miércoles, 23 de marzo de 2011

El onomástico


Después del almuerzo del onomástico, con sus ocho platos y conversaciones interminables, la mujer del festejado, Olga Mijáilovna, fue al jardín. La obligación de sonreír y hablar de forma incesante, el sonido de la vajilla, el desatino de los sirvientes, los largos entreactos del almuerzo y el corset, que se había puesto para ocultarle su embarazo a los visitantes, la habían fatigado hasta el agotamiento. Ella quería irse lejos de la casa, sentarse en la sombra y descansar de sus ideas sobre el niño, que debía nacerle dentro de unos dos meses. Estaba habituada a que esas ideas le vinieran cuando, desde la gran alameda, doblaba a la izquierda por un sendero estrecho; allí, en la sombra espesa de las ciruelas y los cerezos, las ramas secas le arañaban los hombros y el cuello, la telaraña se le asentaba en el rostro, y en sus ideas surgía la imagen de una persona pequeña de sexo indefinido, de rasgos confusos, y le empezaba a parecer que no la telaraña le cosquillaba el rostro y el cuello de modo cariñoso, sino esa persona; y cuando al final del sendero aparecía el seto escaso, y tras éste las colmenas panzudas con sus tapas de arcilla, cuando el aire inmóvil, estancado empezaba a oler a heno y a miel, y se oía el manso zumbido de las abejas, la persona pequeña se apoderaba de Olga por completo. Ella se sentaba en un banquito junto a la cabaña, trenzada de parra, y se ponía a pensar.
Y esta vez llegó hasta el banquito, se sentó y se puso a pensar, pero en su imaginación, en lugar de la persona pequeña, se alzaba la gente mayor de la que recién se había ido. La inquietaba fuertemente que ella, la ama, hubiera dejado a los visitantes; y recordó cómo en el almuerzo su marido, Piótr Dmítrich y su tío, Nikolai Nikoláich, discutieron sobre el tribunal del jurado, la prensa y la educación femenina; su marido, como de costumbre, discutía para presumir ante los visitantes de su conservadurismo, y lo principal: para no convenir con su tío, a quien no quería; y el tío lo contradecía y reparaba en cada palabra suya, para mostrar a los comensales que él, el tío, a pesar de sus 59 años, conservaba aún en sí la frescura juvenil del espíritu y la libertad de pensamiento. Y la misma Olga, al final del almuerzo, no lo soportó y empezó a defender de forma inhábil los cursos femeninos, no porque esos cursos necesitaran una defensa, sino simplemente porque quería enfadar a su marido que, en su opinión, era injusto. Los visitantes se fatigaron con la discusión, pero con todo hallaron necesario inmiscuirse y hablaron mucho, aunque todos ellos no tenían ningún asunto ni con el tribunal del jurado, ni con la educación femenina...
Olga estaba sentada al otro lado del seto, cerca de la cabaña. El sol se ocultaba tras las nubes, los árboles y el aire se nublaban, como antes de la lluvia pero, a pesar de eso, hacía calor y era sofocante. El heno, segado bajo los árboles en víspera del día de Pedro, yacía no recogido, triste, resaltando con sus colores amustiados y soltando un fuerte olor empalagozo. Había silencio. Más allá del seto las abejas zumbaban de modo monótono...
De repente, se oyeron unos pasos y voces. Alguien iba por el sendero hacia el colmenar.
-¡Es sofocante! -dijo una voz femenina-. ¿Cómo usted opina, va a llover o no?
-Va, mi encanto, pero no antes de la noche -respondió con languidez una voz masculina muy conocida-. Va a llover bien.
Olga razonó que, si se apuraba a ocultarse en la cabaña, pues no la advertirían y pasarían de largo, y no necesitaría hablar y sonreír de forma forzada. Recogió su vestido, se inclinó y entró a la cabaña. Al instante su rostro, cuello y brazos fueron bañados por un aire caliente y sofocante, como el vapor. Si no fuera por la sequedad y el olor viciado del pan de centeno, el hinojo y las parras, por el que se sobrecogía la respiración, pues allí, bajo el tejado de paja y la penumbra, podría ocultarse a la perfección de los visitantes y pensar en la persona pequeña. Era acogedor y tranquilo.
-¡Qué lugar lindo hay aquí! -dijo una voz femenina-. Sentémonos aquí, Piótr Dmítrich.
Olga empezó a mirar por una rendija entre dos ramajes. Vio a su marido Piótr y a la visitante Liúbochka Scheller, una muchacha de diecisiete años, que hacía poco había terminado el instituto. Piótr, con el sombrero en la nuca, lánguido y perezoso por que había bebido mucho en el almuerzo, andaba con contoneo por el seto, y apilaba el heno con el pie en un montón; Liúbochka, rosada por el calor y como siempre linda, estaba parada con las manos puestas detrás, y vigilaba los movimientos perezosos del cuerpo grande, bonito de él.
Olga sabía que su marido le gustaba a las mujeres, y no le gustaba verlo con ellas. No había nada peculiar en que Piótr apilara el heno con pereza, para sentarse en éste con Liúbochka y platicar de tonterías; no había nada peculiar en que la linda Liúbochka lo mirara con dulzura, pero Olga con todo sintió enfado con su marido, miedo y gusto por que ella ahora podía escuchar.
-Siéntese, encantadora -dijo Piótr, bajándose al heno y estirándose-. Así pues. Bueno, cuénteme algo.
-¡Mire aún! Yo me pongo a contar, y usted se duerme.
-¿Yo me duermo? ¡Alá karim1! ¿Puedo yo acaso dormirme, cuando me miran unos ojos así?
En las palabras de su marido y en que él, en presencia de la visitante, estaba sentado arrellanado y con el sombrero en la nuca, no había tampoco nada peculiar. Él estaba mimado por las mujeres, sabía que les gustaba, y en su trato con ellas adoptaba un tono singular que, como todos decían, le iba a su rostro. Con Liúbochka se conducía asimismo, como con todas las mujeres. Pero Olga de todos modos celaba.
-Dígame, por favor -empezó Liúbochka después de cierto silencio-, ¿es verdad acaso lo que dicen, que usted fue al tribunal?
-¿Yo? Sí, fui… Por partícipe de los malvados, mi encanto.
-¿Pero por qué?
-Por nada, sino así... todo más por la política -bostezó Piótr-. La lucha de la izquierda y la derecha. Yo, un oscurantista y rutinario, me atreví a emplear en un papel oficial, unas expresiones insultantes para tales Gladstones2 impecables, como nuestros jueces de paz de distrito Kuzmá Vostriákov y Vladímir Vladímirov.
Piótr bostezó otra vez y continuó:
-Y nosotros tenemos un orden así, que usted puede expresarse de forma no aprobatoria sobre el sol, la luna, de lo que le plazca, ¡pero Dios la guarde de tocar a los liberales! ¡Dios la guarde! El liberal es ese mismo hongo seco asqueroso que, si lo toca con el dedo sin intención, la baña con una nube de polvo.
-¿Qué le sucedió a usted?
-Nada peculiar. Todo el alboroto se armó por una purísima tontería. Cierto maestro, una persona ruinosa de procedencia campanera3, le entregó a Vostriákov una demanda contra un tabernero, acusándolo de insulto de palabra y acción en lugar público. Por todo se veía, que el maestro y el tabernero ambos estaban borrachos, como unos zapateros4, y ambos se conducían de un modo igualmente infame. Si hubo insulto, pues en todo caso fue mutuo. Vostriákov debió multarlos a ambos por violación del silencio y echarlos de la cámara, eso es todo. ¿Pero entre nosotros cómo es? Entre nosotros, en el primer plano está siempre no la persona, no el hecho, sino la firma y la etiqueta. El maestro, cual canalla no sea, siempre tiene la razón, por que es un maestro, y el tabernero siempre es culpable, por que es un tabernero y campesino. Vostriákov condenó al tabernero al arresto, éste trasladó el caso al congreso. El congreso confirmó solemnemente la condena de Vostriákov. Bueno, yo me quedé con una opinión singular… Me calenté un poco... Eso es todo.
Piótr hablaba tranquilo, con ironía descuidada. Pero en realidad, el tribunal inminente lo inquietaba fuertemente. Olga recordó cómo él, al volver del congreso infausto, intentó con todas sus fuerzas ocultarle a los de casa, que le era penoso y no estaba satisfecho consigo. Como hombre inteligente no podía no sentir, que con su opinión singular había ido demasiado lejos, ¡y cuánta mentira necesitó, para ocultarse a sí mismo y a la gente esa sensación! ¡Cuántas conversaciones innecesarias hubo, cuantos gruñidos y risas insinceras sobre lo que no era risible! Al conocer que lo llamaban al tribunal, de pronto se fatigó y perdió el ánimo, empezó a dormir mal, más a menudo que de costumbre, se paraba en la ventana y tamboreaba con los dedos por los cristales. Y le daba vergüenza confesarle a su mujer que le era penoso, y ella sentía enfado...
-Dicen, ¿usted estuvo en el gobierno de Poltáva? -preguntó Liúbochka.
-Sí, estuve -respondió Piótr-. Hace tres días volví de allí.
-Seguro, ¿allá está bien?
-Bien. Incluso muy bien. Yo, debo decirle, llegué allí justo para la siega, y en Ucrania la siega es el tiempo más poético. Allá tenemos una casa grande, un jardín grande, mucha gente y agitación, así que usted no ve cómo siegan, allá todo pasa inadvertido. Allá mismo tengo en mi granja una pradera de quince desiatínas5, como en la palma de la mano: en cual ventana no se ponga, desde todos lados ve a los segadores. En la pradera siegan, en el jardín siegan, no hay visitantes, agitación tampoco, así que a la fuerza sólo ve, oye y siente la siega. En el patio y las habitaciones huele a heno, de sol a sol suenan las guadañas. En general, Jojlándia6 es un país querido. ¿Me cree?, cuando yo tomaba agua en los pozos con cigüeñal, y un vodka asqueroso en los figones judíos, cuando en las tardes tranquilas, me llegaban los sonidos de los violines y los panderos jojóles7, pues me llamaba la idea fascinante de asentarme en mi granja, y vivir en ésta, mientras se vive, lejos de esos congresos, conversaciones inteligentes, mujeres filosofantes, almuerzos largos...
Piótr no mentía. Le era penoso y, en realidad, quería descansar. Y al gobierno de Poltáva iba sólo para no ver su gabinete, a los sirvientes, los conocidos y todo, lo que pudiera recordarle su amor propio herido y errores.
Liúbochka de pronto se levantó y agitó las manos con horror.
-¡Ah, las abejas, las abejas! -aulló-. ¡Me van a picar!
-¡Basta, no la van a picar! -dijo Piótr-. ¡Qué cobarde es usted!
-¡No, no, no! -gritó Liúbochka y, mirando alrededor a una abeja, fue atrás con rapidez.
Piótr fue tras ella, y la miraba por detrás con ternura y tristeza. Debía ser, viéndola pensaba en su granja, la soledad y -¿quién sabe?-, podía ser, incluso pensaba de qué forma cálida y cómoda viviría en su granja, si su mujer fuera esa muchacha: joven, pura, fresca, no estropeada por los cursos, no embarazada...
Cuando las voces y los pasos se acallaron, Olga salió de la cabaña y se dirigió a la casa. Quería llorar. Ella ya celaba a su marido fuertemente. Entendía que Piótr se había fatigado, estaba no satisfecho consigo y tenía vergüenza, y cuando tenían vergüenza, pues se ocultaban ante todo de los cercanos y se franqueaban con los ajenos; entendía asimismo que Liúbochka no era peligrosa, como todas esas mujeres que ahora tomaban café en la casa. Pero en general no entendía todo, era terrible, y a Olga ya le parecía que Piótr no le pertenecía en una mitad…
-¡Él no tiene derecho! -farfullaba, intentando comprender sus celos y su enfado con el marido-. Él no tiene ningún derecho. ¡Yo ahora le voy a decir todo!
Ella decidió encontrar a su marido ahora mismo y decirle todo: era vil, sin final vil, que él le gustaba a las mujeres ajenas y buscaba eso, como un maná celestial; era injusto y no honesto que le daba a los ajenos eso, que por derecho pertenecía a su mujer, que ocultaba su alma y conciencia a su mujer, para abrírselas a la primera cara linda al encuentro. ¿Qué mal le había hecho su mujer? ¿En qué le había faltado? Finalmente, hacía tiempo ya que le cansaba su mentira: él se pintaba de modo constante, coqueteaba, decía no lo que pensaba, e intentaba parecer no eso que era, y quien debía ser. ¿Para qué esa mentira? ¿Se le pegaba acaso a un hombre honrado? Si él mentía, pues se insultaba a sí mismo y a esos, a los que mentía, y no estimaba eso, sobre lo que mentía. ¿Era posible no entendía, que si él coqueteaba y hacía melindres en la mesa del juzgado, o sentado en el almuerzo disertaba sobre las prerrogativas del poder, sólo para resalar al tío, era posible no entendía, que con eso mismo él ponía en menos de un grosh8 al tribunal, a sí mismo y a todos quienes lo escuchaban y veían?
Saliendo a la gran alameda, Olga adoptó tal expresión, como si fuera ahora por unas necesidades económicas. En la terraza los hombres bebían licor y picaban bayas; uno de éstos, un inspector judicial, un hombre gordo, maduro, bromista y decidor, debía ser, contaba alguna anécdota no censurada, por que al ver a la ama, de pronto se agarró los labios gruesos, desorbitó los ojos y se sentó. Olga no quería a los funcionarios de distrito. No le gustaban sus no esbeltas mujeres ceremoniosas, los chismes, los frecuentes viajes de visita, la lisonja a su marido, al que todos ellos odiaban. Y ahora, cuando éstos bebían, estaban saciados y no se disponían a marcharse, ella sentía que su presencia era fatigosa hasta la angustia, pero, para no mostrarse no amable, sonrió afablemente al inspector judicial y lo amenazó con el dedo. Por la sala y el recibidor pasó sonriendo y con tal aire, como si fuera a ordenar algo y disponer. “¡No quiera Dios que alguien me detenga!”, pensaba, pero ella misma se obligó a detenerse en el recibidor, para escuchar por decencia a un joven, que estaba sentado al piano y tocaba; tras pararse un minuto, gritó: “¡Bravo, bravo, m-r George!” y, batiendo palmas dos veces, siguió adelante.
Al marido lo encontró en el gabinete. Estaba sentado a la mesa y pensaba en algo. Su rostro estaba severo, pensativo y culpable. Era ya no ese Piótr que discutía en el almuerzo y que conocían los visitantes, sino otro, fatigado, culpable y no satisfecho consigo, que conocía sólo su mujer. Al gabinete había venido, debía ser, para tomar un cigarrillo. Ante él yacía una cigarrera abierta, repleta de cigarrillos, y una mano estaba bajada a la gaveta de la mesa. Como tomaba los cigarrillos, así se había quedado.
A Olga le dio lástima él. Estaba claro como el día, que el hombre estaba fatigado y no hallaba lugar, puede ser luchaba consigo. Olga se acercó a la mesa callada, deseando mostrar que no recordaba la discusión del almuerzo, y ya no estaba enojada, cerró la cigarrera y se la puso a su marido en el bolsillo lateral.
“¿Qué decirle? -pensaba-. Le diré que la mentira es lo mismo que el bosque: mientras más al bosque, más difícil salir de éste. Le diré: te aficionaste con tu papel falso y fuiste demasiado lejos, insultaste a personas que estaban apegadas a ti, y no te hicieron ningún mal. Ve pues, discúlpate con ellas, ríete de ti mismo y sentirás alivio. Y si quieres silencio y soledad, pues nos iremos de aquí juntos”.
Al encontrar los ojos de su mujer, Piótr de pronto le brindó a su rostro la expresión, que tenía en el almuerzo y el jardín, indiferente y un tanto burlona, bostezó y se levantó del lugar.
-Ahora son las seis -dijo, mirando el reloj-. Si los visitantes se apiadan y se van a las once, pues entonces nos queda esperar aún seis horas. ¡Es divertido, ni qué decir!
Y silbando algo, con lentitud, con su andar respetable de costumbre, salió del gabinete. Se oyó cómo él, pisando de forma respetable, pasó por la sala, después por el recibidor, se rió de algo de modo respetable, y le dijo al joven que tocaba: “¡Bra-vo, bra-vo!” Pronto sus pasos se acallaron: debía ser salía al jardín. Y ya ni los celos ni el enfado, sino un odio verdadero a sus pasos, risa insincera y voz se apoderó de Olga. Ésta se acercó a la ventana y echó una mirada al jardín. Piótr iba ya por la alameda. Poniendo una mano en el bolsillo y chasqueando los dedos de la otra, echando la cabeza atrás levemente, iba de forma respetable, con contoneo y tal aire, como si estuviera muy satisfecho consigo, con el almuerzo, la digestión, la naturaleza...
En la alameda aparecieron dos pequeños alumnos de gimnasio, los niños de la hacendada Chizhévskaya, recién llegados, y con ellos un estudiante-instructor, con una guerrera blanca y un pantalón muy estrecho. Al igualarse con Piótr, los niños y el estudiante se detuvieron y, probablemente, lo felicitaron por el santo. Moviendo los hombros de modo bonito, acarició a los niños por las mejillas y le dio la mano al estudiante con descuido, sin mirarlo. Debía ser, el estudiante elogió el tiempo y lo comparó con el de Petersburgo, por que Piótr dijo en voz alta y tal tono, como si hablara no con un visitante, sino con un ujier del juzgado o un testigo:
-¿Qué pues? ¿Ustedes tienen frío en Petersburgo? Y nosotros aquí, padrecito mío, tenemos buena disolución de los aires y abundancia de frutos terrenos. ¿Ah? ¿Qué?
Y poniendo una mano en el bolsillo y chasqueando los dedos de la otra, caminó adelante. Mientras no se esfumó tras los arbustos de avellana, Olga todo el tiempo miró su nuca y estuvo perpleja. ¿De dónde un hombre de treinticuatro años, tenía ese andar respetable, de general? ¿De dónde el paso pesado, bonito? ¿De dónde esa autoritaria vibración en la voz, de dónde todos esos “qué pues”, “n-sí” y “padrecito”?
Olga recordó cómo, para no aburrirse sola en la casa, en los primeros meses de matrimonio fue a la ciudad a un congreso, donde a veces en lugar de su padrino, el conde Alexéi Petróvich, presidía Piótr Dmítrich. En la silla presidencial, en uniforme y con una cadena en el pecho, cambiaba por completo. Los gestos majestuosos, la voz tronante, los “qué pues”, “n-sí”, el tono descuidado… Todo lo humano ordinario, suyo personal, que Olga estaba habituada a ver en él en la casa, desaparecía en la grandeza, y en la silla estaba sentado no Piótr, sino cierto otro hombre, al que todos llamaban señor presidente. La conciencia de que era un poder, le impedía estar sentado en el lugar tranquilo, y buscaba una ocasión para llamar, mirar al público con severidad, gritar... De donde salían la miopía y la sordera, cuando de pronto empezaba a ver y oír mal y, frunciendo el ceño de forma majestuosa, exigía que hablaran más alto y se acercaran más a la mesa. Desde la altura de la grandeza distinguía mal los rostros y los sonidos, así que si, al parecer, en esos minutos se le acercara la misma Olga, pues le hubiera gritado a ella también: “¿Cuál es su apellido?” A los testigos campesinos les decía “tú”, al público le gritaba así, que su voz se oía incluso en la calle, y con los abogados se conducía de modo imposible. Si le tocaba hablar al letrado público, pues Piótr se sentaba un tanto de costado hacia éste, y entornaba los ojos hacia el techo, deseando mostrar con eso que el letrado público no era necesario allí en absoluto, y que no lo reconocía y no lo escuchaba; y si hablaba un letrado privado vestido de gris, pues Piótr se convertía todo en oídos, y medía al letrado con una mirada burlona, fulminante: ¡he aquí, digo, qué abogados hay ahora! “¿Qué pues quiere usted decir con eso?”, lo interrumpía. Si un letrado rebuscado empleaba alguna palabra extranjera y, por ejemplo, en lugar de “ficticio” pronunciaba “facticio”, pues Piótr de pronto revivía y preguntaba: “¿Qué pues? ¿Cómo? ¿Facticio? ¿Y eso qué significa?”, y después observaba de forma sentenciosa: “No emplee las palabras que usted no entiende”. Y el letrado, terminado su discurso, se apartaba de la mesa rojizo y todo sudado, y Piótr, sonriendo auto-satisfecho, celebrando la victoria, se recostaba en el espaldar de la silla. En su trato con los abogados, imitaba un tanto al conde Alexéi Petróvich, pero al conde, cuando por ejemplo decía: “¡La defensa, cállese un poco!”, eso le salía de un modo bondadoso-anciano y natural, y a Piótr Dmítrich grosero y tirante.
II

Se oyeron unos aplausos. Eso el joven había terminado de tocar. Olga recordó a los visitantes y se apuró al recibidor.
-Yo lo escuché -dijo, acercándose al piano-. Lo escuché. ¡Usted tiene unas capacidades asombrosas! ¿Pero no encuentra acaso, que nuestro piano está desafinado?
En ese momento entraron al recibidor los dos alumnos de gimnasio, y con ellos el estudiante.
-¡Dios mío, Mítia y Kólia! -dijo Olga con alegría y de forma alargada, yendo a su encuentro-. ¡Qué grandes están! ¡Incluso no los conoces! ¿Y dónde pues está vuestra mamá?
-La felicito con el onomástico -empezó el estudiante con soltura-, y le deseo todo lo mejor. Ekaterina Andréevna la felicita y le pide disculpas. Ella no está saludable del todo.
-¡Qué no buena es ella pues! Yo la esperé todo el día. ¿Y usted hace mucho de Petersburgo? -preguntó Olga al estudiante-. ¿Qué tiempo hay ahora allá? -y, sin esperar la respuesta, miró a los alumnos con cariño y repitió: -¡Cuán mucho crecieron! ¡No hace mucho vinieron aquí con la nana, y ahora ya son alumnos de gimnasio! Lo viejo envejece, y lo joven crece... ¿Ustedes almorzaron?
-¡Ah, no se moleste, por favor! -dijo el estudiante.
-¿Pero ustedes no almorzaron?
-¡Por Dios, no se moleste!
-¿Pero ustedes pues quieren comer? -preguntó Olga con una voz grosera y áspera, impaciente y con enfado; eso le salió sin intención, pero al instante rompió a toser, sonrió, se sonrojó-. ¡Cuán mucho crecieron! -dijo con suavidad.
-¡No se moleste, por favor! -dijo el estudiante otra vez.
El estudiante rogaba no molestarse, los niños callaban, evidentemente, todos los tres querían comer. Olga los llevó al comedor y ordenó a Vasílii poner la mesa.
-¡No es buena vuestra mamá! -decía, sentándolos-. Me olvidó del todo. No es buena, no es buena, no es buena… Así díganle. ¿Y usted en qué facultad está? -le preguntó al estudiante.
-En la de medicina.
-Bueno, y yo tengo debilidad por los doctores, imagínese. Yo lamento mucho que mi marido no es doctor. ¡Qué valor hay que tener, por ejemplo, para hacer operaciones o cortar cadáveres! ¡Es horrible! ¿Usted no teme? Yo, me parece, me moriría de miedo. ¿Usted, por supuesto, tomará vodka?
-No se moleste, por favor.
-Después del camino es necesario, es necesario tomar. Yo soy mujer, y a veces tomo. Mítia y Kólia tomarán málaga. Es un vino suavecito, no tema. ¡Qué bravos son ellos, en verdad! Se pueden casar incluso.
Olga hablaba sin cesar. Sabía por experiencia que, ocupando a los visitantes, era mucho más fácil y cómodo hablar que escuchar. Cuando hablabas, no había necesidad de esforzar la atención, inventar respuestas para las preguntas y cambiar la expresión del rostro. Pero, sin intención, hizo cierta pregunta seria, el estudiante empezó a hablar largamente, y ella tuvo que escuchar a la fuerza. El estudiante sabía, que ella había estado alguna vez en los cursos, y por eso, al dirigirse intentaba parecer serio.
-¿Usted en qué facultad está? -preguntó, olvidando que una vez ya había hecho esa pregunta.
-En la de medicina.
Olga recordó que hacía tiempo ya no estaba con las damas.
-¿Sí? ¿Entonces, usted va a ser doctor? -dijo, levantándose-. Eso es bueno. Yo lamento, que no fui a los cursos de medicina. Así, ustedes almuercen aquí, señores, y salgan al jardín. Yo les voy a presentar a las señoritas.
Ella salió y miró el reloj: eran las seis menos cinco minutos. Y se asombró de que el tiempo fuera con tal lentitud, y se horrorizó de que hasta la medianoche, cuando los visitantes se marcharían, quedaban aún seis horas. ¿Dónde matar esas seis horas? ¿Qué frases decir? ¿Cómo conducirse con su marido?
En el recibidor y la terraza no había ni un alma. Todos los visitantes se habían dispersado por el jardín.
“Será necesario proponerles antes del té un paseo por el abedular o montar en bote -pensaba Olga, apurándose al croquet9, de donde se oían voces y risas-. Y a los viejos sentarlos a jugar wint10…”
Del croquet venía a su encuentro el lacayo Grigórii con unas botellas vacías.
-¿Dónde pues está el señor? -preguntó ella.
-En la frambuesa. Allí está el señor.
-¡Ah, señor, Dios mío! -gritó alguien ensañado en el croquet-. ¡Pero yo pues le dije lo mismo mil veces! ¡Para conocer a los búlgaros hay que verlos! ¡No se puede juzgar por los periódicos!
Por ese grito acaso o por otra cosa, Olga de pronto sintió una fuerte debilidad en todo el cuerpo, en particular en las piernas y los hombros. De pronto quiso no hablar, no oír, no moverse.
-Grigórii -dijo con languidez y esfuerzo-, cuando vaya a servir el té o algo, pues por favor, no se dirija a mí, no me pregunte, no me hable de nada... Hágalo todo solo y… y no golpee con los pies. Le suplico... Yo no puedo, porque...
No terminó de decir y fue adelante hacia el croquet, pero por el camino recordó a las señoras y dobló hacia la frambuesa. El cielo, el aire y los árboles, como antes, se nublaban y prometían lluvia; hacía calor y era sofocante, unas enormes bandadas de cuervos, presintiendo el mal tiempo, se cernían con gritos sobre el jardín. Cuanto más cerca del huerto, las alamedas se volvían más abandonadas, oscuras y estrechas; en una de éstas, ocultada en una tupida maleza de peras silvestres, acederas, robles jóvenes y lúpulo, toda una nube de moscas negras menudas rodeó a Olga; ésta se cubrió el rostro con las manos, y empezó a imaginar a la fuerza a la persona pequeña… Por su imaginación pasaron Grigórii, Mítia, Kólia, los rostros de los mujíks, que habían venido por la mañana a felicitar…
Se oyeron los pasos de alguien, y ella abrió los ojos. A su encuentro venía con rapidez el tío Nikolai Nikoláich.
-¿Eres tú, querida? Me alegro mucho… -empezó éste, sofocado-. Para dos palabras... -se secó con el pañuelo la barbilla afeitada, rojiza, después de pronto dio un paso atrás, levantó las manos y desorbitó los ojos-. ¿Mátushka, hasta cuándo pues esto va a continuar? -rompió a hablar con rapidez, ahogándose-. Yo te pregunto: ¿dónde están los límites? No hablo ya de que, sus visiones de Dierzhimórda11 desmoralizan al medio, que él insulta en mí y en cada hombre honesto, pensante todo lo sagrado y mejor, ¡no hablo, pero que sea siquiera decente! ¿Qué pasa? Grita, gruñe, hace melindres, se las da de cierto Bonaparte, no deja decir una palabra... ¡el diablo sabe! ¡Ciertos gestos majestuosos, la risa de general, el tono indulgente! Y permítame preguntarle: ¿quién es él? Yo te pregunto: ¿quién es él? El marido de su mujer, ¡un titular-hacendado menudo, que tuvo la suerte de casarse con una rica! ¡Un farolero y junker12 como muchos! ¡Un tipo schedriniano13! Lo juro por Dios, algo de dos: o él sufre de manía de grandeza, o en realidad tiene razón esa rata vieja, sacada de mente, el conde Alexéi Petróvich, cuando dice que los niños de ahora y la gente joven se hacen adultos tarde, ¡y hasta los cuarenta años juegan a los cocheros y a los generales!
-Es cierto, cierto... -convino Olga-. Permíteme pasar.
-Ahora tú razona, ¿a qué conduce esto? -continuó el tío, cerrándole el camino-. ¿En qué va a terminar ese juego al conservadurismo y a los generales? ¡Ya fue al tribunal! ¡Fue! ¡Me alegro mucho! Gritó y se la buscó hasta tanto, que cayó en el banquillo de los acusados. ¡Y no que el tribunal de la comarca o qué, sino la cámara judicial! ¡Peor que eso, al parecer, no se puede inventar! ¡En segundo, se peleó con todos! Hoy es el onomástico, y echa una mirada, no vinieron ni Vostriákov, ni Yájontov, ni Vladímirov, ni Shevúd, ni el conde... ¿Qué es, al parecer, más conservador que el conde Alexéi Petróvich?, y ése no vino. ¡Y nunca más vendrá! ¡Verás, que no vendrá!
-Ah, Dios mío, ¿y yo pues qué tengo que ver ahí? -preguntó Olga.
-¿Cómo qué tienes que ver? ¡Tú eres su mujer! ¡Tú eres inteligente, estuviste en los cursos, y en tu poder está hacer de él un trabajador honesto!
-En los cursos no enseñan, cómo influir en las personas pesadas. ¡Yo voy a tener, al parecer, que pedirles disculpas a todos ustedes, por que estuve en los cursos! -dijo Olga con brusquedad-. Escucha, tío, si a ti te tocan todo el día en el oído las mismas escalas, pues tú no te sentarás en el lugar y saldrás corriendo. Yo ya hace un año entero que oigo lo mismo todos los días, lo mismo. ¡Señores, hay que, finalmente, tener compasión!
El tío puso una cara muy seria, después le echó una mirada curiosa, y retorció la boca con una sonrisa burlona.
-¡He aquí qué! -cantó con una voz anciana-. ¡Culpable! -dijo, e hizo una reverencia con ceremonia-. Si tú misma caíste bajo su influencia y cambiaste tus convicciones, pues así lo hubieras dicho antes. ¡Culpable!
-¡Sí, yo cambié mis convicciones! -gritó ella-. ¡Alégrate!
-¡Culpable!
El tío hizo una reverencia con ceremonia por última vez, como de costado y, todo ovillado, chocó los tacones y fue atrás.
"Imbécil -pensó Olga-. Si se fuera a su casa".
A las damas y los jóvenes los encontró en el huerto, en la frambuesa. Unos comían frambuesas, otros, a quienes ya le cansaba la frambuesa, vagaban por los bancales de fresas o buscaban entre los guisantes dulces. Un poco a un costado de la frambuesa, cerca de un manzano ramoso, apoyado a la redonda con palos, arrancados de una vieja empalizada, Piótr segaba la hierba. Los cabellos le caían sobre la frente, la corbata se había desatado, la cadenita del reloj caído del ojal. En cada paso suyo y brazada con la guadaña, se sentía un saber y la presencia de una enorme fuerza física. A su lado estaban paradas Liúbochka y las hijas del vecino, el coronel Bukréev, Natalia y Valentina o, como todos las llamaban, Náta y Váta, unas rubias anémicas y gruesas de forma enfermiza, de unos 16-17 años, con vestidos blancos, pasmosamente parecidas la una a la otra. Piótr les enseñaba a segar.
-Es muy sencillo... -decía-. Sólo es necesario saber tener la guadaña, y no calentarse, o sea, no emplear más fuerza de lo necesario. Así pues… ¿No le place ahora a usted? -le propuso la guadaña a Liúbochka-. ¡A ver pues!
Liúbochka tomó la guadaña con la mano de modo inhábil, de pronto se sonrojó y se echó a reír.
-¡No se intimide, Liubóv Alexándrovna! -gritó Olga tan alto, para que todas las damas pudieran oírla, y saber que ella estaba con ellas-. ¡No se intimide! ¡Hay que aprender! Se casa con un tolstoiáno14, la obligará a segar.
Liúbochka levantó la guadaña, pero se echó a reír de nuevo y, debilitada por la risa, la bajó al instante. Le daba vergüenza y le era agradable, que le hablaban como a una grande. Náta, no sonriendo y no intimidada, con un rostro serio, frío, tomó la guadaña, dio una brazada y la enredó en la hierba; Váta, también no sonriendo, seria y fría como la hermana, tomó la guadaña callada, y la encajó en la tierra. Hecho eso, ambas hermanas se tomaron del brazo y, calladas, fueron a la frambuesa.
Piótr se reía y retozaba como un chico, y ese estado de ánimo infantil-retozón, cuando él se ponía excesivamente bondadoso, le iba mucho más que alguna otra cosa. Olga lo amaba así. Pero su chiquillada se alargaba, comúnmente, no mucho tiempo. Así por esta vez también, retozado con la guadaña, por algo encontró necesario darle a su retozo un matiz serio.
-Cuando yo siego, pues me siento, ¿saben?, más saludable y normal -dijo-. Si a mí me obligaran a contentarme sólo con la vida intelectual, pues, al parecer, me volvería loco. ¡Yo siento que no nací un hombre culto! A mí segar, arar, sembrar, domar a los caballos...
Y Piótr empezó una conversación con las damas, sobre las ventajas del trabajo físico, la cultura, después sobre el perjuicio del dinero, la propiedad. Escuchando a su marido, Olga recordó por algo sobre su dote.
“Y pues habrá un tiempo -pensó-, cuando él no me perdonará que yo sea más rica que él. Él es orgulloso y tiene amor propio. Es posible, me odiará por que me debe mucho”.
Se detuvo cerca del coronel Bukréev, que comía frambuesa y también tomaba parte en la conversación.
-Sírvanse -dijo, dándole camino a Olga y Piótr-. Ahí está la más madura... Así, en opinión de Proudhon-, continuó alzando la voz-, la propiedad es un robo. Pero yo, lo confieso, no reconozco a Proudhon, y no lo considero un filósofo. ¡Para mí los franceses no son una autoridad, vayan con Dios!
-Bueno, en lo que respecta a los Proudhones y todos los Buckles15 ahí, pues yo ahí estoy flojo -dijo Piótr-. En cuanto a la filosofía diríjanse a ella pues, a mi esposa. Ella estuvo en los cursos, y a todos esos Schopenhauers y Proudhones al través...
Olga se sintió aburrida de nuevo. Fue por el jardín de nuevo, por el sendero estrecho, cerca de los manzanos y los perales, y tenía tal aire de nuevo, como si fuera por un asunto muy importante. Y he aquí la isbá del jardinero... En el umbral estaba sentada Varvára, la mujer del jardinero, y sus cuatro niñitos pequeños de grandes cabezas peladas. Varvára también estaba embarazada y se disponía a parir, según sus cálculos, para el profeta Elías16. Tras saludar, Olga la miró callada a ella y a los niños, y le preguntó:
-Bueno, ¿cómo te sientes?
-Y nada…
Sobrevino un silencio. Ambas mujeres calladas como que se entendían la una a la otra.
-Es terrible parir por primera vez -dijo Olga, habiendo pensado-, a mí siempre me parece que no lo voy a soportar, que me moriré.
-Y yo también me figuraba, y estoy viva pues... ¡Acaso es poco lo que!
Varvára, embarazada ya por quinta vez y experta, miraba a su señora un tanto desde lo alto, y le hablaba en un tono sentencioso, y Olga sentía su autoridad de forma involuntaria; ella quería hablar de su miedo, del niño, de las sensaciones, pero temía que eso le pareciera a Varvára mezquino e ingenuo. Y callaba y esperaba, a que la misma Varvára dijera algo.
-¡Olia, vamos a casa! -gritó Piótr desde la frambuesa.
A Olga le gustaba callar, esperar y mirar a Varvára. Ella convendría con estar parada así, callada y sin ninguna necesidad, hasta la misma noche. Pero era necesario irse. Apenas se apartó de la isbá, cuando ya corrían a su encuentro Liúbochka, Váta y Náta. Las dos últimas no corrieron hasta ella todo un sazhén17, y ambas se detuvieron a la vez, como clavadas; y Liúbochka corrió y se le colgó al cuello.
-¡Querida! ¡Bonita! ¡Inapreciable! -rompió a hablar, besándola en el rostro y el cuello-. ¡Vamos a tomar té a la isla!
-¡A la isla! ¡A la isla! -dijeron ambas a la vez, las iguales Váta y Náta, sin sonreír.
-Pero es que va a llover, mis queridas.
-¡No va, no va! -gritó Liúbochka, poniendo una cara llorosa-. ¡Todos están de acuerdo en ir! ¡Querida, bonita!
-Allá todos se disponen a ir a tomar té a la isla -dijo Piótr, acercándose-. Dispón... Nosotros todos iremos en los botes, y los samovares y todo lo demás, hay que enviarlo con los sirvientes en el carruaje.
Él fue junto a su mujer y la tomó del brazo. Olga quiso decirle a su marido algo desagradable, mordaz; siquiera, incluso recordar sobre la dote, mientras más áspero, al parecer, tanto mejor. Pensó y dijo:
-¿Por qué eso el conde Alexéi Petróvich no vino? ¡Qué lástima!
-Yo me alegro mucho de que él no vino -mintió Piótr-. A mí ese alienado me cansó más que un rábano amargo18.
-¡Pero tú pues, antes del almuerzo, lo esperabas con tal impaciencia!
III

A la media hora todos los visitantes ya se agolpaban en la orilla cerca de los pilotes, donde estaban amarrados los botes. Todos hablaban mucho, se reían y, por la agitación excesiva, no podían sentarse en los botes de ningún modo. Tres botes ya estaban repletos por completo de pasajeros, y dos estaban vacíos. De esos dos se habían perdido en algún lugar las llaves, y desde el río a cada rato corrían al patio los enviados a buscar las llaves. Unos decían que las llaves las tenía Grigórii, otros que las tenía el intendente, los terceros aconsejaban llamar al herrero y romper los candados. Y todos hablaban a la vez, se interrumpían y ahogaban el uno al otro. Piótr caminaba impaciente por la orilla y gritaba:
-¡El diablo sabe qué es esto! ¡Las llaves siempre deben estar en la ventana de la antesala! ¿Quién se atrevió a cogerlas de allí? ¡El intendente puede, si le place, hacerse de su propio bote!
Finalmente, se hallaron las llaves. Entonces resultó que faltaban dos remos. De nuevo se armó un alboroto. Piótr, que estaba aburrido de caminar, saltó a una canoa larga y estrecha, vaciada en un álamo, y tras mecerse, apenas no cayendo al agua, zarpó de la orilla. Tras él, uno tras otro, con risas ruidosas y aullidos de señoritas, navegaron los otros botes.
El blanco cielo nuboso, los árboles costeros, los juncos, los botes con las gentes y los remos se reflejaban en el agua, como en un espejo; bajo los botes, lejos en lo profundo, en el abismo insondable también estaba el cielo y volaban los pájaros. Una orilla, en la que había una hacienda, era alta, abrupta y toda cubierta de árboles; en la otra, declinada, verdecían las amplias praderas anegadas, y brillaban las lagunas. Navegaron los botes unos cincuenta sazhénes; tras los sauces inclinados con tristeza, en la orilla declinada se mostraron las isbás, un rebaño de vacas, empezaron a oírse las canciones, los gritos borrachos y los sonidos de los acordeones.
Aquí y allá por el río se ajetreaban las canoas de los pescadores, que navegaban para poner sus palangres para la noche. En una canoa estaban sentados unos músicos-aficionados achispados, que tocaban en unos violines y violonchelos hechos en casa.
Olga estaba sentada al timón. Sonreía afablemente y hablaba mucho, para ocupar a los visitantes, y ella misma echaba miradas de soslayo a su marido. Éste navegaba en su canoa delante de todos, parado y trabajando con un remo. La ligera canoa puntiaguda, que todos los visitantes llamaban piragua, y el mismo Piótr por algo "perezosa", corría rápido; ésta tenía una expresión viva, pícara y, al parecer, odiaba al pesado Piótr y esperaba un minuto cómodo, para escurrirse de abajo de sus pies. Olga echaba miradas a su marido, y le eran repulsivas su belleza, que gustaba a todos, la nuca, su pose, el trato familiar con las mujeres; odiaba a todas las mujeres sentadas en el bote, celaba, y al mismo tiempo se estremecía a cada minuto, y temía que la canoa inestable se volcara y causara una desgracia.
-¡Más suave, Piótr! -gritaba, y el corazón se le paraba de miedo-. ¡Siéntate en el bote! ¡Nosotros así creemos que tú eres valiente!
La inquietaban también esas personas, que estaban sentadas con ella en el bote. Todas eran personas ordinarias, no malas, como muchas, pero ahora cada una de éstas se le figuraba extraordinaria y mala. En cada una veía sólo una no verdad. “He aquí -pensaba-, trabaja con el remo un joven de pelo castaño, con lentes dorados y una barbita bonita, es un hijito de mamita rico, saciado y siempre dichoso, a quien todos consideran un hombre honesto, libre pensador y avanzado. Aún no hace un año que terminó la universidad, y vino a vivir al distrito, pero ya se dice a sí mismo: “Nosotros somos los activistas del zémstvo19”. Pero pasará un año y, como muchos otros, se aburrirá, se irá a Petersburgo y, para justificar su huida, va a decir en todas partes que el zémstvo no sirve para nada, y que fue engañado. Y desde el otro bote, sin apartar los ojos, lo mira su mujer joven y cree que él es un “activista del zémstvo”, como dentro de un año creerá que el zémstvo no sirve para nada. Y he aquí un señor grueso, afeitado con esmero, con un sombrero de pajilla de cinta ancha y un puro caro en los dientes. A éste le gusta decir: “¡Es hora de abandonar la fantasía y dedicarse al asunto!” Él tiene unos cerdos yorkshire, unas colmenas bútlierov20, colzas, ananáses, una aceitería, una quesería, una doble teneduría italiana. Pero cada verano, para vivir el otoño con la amante en Crimea, vende su bosque a la tala y empeña la tierra por parcelas. Y he aquí el tío Nikolai Nikoláich, que está enojado con Piótr ¡y de todas formas, por algo, no se marcha a la casa!”
Olga echaba miradas a los otros botes, y allí veía sólo a excéntricos no interesantes, artistas o personas sin alcance. Recordó a todos los que conocía en el distrito, y no podía recordar de ningún modo ni una persona tal, de quien pudiera decir o pensar siquiera algo bueno. Todos, le parecía, eran ineptos, pálidos, sin alcance, estrechos, falsos, no cordiales, todos decían no lo que pensaban, y hacían no lo que querían. El aburrimiento y la desolación la asfixiaban, quería de pronto dejar de sonreír, levantarse y gritar: “¡Ustedes me cansaron!”, y después saltar del bote y nadar hacia la orilla.
-¡Señores, llevamos a Piótr Dmítrich a remolque! -gritó alguien.
-¡A remolque, a remolque! -apoyaron los restantes-. ¡Olga Mijáilovna, lleve a su marido a remolque!
Para llevar a remolque Olga, sentada al timón, debía no dejar pasar el momento, y agarrar a la "perezosa" con destreza, por la cadena de la proa. Cuando ella se inclinó por la cadena, Piótr frunció el ceño y le echó una mirada asustada.
-¡Como que no te resfríes ahí! -dijo.
“Si tú temes por mí y por el niño, ¿pues por qué me torturas?” -pensó Olga.
Piótr se reconoció vencido y, no deseando navegar en el remolque, saltó de la "perezosa" al bote, y sin eso ya repleto de pasajeros, saltó con tal descuido, que el bote se bandeó fuerte, y todos gritaron con horror.
“Eso él saltó para gustarle a las mujeres -pensó Olga-. Él sabe que eso es bonito...”
A ella, como pensaba, por el aburrimiento, el enfado, la sonrisa forzada y la incomodidad que sentía en todo el cuerpo, le empezó un temblor en las manos y los pies. Y para ocultarle a los visitantes ese temblor, intentaba hablar más alto, reírse, moverse...
“En el caso, si rompo a llorar de pronto -pensaba-, pues diré que me duele una muela...”
Pero he aquí, finalmente, los botes atracaron en la isla “Buena Esperanza”. Así se llamaba la península formada, debido a un meandro del río en un ángulo agudo, cubierta por un viejo boscaje de abedules, robles, sauces y álamos. Bajo los árboles ya estaban las mesas, humeaban los samovares, y alrededor de la vajilla ya se afanaban Vasílii y Grigórii, con sus fracs y con guantes de punto blancos. En la otra orilla, frente a “Buena Esperanza”, estaban los carruajes llegados con las provisiones. Desde los carruajes las cestas y los atillos con las provisiones se trasladaban a la isla en una canoa, muy parecida a la "perezosa". Los lacayos, los cocheros e incluso el mujík, que estaba sentado en la canoa, tenían una expresión solemne en los rostros, de onomástico, que sólo suelen tener los niños y los sirvientes.
Mientras Olga hacía el té y servía los primeros vasos, los visitantes se dedicaban al licor y los dulces. Después empezó el alboroto, de costumbre en los pic-nics durante la toma del té, muy aburrido y fatigoso para las amas. Apenas Grigórii y Vasílii alcanzaban a repartir, cuando hacia Olga ya se extendían las manos con los vasos vacíos. Uno lo pedía sin azúcar, el otro más fuerte, el tercero más aguado, el cuarto agradecía. Y todo eso Olga lo debía recordar y después gritar: “Iván Petróvich, ¿eso a usted sin azúcar?” o: “Señores, ¿quién pidió más aguado?” Pero ése, que había pedido más aguado o sin azúcar, ya no recordaba eso y, aficionado con las conversaciones agradables, tomaba el primer vaso que aparecía. A un costado de la mesa vagaban, como sombras, unas figuras abatidas que hacían ver, que buscaban hongos en la hierba o leían las etiquetas de las cajas, eran esos, para quienes no habían alcanzado los vasos. “¿Usted tomó té?”, preguntaba Olga, y ése, a quien se refería la pregunta, rogaba no molestarse y decía: “Yo voy a esperar”, aunque para la ama era más cómodo que los visitantes no esperaran, sino se apuraran.
Unos, ocupados con las conversaciones, tomaban el té con lentitud, teniendo consigo los vasos media hora, y los otros, en particular quienes habían bebido mucho en el almuerzo, no se apartaban de la mesa y se tomaban vaso tras vaso, de forma que Olga apenas alcanzaba a servirles. Un joven bromista tomaba té chupando un terrón de azúcar, y siempre agregaba: “Amo, hombre pecador, mimarme con la hierba china”. A cada rato pedía con un suspiro profundo: “¡Permítame aún una escudilla!” Tomaba mucho, el azúcar la mordía de modo ruidoso, y pensaba que todo eso era risible y original, y que imitaba a los mercaderes a la perfección. Nadie entendía, que todas esas menudeces eran torturantes para la ama, y además era difícil entender, ya que Olga todo el tiempo sonreía afablemente y platicaba de sandeces.
Y ella se sentía no bien... La irritaban la mucha gente, las risas, las preguntas, el bromista, los lacayos aturdidos con los pies molidos, los niños que giraban alrededor de la mesa; la irritaba que Váta se parecía a Náta, Kólia a Mítia, y que no aclarabas quién de ellos ya había tomado té, y quién aún no. Sentía que su afable sonrisa forzada se convertía en una expresión maligna, y le parecía a cada minuto que ahora rompería a llorar.
-¡Señores, la lluvia! -gritó alguien.
Todos miraron al cielo.
-Sí, en efecto, la lluvia... -confirmó Piótr y se secó la mejilla.
El cielo dejó caer sólo unas pocas gotas, aún no había una verdadera lluvia, pero los visitantes arrojaron el té y se apuraron. Al principio todos querían ir en los carruajes, pero cambiaron de parecer y se dirigieron a los botes. Olga, con el pretexto de que necesitaba disponer pronto en cuanto a la cena, pidió permiso para atrasarse de la sociedad e ir a la casa en carruaje.
Sentada en el cochecito, ante todo dejó descansar su rostro de la sonrisa. Con un rostro maligno fue a través del pueblo, y con un rostro maligno respondió a las reverencias de los mujíks al encuentro. Llegado a la casa, pasó por la entrada de servicio a su dormitorio, y se recostó en el lecho de su marido.
-Señor, Dios mío -susurró-, ¿para qué este trabajo forzado? ¿Para qué estas personas se atropellan aquí, y hacen ver que le es divertido? ¿Para qué yo sonrío y miento? ¡No entiendo, no entiendo!
Se oyeron unos pasos y voces. Eso volvían los visitantes.
“Deja -pensó Olga-. Yo aún me quedaré acostada.
Pero al dormitorio entró la doncella y dijo:
-¡Señora, María Grigórievna se marcha!
Olga se levantó, se arregló el peinado y se apresuró desde el dormitorio.
-María Grigórievna, ¿qué es esto pues? -empezó con una voz ofendida, yendo al encuentro de María Grigórievna-. ¿A dónde eso se apura?
-¡No se puede, hijita, no se puede! Yo así ya estuve sentada. A mí los niños me esperan en casa.
-¡No es buena usted! ¿Por qué pues no tomó a los niños consigo?
-Querida, si me permite, yo se los traeré de alguna forma, en días de semana, pero hoy...
-¡Ah, por favor -interrumpió Olga-, yo me voy a alegrar mucho! ¡Sus niños son tan queridos! Béselos a todos... ¡Pero, en verdad, usted me ofende! ¡Para qué apurarse, no entiendo!
-No se puede, no se puede... Adiós, querida. Cuídese. Usted pues está ahora en tal situación...
Y ambas se besaron. Acompañado a la visitante hasta el carruaje, Olga fue al recibidor hacia las damas. Allí ya las luces estaban prendidas, y los hombres se sentaban a jugar a las cartas.
IV

Los visitantes empezaron a marcharse después de la cena, a las doce y cuarto. Acompañando a los visitantes, Olga estaba parada en el portal y decía:
-¡En verdad, si tomara un chal! Se pone un poco fresco. ¡No quiera Dios, se resfría!
-¡No se preocupe, Olga Mijáilovna! -respondían los visitantes, sentándose-. ¡Bueno, adiós! ¡Mire pues, nosotros la esperamos! ¡No nos engañe!
Tprrr! -contenía el cochero a los caballos.
-¡Arranca, Denis! ¡Adiós, Olga Mijáilovna!
-¡Bese a los niños!
El cochecito arrancó del lugar y al instante desapareció en la tiniebla. En el círculo rojizo, lanzado por la lámpara al camino, apareció una nueva pareja o una tróika de caballos impacientes, y la silueta del cochero con las manos tendidas hacia adelante. De nuevo empezaron los besos, los reproches y los ruegos de venir otra vez o tomar un chal. Piótr salió corriendo de la antesala y ayudó a las damas a sentarse en el cochecito.
-Tú ve ahora a Efremóvshino -enseñaba al cochero-. Por Mánkino es más cerca, pero allá el camino es peor. ¿Qué hay de bueno?, te vuelcas... ¡Adiós, mi encanto! ¡Mille compliments21 a su pintor!
-¡Adiós, almita, Olga Mijáilovna! ¡Váyase a la habitación, o se va a resfriar! ¡Está húmedo!
Tprrr! ¡Travieso!
-¿Eso, qué caballos tienen ustedes? -preguntó Piótr.
-En la gran cuaresma se los compramos a Jaidárov -respondió el cochero.
-Unos caballos gloriosos…
Y Piótr palmeó al encuarte en la grupa.
-¡Bueno, arranca! ¡Quiera Dios en buena hora!
Finalmente, se fue el último visitante. El círculo rojizo del camino osciló, navegó a un costado, se redujo y se apagó, eso Vasílii se llevaba la lámpara del portal. Las veces pasadas, comúnmente, acompañado a los visitantes, Piótr y Olga empezaban a saltar en la sala uno frente al otro, batir palmas y cantar: “¡Se fueron, se fueron, se fueron!” Pero ahora Olga no estaba para eso. Fue al dormitorio, se desvistió y se acostó en el lecho.
Le parecía, que se dormiría al instante e iba a dormir profundo. Las piernas y los hombros le dolían de modo enfermizo, la cabeza le pesaba por las conversaciones, y en todo el cuerpo como antes sentía cierta incomodidad. Cubierta hasta la cabeza, estuvo acostada unos tres minutos, después miró desde abajo de la cobija la lámpara, prestó oídos al silencio y sonrió.
-Bueno, bueno... -susurró doblando las piernas que, le parecía, por que había andado mucho, se habían vuelto más largas-. A dormir, a dormir...
Las piernas no se ubicaban, sentía todo el cuerpo incómodo, y se volvió al otro costado. Por el dormitorio, una gran mosca volaba con zumbido y se golpeaba inquieta contra el techo. Se oía asimismo cómo en la sala, Grigórii y Vasílii, pisando con cuidado, recogían las mesas; a Olga le empezó a parecer que se dormiría, y le sería cómodo sólo entonces, cuando se acallaran esos sonidos. Y de nuevo, de forma impaciente, se volvió al otro costado.
Se oyó la voz de su marido desde el recibidor. Debía ser, alguien se había quedado a pernoctar, por que Piótr se dirigía a alguien y hablaba en voz alta:
-Yo no diré, que el conde Alexéi Petróvich sea un hombre falso. Pero a la fuerza parece así, por que todos ustedes, señores, intentan ver en él no eso, que es en realidad. En su alienación ven una inteligencia original, en su trato familiar, bondad de alma, en su ausencia absoluta de visiones, ven conservadurismo. Admitamos incluso que él, en realidad, es un conservador de ochenticuatro quilates. ¿Pero qué es en esencia el conservadurismo?
Piótr, enojado con el conde Alexéi Pétróvich, con los visitantes y consigo mismo, desahogaba ahora el alma. Injuriaba al conde, a los visitantes y, por enfado consigo mismo, estaba dispuesto a decir y predicar lo que fuera. Acompañado a los visitantes, anduvo de una esquina a la otra por el recibidor, se paseó por el comedor, el corredor, el gabinete, después de nuevo por el recibidor, y entró al dormitorio. Olga estaba tendida de espalda, cubierta por la cobija sólo hasta la cintura (ya le parecía caluroso), y con un rostro maligno seguía a la mosca, que golpeaba por el techo.
-¿Acaso alguien se quedó a pasar la noche? -preguntó.
-Yegórov.
Piótr se desvistió y se acostó en su lecho. Callado encendió un cigarrillo y también empezó a seguir a la mosca. Su mirada era severa e inquieta. Callada, unos cinco minutos, Olga miró su perfil bonito. Le parecía por algo, que si su marido volviera su rostro hacia ella de pronto, y le dijera: “¡Olia, me es penoso!”, pues ella rompería a llorar o se echaría a reír, y sentiría alivio. Ella pensaba que las piernas le dolían y sentía todo el cuerpo incómodo, por que tenía el alma tensa.
-Piótr, ¿en qué piensas? -preguntó.
-Así, en nada… -respondió el marido.
-Tú, en los últimos tiempos, te guardas de mí como unos secretos. Eso no es bueno.
-¿Por qué pues no es bueno? -respondió Piótr con sequedad y no enseguida-. Cada uno de nosotros tiene su vida privada, debe haber sus secretos también por eso.
-La vida privada, sus secretos... ¡todo eso son palabras! ¡Entiende, que tú me insultas! -dijo Olga, levantándose y sentándose en el lecho-. Si tú tienes una pena en el alma, ¿pues por qué me ocultas eso? ¿Y por qué tú encuentras más cómodo, franquearte con las mujeres ajenas, y no con tu mujer? Yo pues oí, cómo tú hoy en el colmenar te desahogabas con Liúbochka.
-Bueno, te felicito. Me alegro mucho que oíste.
Eso significaba: ¡déjame en paz, no me impidas pensar! Olga se perturbó. El enfado, el odio y la cólera, que se le habían acumulado durante el día, de pronto como que se espumaron; quiso ahora mismo, sin dejarlo para mañana, decirle a su marido todo, insultarlo, vengarse... Haciendo un esfuerzo consigo, para no gritar, dijo:
-¡Así sabe pues, que todo esto es vil, vil y vil! Hoy yo te odié todo el día, ¡mira lo que has hecho!
Piótr se levantó también y se sentó.
-¡Es vil, vil, vil! -continuó Olga, mientras todo el cuerpo le empezaba a temblar-. ¡A mí no hay que felicitarme! ¡Felicítate mejor a ti mismo! ¡Una vergüenza, una deshonra! ¡Mentiste hasta tal grado, que te da vergüenza quedarte con tu mujer en una habitación! ¡Eres un hombre falso! ¡Yo te veo al través, y entiendo cada paso tuyo!
-Olia, cuando tú no estés de humor, pues por favor, avísame. Entonces yo voy a dormir en el gabinete.
Dicho esto, Piótr tomó una almohada y salió del dormitorio. Olga no previó eso. Por varios minutos callada, con la boca abierta y todo el cuerpo temblando, miró la puerta por la que su marido se había esfumado, e intentó entender qué significaba eso. ¿Era acaso eso, uno de los métodos que empleaban en las discusiones las personas falsas, cuando no tenían la razón, o eso era un insulto, lanzado de modo pensado a su amor propio? ¿Cómo entender? Olga recordó a su primo, un oficial, un chico divertido, que a menudo le contaba con risa que, cuando por la noche “su esposa empezaba a fastidiarlo”, pues él comúnmente tomaba la almohada y, silbando, se iba a su gabinete, y su mujer quedaba en una posición estúpida y ridícula. Este oficial estaba casado con una mujer rica, caprichosa y estúpida, a quien no estimaba y sólo soportaba.
Olga se levantó del lecho. En su opinión, ahora sólo le quedaba una cosa: vestirse pronto e irse para siempre de esa casa. La casa era de su propiedad, pero tanto peor para Piótr. Sin razonar si eso era necesario o no, fue rápido al gabinete, para informar al marido de su decisión (“¡Lógica de mujer!”, le pasó por la mente), y decirle en despedida algo insultante, mordaz...
Piótr estaba acostado en el diván, y hacía ver que leía el periódico. A su lado en una silla ardía una vela. Tras el periódico no se veía su rostro.
-Tómese el trabajo de explicarme, ¿qué significa esto? ¡Yo le pregunto!
-A usted... -remedó Piótr, no mostrando el rostro-. ¡Me cansó, Olga! Palabra de honor, estoy fatigado, y ahora no estoy para esto… Mañana vamos a injuriar.
-¡No, yo te entiendo perfectamente! -continuó Olga-. ¡Tú me odias! ¡Sí, sí! ¡Tú me odias, por que yo soy más rica que tú! ¡Tú nunca me vas a perdonar eso y siempre me vas a mentir! (“¡Lógica de mujer!”, le pasó por la mente de nuevo.) Ahora, yo sé, tú te ríes de mí... Yo incluso estoy segura, de que tú te casaste conmigo, sólo para tener censo y esos caballos infames... ¡Oh, soy infeliz!
Piótr soltó el periódico y se levantó. El insulto inesperado lo aturdió. Se sonrió de forma infantil-impotente, le echó una mirada extraviada a su mujer y, como defendiéndose de unos golpes, extendió los brazos hacia ella y dijo de modo suplicante:
-¡Olia!
Y esperando que ella dijera aún algo horrible, se apretó al espaldar del diván, y toda su gran figura empezó a parecer tan impotente-infantil como la sonrisa.
-Olia, ¿cómo tú pudiste decir eso? -murmuró.
Olga se recobró. De pronto sintió su amor de locura por ese hombre, recordó que era su marido, Piótr Dmítrich, sin el que no podía vivir ni un día, y que la amaba también con locura. Ella sollozó de forma ruidosa, no con su voz, se agarró la cabeza y corrió atrás al dormitorio.
Cayó en el lecho, y los sollozos menudos, histéricos, que impiden respirar, con los que se contraen los brazos y las piernas, resonaron en el dormitorio. Recordado que a tres, cuatro habitaciones pernoctaba el visitante, ocultó la cabeza bajo la almohada, para ahogar los sollozos, pero la almohada cayó al suelo, y ella misma casi no se cayó, cuando se inclinó por ella; jalaba hacia su rostro la cobija, pero las manos no la obedecían, y rasgaban de modo convulsivo todo lo que ella agarraba.
Le parecía que todo ya estaba perdido, que la no verdad, que dijo para insultar a su marido, había roto en pedazos toda su vida. Su marido no la iba a perdonar. El insulto que le había lanzado era de tal clase, que no lo limarías con ninguna caricia, ni juramento... ¿Cómo iba a convencer a su marido, de que ella misma no creía en lo que decía?
-¡Se terminó, se terminó! -gritaba, sin advertir que la almohada se había caído al suelo de nuevo-. ¡Por Dios, por Dios!
Debía ser, espabilados por sus gritos, ya se habían despertado el visitante y los sirvientes: mañana todo el distrito iba a saber, que ella había tenido una histeria, y todos culparían de eso a Piótr Dmítrich. Ella hacía esfuerzos para contenerse, pero sus sollozos a cada minuto se hacían más y más ruidosos.
-¡Por Dios! -gritaba no con su voz y no entendía, para qué gritaba eso-. ¡Por Dios!
Le pareció que la cama se había hundido debajo de ella, y las piernas se le anudaban con la cobija. Piótr entró al dormitorio en bata, y con una vela en las manos.
-¡Olia, basta! -dijo.
Ella se levantó y, puesta de rodillas en el lecho, fruncidas las cejas por la vela, articuló a través de los sollozos:
-Entiende… entiende…
Ella quería decir que la habían torturado los visitantes, la mentira de él, la mentira de ella, que se le había acumulado, pero sólo podía articular:
-Entiende… ¡entiende!
-¡Toma, bebe! -dijo él, dándole agua.
Ella, obediente, tomó el vaso y empezó a beber, pero el agua se derramó y le corrió por los brazos, el pecho, las rodillas... “¡Debe ser, yo ahora estoy terriblemente fea!” -pensó. Piótr, callado, la acostó en el lecho y la cubrió con la cobija, después tomó una vela y salió.
-¡Por Dios! -gritó Olga de nuevo-. ¡Piótr, entiende, entiende!
De pronto, algo la apretó abajo del vientre y la espalda con tal fuerza, que su llanto se interrumpió, y por el dolor mordió la almohada. Pero el dolor al instante la liberó, y sollozó de nuevo.
La doncella entró y, arreglando la cobija sobre ella, preguntó alarmada:
-Señora, hijita, ¿qué tiene?
-¡Fuera de aquí! -dijo Piótr con severidad, acercándose al lecho.
-Entiende, entiende... -empezó Olga.
-¡Olia, te lo ruego, cálmate! -dijo-. Yo no quería ofenderte. Yo no me hubiera ido del dormitorio, si hubiera sabido que eso iba a influir en ti así. A mí, simplemente, me era penoso. Te lo digo como un hombre honesto...
-Entiende… Tú mentías, yo mentía...
-Yo entiendo... ¡Bueno, bueno, basta! Yo entiendo... -decía Piótr con ternura, sentándose en su lecho-. Eso tú lo dijiste en un arranque, se entiende… Lo juro por Dios, yo te amo más que todo en el mundo, y cuando me casé contigo, no recordé ni una vez que tú eras rica. Yo te amaba infinitamente, y sólo... Te lo aseguro. Nunca necesité y no sabía el valor del dinero, y por eso no sé sentir la diferencia entre tu fortuna y la mía. A mí siempre me pareció, que nosotros éramos igualmente ricos. Y que en las menudeces actué falsamente, pues eso... por supuesto, es verdad. Mi vida, hasta ahora, estuvo dispuesta tan no seriamente que, como que no podía arreglarme sin la mentira pequeña. A mí mismo ahora me es penoso. ¡Dejemos esta conversación, por Dios!..
Olga sintió un dolor fuerte de nuevo, y agarró a su marido por la manga.
-Me duele, me duele, me duele... -dijo con rapidez-. ¡Ah, me duele!
-¡El diablo se llevara a esos visitantes! -farfulló Piótr, levantándose-. ¡Tú no debiste ir hoy a la isla! -gritó-. ¿Y cómo eso yo, imbécil, no te detuve? ¡Señor, Dios mío!
Se rascó la cabeza con enfado, dejó de la mano y salió del dormitorio.
Después entró varias veces, se sentaba en su cama y hablaba mucho, ya con mucha ternura, ya enojado, pero ella lo oía mal. Los sollozos se le turnaban con el dolor terrible, y cada nuevo dolor era más fuerte y continuado. Al principio, durante el dolor, contenía la respiración y mordía la almohada, pero después empezó a gritar con una voz indecente, desgarradora. Una vez, viendo cerca de sí a su marido, recordó que lo había insultado y, sin razonar si era un delirio o el verdadero Piótr Dmítrich, agarró con ambas manos su mano, y empezó a besarla.
-Tú mentías, yo mentía... -se empezó a justificar-. Entiende, entiende... Me torturaron, me agotaron la paciencia...
-¡Olia, no estamos solos aquí! -dijo Piótr.
Olga levantó la cabeza y vio a Varvára, que estaba de rodillas ante la cómoda, y sacaba la gaveta inferior. Las gavetas superiores ya estaban sacadas. Terminado con la cómoda, Varvára se levantó y, roja por la tensión, con un rostro frío, triunfante, empezó a abrir un cofrecito.
-¡María, no lo abro! -dijo en susurro-. Ábrelo, o qué.
La doncella María hurgaba con las tijeras en el candelero, para poner una vela nueva; se acercó a Varvára y la ayudó a abrir el cofrecito.
-Que no haya nada cerrado... -susurraba Varvára-. -Abre, madre mía, esa cajita también. Señor -se dirigió a Piótr-, ¡si mandara a donde el padre Mijaíl, para que abra los portones zaristas! ¡Hace falta!
-Haga lo que quiera -dijo Piótr, respirando de forma entrecortada-, ¡sólo que por Dios, un doctor o una partera pronto! ¿Fue Vasílii? Manda a alguien más. ¡Manda a tu marido!
“Yo estoy pariendo” -entendió Olga-. ¡Varvára -gimió-, pero él va a nacer no vivo!
-No es nada, no es nada, señora... -susurró Varvára-. Dios dará, ¡van a estar vivo! (así ella decía la palabra “va”). Van a estar vivo.
Cuando Olga otra vez se despertó del dolor, pues ya no sollozaba ni se agitaba, sino sólo gemía. De los gemidos no se podía contener, incluso en esos intervalos cuando no tenía dolor. Las velas aún ardían, pero ya a través de las cortinas se abría camino la luz matinal. Era, probablemente, cerca de las cinco de la mañana. En el dormitorio, tras la mesita redonda, estaba sentada cierta mujer desconocida, con un delantal blanco y una fisonomía muy modesta. Por la expresión de su figura, se veía que llevaba sentada ya mucho tiempo. Olga adivinó que era la partera.
-¿Va a terminar pronto? -preguntó, y oyó en su voz cierta nota singular, desconocida, que antes nunca había tenido. “Debe ser, yo muero del parto”-pensó.
Al dormitorio entró Piótr con cuidado, vestido como en el día, y se paró junto a la ventana, de espalda a su mujer. Levantó la cortina y echó una mirada por la ventana.
-¡Qué lluvia! -dijo.
-¿Y qué hora es? -preguntó Olga, para oír otra vez en su voz la nota desconocida.
-Las seis menos cuarto -respondió la partera.
“¿Y qué, si yo en realidad muero? -pensó Olga, mirando la cabeza de su marido y los cristales de las ventanas, por los que golpeaba la lluvia. -¿Cómo él va a vivir sin mí? ¿Con quién va a tomar el té, almorzar, conversar por las noches, dormir?”
Y le pareció pequeño, huérfano, le dio lástima él y quiso decirle algo agradable, cariñoso, consolador. Recordó cómo él en primavera se disponía a comprarse unos galgos, y cómo ella, hallando la caza una distracción cruel y peligrosa, le impidió hacerlo.
-¡Piótr, cómprate los galgos! -gimió.
Él bajó la cortina y se acercó al lecho, quería decir algo, pero en ese momento Olga sintió un dolor, y gritó con una voz indecente, desgarradora.
Con los dolores, los gritos frecuentes y los gemidos se aturdió. Ella oía, veía, a veces hablaba pero entendía mal, y sólo reconocía que le dolía, o que ahora le iba a doler. Le parecía que el onomástico había sido ya hacía mucho, mucho tiempo, no ayer, sino como que un año antes, y que su nueva vida dolorosa se alargaba más que su infancia, el estudio en el instituto, los cursos, el matrimonio, y que se alargaría aún por largo, largo tiempo, sin final. Ella vio cómo le trajeron té a la partera, cómo la llamaron al mediodía a desayunar, y después a almorzar; vio cómo Piótr se habituó a entrar, pararse junto a la ventana largo tiempo y salir, cómo se habituaron a entrar ciertos hombres ajenos, la doncella, Varvára... Varvára sólo decía “van, van”, y se enojaba cuando alguien movía las gavetas de la cómoda. Olga vio cómo en la habitación y las ventanas cambiaba la luz: ya ésta era crepuscular, ya turbia como la neblina, ya clara, diurna, como la que hubo ayer en el almuerzo, ya crepuscular de nuevo... Y cada uno de esos cambios se alargaba tanto como la infancia, el estudio en el instituto, los cursos...
Por la noche dos doctores, uno huesudo, calvo, con una amplia barba rojiza, otro con un rostro hebreo, moreno y con unos lentes baratos, le hicieron a Olga cierta operación. Hacia que unos hombres ajenos tocaran su cuerpo, tuvo una actitud indiferente por completo. Ya no tenía ni vergüenza ni voluntad, y cada uno podía hacer con ella lo que quisiera. Si en ese tiempo alguien se lanzara con un cuchillo sobre ella, o insultara a Piótr o le quitara su derecho a la persona pequeña, pues ella no habría dicho ni una palabra.
Durante la operación le dieron cloroformo. Cuando se despertó después, los dolores aún continuaban y eran insufribles. Era de noche. Y Olga recordó que una noche exactamente como esa, con el silencio, la lámpara, la partera sentada inmóvil junto al lecho, las gavetas de la cómoda sacadas y Piótr parado junto a la ventana, ya había sido, pero alguna vez hacía mucho, mucho tiempo...
V

“Yo no me morí”…-pensó Olga, cuando empezó a entender su alrededor de nuevo, y cuando los dolores ya no estaban.
En las dos ventanas del dormitorio abiertas por completo, asomaba un claro día de verano; en el jardín tras las ventanas, sin callarse ni por un segundo, gritaban los gorriones y las urracas.
Las gavetas de la cómoda ya estaban cerradas, el lecho de su marido tendido. No estaban en el dormitorio ni la partera, ni Varvára ni la doncella, sólo Piótr, como antes, estaba parado inmóvil junto a la ventana y miraba al jardín. No se oía un llanto infantil, nadie felicitaba ni se alegraba, evidentemente, la persona pequeña había nacido no viva.
-¡Piótr! -gritó Olga a su marido.
Piótr se volvió a mirar. Debía ser, desde el tiempo en que se fuera el último visitante, y Olga insultara a su marido, había pasado mucho tiempo, ya que Piótr se había sumido y adelgazado de modo notable.
-¿Qué quieres? -preguntó, acercándose al lecho.
Él miraba a un costado, movía los labios y sonreía de forma infantil-impotente.
-¿Todo terminó ya? -preguntó Olga.
Piótr quería responder algo, pero los labios le temblaron y la boca se le retorció de un modo anciano, como al desdentado tío Nikolai Nikoláich.
-¡Olia! -dijo, torciendo los brazos, y de sus ojos de pronto brotaron unas lágrimas gruesas-. ¡Olia! No necesito tu censo, ni los congresos (sollozó)... ni las opiniones singulares, ni esos visitantes, ni tu dote... ¡no necesito nada! ¿Por qué no cuidamos a nuestro niño? ¡Ah, pero qué decir!
Él dejó de la mano y salió del dormitorio.
Y a Olga ya, resueltamente, le daba lo mismo. En la cabeza estaba la neblina del cloroformo, el alma la tenía vacía... Esa obtusa indiferencia hacia la vida, que tenía cuando los dos doctores le hicieron la operación, aún no la dejaba.

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Título original: Imenini, publicado por primera vez en el periódico Sieviernii Viestnik, 1888, Nº 11, con la firma: "Antón Chejov".
Imagen: Ilya Repin, Portrait of actress Maria Andreyeva, 1905.