdia empezó a comer, sentada en el lecho. Y Sasha miró sus papillotes, que le daban un aspecto terrible, sus hombros ya marchitos, viejos, la miró largo tiempo y con tristeza, como a una enferma, y de pronto las lágrimas le rodaron por las mejillas.
-Querida tía -profirió con una voz trémula-, querida tía, por la mañana en la lavandería, las muchachas decían que en la vejez usted va a mendigar por la calle, y que morirá en un hospital. Eso no es verdad, tía, no es verdad-, continuó Sasha, ya llorando a lágrima viva-, yo no la voy a abandonar, la voy a alimentar... y no la dejaré ir al hospital...
A Klávdia le tembló la barbilla y las lágrimas le brillaron en los ojos, pero al instante se contuvo y dijo, echando una mirada severa a Sasha:
-Es indecente escuchar a las lavanderas.
XI

En las habitaciones amuebladas “Lisboa” los inquilinos se acallaron poco a poco, olió a la carbonilla de las lámparas apagadas, y el largo mozo de corredor ya se extendía en las sillas. Olga se quitó la cofia blanca con las cintas y el delantal, se cubrió con un pañuelo y fue a ver a los suyos en los Estanques del patriarca. Sirviendo en “Lisboa”, estaba ocupada cada día desde la mañana hasta tarde en la noche, y podía ir a ver a los suyos raramente y sólo de noche; el servicio le quitaba todo el tiempo, sin dejarle ni un minuto libre, así que incluso, desde que habían vuelto del pueblo, ni una vez había estado en la iglesia.
Ella se apuraba, para mostrarle a Sasha una carta recibida del pueblo, de María. En la carta sólo había reverencias y quejas por la necesidad, la pena, por que los viejos aún estaban vivos y comían pan de gratis, pero por algo en esas líneas torcidas, en las que cada letra parecía mutilada, Olga hallaba un encanto peculiar, oculto y, además de las reverencias y las quejas, leyó aún de que en el pueblo ahora hacían unos días cálidos, claros, que por las noches había silencio, el aire era oloroso, y se oía cómo en la iglesia del otro lado tocaba el reloj; se le presentaba el cementerio del pueblo, donde yacía su marido; de las tumbas verdes emanaba sosiego, envidiabas a los fallecidos, ¡y había allí tal espacio, tal libertad! Y asunto extraño: cuando vivían en el pueblo, pues quería mucho ir a Moscú, pero ahora, al contrario, le tiraba al pueblo.
Olga despertó a Sasha y agitada, temiendo que el susurro y la luz molestaran a alguien, le leyó la carta dos veces. Después ambas bajaron por la escalera oscura, fétida, y salieron de la casa. En las ventanas abiertas por completo, se veía cómo planchaban en la lavandería, tras los portones estaban paradas dos lavanderas con cigarrillos. Olga y Sasha iban por la calle rápido, y hablaban de que sería bueno ahorrar dos rublos, y enviarlos al pueblo: un rublo a María, y con el otro oficiar un réquiem en la tumba de Nikolai.
-¡Ah, hace poco pasé un miedo! -contaba Olga juntando las manos-. Apenas nos sentamos a almorzar, hurraca, de pronto, no se sabe de dónde, ¡Kiriák borracho re-borracho! “¡Dame dinero, Olga!”, dice. Y grita, patea con los pies, dame, y todo eso. ¿Y de dónde lo saco? Yo no recibo un salario, yo misma vivo de la limosna, que me dan los buenos señores, y con eso soy rica... No quiere escuchar, ¡dame! Los inquilinos de los números miraban, el dueño vino, ¡un puro castigo, una deshonra! Le pedí a los estudiantes treinta kópeks, se los di. Se fue... Y después el día entero ando y susurro: “¡Ablanda, Señor, su corazón!” Así susurro.
En las calles había silencio, en ocasiones pasaban los cocheros nocturnos, y en algún lugar lejano, debía ser en el jardín recreativo, aún tocaban música y los cohetes crujían de modo apagado.

Título original: Mujiki, capítulos inéditos X y XI de Los mujíks, hallados entre los papeles de Antón Chejov (Obs. completas, t. 9, pags. 344-348).
Imagen: Zinaida Serebriakova, Self-portrait: At the Dressing Table, 1909.

jueves, 7 de abril de 2011

En el camino


Pernoctaba la nube dorada,
Sobre el pecho del peñasco gigante1
Liérmontov

En la habitación, que el mismo tenedor de la taberna, el cosaco Semión Chistoplíui llamaba “forastera”, o sea designada de modo exclusivo para los forasteros, en una gran mesa no pintada estaba sentado un hombre alto, ancho de hombros de unos cuarenta años. Acodado en la mesa y apoyada la cabeza en el puño, dormía. El cabo de una vela de sebo, clavado en una latita de pomada, iluminaba su barba castaña, la ancha nariz gruesa, las mejillas atezadas, las cejas negras tupidas, cernientes sobre los ojos cerrados... Y la nariz, las mejillas y las cejas, todos los rasgos, cada uno por separado, eran groseros y pesados, como los muebles y la estufa de la “forastera”, pero en general brindaban algo armonioso e incluso bonito. Tal es, como se dice, el destino del rostro ruso: mientras más robustos y ásperos sus rasgos, más suave y bondadoso parece éste. Estaba vestido el hombre con un saco señorial, gastado, pero ribeteado con una cinta ancha nueva, un chaleco de felpa y un ancho pantalón negro, metido en unas botas grandes.
En uno de los bancos, que se extendía a lo largo de la pared de forma incesante, en la piel de una pelliza de zorro dormía una niña de unos ocho años, con un vestido marrón y unas largas medias negras. Su rostro era pálido, los cabellos rubios, los hombros estrechos, todo el cuerpo delgado y escaso, pero la nariz resaltaba como un mismo bulto grueso y no bonito, como en el hombre. Ella dormía de modo profundo y no sentía, cómo una peineta semi redonda, caída de la cabeza, le cortaba la mejilla.
La “forastera” tenía un aspecto festivo. El aire olía a suelo recién lavado, en la cuerda, que se extendía en diagonal por toda la habitación, no colgaban como siempre unos trapos, y en una esquina encima de la mesa, poniendo una mancha rojiza en la imagen de Jorge el victorioso2, ardía una lámpara débilmente. Observando la gradación más severa y cuidadosa, en la transición de lo divino a lo profano, desde la imagen, por ambos costados de la esquina, se extendía una serie de estampas populares. A la opaca luz del cabo y la lámpara rojiza, las estampas se mostraban como una franja continua, cubierta de borrones negros; y cuando la estufa de azulejos, deseando cantar a una voz con el tiempo, con un aullido aspiraba para sí el aire, y los leños, como despertados, se encendían con una llama vívida y gruñían enojados, entonces en las paredes de troncos empezaban a saltar unas manchas coloradas, y se podía ver cómo, por encima de la cabeza del hombre dormido, se acrecían ya el anciano Serafín3, ya el sha Naser al-Din4, ya un niño marrón, rollizo, con los ojos desorbitados y susurrando algo al oído de una señorita, con un rostro inusitadamente obtuso e indiferente...
En el patio tronaba el mal tiempo. Algo rabioso, maligno, pero profundamente desdichado, con la furia de una fiera, se agitaba alrededor de la taberna e intentaba irrumpir en el interior. Azotando las puertas, golpeando en las ventanas y por el tejado, arañando las paredes eso ya amenazaba, ya suplicaba, ya se acallaba no por largo tiempo, y después con un aullido de júbilo, traicionero irrumpía por el conducto de la estufa; pero ahí los leños se encendían y el fuego, como un perro encadenado, volaba con rabia al encuentro del enemigo, empezaba la lucha, y después de ésta los sollozos, el chillido, el rugido enojado. En todo eso se oía una angustia rencorosa, un odio insatisfecho, la impotencia insultada de alguien, que alguna vez estuvo habituado a la victoria...
Encantada por esa música salvaje, no humana la “forastera”, al parecer, se había aletargado por los siglos. Pero he aquí la puerta crujió, y a la habitación entró el muchacho de la taberna, con una camisa de calicó nueva. Cojeando de una pierna y guiñando los ojos soñolientos, quitó de la vela con los dedos, puso unos leños en la estufa y salió. Al instante en la iglesia, que en Ciervos se hallaba a trescientos pasos de la taberna, empezaron a tocar a medianoche. El viento jugaba con el tañido como con los copos de nieve; persiguiendo a los sonidos de la campana, los giraba en la superficie inmensa, de modo que unos toques se interrumpían o se extendían en un largo sonido ondeante, y otros se esfumaban por completo en el zumbido general. Un toque resonó en la habitación con tal claridad, como si llamaran bajo las mismas ventanas. La niña, dormida en la piel de zorro, se estremeció y levantó la cabeza. Un minuto miró sin sentido la ventana oscura, a Naser al-Din, por el que en ese momento se deslizaba la luz púrpura de la estufa, después llevó su mirada al hombre dormido.
-¡Papá! -dijo.
Pero el hombre no se movía. La niña frunció las cejas enojada, se acostó y encogió las piernas. Tras la puerta de la taberna alguien bostezó de forma ruidosa y tendida. Pronto, seguido de esto, se oyó el chillido del bloque de la puerta y unas voces confusas. Alguien entró y, sacudiéndose la nieve, pataleó con unas botas de fieltro de modo apagado.
-¿Qué? -preguntó una voz femenina con pereza.
-Vino la señorita Ilováiskaya5... -respondió un bajo.
De nuevo chilló el bloque de la puerta. Se oyó el ruido del viento que irrumpía. Alguien, probablemente el muchacho cojo, corrió hacia la puerta que conducía a la “forastera”, tosió con respeto y corrió el cerrojo.
-Aquí, mátushka-señorita, pase -dijo una voz femenina cantarina-, ahí está limpio, bella...
La puerta se abrió por completo, y en el umbral apareció un mujík barbudo, con un kaftán6 de cochero y una gran maleta en el hombro, todo, de la cabeza a los pies, forrado de nieve. Tras éste entró no alta, casi dos veces más baja que el cochero, una figura femenina sin rostro y sin brazos, arropada, envuelta, parecida a un nudo y también cubierta de nieve. Desde el cochero y el nudo, sopló hacia la niña una humedad como de sótano, y el fuego de la vela osciló.
-¡Qué tonterías! -dijo el nudo enojado-. ¡Se puede ir perfectamente! Quedaban por ir sólo doce vérstas, todo más por el bosque, y no nos perdíamos...
-Perdernos pues, no nos perdíamos, ¡pero los caballos no iban, señorita! -respondió el cochero-. ¡Y el Señor tu voluntad, como si yo a propósito!
-Dios sabe a dónde me trajiste... Pero más bajo... Ahí, parece, duermen. Anda de aquí...
El cochero puso la maleta en el suelo, además, de sus hombros cayeron capas de nieve, emitió con la nariz un sonido de sollozo y salió. Luego la niña vio, cómo del medio del nudo salieron dos manos pequeñas, que se estiraron hacia arriba, y se pusieron enojadas a desenredar un enredo de chales, pañuelos y bufandas. Al principio cayó al suelo un chal grande, después un capuchón, tras éste un pañuelo tejido blanco. Liberada la cabeza, la forastera se quitó la pelerina y enseguida se redujo a la mitad. Ahora estaba ya con un paletó largo, gris de botones grandes y bolsillos abultados. De un bolsillo sacó un envoltorio de papel con algo, del otro un atado de llaves grandes, pesadas que puso con tal descuido, que el hombre dormido se estremeció y abrió los ojos. Por cierto tiempo éste miró a los costados de forma obtusa, como sin entender dónde estaba, después sacudió la cabeza, fue a la esquina y se sentó... La forastera se quitó el paletó, por lo que se redujo a la mitad de nuevo, se sacó las botas de felpa y se sentó también.
Ahora ya no parecía un nudo. Era una trigueña pequeña, delgada de unos 20 años, fina como una culebra, con un rostro blanco alargado y unos cabellos ondeados. Su nariz era larga, aguda, la barbilla también larga y aguda, las pestañas largas, los ángulos de la boca agudos, y gracias a esa agudeza general, la expresión del rostro parecía punzante. Apretada en un vestido negro, con una masa de encajes en el cuello y las mangas, de codos agudos y largos dedos rosados, recordaba los retratos de las damas inglesas medievales. La expresión seria, concentrada de su rostro aumentaba aún más ese parecido...
La trigueña miró la habitación, miró de soslayo al hombre y a la niña y, tras encogerse de hombros, se sentó junto a la ventana. Las ventanas oscuras temblaban con el viento húmedo del este. Los copos de nieve robustos, brillando con blancura, se posaban en los cristales, pero al instante se esfumaban, llevados por el viento. La música salvaje se hacía más fuerte...
Después de un largo silencio, la niña se volvió de pronto y dijo, recalcando enojada cada palabra:
-¡Señor! ¡Señor! ¡Que infeliz soy! ¡La más infeliz de todas!
El hombre se levantó y, con un andar culpable, que no le iba en absoluto a su estatura inmensa y barba grande, fue a pasitrote hacia la niña.
-¿Tú no duermes, amiguita? -preguntó con una voz de disculpa-. ¿Qué tú quieres?
-¡No quiero nada! ¡Me duele el hombro! ¡Tú, papá, no eres un hombre bueno, y Dios te va a castigar! ¡Verás pues, que te va a castigar!
-Hijita mía, yo sé que te duele el hombro, ¿pero qué pues puedo hacer, amiguita? -dijo el hombre en el tono, con que los maridos bebidos se disculpan con sus esposas severas-. Eso, Sásha, te duele el hombro por el camino. Mañana vamos a llegar al lugar, vamos a descansar, y se te pasará...
-Mañana, mañana... Tú cada día me dices que mañana. ¡Nosotros vamos a ir veinte días todavía!
-Bueno, amiguita, palabra de honor de padre, vamos a llegar mañana. Yo no miento nunca, y si la nevasca nos retuvo, pues no soy culpable.
-¡Yo no puedo aguantar más! ¡No puedo, no puedo!
Sásha pataleó con una pierna con aspereza, e inundó la habitación con un llanto chillón desagradable. Su padre dejó de la mano y, extraviado, echó una mirada a la trigueña. Ésta se encogió de hombros y se acercó a Sásha con indecisión.
-Escucha, querida -dijo ella-, ¿para qué llorar pues? Es verdad, no es bueno si te duele el hombro, ¿pero qué hacer pues?
-Ve, señora -rompió a hablar el hombre con rapidez, como si se justificara-, no dormimos en dos noches, y viajamos en un carruaje repugnante. Bueno, por supuesto, naturalmente, que ella está enferma y se angustia... Y ahí todavía, ¿sabe?, nos tocó un cochero borracho, nos robaron la maleta... la ventisca todo el tiempo, ¿pero para qué, señora, llorar? Por lo demás, ese dormir en una posición sentada me fatigó, y yo estoy como borracho. ¡Por Dios, Sásha, aquí sin ti da asco, y tú todavía lloras!
El hombre meneó la cabeza, dejó de la mano y se sentó.
-Por supuesto, no se debe llorar -dijo la trigueña-. Eso sólo los niños de pecho lloran. Si tú estás enferma, querida, pues hay que desvestirse y dormir... ¡Vamos pues a desvestirnos!
Cuando la niña estuvo desvestida y tranquila, sobrevino un silencio de nuevo. La trigueña estaba sentada junto a la ventana, y miraba perpleja la habitación de la taberna, la imagen, la estufa... Por lo visto, le parecían extraños la habitación, la niña con su nariz gruesa, con una camisa corta de chiquillo, y el padre de la niña. Ese hombre extraño estaba sentado en una esquina, extraviado, como borracho, echaba miradas a los costados y se arrugaba el rostro con la palma de la mano. Callaba, guiñaba los ojos y, mirando su figura culpable, era difícil suponer que pronto empezara a hablar. Pero el primero que empezó a hablar fue él. Habiendo acariciado sus rodillas, tosido, sonrió con malicia y dijo:
-Una comedia, por Dios... Miro y no creo a mis ojos: bueno, ¿por qué diablo el destino nos empujó a esta taberna asquerosa? ¿Qué quería expresar él con eso? La vida arma a veces unos saltos mortales, que sólo miras y mueves los ojos perplejo. ¿Usted, señora, se digna ir lejos?
-No, no lejos -respondió la trigueña-. Yo voy desde nuestra posesión, a unas veinte vérstas de aquí, a nuestra misma granja, a donde mi padre y mi hermano. Yo misma soy Ilováiskaya, pero la granja se llama Ilováiskaya así mismo, a doce vérstas de aquí. ¡Qué tiempo desagradable!
-¡Qué peor!
El muchacho cojo entró y puso un cabo nuevo en la latita de pomada.
-¡Si tú, mozuelo, nos pusieras el samovar! -se dirigió a éste el hombre.
-¿Quién toma té ahora pues? -sonrió el cojo con malicia-. Es pecado tomar antes de misa.
-No es nada, mozuelo, no tú vas a arder en el infierno, sino nosotros...
En el té los nuevos conocidos hablaron. Ilováiskaya conoció que su interlocutor se llamaba Grigórii Petróvich Lijarióv, que era hermano de ese mismo Lijarióv, que en uno de los distritos vecinos servía de decano, y que él mismo fue alguna vez un hacendado, pero “se quemó en su tiempo”. Y Lijarióv conoció que Ilováiskaya se llamaba María Mijáilovna, que la posesión de su padre era inmensa, pero que administrar le tocaba sólo a ella, ya que su padre y su hermano miraban la vida a través de los dedos7, eran descuidados y amaban demasiado a los galgos.
-Mi padre y mi hermano en la granja solos-solitos -decía Ilováiskaya moviendo los dedos (al conversar, tenía la manera de mover los dedos, delante de su rostro punzante y, después de cada frase, lamerse los labios con su lengua aguda), ellos, los hombres, son una gente descuidada, y para sí mismos no mueven un dedo. ¡Me imagino quién les dará para hacer pascua! Una madre nosotros no tenemos, y nuestros sirvientes son así, que sin mí no tienden ni un mantel como se debe. ¡Ahora se puede imaginar su situación! Ellos se van a quedar sin hacer pascua, y yo toda la noche debo estar sentada aquí. ¡Qué extraño es todo esto!
Ilováiskaya se encogió de hombros, sorbió de la taza y dijo:
-Hay fiestas que tienen su olor. En la Pascua, la Trinidad y la Navidad el aire huele a algo peculiar. Hasta los no creyentes aman esas fiestas. Mi hermano, por ejemplo, comenta que no hay Dios, y en la Pascua es el primero que corre a maitines.
Lijarióv alzó los ojos hacia Ilováiskaya y se echó a reír.
-Comentan que no hay Dios -continuó Ilováiskaya, echándose a reír también-, ¿pero por qué pues, dígame, todos los escritores célebres, los científicos, en general las personas inteligentes creen al final de la vida?
-Quien no supo creer en la juventud, señora, ese no creerá en la vejez, aunque sea un re-contra escritor.
A juzgar por la tos Lijarióv tenía voz de bajo pero, probablemente, por temor a hablar en voz alta o por una timidez excesiva, hablaba en tenor. Habiendo callado un poco, suspiró y dijo:
-Yo entiendo así, que la fe es una capacidad del espíritu. Ésta es lo mismo que el talento: hay que nacer con ella. En cuanto puedo juzgar por mí, por esas personas que he visto en mi vida, por todo lo que sucedía alrededor, esa capacidad es inherente a la gente rusa en un altísimo grado. La vida rusa consiste en una serie incesante de creencias y aficiones, y la descreencia o la negación, si desea saber, ésta todavía ni la ha olido. Si el hombre ruso no cree en Dios, pues eso significa que cree en alguna otra cosa.
Lijarióv aceptó de Ilováiskaya una taza de té, sorbió la mitad enseguida y continuó:
-Yo le diré de mí mismo. En mi alma, la naturaleza depositó una inusitada capacidad de creer. Media vida yo figuré, no sea dicho por la noche8, en la plantilla de los ateos y los nihilistas, pero no hubo en mi vida ni una hora, cuando yo no creyera. Todos los talentos se descubren, comúnmente, en la temprana infancia, así mi capacidad se daba ya a conocer, cuando yo todavía andaba a pie abajo de la mesa. A mi madre le gustaba que los niños comieran mucho, y pasaba que cuando me daba de comer, pues decía: “¡Come! ¡Lo principal en la vida es la sopa!” Yo le creía, me comía esa sopa unas diez veces al día, comía como un tiburón, hasta la repugnancia y el desmayo. La nana me contaba cuentos, y yo creía en los duendes, los silvanos, en toda clase de diabluras. Pasaba, que le robaba a mi padre un sublimado, lo rociaba en los melindres, y me los llevaba al desván, ¿ve?, para que los duendes comieran y se murieran. Y cuando aprendí a leer y entender lo leído, ¡pues empezó a escribir el gobierno9! Yo huía a América, y me iba con los bandidos, y pedía ingresar a un monasterio, y alquilaba a chiquillos para que me torturaran por Cristo. Y advierta, mi fe siempre fue activa, no muerta. Si huía a América, pues no era solo, sino desviaba conmigo a alguien más, tan imbécil como yo, y me alegraba cuando me helaba en el puesto, y cuando me azotaban; si me iba con los bandidos, pues regresaba seguro con la jeta partida. ¡Una infancia inquieta, le informo! Y cuando me mandaron al gimnasio, y me regaron allí con toda clase de verdades, del tipo de que la tierra anda alrededor del sol, o que la luz blanca no es blanca, sino se compone de siete colores, ¡la cabeza me daba vueltas! Todo me volaba alrededor: Josué10, que detenía el sol, y mi madre, que en nombre del profeta Elías negaba los pararrayos, y mi padre, indiferente a las verdades que yo conocía. Mi clarividencia me inspiraba. Como un chiflado, andaba por la casa, por los establos, predicaba mis verdades, llegaba al horror por la ignorancia, ardía de odio hacia todos, los que en la luz blanca veían sólo el blanco... Por lo demás, todo esto son tonterías y chiquilladas. Las aficiones serias pues, así decir, varoniles, me empezaron desde la universidad. Usted, señora, ¿se dignó a terminar un curso en algún lugar?
-En Novocherkássk11, en el instituto del Don.
-¿Y en los cursos, no estuvo? Por lo tanto, usted no sabe qué son las ciencias. Todas las ciencias, cuantas hay en el mundo, tienen el mismo pasaporte, sin el que se consideran impensables: ¡la aspiración a la verdad! Cada una de ellas, incluso alguna farmacognosia, tiene como objetivo no el provecho, no la comodidad en la vida, sino la verdad. ¡Notable! Cuando usted se dispone a estudiar alguna ciencia, pues le sorprende ante todo su principio. Yo le digo, no hay nada más aficionante y grandioso, nada desconcierta tanto ni sobrecoge el espíritu humano, como el principio de alguna ciencia. Desde las primeras cinco-seis conferencias, ya lo animan las esperanzas más brillantes, ya se parece a sí mismo el dueño de la verdad. Y yo me entregué a las ciencias con abnegación, apasionadamente, como a la mujer amada. Yo era su esclavo, y excepto éstas, no quería conocer ningún otro sol. Día y noche, sin desdoblar la espalda, aprendía de memoria, me arruinaba con los libros, lloraba, cuando ante mis ojos, las personas explotaban la ciencia con objetivos personales. Pero no me aficionaba largo tiempo. La cosa está, en que cada ciencia tiene un principio, pero no tiene un final en absoluto, lo mismo que en la fracción periódica. La zoología descubrió 35 000 especies de insectos, la química calcula 60 cuerpos simples. Si con el tiempo, a esas cifras se le agregan por la derecha diez ceros, la zoología y la química asimismo estarán lejos de su fin, como ahora, y todo el trabajo científico moderno consiste, precisamente, en el incremento de las cifras. Ese truco yo lo entendí, cuando descubrí la especie 35 001 y no sentí satisfacción. Bueno, no alcancé a sufrir una decepción, ya que pronto se apoderó de mí una nueva fe. Yo me entregué al nihilismo con sus proclamas, repartos negros12 y todo tipo de cosas. Iba al pueblo, servía en las fábricas, en las lubricadoras, las sirgadoras. Después, cuando vagando por Rusia olí la vida rusa, me convertí en un ardiente admirador de esa vida. Yo amaba al pueblo ruso hasta el sufrimiento, amaba y creía en su Dios, lenguaje, arte... Y demás y demás... En un tiempo fui eslavófilo, cansé a Aksákov13 con cartas, y fui ucranófilo, arqueólogo, coleccionista de imágenes de arte popular... me aficionaba a las ideas, las personas, los sucesos, los lugares... ¡me aficionaba sin descanso! Hace cinco años servía a la negación de la propiedad, mi última fe fue la no resistencia al mal.
Sásha suspiró de modo jadeante y empezó a moverse. Lijarióv se levantó y se acercó a ella.
-Mi amiguita, ¿no quieres té? -preguntó con ternura.
-¡Tómatelo tú mismo! -respondió la niña con grosería.
Lijarióv se confundió y, con un andar culpable, volvió a la mesa.
-Entonces, usted vivió divertido -dijo Ilováiskaya-. Tiene sobre qué recordar.
-Bueno sí, todo eso es divertido, cuando estás sentado en el té con una interlocutora buena, y platicas, pero pregunte ¿en qué me salió esa diversión? ¿Qué me costó la diversidad de mi vida? Pues yo, señora, creía no como un doctor de filosofía alemán, un zierlich-manierlich14, no vivía en el desierto, y cada fe mía me pasaba por el aro, rompía mi cuerpo en pedazos. Juzgue usted misma. Yo era rico, como mis hermanos, pero ahora soy un mendigo. En el humo de las aficiones malgasté mi fortuna, y la de mi mujer, un montón de dinero ajeno. Yo ahora tengo 42 años, la vejez está en las narices, y estoy sin cobijo, como un perro, que se retrasó del convoy en la noche. En toda mi vida, no conocí qué era el sosiego. Mi alma se fatigaba de forma incesante, sufría incluso con las esperanzas... Me agotaba por el pesado trabajo en desorden, soportaba las privaciones, unas cinco veces estuve en la cárcel, deambulé por los gobiernos de Arjánguelsk y Tobólsk... ¡recordarlo duele! Yo vivía, pero en el humo no sentía el mismo proceso de la vida. ¿Me cree?, yo no recuerdo ni una primavera, no advertía cómo me amaba mi mujer, cómo nacían mis hijos. ¿Qué más decirle? Para todos esos que me querían, yo era la infelicidad... Mi madre ya hace 15 años que lleva luto por mí, y mis hermanos orgullosos, que tuvieron que dolerse de alma por mí, sonrojarse, doblar sus espaldas, derrochar el dinero, al final me odiaron como a un veneno.
Lijarióv se levantó y se sentó de nuevo.
-Si yo sólo fuera infeliz, pues le agradecería a Dios -continuó sin mirar a Ilováiskaya-. Mi infelicidad personal pasa a un segundo plano, cuando recuerdo cuán a menudo fui absurdo en mis aficiones, lejano de la verdad, injusto, cruel, ¡peligroso! Cuán a menudo odié y desprecié con toda el alma, a esos a quienes debía querer, y al revés. Traicioné mil veces. Hoy creía, caía de rodillas, y mañana ya, como un cobarde, huía de mis dioses y amigos de hoy, y me tragaba callado al canalla, que soltaban atrás de mí. Sólo Dios veía, cuán a menudo yo lloraba y mordía la almohada, por la vergüenza de mis aficiones. ¡Ni una vez en mi vida mentí o hice el mal con intención, pero mi conciencia no está limpia! Señora, yo no puedo incluso jactarme, de que sobre mi conciencia no pesa la vida de nadie, ya que ante mis propios ojos murió mi mujer, a la que extenué con mi negligencia. ¡Sí, mi mujer! Escuche, en nuestra convivencia predominan ahora dos actitudes hacia las mujeres. Unos miden los cráneos de las mujeres, para demostrar que la mujer es inferior al hombre, buscan sus defectos para burlarse de ella, dárselas de originales ante sus ojos, y justificar su animalidad. Y otros, con todas sus fuerzas, intentan levantar a la mujer hasta sí mismos, o sea, la obligan a aprender de memoria las 35 000 especies, a decir y escribir las mismas tonterías, que ellos mismos dicen y escriben...
El rostro de Lijarióv se oscureció.
-Y le diré, que la mujer siempre fue y será esclava del hombre -rompió a hablar con voz de bajo, golpeando la mesa con el puño-. Ella es una cera tierna, suave, de la que el hombre siempre esculpió todo lo que le plugo. Señor, Dios mío, por una afición masculina groshéra15, ella se cortaba el cabello, abandonaba a la familia, moría en el extranjero... Entre las ideas por las que ella se sacrificaba, no había ni una femenina... ¡Una esclava abnegada, fiel! Los cráneos yo no los medía, y digo esto por la pesada, amarga experiencia. Las mujeres más orgullosas, independientes, si yo lograba comunicarles mi inspiración, iban tras de mí sin razonar, sin preguntar, y haciendo todo lo que yo quería; de una monjita yo hice una nihilista, que, como oí después, le disparó a un gendarme; mi mujer no me dejaba en mis andanzas ni por un minuto, y como una veleta, cambiaba su fe paralelo a como yo cambiaba mis aficiones.
Lijarióv se levantó y anduvo por la habitación.
-¡Una esclavitud noble, elevada! -dijo, juntando las manos-. ¡En ésta pues, precisamente, estriba el alto sentido de la vida femenina! De la terrible confusión que se acumuló en mi cabeza, en todo el tiempo de mi relación con las mujeres, en mi memoria, como a través de un filtro, se salvaron no las ideas, no las palabras inteligentes, no la filosofía, sino esa inusitada sumisión al destino, esa excepcional misericordia, el perdón de todo...
Lijarióv apretó los puños, miró a un punto fijamente y, con cierta tensión apasionada, como sorbiendo cada palabra, profirió a través de los dientes apretados:
-Ese... ese soportar generoso, lealtad hasta la tumba, poesía del corazón... El sentido de la vida está, precisamente, en ese martirio resignado, en las lágrimas que ablandan a la roca, en el amor ilimitado que lo perdona todo, que lleva al caos de la vida la luz y el calor...
Ilováiskaya se levantó con lentitud, dio un paso hacia Lijarióv y fijó sus ojos en su rostro. Por las lágrimas que brillaban en sus pestañas, por la voz trémula, apasionada, por lo colorado de las mejillas, estaba claro para ella, que las mujeres no eran un casual y simple tema de conversación. Éstas eran el objeto de su nueva afición o, como él mismo decía, ¡nueva fe! Por primera vez en la vida, Ilováiskaya veía ante sí a un hombre aficionado, creyente ardiente. Al gesticular, con los ojos brillando, le parecía un demente, un frenético, pero en el fuego de sus ojos, en el discurso, en los movimientos de todo el cuerpo grande, se sentía tanta belleza que ella misma, sin advertirlo, estaba parada ante él, como clavada, y lo miraba a la cara extasiada.
-¡Y tome a mi madre! -decía él, tendiendo las manos hacia ella, y poniendo una cara suplicante-. Yo envenené su existencia, la difamé, según su concepto, la estirpe de los Lijarióv le causó tanto mal, cuanto le podía causar el enemigo más maligno, ¿y qué pues? Mis hermanos le dan unos gróshes para las hostias y las oraciones, y ella, violando su sentido religioso, ¡ahorra ese dinero y se lo manda en secreto a su Grigórii libertino! ¡Sólo esa menudez educa y ennoblece el alma mucho más, que todas las teorías, las palabras inteligentes, las 35 000 especies! Yo le puedo poner miles de ejemplos. ¡Y pues tomarla a usted siquiera! En el patio está la nevasca, la noche, y usted va hacia su hermano y su padre, para animarlos con una caricia en la fiesta, aunque ellos, acaso, no piensan, se olvidaron de usted. Y espere, amará a un hombre, así va a ir tras él al polo norte. ¿Pues usted iría?
-Sí, si... lo amo.
-¡Pues ve! -se alegró Lijarióv e incluso golpeó con el pie-. ¡Por Dios, me alegro tanto de que la conocí! Es tan bueno mi destino, siempre me encuentro con personas excelentes. Que si un día, pues conozco a una, que por la persona, simplemente, daría el alma. En este mundo, hay muchas más buenas personas que malas. Pues mire, cómo usted y yo hablamos con franqueza y de alma, como si nos conociéramos hace cien años. Otras veces, le informo, unos diez años te fortaleces, callas, tienes secretos de los amigos y de tu mujer, y encuentras a un cadete en el vagón, y le platicas toda el alma. A usted, yo tengo el honor de verla sólo por primera vez, y le confesé, como nunca me he confesado. ¿Por qué eso?
Frotándose las manos y sonriendo divertido, Lijarióv se paseó por la habitación y rompió a hablar sobre las mujeres de nuevo. Mientras tanto llamaron a maitines.
-¡Señor! -rompió a llorar Sásha-. ¡Él con sus conversaciones no me deja dormir!
-¡Ah, sí! -cayó en cuenta Lijarióv-. Culpable, amiguita. Duerme, duerme... Además de ella, yo tengo aún dos chicos-, susurró-. Esos, señora, viven con el tío, y ésta no puede respirar un día sin el padre. Sufre, murmura, y se pega a mí como la mosca a la miel. Yo, señora, platiqué demasiado, como que eso no le impida descansar. ¿No le place, que le haga el lecho?
Sin esperar el permiso, sacudió la pelerina mojada y la extendió en el banco, con la piel hacia arriba, recogió los pañuelos y chales dispersos, puso a la cabeza el paletó envuelto como un tubo, y todo eso callado, con una expresión de veneración obsequiosa en el rostro, como si se ocupara no de unos trapos femeninos, sino de pedazos de vasos sagrados. En toda su figura había algo culpable, confundido, como si en presencia de una criatura débil se avergonzara de su estatura y fuerza...
Cuando Ilováiskaya se acostó, él apagó la vela y se sentó en un taburete junto a la estufa.
-Así pues, señora -susurraba prendiendo un cigarrillo grueso, y echando humo hacia la estufa-. La naturaleza depositó en el hombre ruso una inusitada capacidad de creer, una mente escrutadora y el don del pensamiento, pero todo eso se convierte en polvo por el descuido, la pereza y la ligereza soñadora... Sí...
Ilováiskaya, asombrada, escrutó la tiniebla, y vio sólo la mancha rojiza en la imagen, y el parpadeo de la luz de la estufa en el rostro de Lijarióv. La tiniebla, el tañido de la campana, el rugido de la ventisca, el muchacho cojo, la Sásha murmurante, el desdichado Lijarióv y su discurso, todo eso se mezclaba, se acrecía en una impresión inmensa, y el mundo de Dios le parecía fantástico, lleno de milagros y fuerzas mágicas. Todo lo recién oído sonaba en sus oídos, y la vida humana le parecía un cuento hermoso, poético, que no tenía fin.
La impresión inmensa creció y creció, nubló consigo su conciencia y se convirtió en un dulce sueño. Ilováiskaya dormía, pero veía la lámpara y la nariz gruesa, por la que saltaba la luz rojiza.
Oía un llanto.
-¡Querido papá, -suplicaba una voz infantil con ternura-, volvamos con el tío! ¡Allá hay un arbolito! ¡Allá están Stiépa y Kólia!
-Amiguita mía, ¿qué yo puedo hacer pues? -convencía un bajo masculino apagado-. ¡Entiende! ¡Bueno, entiende!
Y al llanto infantil se unió el masculino. Esa voz de la pena humana, entre el aullido del mal tiempo, parecía al oído de la muchacha una música tan dulce, humana, que no soportó el placer y rompió a llorar también. Oyó después, cómo una gran sombra negra se le acercaba con suavidad, levantaba del suelo un chal caído y arropaba sus piernas.
Despertó a Ilováiskaya un rugido extraño. Se levantó y, asombrada, echó una mirada a su alrededor. En las ventanas, medio cubiertas de nieve, asomaba el azulado del amanecer. En la habitación había una penumbra grisácea, a través de la cual se dibujaban claramente la estufa, la niña dormida y Nasreddine. La estufa y la lámpara ya se habían apagado. En la puerta abierta por completo se veía la gran habitación de la taberna, con el mostrador y las mesas. Cierto hombre con un rostro obtuso, gitano, con unos ojos asombrados estaba parado en medio de la habitación, en un charco de nieve derretida y sostenía un palo con una gran estrella roja16. Lo rodeaba una multitud de chiquillos inmóviles como estatuas, y forrados de nieve. La luz de la estrella, pasando a través del papel rojo, coloraba sus rostros mojados. La multitud rugía en desorden, y de su rugido Ilováiskaya entendió sólo un couplet:

Hey tú, mozuelo pequeño,
Toma un cuchillo finito,
Matemos, matemos al judío,
Al hijo
pesaroso...

Cerca del mostrador estaba parado Lijarióv, que miraba a los cantores con ternura y golpeaba al ritmo con el pie. Viendo a Ilováiskaya, sonrió con todo el rostro y se acercó a ella. Ella sonrió también.
-¡Por la fiesta! -dijo-. Yo vi que usted dormía bien.
Ilováiskaya lo miraba, callaba y seguía sonriendo.
Después de la conversación nocturna, él ya no le parecía alto, ancho de hombros, sino pequeño, igual a como nos parece pequeño el barco más grande, del que dicen que cruzó el océano.
-Bueno, me es hora de irme -dijo-. Tengo que vestirme. Dígame, ¿a dónde pues usted se dirige ahora?
-¿Yo? A la estación Klinúshki, de ahí a Sérguievo, y de Sérguievo 40 vérstas a caballo, a las minas de carbón de un imbécil, un tal general Shashkóvskii. Allá mis hermanos me hallaron un puesto de gerente... Voy a cavar carbón.
-Permita, yo esas minas las conozco. Pues Shashkóvskii es mi tío. Pero... ¿para qué va allá? -preguntó Ilováiskaya, mirando a Lijarióv asombrada.
-De gerente. Para gerenciar las minas.
-¡No entiendo! -se encogió de hombros Ilováiskaya-. Usted va a las minas. Pero es que allá es la estepa pelada, el despoblado, un aburrimiento tal, ¡que no vivirá ni un día! Un carbón repugnante, nadie lo compra, y mi tío es un maniaco, un déspota, un quebrado... ¡Usted no va a recibir ni un salario!
-Da lo mismo -dijo Lijarióv indiferente-. Y gracias por las minas.
Ilováiskaya se encogió de hombros y anduvo por la habitación con inquietud.
-¡No entiendo, no entiendo! -decía, moviendo los dedos delante de su rostro-. ¡Eso es imposible y... y irracional! Usted entienda que eso... ¡eso es peor que el destierro, eso es la tumba para un hombre vivo! Ah, Señor-, dijo ardiente, acercándose a Lijarióv y moviendo los dedos delante de su rostro sonriente, su labio superior temblaba y su rostro punzante palidecía-. Bueno, imagine la estepa pelada, la soledad. Allá no hay a quien decirle una palabra, y usted... ¡está aficionado a las mujeres! ¡Las minas y las mujeres!
Ilováiskaya de pronto se avergonzó de su ardor y, volviéndose de Lijarióv, se apartó hacia la ventana.
-¡No, no, usted no puede ir allá! -dijo ella, pasando el dedo por el cristal con rapidez.
No sólo con el alma, sino incluso con la espalda percibía, que detrás de ella estaba parado un hombre infinitamente desdichado, perdido, abandonado, y él, como sin reconocer su desdicha, como si no él hubiera llorado en la noche, la miraba y sonreía de modo bondadoso. ¡Y sería mejor que siguiera llorando! Varias veces ella se paseó con inquietud por la habitación, después se detuvo en una esquina y se quedó pensativa. Lijarióv decía algo, pero ella no lo oía. Dándole la espalda, sacó de su porte-monnaie17 un billete de cuatro, lo arrugó entre las manos largo tiempo y, mirado a Lijarióv, se sonrojó y se metió el billete en el bolsillo.
Tras la puerta se oyó la voz del cochero. Ilováiskaya callada, con un rostro severo, concentrado empezó a vestirse. Lijarióv la arropaba y platicaba divertido, pero cada palabra suya se posaba en el alma de ella con pesadez. No era divertido escuchar cuando bufoneaban los desdichados o los moribundos.
Cuando hubo terminado la conversión de una persona viva en un nudo deforme, Ilováiskaya miró por última vez “la forastera”, se quedó parada callada y salió con lentitud. Lijarióv fue a acompañarla...
Y en el patio aún, sabe Dios para qué, el invierno se enfurecía. Nubes enteras de una nieve suave, robusta giraban inquietas sobre la tierra, y no se hallaban lugar. Los caballos, el trineo, los árboles, un toro atado a un poste, todo estaba blanco y parecía suave, felpudo.
-Bueno, Dios le dé -farfulló Lijarióv, sentando a Ilováiskaya en el trineo-. No me recuerde mal...
Ilováiskaya callaba. Cuando el trineo arrancó y empezó a sortear un montón de nieve grande, se volvió a mirar a Lijarióv con tal expresión, como si quisiera decirle algo. Éste corrió hacia ella, pero ella no le dijo ni una palabra, y sólo lo miró a través de sus largas pestañas, de las que colgaban copitos de nieve...
Supo acaso, en realidad, su alma sensible leer esa mirada, o puede ser lo engañó la imaginación, pero de pronto le empezó a parecer que quizás dos-tres buenos, fuertes trazos más, y esa muchacha le habría perdonado sus fracasos, vejez, desgracia, y habría ido tras él sin preguntar, sin razonar. Largo tiempo estuvo parado, como clavado, mirando la huella dejada por los patines. Los copitos de nieve se posaban ansiosos en su cabello, barba, hombros... Pronto la huella de los patines se esfumó, y él mismo, cubierto de nieve, se empezó a parecer a un peñasco blanco, aunque sus ojos aún buscaban algo en las nubes de nieve.


1"Pernoctaba la nube dorada/Sobre el pecho del peñasco gigante".., del poema El peñasco (1841), de Mijaíl Liérmontov.
2San Jorge, mártir cristiano, según la leyenda soldado cristiano del ejército de Roma, nacido de familia noble en Capadocia y martirizado bajo el reinado de Diocleciano.
3Serafín de Saróv, santo venerado, monje ortodoxo nacido en la ciudad de Kursk en Rusia, que tiene la habilidad de ver a los ángeles y lleva vida de ermitaño en un bosque remoto.
4Naser al-Din, rey de la dinastía Kayar y sha de Persia, poseedor de ideas reformistas, pero con estilo de gobierno dictatorial, muere asesinado.
5Ilováiskii, familia noble de Rusia; su ancestro Mokéi Ilováiskii, jefe de las tropas cosacas del Don, recibe el caldero de oro por sus servicios, a fines del siglo XVII.
6Kaftán, abrigo antiguo ruso.
7Mirar a través de los dedos (expresión familiar), aproximadamente, hacer la vista gorda, cerrar los ojos a.
8No sea dicho por la noche (expresión familiar), aproximadamente, no para contarlo (recordarlo) en noche oscura.
9Empezó a escribir el gobierno (expresión jocosa anticuada), aproximadamente, se armó la de San Quintín.
10Josué, sucesor de Moisés, atraviesa el río Jordán, cuyas aguas son detenidas por Yahvé mientras el Arca de la Alianza, transportada por los levitas, se encuentra en el lecho del río.
11Instituto Marínskii del Don, centro docente de señoritas nobles, fundado en Novocherkássk en 1853.
12Reparto negro, partido de socialistas-federalistas, organización populista revolucionaria de Rusia a principios de 1880, que promueve el reparto de la tierra entre los campesinos.
13Konstantín Aksákov (hijo de Serguéi Aksákov), poeta, crítico, dramaturgo, líder del movimiento eslavófilo, colaborador de la revista El Moscovita.
14Zierlich-manierlich (expresión familiar), persona afectada, amanerada, ceremoniosa.
15Groshéro (expresión familiar), de poco valor, de grosh, antigua moneda rusa de ½ kópek.
16Símbolo de la "estrella de Belén", sucesora de fenómenos cósmicos extraordinarios que preceden el nacimiento del "hijo de Dios".
17Porte-monnaie, monedero.

Título original: Na puti, publicado por primera vez en el periódico Novoe vremia, 1886, Nº 3889, con la firma: "An. Chejov".
Imagen: Mikhail Guzhavin, Winter Night (Detail), 1917.