jueves, 18 de agosto de 2011

América en Rostóv del Don


Los últimos números de La Abeja del Don están ilustrados con el siguiente anuncio curioso:
“Mi mujer, Efrosínia Alexándrovna, se escapó ‘a donde su vida y su dicha’ con un alférez, y como a mí me va bien sin ella, pues ruego: en primer lugar, no regresar nunca a mí; en segundo, a quien la encuentre, asimismo no entregar a mí y; en tercero, un posterior aumento de mi género no lo reconozco, con excepción de nuestros dos hijos: Alexánder de 4 años y Evguénii de cuatro meses.
Yákov Silvestróvich Ribálkin.”
Este anuncio nos condujo a las siguientes reflexiones piadosas:
1) ¿Y qué, si alguien encuentra a la pérfida y no obedece, y la entrega a su honorable Yákov Silvestróvich? ¿Qué será entonces?
2) ¿Cuánto recibió por línea el honorable Yákov Silvestróvich? “La anécdota de su vida” es tan interesante, que el número de lectores de La Abeja del Don por su gracia, en estos últimos días, por lo menos se triplicó... Pero lo más probable, es que el honorario por ese anuncio lo recibió el mismo sr. Ter-Abramián, el “editor y redactor”... Ese redactor considera el artículo arriba escrito sólo un anuncio. Él no reconoce como humorista a nadie, salvo a sí mismo...
3) El estilo del anuncio recuerda demasiado el estilo del sr. Ter-Abramián...
¿No ha bromeado acaso con el público el mismo venerable “editor”1?

1La revista El despertador comenta en su número del 14 de mayo de 1883: “¡Señores hombres, esto no es bueno! En La Abeja del Don se ha publicado, aproximadamente, tal anuncio: ‘Mi mujer se perdió sin dejar huella. Se escapó con cierto seductor-escribano del ferrocarril, y otros dicen que con cierto hebreo. Por lo demás, me da igual con qué no se hubiera escapado, no me da lástima ella en absoluto; en primer lugar, por que ella, al contraer matrimonio legal conmigo, fue descubierta por mí en engaño al esposo, y restantes tales semejantes (?) desacatos; y en segundo, por que, evidentemente, se ha mostrado su engaño. Por estas y otras razones, yo decidí dejarla (!) y sacudir el polvo de mis pies... Stratón Nikanórovich S.’
Excluimos de este anuncio el apellido y los detalles menudos y sucios, ¡el bouquet sin eso es bueno!.. ¡Se destacó el sr. S. ante toda Rusia!”

Título original: Аmerika v Rostove-na-donu, publicado por primera vez en la revista Zritiel, 1883, Nº 21, con la firma: "El hombre sin bazo".
Imagen: Edouard Manet, Woman reading, 1880.

lunes, 18 de abril de 2011

Los mujíks

X

La hermana de Olga, Klávdia Abrámovna, vivía en uno de los callejones cerca de los Estanques del patriarca, en una casa de madera de dos pisos. En el piso inferior había una lavandería, y todo el superior lo ocupaba una madura señorita de la nobleza, silenciosa y modesta, que ya por su cuenta alquilaba las habitaciones a los inquilinos y se alimentaba con eso. En la antesala oscura cuando entrabas había dos puertas, a la derecha y a la izquierda: tras una en un cuartito pequeño se alojaba Klávdia con Sásha, tras la otra el metteur en pages de una tipografía. Después había una sala con un diván, unas butacas, una lámpara de pantalla, cuadros en las paredes, todo como era debido, pero allí olía a ropa blanca y al vapor que penetraba de la lavandería, y todo el día se oía un canto desde abajo del suelo. Desde la sala, general para todos los inquilinos, había un paso a tres apartamentos; allí vivía la misma dueña, luego el viejo lacayo Iván Makárich Matvéichev, natural de Zhúkov, ese mismo que alguna vez colocó a Nikolai en el puesto; en su puerta blanca, manoseada, colgaba de unas anillas un gran candado de cobertizo; tras la tercera puerta vivía una mujer joven, delgada, de ojos vivaces, labios gruesos, que tenía tres niños que lloraban de modo constante. En las fiestas la visitaba un hieromonje, ella andaba de la mañana a la noche con una falda, no peinada, no lavada, pero cuando esperaba a su hieromonje, se ataviaba con un vestido de seda y se rizaba.
En el cuartito de Klávdia, como se dice, no había a donde voltearse. Allí había una cama, una cómoda, una silla y nada más, y de todas formas era estrecho. Pero a pesar de eso el cuartito se mantenía aseado, y Klávdia lo llamaba boudoir. A ella misma su ambiente le gustaba bastante, y en particular lo que estaba en la cómoda: el espejo, el polvo, los frasquitos, la pintura labial, las cajitas, el albayalde y todo el lujo, que ella consideraba una necesaria pertenencia de su profesión, y en la que gastaba casi toda su ganancia; allí mismo había fotografías en marcos, en las que ella misma se presentaba con diversos aspectos. Ella tomada con su marido cartero, con el que vivió sólo un año y después se fue de él, ya que no sentía la vocación de la vida familiar; estaba tomada, como se toman en general las mujeres de esa clase, con un cerquillo en la frente, rizada como un cordero, con un uniforme de soldado y el sable desenvainado, con aspecto de paje montada en una silla, además sus caderas, ajustadas en el tricot, yacían en la silla planas, como dos gruesos embutidos cocinados. Había allí también retratos de hombres, ella los llamaba sus visitantes y no los conocía a todos de nombre, había caído allí también nuestro conocido Kiriák en calidad de pariente: éste se había tomado en toda su estatura, con un traje negro, que había conseguido en algún lugar por un tiempo.
Antes Klávdia asistía a las mascaradas, a donde Filíppov, y se pasaba las noches enteras en el boulevard Tvierskáya; pero con los años poco a poco se volvió hogareña, y ahora, cuando ya tenía 42 años, recibía visitantes muy raramente, y esos no eran muchos, quedados del tiempo anterior y que iban a verla por la vieja memoria, y que -¡ay!- también habían envejecido y la visitaban aún más raramente, por que con cada año se hacían aún menos. De los nuevos la frecuentaba sólo uno muy juvenil, sin bigote; éste entraba a la antesala en silencio, lúgubre, como un conjurado, alzando el cuello de su paletó de gimnasio, y tratando que no lo vieran desde la sala, y después, al irse, dejaba un rublo en la cómoda.
Klávdia estaba en la casa los días enteros, sin hacer nada; a veces, por lo demás, con buen tiempo, se paseaba por la Pequeña Brónnaya y por la Tvierskáya, alzando la cabeza con orgullo, sintiéndose una dama importante, respetable, y sólo cuando pasaba por el almacén-farmacia, a preguntar en susurro si no había crema para las arrugas o las manos rojas, parecía que le daba vergüenza. Por las noches estaba sentada en su cuartito, sin encender el fuego, y esperaba por si venía alguien; y hacia las once horas -eso sucedía ahora raramente, una o dos veces a la semana-, se oía cómo alguien andaba en silencio por la escalera, ya arriba ya abajo, y después hacía frufrú tras la puerta, buscando el timbre. La puerta se abría, se oía un farfullar, y a la antesala entraba indeciso un visitante, comunmente calvo, grueso, viejo, no bonito, y Klávdia se apuraba a llevarlo a su cuartito. Ella adoraba al buen visitante. Para ella no había una criatura superior y de más dignidad; recibir al buen visitante, tratarlo con delicadeza, satisfacerlo, complacerlo era una necesidad de su alma, su deber, dicha, orgullo; de rechazar al visitante o tratarlo sin afabilidad, ella no estaba en condición, incluso cuando ayunaba.
Olga, vuelta del pueblo, alojó a Sasha donde ella por un tiempo, calculando que la niña, mientras fuera chica, si veía algo malo no lo entendía. Pero he aquí Sasha cumplió trece años, ya llegaba de verdad la hora de buscarle otro alojamiento, pero ella y su tía se habían apegado la una a la otra, y ya era difícil separarlas; y además, no había donde llevar a Sasha, ya que la misma Olga se albergaba en un corredor de las habitaciones amuebladas, y dormía en las sillas. El día Sasha lo pasaba donde su madre, en la calle o abajo en la lavandería, pernoctaba donde la tía en el suelo, entre la cama y la cómoda, y si venía un visitante se acostaba en la antesala.
Le gustaba ir por las noches a ese lugar, donde servía Iván Makárich, y mirar los bailes desde la cocina. Allí siempre tocaban música, era brillante y ruidoso, cerca del cocinero y las fregonas olía a comidas sabrosas, y el abuelo Iván Makárich le daba ya té, ya helado, y le metía pedazos diversos que traía de vuelta a la cocina, en los platos y las fuentes... Cierta vez en otoño, tarde en la noche, vuelta a casa de donde Iván Makárich, trajo un muslo de pollo en un envoltorio de papel, un pedacito de esturión, un pedacito de pastel... La tía ya estaba en el lecho...
-Querida tía -dijo Sasha con tristeza-, yo le traje de comer.
Encendieron el fuego. Klávdia empezó a comer, sentada en el lecho. Y Sasha miró sus papillotes, que le daban un aspecto terrible, sus hombros ya marchitos, viejos, la miró largo tiempo y con tristeza, como a una enferma, y de pronto las lágrimas le rodaron por las mejillas.
-Querida tía -profirió con una voz trémula-, querida tía, por la mañana en la lavandería, las muchachas decían que en la vejez usted va a mendigar por la calle, y que morirá en un hospital. Eso no es verdad, tía, no es verdad-, continuó Sasha, ya llorando a lágrima viva-, yo no la voy a abandonar, la voy a alimentar... y no la dejaré ir al hospital...
A Klávdia le tembló la barbilla y las lágrimas le brillaron en los ojos, pero al instante se contuvo y dijo, echando una mirada severa a Sasha:
-Es indecente escuchar a las lavanderas.
XI

En las habitaciones amuebladas “Lisboa” los inquilinos se acallaron poco a poco, olió a la carbonilla de las lámparas apagadas, y el largo mozo de corredor ya se extendía en las sillas. Olga se quitó la cofia blanca con las cintas y el delantal, se cubrió con un pañuelo y fue a ver a los suyos en los Estanques del patriarca. Sirviendo en “Lisboa”, estaba ocupada cada día desde la mañana hasta tarde en la noche, y podía ir a ver a los suyos raramente y sólo de noche; el servicio le quitaba todo el tiempo, sin dejarle ni un minuto libre, así que incluso, desde que habían vuelto del pueblo, ni una vez había estado en la iglesia.
Ella se apuraba, para mostrarle a Sasha una carta recibida del pueblo, de María. En la carta sólo había reverencias y quejas por la necesidad, la pena, por que los viejos aún estaban vivos y comían pan de gratis, pero por algo en esas líneas torcidas, en las que cada letra parecía mutilada, Olga hallaba un encanto peculiar, oculto y, además de las reverencias y las quejas, leyó aún de que en el pueblo ahora hacían unos días cálidos, claros, que por las noches había silencio, el aire era oloroso, y se oía cómo en la iglesia del otro lado tocaba el reloj; se le presentaba el cementerio del pueblo, donde yacía su marido; de las tumbas verdes emanaba sosiego, envidiabas a los fallecidos, ¡y había allí tal espacio, tal libertad! Y asunto extraño: cuando vivían en el pueblo, pues quería mucho ir a Moscú, pero ahora, al contrario, le tiraba al pueblo.
Olga despertó a Sasha y agitada, temiendo que el susurro y la luz molestaran a alguien, le leyó la carta dos veces. Después ambas bajaron por la escalera oscura, fétida, y salieron de la casa. En las ventanas abiertas por completo, se veía cómo planchaban en la lavandería, tras los portones estaban paradas dos lavanderas con cigarrillos. Olga y Sasha iban por la calle rápido, y hablaban de que sería bueno ahorrar dos rublos, y enviarlos al pueblo: un rublo a María, y con el otro oficiar un réquiem en la tumba de Nikolai.
-¡Ah, hace poco pasé un miedo! -contaba Olga juntando las manos-. Apenas nos sentamos a almorzar, hurraca, de pronto, no se sabe de dónde, ¡Kiriák borracho re-borracho! “¡Dame dinero, Olga!”, dice. Y grita, patea con los pies, dame, y todo eso. ¿Y de dónde lo saco? Yo no recibo un salario, yo misma vivo de la limosna, que me dan los buenos señores, y con eso soy rica... No quiere escuchar, ¡dame! Los inquilinos de los números miraban, el dueño vino, ¡un puro castigo, una deshonra! Le pedí a los estudiantes treinta kópeks, se los di. Se fue... Y después el día entero ando y susurro: “¡Ablanda, Señor, su corazón!” Así susurro.
En las calles había silencio, en ocasiones pasaban los cocheros nocturnos, y en algún lugar lejano, debía ser en el jardín recreativo, aún tocaban música y los cohetes crujían de modo apagado.

Título original: Mujiki, capítulos inéditos X y XI de Los mujíks, hallados entre los papeles de Antón Chejov (Obs. completas, t. 9, pags. 344-348).
Imagen: Zinaida Serebriakova, Self-portrait: At the Dressing Table, 1909.

jueves, 7 de abril de 2011

En el camino


Pernoctaba la nube dorada,
Sobre el pecho del peñasco gigante1
Liérmontov

En la habitación, que el mismo tenedor de la taberna, el cosaco Semión Chistoplíui llamaba “forastera”, o sea designada de modo exclusivo para los forasteros, en una gran mesa no pintada estaba sentado un hombre alto, ancho de hombros de unos cuarenta años. Acodado en la mesa y apoyada la cabeza en el puño, dormía. El cabo de una vela de sebo, clavado en una latita de pomada, iluminaba su barba castaña, la ancha nariz gruesa, las mejillas atezadas, las cejas negras tupidas, cernientes sobre los ojos cerrados... Y la nariz, las mejillas y las cejas, todos los rasgos, cada uno por separado, eran groseros y pesados, como los muebles y la estufa de la “forastera”, pero en general brindaban algo armonioso e incluso bonito. Tal es, como se dice, el destino del rostro ruso: mientras más robustos y ásperos sus rasgos, más suave y bondadoso parece éste. Estaba vestido el hombre con un saco señorial, gastado, pero ribeteado con una cinta ancha nueva, un chaleco de felpa y un ancho pantalón negro, metido en unas botas grandes.
En uno de los bancos, que se extendía a lo largo de la pared de forma incesante, en la piel de una pelliza de zorro dormía una niña de unos ocho años, con un vestido marrón y unas largas medias negras. Su rostro era pálido, los cabellos rubios, los hombros estrechos, todo el cuerpo delgado y escaso, pero la nariz resaltaba como un mismo bulto grueso y no bonito, como en el hombre. Ella dormía de modo profundo y no sentía, cómo una peineta semi redonda, caída de la cabeza, le cortaba la mejilla.
La “forastera” tenía un aspecto festivo. El aire olía a suelo recién lavado, en la cuerda, que se extendía en diagonal por toda la habitación, no colgaban como siempre unos trapos, y en una esquina encima de la mesa, poniendo una mancha rojiza en la imagen de Jorge el victorioso2, ardía una lámpara débilmente. Observando la gradación más severa y cuidadosa, en la transición de lo divino a lo profano, desde la imagen, por ambos costados de la esquina, se extendía una serie de estampas populares. A la opaca luz del cabo y la lámpara rojiza, las estampas se mostraban como una franja continua, cubierta de borrones negros; y cuando la estufa de azulejos, deseando cantar a una voz con el tiempo, con un aullido aspiraba para sí el aire, y los leños, como despertados, se encendían con una llama vívida y gruñían enojados, entonces en las paredes de troncos empezaban a saltar unas manchas coloradas, y se podía ver cómo, por encima de la cabeza del hombre dormido, se acrecían ya el anciano Serafín3, ya el sha Naser al-Din4, ya un niño marrón, rollizo, con los ojos desorbitados y susurrando algo al oído de una señorita, con un rostro inusitadamente obtuso e indiferente...
En el patio tronaba el mal tiempo. Algo rabioso, maligno, pero profundamente desdichado, con la furia de una fiera, se agitaba alrededor de la taberna e intentaba irrumpir en el interior. Azotando las puertas, golpeando en las ventanas y por el tejado, arañando las paredes eso ya amenazaba, ya suplicaba, ya se acallaba no por largo tiempo, y después con un aullido de júbilo, traicionero irrumpía por el conducto de la estufa; pero ahí los leños se encendían y el fuego, como un perro encadenado, volaba con rabia al encuentro del enemigo, empezaba la lucha, y después de ésta los sollozos, el chillido, el rugido enojado. En todo eso se oía una angustia rencorosa, un odio insatisfecho, la impotencia insultada de alguien, que alguna vez estuvo habituado a la victoria...
Encantada por esa música salvaje, no humana la “forastera”, al parecer, se había aletargado por los siglos. Pero he aquí la puerta crujió, y a la habitación entró el muchacho de la taberna, con una camisa de calicó nueva. Cojeando de una pierna y guiñando los ojos soñolientos, quitó de la vela con los dedos, puso unos leños en la estufa y salió. Al instante en la iglesia, que en Ciervos se hallaba a trescientos pasos de la taberna, empezaron a tocar a medianoche. El viento jugaba con el tañido como con los copos de nieve; persiguiendo a los sonidos de la campana, los giraba en la superficie inmensa, de modo que unos toques se interrumpían o se extendían en un largo sonido ondeante, y otros se esfumaban por completo en el zumbido general. Un toque resonó en la habitación con tal claridad, como si llamaran bajo las mismas ventanas. La niña, dormida en la piel de zorro, se estremeció y levantó la cabeza. Un minuto miró sin sentido la ventana oscura, a Naser al-Din, por el que en ese momento se deslizaba la luz púrpura de la estufa, después llevó su mirada al hombre dormido.
-¡Papá! -dijo.
Pero el hombre no se movía. La niña frunció las cejas enojada, se acostó y encogió las piernas. Tras la puerta de la taberna alguien bostezó de forma ruidosa y tendida. Pronto, seguido de esto, se oyó el chillido del bloque de la puerta y unas voces confusas. Alguien entró y, sacudiéndose la nieve, pataleó con unas botas de fieltro de modo apagado.
-¿Qué? -preguntó una voz femenina con pereza.
-Vino la señorita Ilováiskaya5... -respondió un bajo.
De nuevo chilló el bloque de la puerta. Se oyó el ruido del viento que irrumpía. Alguien, probablemente el muchacho cojo, corrió hacia la puerta que conducía a la “forastera”, tosió con respeto y corrió el cerrojo.
-Aquí, mátushka-señorita, pase -dijo una voz femenina cantarina-, ahí está limpio, bella...
La puerta se abrió por completo, y en el umbral apareció un mujík barbudo, con un kaftán6 de cochero y una gran maleta en el hombro, todo, de la cabeza a los pies, forrado de nieve. Tras éste entró no alta, casi dos veces más baja que el cochero, una figura femenina sin rostro y sin brazos, arropada, envuelta, parecida a un nudo y también cubierta de nieve. Desde el cochero y el nudo, sopló hacia la niña una humedad como de sótano, y el fuego de la vela osciló.
-¡Qué tonterías! -dijo el nudo enojado-. ¡Se puede ir perfectamente! Quedaban por ir sólo doce vérstas, todo más por el bosque, y no nos perdíamos...
-Perdernos pues, no nos perdíamos, ¡pero los caballos no iban, señorita! -respondió el cochero-. ¡Y el Señor tu voluntad, como si yo a propósito!
-Dios sabe a dónde me trajiste... Pero más bajo... Ahí, parece, duermen. Anda de aquí...
El cochero puso la maleta en el suelo, además, de sus hombros cayeron capas de nieve, emitió con la nariz un sonido de sollozo y salió. Luego la niña vio, cómo del medio del nudo salieron dos manos pequeñas, que se estiraron hacia arriba, y se pusieron enojadas a desenredar un enredo de chales, pañuelos y bufandas. Al principio cayó al suelo un chal grande, después un capuchón, tras éste un pañuelo tejido blanco. Liberada la cabeza, la forastera se quitó la pelerina y enseguida se redujo a la mitad. Ahora estaba ya con un paletó largo, gris de botones grandes y bolsillos abultados. De un bolsillo sacó un envoltorio de papel con algo, del otro un atado de llaves grandes, pesadas que puso con tal descuido, que el hombre dormido se estremeció y abrió los ojos. Por cierto tiempo éste miró a los costados de forma obtusa, como sin entender dónde estaba, después sacudió la cabeza, fue a la esquina y se sentó... La forastera se quitó el paletó, por lo que se redujo a la mitad de nuevo, se sacó las botas de felpa y se sentó también.
Ahora ya no parecía un nudo. Era una trigueña pequeña, delgada de unos 20 años, fina como una culebra, con un rostro blanco alargado y unos cabellos ondeados. Su nariz era larga, aguda, la barbilla también larga y aguda, las pestañas largas, los ángulos de la boca agudos, y gracias a esa agudeza general, la expresión del rostro parecía punzante. Apretada en un vestido negro, con una masa de encajes en el cuello y las mangas, de codos agudos y largos dedos rosados, recordaba los retratos de las damas inglesas medievales. La expresión seria, concentrada de su rostro aumentaba aún más ese parecido...
La trigueña miró la habitación, miró de soslayo al hombre y a la niña y, tras encogerse de hombros, se sentó junto a la ventana. Las ventanas oscuras temblaban con el viento húmedo del este. Los copos de nieve robustos, brillando con blancura, se posaban en los cristales, pero al instante se esfumaban, llevados por el viento. La música salvaje se hacía más fuerte...
Después de un largo silencio, la niña se volvió de pronto y dijo, recalcando enojada cada palabra:
-¡Señor! ¡Señor! ¡Que infeliz soy! ¡La más infeliz de todas!
El hombre se levantó y, con un andar culpable, que no le iba en absoluto a su estatura inmensa y barba grande, fue a pasitrote hacia la niña.
-¿Tú no duermes, amiguita? -preguntó con una voz de disculpa-. ¿Qué tú quieres?
-¡No quiero nada! ¡Me duele el hombro! ¡Tú, papá, no eres un hombre bueno, y Dios te va a castigar! ¡Verás pues, que te va a castigar!
-Hijita mía, yo sé que te duele el hombro, ¿pero qué pues puedo hacer, amiguita? -dijo el hombre en el tono, con que los maridos bebidos se disculpan con sus esposas severas-. Eso, Sásha, te duele el hombro por el camino. Mañana vamos a llegar al lugar, vamos a descansar, y se te pasará...
-Mañana, mañana... Tú cada día me dices que mañana. ¡Nosotros vamos a ir veinte días todavía!
-Bueno, amiguita, palabra de honor de padre, vamos a llegar mañana. Yo no miento nunca, y si la nevasca nos retuvo, pues no soy culpable.
-¡Yo no puedo aguantar más! ¡No puedo, no puedo!
Sásha pataleó con una pierna con aspereza, e inundó la habitación con un llanto chillón desagradable. Su padre dejó de la mano y, extraviado, echó una mirada a la trigueña. Ésta se encogió de hombros y se acercó a Sásha con indecisión.
-Escucha, querida -dijo ella-, ¿para qué llorar pues? Es verdad, no es bueno si te duele el hombro, ¿pero qué hacer pues?
-Ve, señora -rompió a hablar el hombre con rapidez, como si se justificara-, no dormimos en dos noches, y viajamos en un carruaje repugnante. Bueno, por supuesto, naturalmente, que ella está enferma y se angustia... Y ahí todavía, ¿sabe?, nos tocó un cochero borracho, nos robaron la maleta... la ventisca todo el tiempo, ¿pero para qué, señora, llorar? Por lo demás, ese dormir en una posición sentada me fatigó, y yo estoy como borracho. ¡Por Dios, Sásha, aquí sin ti da asco, y tú todavía lloras!
El hombre meneó la cabeza, dejó de la mano y se sentó.
-Por supuesto, no se debe llorar -dijo la trigueña-. Eso sólo los niños de pecho lloran. Si tú estás enferma, querida, pues hay que desvestirse y dormir... ¡Vamos pues a desvestirnos!
Cuando la niña estuvo desvestida y tranquila, sobrevino un silencio de nuevo. La trigueña estaba sentada junto a la ventana, y miraba perpleja la habitación de la taberna, la imagen, la estufa... Por lo visto, le parecían extraños la habitación, la niña con su nariz gruesa, con una camisa corta de chiquillo, y el padre de la niña. Ese hombre extraño estaba sentado en una esquina, extraviado, como borracho, echaba miradas a los costados y se arrugaba el rostro con la palma de la mano. Callaba, guiñaba los ojos y, mirando su figura culpable, era difícil suponer que pronto empezara a hablar. Pero el primero que empezó a hablar fue él. Habiendo acariciado sus rodillas, tosido, sonrió con malicia y dijo:
-Una comedia, por Dios... Miro y no creo a mis ojos: bueno, ¿por qué diablo el destino nos empujó a esta taberna asquerosa? ¿Qué quería expresar él con eso? La vida arma a veces unos saltos mortales, que sólo miras y mueves los ojos perplejo. ¿Usted, señora, se digna ir lejos?
-No, no lejos -respondió la trigueña-. Yo voy desde nuestra posesión, a unas veinte vérstas de aquí, a nuestra misma granja, a donde mi padre y mi hermano. Yo misma soy Ilováiskaya, pero la granja se llama Ilováiskaya así mismo, a doce vérstas de aquí. ¡Qué tiempo desagradable!
-¡Qué peor!
El muchacho cojo entró y puso un cabo nuevo en la latita de pomada.
-¡Si tú, mozuelo, nos pusieras el samovar! -se dirigió a éste el hombre.
-¿Quién toma té ahora pues? -sonrió el cojo con malicia-. Es pecado tomar antes de misa.
-No es nada, mozuelo, no tú vas a arder en el infierno, sino nosotros...
En el té los nuevos conocidos hablaron. Ilováiskaya conoció que su interlocutor se llamaba Grigórii Petróvich Lijarióv, que era hermano de ese mismo Lijarióv, que en uno de los distritos vecinos servía de decano, y que él mismo fue alguna vez un hacendado, pero “se quemó en su tiempo”. Y Lijarióv conoció que Ilováiskaya se llamaba María Mijáilovna, que la posesión de su padre era inmensa, pero que administrar le tocaba sólo a ella, ya que su padre y su hermano miraban la vida a través de los dedos7, eran descuidados y amaban demasiado a los galgos.
-Mi padre y mi hermano en la granja solos-solitos -decía Ilováiskaya moviendo los dedos (al conversar, tenía la manera de mover los dedos, delante de su rostro punzante y, después de cada frase, lamerse los labios con su lengua aguda), ellos, los hombres, son una gente descuidada, y para sí mismos no mueven un dedo. ¡Me imagino quién les dará para hacer pascua! Una madre nosotros no tenemos, y nuestros sirvientes son así, que sin mí no tienden ni un mantel como se debe. ¡Ahora se puede imaginar su situación! Ellos se van a quedar sin hacer pascua, y yo toda la noche debo estar sentada aquí. ¡Qué extraño es todo esto!
Ilováiskaya se encogió de hombros, sorbió de la taza y dijo:
-Hay fiestas que tienen su olor. En la Pascua, la Trinidad y la Navidad el aire huele a algo peculiar. Hasta los no creyentes aman esas fiestas. Mi hermano, por ejemplo, comenta que no hay Dios, y en la Pascua es el primero que corre a maitines.
Lijarióv alzó los ojos hacia Ilováiskaya y se echó a reír.
-Comentan que no hay Dios -continuó Ilováiskaya, echándose a reír también-, ¿pero por qué pues, dígame, todos los escritores célebres, los científicos, en general las personas inteligentes creen al final de la vida?
-Quien no supo creer en la juventud, señora, ese no creerá en la vejez, aunque sea un re-contra escritor.
A juzgar por la tos Lijarióv tenía voz de bajo pero, probablemente, por temor a hablar en voz alta o por una timidez excesiva, hablaba en tenor. Habiendo callado un poco, suspiró y dijo:
-Yo entiendo así, que la fe es una capacidad del espíritu. Ésta es lo mismo que el talento: hay que nacer con ella. En cuanto puedo juzgar por mí, por esas personas que he visto en mi vida, por todo lo que sucedía alrededor, esa capacidad es inherente a la gente rusa en un altísimo grado. La vida rusa consiste en una serie incesante de creencias y aficiones, y la descreencia o la negación, si desea saber, ésta todavía ni la ha olido. Si el hombre ruso no cree en Dios, pues eso significa que cree en alguna otra cosa.
Lijarióv aceptó de Ilováiskaya una taza de té, sorbió la mitad enseguida y continuó:
-Yo le diré de mí mismo. En mi alma, la naturaleza depositó una inusitada capacidad de creer. Media vida yo figuré, no sea dicho por la noche8, en la plantilla de los ateos y los nihilistas, pero no hubo en mi vida ni una hora, cuando yo no creyera. Todos los talentos se descubren, comúnmente, en la temprana infancia, así mi capacidad se daba ya a conocer, cuando yo todavía andaba a pie abajo de la mesa. A mi madre le gustaba que los niños comieran mucho, y pasaba que cuando me daba de comer, pues decía: “¡Come! ¡Lo principal en la vida es la sopa!” Yo le creía, me comía esa sopa unas diez veces al día, comía como un tiburón, hasta la repugnancia y el desmayo. La nana me contaba cuentos, y yo creía en los duendes, los silvanos, en toda clase de diabluras. Pasaba, que le robaba a mi padre un sublimado, lo rociaba en los melindres, y me los llevaba al desván, ¿ve?, para que los duendes comieran y se murieran. Y cuando aprendí a leer y entender lo leído, ¡pues empezó a escribir el gobierno9! Yo huía a América, y me iba con los bandidos, y pedía ingresar a un monasterio, y alquilaba a chiquillos para que me torturaran por Cristo. Y advierta, mi fe siempre fue activa, no muerta. Si huía a América, pues no era solo, sino desviaba conmigo a alguien más, tan imbécil como yo, y me alegraba cuando me helaba en el puesto, y cuando me azotaban; si me iba con los bandidos, pues regresaba seguro con la jeta partida. ¡Una infancia inquieta, le informo! Y cuando me mandaron al gimnasio, y me regaron allí con toda clase de verdades, del tipo de que la tierra anda alrededor del sol, o que la luz blanca no es blanca, sino se compone de siete colores, ¡la cabeza me daba vueltas! Todo me volaba alrededor: Josué10, que detenía el sol, y mi madre, que en nombre del profeta Elías negaba los pararrayos, y mi padre, indiferente a las verdades que yo conocía. Mi clarividencia me inspiraba. Como un chiflado, andaba por la casa, por los establos, predicaba mis verdades, llegaba al horror por la ignorancia, ardía de odio hacia todos, los que en la luz blanca veían sólo el blanco... Por lo demás, todo esto son tonterías y chiquilladas. Las aficiones serias pues, así decir, varoniles, me empezaron desde la universidad. Usted, señora, ¿se dignó a terminar un curso en algún lugar?
-En Novocherkássk11, en el instituto del Don.
-¿Y en los cursos, no estuvo? Por lo tanto, usted no sabe qué son las ciencias. Todas las ciencias, cuantas hay en el mundo, tienen el mismo pasaporte, sin el que se consideran impensables: ¡la aspiración a la verdad! Cada una de ellas, incluso alguna farmacognosia, tiene como objetivo no el provecho, no la comodidad en la vida, sino la verdad. ¡Notable! Cuando usted se dispone a estudiar alguna ciencia, pues le sorprende ante todo su principio. Yo le digo, no hay nada más aficionante y grandioso, nada desconcierta tanto ni sobrecoge el espíritu humano, como el principio de alguna ciencia. Desde las primeras cinco-seis conferencias, ya lo animan las esperanzas más brillantes, ya se parece a sí mismo el dueño de la verdad. Y yo me entregué a las ciencias con abnegación, apasionadamente, como a la mujer amada. Yo era su esclavo, y excepto éstas, no quería conocer ningún otro sol. Día y noche, sin desdoblar la espalda, aprendía de memoria, me arruinaba con los libros, lloraba, cuando ante mis ojos, las personas explotaban la ciencia con objetivos personales. Pero no me aficionaba largo tiempo. La cosa está, en que cada ciencia tiene un principio, pero no tiene un final en absoluto, lo mismo que en la fracción periódica. La zoología descubrió 35 000 especies de insectos, la química calcula 60 cuerpos simples. Si con el tiempo, a esas cifras se le agregan por la derecha diez ceros, la zoología y la química asimismo estarán lejos de su fin, como ahora, y todo el trabajo científico moderno consiste, precisamente, en el incremento de las cifras. Ese truco yo lo entendí, cuando descubrí la especie 35 001 y no sentí satisfacción. Bueno, no alcancé a sufrir una decepción, ya que pronto se apoderó de mí una nueva fe. Yo me entregué al nihilismo con sus proclamas, repartos negros12 y todo tipo de cosas. Iba al pueblo, servía en las fábricas, en las lubricadoras, las sirgadoras. Después, cuando vagando por Rusia olí la vida rusa, me convertí en un ardiente admirador de esa vida. Yo amaba al pueblo ruso hasta el sufrimiento, amaba y creía en su Dios, lenguaje, arte... Y demás y demás... En un tiempo fui eslavófilo, cansé a Aksákov13 con cartas, y fui ucranófilo, arqueólogo, coleccionista de imágenes de arte popular... me aficionaba a las ideas, las personas, los sucesos, los lugares... ¡me aficionaba sin descanso! Hace cinco años servía a la negación de la propiedad, mi última fe fue la no resistencia al mal.
Sásha suspiró de modo jadeante y empezó a moverse. Lijarióv se levantó y se acercó a ella.
-Mi amiguita, ¿no quieres té? -preguntó con ternura.
-¡Tómatelo tú mismo! -respondió la niña con grosería.
Lijarióv se confundió y, con un andar culpable, volvió a la mesa.
-Entonces, usted vivió divertido -dijo Ilováiskaya-. Tiene sobre qué recordar.
-Bueno sí, todo eso es divertido, cuando estás sentado en el té con una interlocutora buena, y platicas, pero pregunte ¿en qué me salió esa diversión? ¿Qué me costó la diversidad de mi vida? Pues yo, señora, creía no como un doctor de filosofía alemán, un zierlich-manierlich14, no vivía en el desierto, y cada fe mía me pasaba por el aro, rompía mi cuerpo en pedazos. Juzgue usted misma. Yo era rico, como mis hermanos, pero ahora soy un mendigo. En el humo de las aficiones malgasté mi fortuna, y la de mi mujer, un montón de dinero ajeno. Yo ahora tengo 42 años, la vejez está en las narices, y estoy sin cobijo, como un perro, que se retrasó del convoy en la noche. En toda mi vida, no conocí qué era el sosiego. Mi alma se fatigaba de forma incesante, sufría incluso con las esperanzas... Me agotaba por el pesado trabajo en desorden, soportaba las privaciones, unas cinco veces estuve en la cárcel, deambulé por los gobiernos de Arjánguelsk y Tobólsk... ¡recordarlo duele! Yo vivía, pero en el humo no sentía el mismo proceso de la vida. ¿Me cree?, yo no recuerdo ni una primavera, no advertía cómo me amaba mi mujer, cómo nacían mis hijos. ¿Qué más decirle? Para todos esos que me querían, yo era la infelicidad... Mi madre ya hace 15 años que lleva luto por mí, y mis hermanos orgullosos, que tuvieron que dolerse de alma por mí, sonrojarse, doblar sus espaldas, derrochar el dinero, al final me odiaron como a un veneno.
Lijarióv se levantó y se sentó de nuevo.
-Si yo sólo fuera infeliz, pues le agradecería a Dios -continuó sin mirar a Ilováiskaya-. Mi infelicidad personal pasa a un segundo plano, cuando recuerdo cuán a menudo fui absurdo en mis aficiones, lejano de la verdad, injusto, cruel, ¡peligroso! Cuán a menudo odié y desprecié con toda el alma, a esos a quienes debía querer, y al revés. Traicioné mil veces. Hoy creía, caía de rodillas, y mañana ya, como un cobarde, huía de mis dioses y amigos de hoy, y me tragaba callado al canalla, que soltaban atrás de mí. Sólo Dios veía, cuán a menudo yo lloraba y mordía la almohada, por la vergüenza de mis aficiones. ¡Ni una vez en mi vida mentí o hice el mal con intención, pero mi conciencia no está limpia! Señora, yo no puedo incluso jactarme, de que sobre mi conciencia no pesa la vida de nadie, ya que ante mis propios ojos murió mi mujer, a la que extenué con mi negligencia. ¡Sí, mi mujer! Escuche, en nuestra convivencia predominan ahora dos actitudes hacia las mujeres. Unos miden los cráneos de las mujeres, para demostrar que la mujer es inferior al hombre, buscan sus defectos para burlarse de ella, dárselas de originales ante sus ojos, y justificar su animalidad. Y otros, con todas sus fuerzas, intentan levantar a la mujer hasta sí mismos, o sea, la obligan a aprender de memoria las 35 000 especies, a decir y escribir las mismas tonterías, que ellos mismos dicen y escriben...
El rostro de Lijarióv se oscureció.
-Y le diré, que la mujer siempre fue y será esclava del hombre -rompió a hablar con voz de bajo, golpeando la mesa con el puño-. Ella es una cera tierna, suave, de la que el hombre siempre esculpió todo lo que le plugo. Señor, Dios mío, por una afición masculina groshéra15, ella se cortaba el cabello, abandonaba a la familia, moría en el extranjero... Entre las ideas por las que ella se sacrificaba, no había ni una femenina... ¡Una esclava abnegada, fiel! Los cráneos yo no los medía, y digo esto por la pesada, amarga experiencia. Las mujeres más orgullosas, independientes, si yo lograba comunicarles mi inspiración, iban tras de mí sin razonar, sin preguntar, y haciendo todo lo que yo quería; de una monjita yo hice una nihilista, que, como oí después, le disparó a un gendarme; mi mujer no me dejaba en mis andanzas ni por un minuto, y como una veleta, cambiaba su fe paralelo a como yo cambiaba mis aficiones.
Lijarióv se levantó y anduvo por la habitación.
-¡Una esclavitud noble, elevada! -dijo, juntando las manos-. ¡En ésta pues, precisamente, estriba el alto sentido de la vida femenina! De la terrible confusión que se acumuló en mi cabeza, en todo el tiempo de mi relación con las mujeres, en mi memoria, como a través de un filtro, se salvaron no las ideas, no las palabras inteligentes, no la filosofía, sino esa inusitada sumisión al destino, esa excepcional misericordia, el perdón de todo...
Lijarióv apretó los puños, miró a un punto fijamente y, con cierta tensión apasionada, como sorbiendo cada palabra, profirió a través de los dientes apretados:
-Ese... ese soportar generoso, lealtad hasta la tumba, poesía del corazón... El sentido de la vida está, precisamente, en ese martirio resignado, en las lágrimas que ablandan a la roca, en el amor ilimitado que lo perdona todo, que lleva al caos de la vida la luz y el calor...
Ilováiskaya se levantó con lentitud, dio un paso hacia Lijarióv y fijó sus ojos en su rostro. Por las lágrimas que brillaban en sus pestañas, por la voz trémula, apasionada, por lo colorado de las mejillas, estaba claro para ella, que las mujeres no eran un casual y simple tema de conversación. Éstas eran el objeto de su nueva afición o, como él mismo decía, ¡nueva fe! Por primera vez en la vida, Ilováiskaya veía ante sí a un hombre aficionado, creyente ardiente. Al gesticular, con los ojos brillando, le parecía un demente, un frenético, pero en el fuego de sus ojos, en el discurso, en los movimientos de todo el cuerpo grande, se sentía tanta belleza que ella misma, sin advertirlo, estaba parada ante él, como clavada, y lo miraba a la cara extasiada.
-¡Y tome a mi madre! -decía él, tendiendo las manos hacia ella, y poniendo una cara suplicante-. Yo envenené su existencia, la difamé, según su concepto, la estirpe de los Lijarióv le causó tanto mal, cuanto le podía causar el enemigo más maligno, ¿y qué pues? Mis hermanos le dan unos gróshes para las hostias y las oraciones, y ella, violando su sentido religioso, ¡ahorra ese dinero y se lo manda en secreto a su Grigórii libertino! ¡Sólo esa menudez educa y ennoblece el alma mucho más, que todas las teorías, las palabras inteligentes, las 35 000 especies! Yo le puedo poner miles de ejemplos. ¡Y pues tomarla a usted siquiera! En el patio está la nevasca, la noche, y usted va hacia su hermano y su padre, para animarlos con una caricia en la fiesta, aunque ellos, acaso, no piensan, se olvidaron de usted. Y espere, amará a un hombre, así va a ir tras él al polo norte. ¿Pues usted iría?
-Sí, si... lo amo.
-¡Pues ve! -se alegró Lijarióv e incluso golpeó con el pie-. ¡Por Dios, me alegro tanto de que la conocí! Es tan bueno mi destino, siempre me encuentro con personas excelentes. Que si un día, pues conozco a una, que por la persona, simplemente, daría el alma. En este mundo, hay muchas más buenas personas que malas. Pues mire, cómo usted y yo hablamos con franqueza y de alma, como si nos conociéramos hace cien años. Otras veces, le informo, unos diez años te fortaleces, callas, tienes secretos de los amigos y de tu mujer, y encuentras a un cadete en el vagón, y le platicas toda el alma. A usted, yo tengo el honor de verla sólo por primera vez, y le confesé, como nunca me he confesado. ¿Por qué eso?
Frotándose las manos y sonriendo divertido, Lijarióv se paseó por la habitación y rompió a hablar sobre las mujeres de nuevo. Mientras tanto llamaron a maitines.
-¡Señor! -rompió a llorar Sásha-. ¡Él con sus conversaciones no me deja dormir!
-¡Ah, sí! -cayó en cuenta Lijarióv-. Culpable, amiguita. Duerme, duerme... Además de ella, yo tengo aún dos chicos-, susurró-. Esos, señora, viven con el tío, y ésta no puede respirar un día sin el padre. Sufre, murmura, y se pega a mí como la mosca a la miel. Yo, señora, platiqué demasiado, como que eso no le impida descansar. ¿No le place, que le haga el lecho?
Sin esperar el permiso, sacudió la pelerina mojada y la extendió en el banco, con la piel hacia arriba, recogió los pañuelos y chales dispersos, puso a la cabeza el paletó envuelto como un tubo, y todo eso callado, con una expresión de veneración obsequiosa en el rostro, como si se ocupara no de unos trapos femeninos, sino de pedazos de vasos sagrados. En toda su figura había algo culpable, confundido, como si en presencia de una criatura débil se avergonzara de su estatura y fuerza...
Cuando Ilováiskaya se acostó, él apagó la vela y se sentó en un taburete junto a la estufa.
-Así pues, señora -susurraba prendiendo un cigarrillo grueso, y echando humo hacia la estufa-. La naturaleza depositó en el hombre ruso una inusitada capacidad de creer, una mente escrutadora y el don del pensamiento, pero todo eso se convierte en polvo por el descuido, la pereza y la ligereza soñadora... Sí...
Ilováiskaya, asombrada, escrutó la tiniebla, y vio sólo la mancha rojiza en la imagen, y el parpadeo de la luz de la estufa en el rostro de Lijarióv. La tiniebla, el tañido de la campana, el rugido de la ventisca, el muchacho cojo, la Sásha murmurante, el desdichado Lijarióv y su discurso, todo eso se mezclaba, se acrecía en una impresión inmensa, y el mundo de Dios le parecía fantástico, lleno de milagros y fuerzas mágicas. Todo lo recién oído sonaba en sus oídos, y la vida humana le parecía un cuento hermoso, poético, que no tenía fin.
La impresión inmensa creció y creció, nubló consigo su conciencia y se convirtió en un dulce sueño. Ilováiskaya dormía, pero veía la lámpara y la nariz gruesa, por la que saltaba la luz rojiza.
Oía un llanto.
-¡Querido papá, -suplicaba una voz infantil con ternura-, volvamos con el tío! ¡Allá hay un arbolito! ¡Allá están Stiépa y Kólia!
-Amiguita mía, ¿qué yo puedo hacer pues? -convencía un bajo masculino apagado-. ¡Entiende! ¡Bueno, entiende!
Y al llanto infantil se unió el masculino. Esa voz de la pena humana, entre el aullido del mal tiempo, parecía al oído de la muchacha una música tan dulce, humana, que no soportó el placer y rompió a llorar también. Oyó después, cómo una gran sombra negra se le acercaba con suavidad, levantaba del suelo un chal caído y arropaba sus piernas.
Despertó a Ilováiskaya un rugido extraño. Se levantó y, asombrada, echó una mirada a su alrededor. En las ventanas, medio cubiertas de nieve, asomaba el azulado del amanecer. En la habitación había una penumbra grisácea, a través de la cual se dibujaban claramente la estufa, la niña dormida y Nasreddine. La estufa y la lámpara ya se habían apagado. En la puerta abierta por completo se veía la gran habitación de la taberna, con el mostrador y las mesas. Cierto hombre con un rostro obtuso, gitano, con unos ojos asombrados estaba parado en medio de la habitación, en un charco de nieve derretida y sostenía un palo con una gran estrella roja16. Lo rodeaba una multitud de chiquillos inmóviles como estatuas, y forrados de nieve. La luz de la estrella, pasando a través del papel rojo, coloraba sus rostros mojados. La multitud rugía en desorden, y de su rugido Ilováiskaya entendió sólo un couplet:

Hey tú, mozuelo pequeño,
Toma un cuchillo finito,
Matemos, matemos al judío,
Al hijo
pesaroso...

Cerca del mostrador estaba parado Lijarióv, que miraba a los cantores con ternura y golpeaba al ritmo con el pie. Viendo a Ilováiskaya, sonrió con todo el rostro y se acercó a ella. Ella sonrió también.
-¡Por la fiesta! -dijo-. Yo vi que usted dormía bien.
Ilováiskaya lo miraba, callaba y seguía sonriendo.
Después de la conversación nocturna, él ya no le parecía alto, ancho de hombros, sino pequeño, igual a como nos parece pequeño el barco más grande, del que dicen que cruzó el océano.
-Bueno, me es hora de irme -dijo-. Tengo que vestirme. Dígame, ¿a dónde pues usted se dirige ahora?
-¿Yo? A la estación Klinúshki, de ahí a Sérguievo, y de Sérguievo 40 vérstas a caballo, a las minas de carbón de un imbécil, un tal general Shashkóvskii. Allá mis hermanos me hallaron un puesto de gerente... Voy a cavar carbón.
-Permita, yo esas minas las conozco. Pues Shashkóvskii es mi tío. Pero... ¿para qué va allá? -preguntó Ilováiskaya, mirando a Lijarióv asombrada.
-De gerente. Para gerenciar las minas.
-¡No entiendo! -se encogió de hombros Ilováiskaya-. Usted va a las minas. Pero es que allá es la estepa pelada, el despoblado, un aburrimiento tal, ¡que no vivirá ni un día! Un carbón repugnante, nadie lo compra, y mi tío es un maniaco, un déspota, un quebrado... ¡Usted no va a recibir ni un salario!
-Da lo mismo -dijo Lijarióv indiferente-. Y gracias por las minas.
Ilováiskaya se encogió de hombros y anduvo por la habitación con inquietud.
-¡No entiendo, no entiendo! -decía, moviendo los dedos delante de su rostro-. ¡Eso es imposible y... y irracional! Usted entienda que eso... ¡eso es peor que el destierro, eso es la tumba para un hombre vivo! Ah, Señor-, dijo ardiente, acercándose a Lijarióv y moviendo los dedos delante de su rostro sonriente, su labio superior temblaba y su rostro punzante palidecía-. Bueno, imagine la estepa pelada, la soledad. Allá no hay a quien decirle una palabra, y usted... ¡está aficionado a las mujeres! ¡Las minas y las mujeres!
Ilováiskaya de pronto se avergonzó de su ardor y, volviéndose de Lijarióv, se apartó hacia la ventana.
-¡No, no, usted no puede ir allá! -dijo ella, pasando el dedo por el cristal con rapidez.
No sólo con el alma, sino incluso con la espalda percibía, que detrás de ella estaba parado un hombre infinitamente desdichado, perdido, abandonado, y él, como sin reconocer su desdicha, como si no él hubiera llorado en la noche, la miraba y sonreía de modo bondadoso. ¡Y sería mejor que siguiera llorando! Varias veces ella se paseó con inquietud por la habitación, después se detuvo en una esquina y se quedó pensativa. Lijarióv decía algo, pero ella no lo oía. Dándole la espalda, sacó de su porte-monnaie17 un billete de cuatro, lo arrugó entre las manos largo tiempo y, mirado a Lijarióv, se sonrojó y se metió el billete en el bolsillo.
Tras la puerta se oyó la voz del cochero. Ilováiskaya callada, con un rostro severo, concentrado empezó a vestirse. Lijarióv la arropaba y platicaba divertido, pero cada palabra suya se posaba en el alma de ella con pesadez. No era divertido escuchar cuando bufoneaban los desdichados o los moribundos.
Cuando hubo terminado la conversión de una persona viva en un nudo deforme, Ilováiskaya miró por última vez “la forastera”, se quedó parada callada y salió con lentitud. Lijarióv fue a acompañarla...
Y en el patio aún, sabe Dios para qué, el invierno se enfurecía. Nubes enteras de una nieve suave, robusta giraban inquietas sobre la tierra, y no se hallaban lugar. Los caballos, el trineo, los árboles, un toro atado a un poste, todo estaba blanco y parecía suave, felpudo.
-Bueno, Dios le dé -farfulló Lijarióv, sentando a Ilováiskaya en el trineo-. No me recuerde mal...
Ilováiskaya callaba. Cuando el trineo arrancó y empezó a sortear un montón de nieve grande, se volvió a mirar a Lijarióv con tal expresión, como si quisiera decirle algo. Éste corrió hacia ella, pero ella no le dijo ni una palabra, y sólo lo miró a través de sus largas pestañas, de las que colgaban copitos de nieve...
Supo acaso, en realidad, su alma sensible leer esa mirada, o puede ser lo engañó la imaginación, pero de pronto le empezó a parecer que quizás dos-tres buenos, fuertes trazos más, y esa muchacha le habría perdonado sus fracasos, vejez, desgracia, y habría ido tras él sin preguntar, sin razonar. Largo tiempo estuvo parado, como clavado, mirando la huella dejada por los patines. Los copitos de nieve se posaban ansiosos en su cabello, barba, hombros... Pronto la huella de los patines se esfumó, y él mismo, cubierto de nieve, se empezó a parecer a un peñasco blanco, aunque sus ojos aún buscaban algo en las nubes de nieve.


1"Pernoctaba la nube dorada/Sobre el pecho del peñasco gigante".., del poema El peñasco (1841), de Mijaíl Liérmontov.
2San Jorge, mártir cristiano, según la leyenda soldado cristiano del ejército de Roma, nacido de familia noble en Capadocia y martirizado bajo el reinado de Diocleciano.
3Serafín de Saróv, santo venerado, monje ortodoxo nacido en la ciudad de Kursk en Rusia, que tiene la habilidad de ver a los ángeles y lleva vida de ermitaño en un bosque remoto.
4Naser al-Din, rey de la dinastía Kayar y sha de Persia, poseedor de ideas reformistas, pero con estilo de gobierno dictatorial, muere asesinado.
5Ilováiskii, familia noble de Rusia; su ancestro Mokéi Ilováiskii, jefe de las tropas cosacas del Don, recibe el caldero de oro por sus servicios, a fines del siglo XVII.
6Kaftán, abrigo antiguo ruso.
7Mirar a través de los dedos (expresión familiar), aproximadamente, hacer la vista gorda, cerrar los ojos a.
8No sea dicho por la noche (expresión familiar), aproximadamente, no para contarlo (recordarlo) en noche oscura.
9Empezó a escribir el gobierno (expresión jocosa anticuada), aproximadamente, se armó la de San Quintín.
10Josué, sucesor de Moisés, atraviesa el río Jordán, cuyas aguas son detenidas por Yahvé mientras el Arca de la Alianza, transportada por los levitas, se encuentra en el lecho del río.
11Instituto Marínskii del Don, centro docente de señoritas nobles, fundado en Novocherkássk en 1853.
12Reparto negro, partido de socialistas-federalistas, organización populista revolucionaria de Rusia a principios de 1880, que promueve el reparto de la tierra entre los campesinos.
13Konstantín Aksákov (hijo de Serguéi Aksákov), poeta, crítico, dramaturgo, líder del movimiento eslavófilo, colaborador de la revista El Moscovita.
14Zierlich-manierlich (expresión familiar), persona afectada, amanerada, ceremoniosa.
15Groshéro (expresión familiar), de poco valor, de grosh, antigua moneda rusa de ½ kópek.
16Símbolo de la "estrella de Belén", sucesora de fenómenos cósmicos extraordinarios que preceden el nacimiento del "hijo de Dios".
17Porte-monnaie, monedero.

Título original: Na puti, publicado por primera vez en el periódico Novoe vremia, 1886, Nº 3889, con la firma: "An. Chejov".
Imagen: Mikhail Guzhavin, Winter Night (Detail), 1917.

miércoles, 23 de marzo de 2011

El onomástico


Después del almuerzo del onomástico, con sus ocho platos y conversaciones interminables, la mujer del festejado, Olga Mijáilovna, fue al jardín. La obligación de sonreír y hablar de forma incesante, el sonido de la vajilla, el desatino de los sirvientes, los largos entreactos del almuerzo y el corset, que se había puesto para ocultarle su embarazo a los visitantes, la habían fatigado hasta el agotamiento. Ella quería irse lejos de la casa, sentarse en la sombra y descansar de sus ideas sobre el niño, que debía nacerle dentro de unos dos meses. Estaba habituada a que esas ideas le vinieran cuando, desde la gran alameda, doblaba a la izquierda por un sendero estrecho; allí, en la sombra espesa de las ciruelas y los cerezos, las ramas secas le arañaban los hombros y el cuello, la telaraña se le asentaba en el rostro, y en sus ideas surgía la imagen de una persona pequeña de sexo indefinido, de rasgos confusos, y le empezaba a parecer que no la telaraña le cosquillaba el rostro y el cuello de modo cariñoso, sino esa persona; y cuando al final del sendero aparecía el seto escaso, y tras éste las colmenas panzudas con sus tapas de arcilla, cuando el aire inmóvil, estancado empezaba a oler a heno y a miel, y se oía el manso zumbido de las abejas, la persona pequeña se apoderaba de Olga por completo. Ella se sentaba en un banquito junto a la cabaña, trenzada de parra, y se ponía a pensar.
Y esta vez llegó hasta el banquito, se sentó y se puso a pensar, pero en su imaginación, en lugar de la persona pequeña, se alzaba la gente mayor de la que recién se había ido. La inquietaba fuertemente que ella, la ama, hubiera dejado a los visitantes; y recordó cómo en el almuerzo su marido, Piótr Dmítrich y su tío, Nikolai Nikoláich, discutieron sobre el tribunal del jurado, la prensa y la educación femenina; su marido, como de costumbre, discutía para presumir ante los visitantes de su conservadurismo, y lo principal: para no convenir con su tío, a quien no quería; y el tío lo contradecía y reparaba en cada palabra suya, para mostrar a los comensales que él, el tío, a pesar de sus 59 años, conservaba aún en sí la frescura juvenil del espíritu y la libertad de pensamiento. Y la misma Olga, al final del almuerzo, no lo soportó y empezó a defender de forma inhábil los cursos femeninos, no porque esos cursos necesitaran una defensa, sino simplemente porque quería enfadar a su marido que, en su opinión, era injusto. Los visitantes se fatigaron con la discusión, pero con todo hallaron necesario inmiscuirse y hablaron mucho, aunque todos ellos no tenían ningún asunto ni con el tribunal del jurado, ni con la educación femenina...
Olga estaba sentada al otro lado del seto, cerca de la cabaña. El sol se ocultaba tras las nubes, los árboles y el aire se nublaban, como antes de la lluvia pero, a pesar de eso, hacía calor y era sofocante. El heno, segado bajo los árboles en víspera del día de Pedro, yacía no recogido, triste, resaltando con sus colores amustiados y soltando un fuerte olor empalagozo. Había silencio. Más allá del seto las abejas zumbaban de modo monótono...
De repente, se oyeron unos pasos y voces. Alguien iba por el sendero hacia el colmenar.
-¡Es sofocante! -dijo una voz femenina-. ¿Cómo usted opina, va a llover o no?
-Va, mi encanto, pero no antes de la noche -respondió con languidez una voz masculina muy conocida-. Va a llover bien.
Olga razonó que, si se apuraba a ocultarse en la cabaña, pues no la advertirían y pasarían de largo, y no necesitaría hablar y sonreír de forma forzada. Recogió su vestido, se inclinó y entró a la cabaña. Al instante su rostro, cuello y brazos fueron bañados por un aire caliente y sofocante, como el vapor. Si no fuera por la sequedad y el olor viciado del pan de centeno, el hinojo y las parras, por el que se sobrecogía la respiración, pues allí, bajo el tejado de paja y la penumbra, podría ocultarse a la perfección de los visitantes y pensar en la persona pequeña. Era acogedor y tranquilo.
-¡Qué lugar lindo hay aquí! -dijo una voz femenina-. Sentémonos aquí, Piótr Dmítrich.
Olga empezó a mirar por una rendija entre dos ramajes. Vio a su marido Piótr y a la visitante Liúbochka Scheller, una muchacha de diecisiete años, que hacía poco había terminado el instituto. Piótr, con el sombrero en la nuca, lánguido y perezoso por que había bebido mucho en el almuerzo, andaba con contoneo por el seto, y apilaba el heno con el pie en un montón; Liúbochka, rosada por el calor y como siempre linda, estaba parada con las manos puestas detrás, y vigilaba los movimientos perezosos del cuerpo grande, bonito de él.
Olga sabía que su marido le gustaba a las mujeres, y no le gustaba verlo con ellas. No había nada peculiar en que Piótr apilara el heno con pereza, para sentarse en éste con Liúbochka y platicar de tonterías; no había nada peculiar en que la linda Liúbochka lo mirara con dulzura, pero Olga con todo sintió enfado con su marido, miedo y gusto por que ella ahora podía escuchar.
-Siéntese, encantadora -dijo Piótr, bajándose al heno y estirándose-. Así pues. Bueno, cuénteme algo.
-¡Mire aún! Yo me pongo a contar, y usted se duerme.
-¿Yo me duermo? ¡Alá karim1! ¿Puedo yo acaso dormirme, cuando me miran unos ojos así?
En las palabras de su marido y en que él, en presencia de la visitante, estaba sentado arrellanado y con el sombrero en la nuca, no había tampoco nada peculiar. Él estaba mimado por las mujeres, sabía que les gustaba, y en su trato con ellas adoptaba un tono singular que, como todos decían, le iba a su rostro. Con Liúbochka se conducía asimismo, como con todas las mujeres. Pero Olga de todos modos celaba.
-Dígame, por favor -empezó Liúbochka después de cierto silencio-, ¿es verdad acaso lo que dicen, que usted fue al tribunal?
-¿Yo? Sí, fui… Por partícipe de los malvados, mi encanto.
-¿Pero por qué?
-Por nada, sino así... todo más por la política -bostezó Piótr-. La lucha de la izquierda y la derecha. Yo, un oscurantista y rutinario, me atreví a emplear en un papel oficial, unas expresiones insultantes para tales Gladstones2 impecables, como nuestros jueces de paz de distrito Kuzmá Vostriákov y Vladímir Vladímirov.
Piótr bostezó otra vez y continuó:
-Y nosotros tenemos un orden así, que usted puede expresarse de forma no aprobatoria sobre el sol, la luna, de lo que le plazca, ¡pero Dios la guarde de tocar a los liberales! ¡Dios la guarde! El liberal es ese mismo hongo seco asqueroso que, si lo toca con el dedo sin intención, la baña con una nube de polvo.
-¿Qué le sucedió a usted?
-Nada peculiar. Todo el alboroto se armó por una purísima tontería. Cierto maestro, una persona ruinosa de procedencia campanera3, le entregó a Vostriákov una demanda contra un tabernero, acusándolo de insulto de palabra y acción en lugar público. Por todo se veía, que el maestro y el tabernero ambos estaban borrachos, como unos zapateros4, y ambos se conducían de un modo igualmente infame. Si hubo insulto, pues en todo caso fue mutuo. Vostriákov debió multarlos a ambos por violación del silencio y echarlos de la cámara, eso es todo. ¿Pero entre nosotros cómo es? Entre nosotros, en el primer plano está siempre no la persona, no el hecho, sino la firma y la etiqueta. El maestro, cual canalla no sea, siempre tiene la razón, por que es un maestro, y el tabernero siempre es culpable, por que es un tabernero y campesino. Vostriákov condenó al tabernero al arresto, éste trasladó el caso al congreso. El congreso confirmó solemnemente la condena de Vostriákov. Bueno, yo me quedé con una opinión singular… Me calenté un poco... Eso es todo.
Piótr hablaba tranquilo, con ironía descuidada. Pero en realidad, el tribunal inminente lo inquietaba fuertemente. Olga recordó cómo él, al volver del congreso infausto, intentó con todas sus fuerzas ocultarle a los de casa, que le era penoso y no estaba satisfecho consigo. Como hombre inteligente no podía no sentir, que con su opinión singular había ido demasiado lejos, ¡y cuánta mentira necesitó, para ocultarse a sí mismo y a la gente esa sensación! ¡Cuántas conversaciones innecesarias hubo, cuantos gruñidos y risas insinceras sobre lo que no era risible! Al conocer que lo llamaban al tribunal, de pronto se fatigó y perdió el ánimo, empezó a dormir mal, más a menudo que de costumbre, se paraba en la ventana y tamboreaba con los dedos por los cristales. Y le daba vergüenza confesarle a su mujer que le era penoso, y ella sentía enfado...
-Dicen, ¿usted estuvo en el gobierno de Poltáva? -preguntó Liúbochka.
-Sí, estuve -respondió Piótr-. Hace tres días volví de allí.
-Seguro, ¿allá está bien?
-Bien. Incluso muy bien. Yo, debo decirle, llegué allí justo para la siega, y en Ucrania la siega es el tiempo más poético. Allá tenemos una casa grande, un jardín grande, mucha gente y agitación, así que usted no ve cómo siegan, allá todo pasa inadvertido. Allá mismo tengo en mi granja una pradera de quince desiatínas5, como en la palma de la mano: en cual ventana no se ponga, desde todos lados ve a los segadores. En la pradera siegan, en el jardín siegan, no hay visitantes, agitación tampoco, así que a la fuerza sólo ve, oye y siente la siega. En el patio y las habitaciones huele a heno, de sol a sol suenan las guadañas. En general, Jojlándia6 es un país querido. ¿Me cree?, cuando yo tomaba agua en los pozos con cigüeñal, y un vodka asqueroso en los figones judíos, cuando en las tardes tranquilas, me llegaban los sonidos de los violines y los panderos jojóles7, pues me llamaba la idea fascinante de asentarme en mi granja, y vivir en ésta, mientras se vive, lejos de esos congresos, conversaciones inteligentes, mujeres filosofantes, almuerzos largos...
Piótr no mentía. Le era penoso y, en realidad, quería descansar. Y al gobierno de Poltáva iba sólo para no ver su gabinete, a los sirvientes, los conocidos y todo, lo que pudiera recordarle su amor propio herido y errores.
Liúbochka de pronto se levantó y agitó las manos con horror.
-¡Ah, las abejas, las abejas! -aulló-. ¡Me van a picar!
-¡Basta, no la van a picar! -dijo Piótr-. ¡Qué cobarde es usted!
-¡No, no, no! -gritó Liúbochka y, mirando alrededor a una abeja, fue atrás con rapidez.
Piótr fue tras ella, y la miraba por detrás con ternura y tristeza. Debía ser, viéndola pensaba en su granja, la soledad y -¿quién sabe?-, podía ser, incluso pensaba de qué forma cálida y cómoda viviría en su granja, si su mujer fuera esa muchacha: joven, pura, fresca, no estropeada por los cursos, no embarazada...
Cuando las voces y los pasos se acallaron, Olga salió de la cabaña y se dirigió a la casa. Quería llorar. Ella ya celaba a su marido fuertemente. Entendía que Piótr se había fatigado, estaba no satisfecho consigo y tenía vergüenza, y cuando tenían vergüenza, pues se ocultaban ante todo de los cercanos y se franqueaban con los ajenos; entendía asimismo que Liúbochka no era peligrosa, como todas esas mujeres que ahora tomaban café en la casa. Pero en general no entendía todo, era terrible, y a Olga ya le parecía que Piótr no le pertenecía en una mitad…
-¡Él no tiene derecho! -farfullaba, intentando comprender sus celos y su enfado con el marido-. Él no tiene ningún derecho. ¡Yo ahora le voy a decir todo!
Ella decidió encontrar a su marido ahora mismo y decirle todo: era vil, sin final vil, que él le gustaba a las mujeres ajenas y buscaba eso, como un maná celestial; era injusto y no honesto que le daba a los ajenos eso, que por derecho pertenecía a su mujer, que ocultaba su alma y conciencia a su mujer, para abrírselas a la primera cara linda al encuentro. ¿Qué mal le había hecho su mujer? ¿En qué le había faltado? Finalmente, hacía tiempo ya que le cansaba su mentira: él se pintaba de modo constante, coqueteaba, decía no lo que pensaba, e intentaba parecer no eso que era, y quien debía ser. ¿Para qué esa mentira? ¿Se le pegaba acaso a un hombre honrado? Si él mentía, pues se insultaba a sí mismo y a esos, a los que mentía, y no estimaba eso, sobre lo que mentía. ¿Era posible no entendía, que si él coqueteaba y hacía melindres en la mesa del juzgado, o sentado en el almuerzo disertaba sobre las prerrogativas del poder, sólo para resalar al tío, era posible no entendía, que con eso mismo él ponía en menos de un grosh8 al tribunal, a sí mismo y a todos quienes lo escuchaban y veían?
Saliendo a la gran alameda, Olga adoptó tal expresión, como si fuera ahora por unas necesidades económicas. En la terraza los hombres bebían licor y picaban bayas; uno de éstos, un inspector judicial, un hombre gordo, maduro, bromista y decidor, debía ser, contaba alguna anécdota no censurada, por que al ver a la ama, de pronto se agarró los labios gruesos, desorbitó los ojos y se sentó. Olga no quería a los funcionarios de distrito. No le gustaban sus no esbeltas mujeres ceremoniosas, los chismes, los frecuentes viajes de visita, la lisonja a su marido, al que todos ellos odiaban. Y ahora, cuando éstos bebían, estaban saciados y no se disponían a marcharse, ella sentía que su presencia era fatigosa hasta la angustia, pero, para no mostrarse no amable, sonrió afablemente al inspector judicial y lo amenazó con el dedo. Por la sala y el recibidor pasó sonriendo y con tal aire, como si fuera a ordenar algo y disponer. “¡No quiera Dios que alguien me detenga!”, pensaba, pero ella misma se obligó a detenerse en el recibidor, para escuchar por decencia a un joven, que estaba sentado al piano y tocaba; tras pararse un minuto, gritó: “¡Bravo, bravo, m-r George!” y, batiendo palmas dos veces, siguió adelante.
Al marido lo encontró en el gabinete. Estaba sentado a la mesa y pensaba en algo. Su rostro estaba severo, pensativo y culpable. Era ya no ese Piótr que discutía en el almuerzo y que conocían los visitantes, sino otro, fatigado, culpable y no satisfecho consigo, que conocía sólo su mujer. Al gabinete había venido, debía ser, para tomar un cigarrillo. Ante él yacía una cigarrera abierta, repleta de cigarrillos, y una mano estaba bajada a la gaveta de la mesa. Como tomaba los cigarrillos, así se había quedado.
A Olga le dio lástima él. Estaba claro como el día, que el hombre estaba fatigado y no hallaba lugar, puede ser luchaba consigo. Olga se acercó a la mesa callada, deseando mostrar que no recordaba la discusión del almuerzo, y ya no estaba enojada, cerró la cigarrera y se la puso a su marido en el bolsillo lateral.
“¿Qué decirle? -pensaba-. Le diré que la mentira es lo mismo que el bosque: mientras más al bosque, más difícil salir de éste. Le diré: te aficionaste con tu papel falso y fuiste demasiado lejos, insultaste a personas que estaban apegadas a ti, y no te hicieron ningún mal. Ve pues, discúlpate con ellas, ríete de ti mismo y sentirás alivio. Y si quieres silencio y soledad, pues nos iremos de aquí juntos”.
Al encontrar los ojos de su mujer, Piótr de pronto le brindó a su rostro la expresión, que tenía en el almuerzo y el jardín, indiferente y un tanto burlona, bostezó y se levantó del lugar.
-Ahora son las seis -dijo, mirando el reloj-. Si los visitantes se apiadan y se van a las once, pues entonces nos queda esperar aún seis horas. ¡Es divertido, ni qué decir!
Y silbando algo, con lentitud, con su andar respetable de costumbre, salió del gabinete. Se oyó cómo él, pisando de forma respetable, pasó por la sala, después por el recibidor, se rió de algo de modo respetable, y le dijo al joven que tocaba: “¡Bra-vo, bra-vo!” Pronto sus pasos se acallaron: debía ser salía al jardín. Y ya ni los celos ni el enfado, sino un odio verdadero a sus pasos, risa insincera y voz se apoderó de Olga. Ésta se acercó a la ventana y echó una mirada al jardín. Piótr iba ya por la alameda. Poniendo una mano en el bolsillo y chasqueando los dedos de la otra, echando la cabeza atrás levemente, iba de forma respetable, con contoneo y tal aire, como si estuviera muy satisfecho consigo, con el almuerzo, la digestión, la naturaleza...
En la alameda aparecieron dos pequeños alumnos de gimnasio, los niños de la hacendada Chizhévskaya, recién llegados, y con ellos un estudiante-instructor, con una guerrera blanca y un pantalón muy estrecho. Al igualarse con Piótr, los niños y el estudiante se detuvieron y, probablemente, lo felicitaron por el santo. Moviendo los hombros de modo bonito, acarició a los niños por las mejillas y le dio la mano al estudiante con descuido, sin mirarlo. Debía ser, el estudiante elogió el tiempo y lo comparó con el de Petersburgo, por que Piótr dijo en voz alta y tal tono, como si hablara no con un visitante, sino con un ujier del juzgado o un testigo:
-¿Qué pues? ¿Ustedes tienen frío en Petersburgo? Y nosotros aquí, padrecito mío, tenemos buena disolución de los aires y abundancia de frutos terrenos. ¿Ah? ¿Qué?
Y poniendo una mano en el bolsillo y chasqueando los dedos de la otra, caminó adelante. Mientras no se esfumó tras los arbustos de avellana, Olga todo el tiempo miró su nuca y estuvo perpleja. ¿De dónde un hombre de treinticuatro años, tenía ese andar respetable, de general? ¿De dónde el paso pesado, bonito? ¿De dónde esa autoritaria vibración en la voz, de dónde todos esos “qué pues”, “n-sí” y “padrecito”?
Olga recordó cómo, para no aburrirse sola en la casa, en los primeros meses de matrimonio fue a la ciudad a un congreso, donde a veces en lugar de su padrino, el conde Alexéi Petróvich, presidía Piótr Dmítrich. En la silla presidencial, en uniforme y con una cadena en el pecho, cambiaba por completo. Los gestos majestuosos, la voz tronante, los “qué pues”, “n-sí”, el tono descuidado… Todo lo humano ordinario, suyo personal, que Olga estaba habituada a ver en él en la casa, desaparecía en la grandeza, y en la silla estaba sentado no Piótr, sino cierto otro hombre, al que todos llamaban señor presidente. La conciencia de que era un poder, le impedía estar sentado en el lugar tranquilo, y buscaba una ocasión para llamar, mirar al público con severidad, gritar... De donde salían la miopía y la sordera, cuando de pronto empezaba a ver y oír mal y, frunciendo el ceño de forma majestuosa, exigía que hablaran más alto y se acercaran más a la mesa. Desde la altura de la grandeza distinguía mal los rostros y los sonidos, así que si, al parecer, en esos minutos se le acercara la misma Olga, pues le hubiera gritado a ella también: “¿Cuál es su apellido?” A los testigos campesinos les decía “tú”, al público le gritaba así, que su voz se oía incluso en la calle, y con los abogados se conducía de modo imposible. Si le tocaba hablar al letrado público, pues Piótr se sentaba un tanto de costado hacia éste, y entornaba los ojos hacia el techo, deseando mostrar con eso que el letrado público no era necesario allí en absoluto, y que no lo reconocía y no lo escuchaba; y si hablaba un letrado privado vestido de gris, pues Piótr se convertía todo en oídos, y medía al letrado con una mirada burlona, fulminante: ¡he aquí, digo, qué abogados hay ahora! “¿Qué pues quiere usted decir con eso?”, lo interrumpía. Si un letrado rebuscado empleaba alguna palabra extranjera y, por ejemplo, en lugar de “ficticio” pronunciaba “facticio”, pues Piótr de pronto revivía y preguntaba: “¿Qué pues? ¿Cómo? ¿Facticio? ¿Y eso qué significa?”, y después observaba de forma sentenciosa: “No emplee las palabras que usted no entiende”. Y el letrado, terminado su discurso, se apartaba de la mesa rojizo y todo sudado, y Piótr, sonriendo auto-satisfecho, celebrando la victoria, se recostaba en el espaldar de la silla. En su trato con los abogados, imitaba un tanto al conde Alexéi Petróvich, pero al conde, cuando por ejemplo decía: “¡La defensa, cállese un poco!”, eso le salía de un modo bondadoso-anciano y natural, y a Piótr Dmítrich grosero y tirante.
II

Se oyeron unos aplausos. Eso el joven había terminado de tocar. Olga recordó a los visitantes y se apuró al recibidor.
-Yo lo escuché -dijo, acercándose al piano-. Lo escuché. ¡Usted tiene unas capacidades asombrosas! ¿Pero no encuentra acaso, que nuestro piano está desafinado?
En ese momento entraron al recibidor los dos alumnos de gimnasio, y con ellos el estudiante.
-¡Dios mío, Mítia y Kólia! -dijo Olga con alegría y de forma alargada, yendo a su encuentro-. ¡Qué grandes están! ¡Incluso no los conoces! ¿Y dónde pues está vuestra mamá?
-La felicito con el onomástico -empezó el estudiante con soltura-, y le deseo todo lo mejor. Ekaterina Andréevna la felicita y le pide disculpas. Ella no está saludable del todo.
-¡Qué no buena es ella pues! Yo la esperé todo el día. ¿Y usted hace mucho de Petersburgo? -preguntó Olga al estudiante-. ¿Qué tiempo hay ahora allá? -y, sin esperar la respuesta, miró a los alumnos con cariño y repitió: -¡Cuán mucho crecieron! ¡No hace mucho vinieron aquí con la nana, y ahora ya son alumnos de gimnasio! Lo viejo envejece, y lo joven crece... ¿Ustedes almorzaron?
-¡Ah, no se moleste, por favor! -dijo el estudiante.
-¿Pero ustedes no almorzaron?
-¡Por Dios, no se moleste!
-¿Pero ustedes pues quieren comer? -preguntó Olga con una voz grosera y áspera, impaciente y con enfado; eso le salió sin intención, pero al instante rompió a toser, sonrió, se sonrojó-. ¡Cuán mucho crecieron! -dijo con suavidad.
-¡No se moleste, por favor! -dijo el estudiante otra vez.
El estudiante rogaba no molestarse, los niños callaban, evidentemente, todos los tres querían comer. Olga los llevó al comedor y ordenó a Vasílii poner la mesa.
-¡No es buena vuestra mamá! -decía, sentándolos-. Me olvidó del todo. No es buena, no es buena, no es buena… Así díganle. ¿Y usted en qué facultad está? -le preguntó al estudiante.
-En la de medicina.
-Bueno, y yo tengo debilidad por los doctores, imagínese. Yo lamento mucho que mi marido no es doctor. ¡Qué valor hay que tener, por ejemplo, para hacer operaciones o cortar cadáveres! ¡Es horrible! ¿Usted no teme? Yo, me parece, me moriría de miedo. ¿Usted, por supuesto, tomará vodka?
-No se moleste, por favor.
-Después del camino es necesario, es necesario tomar. Yo soy mujer, y a veces tomo. Mítia y Kólia tomarán málaga. Es un vino suavecito, no tema. ¡Qué bravos son ellos, en verdad! Se pueden casar incluso.
Olga hablaba sin cesar. Sabía por experiencia que, ocupando a los visitantes, era mucho más fácil y cómodo hablar que escuchar. Cuando hablabas, no había necesidad de esforzar la atención, inventar respuestas para las preguntas y cambiar la expresión del rostro. Pero, sin intención, hizo cierta pregunta seria, el estudiante empezó a hablar largamente, y ella tuvo que escuchar a la fuerza. El estudiante sabía, que ella había estado alguna vez en los cursos, y por eso, al dirigirse intentaba parecer serio.
-¿Usted en qué facultad está? -preguntó, olvidando que una vez ya había hecho esa pregunta.
-En la de medicina.
Olga recordó que hacía tiempo ya no estaba con las damas.
-¿Sí? ¿Entonces, usted va a ser doctor? -dijo, levantándose-. Eso es bueno. Yo lamento, que no fui a los cursos de medicina. Así, ustedes almuercen aquí, señores, y salgan al jardín. Yo les voy a presentar a las señoritas.
Ella salió y miró el reloj: eran las seis menos cinco minutos. Y se asombró de que el tiempo fuera con tal lentitud, y se horrorizó de que hasta la medianoche, cuando los visitantes se marcharían, quedaban aún seis horas. ¿Dónde matar esas seis horas? ¿Qué frases decir? ¿Cómo conducirse con su marido?
En el recibidor y la terraza no había ni un alma. Todos los visitantes se habían dispersado por el jardín.
“Será necesario proponerles antes del té un paseo por el abedular o montar en bote -pensaba Olga, apurándose al croquet9, de donde se oían voces y risas-. Y a los viejos sentarlos a jugar wint10…”
Del croquet venía a su encuentro el lacayo Grigórii con unas botellas vacías.
-¿Dónde pues está el señor? -preguntó ella.
-En la frambuesa. Allí está el señor.
-¡Ah, señor, Dios mío! -gritó alguien ensañado en el croquet-. ¡Pero yo pues le dije lo mismo mil veces! ¡Para conocer a los búlgaros hay que verlos! ¡No se puede juzgar por los periódicos!
Por ese grito acaso o por otra cosa, Olga de pronto sintió una fuerte debilidad en todo el cuerpo, en particular en las piernas y los hombros. De pronto quiso no hablar, no oír, no moverse.
-Grigórii -dijo con languidez y esfuerzo-, cuando vaya a servir el té o algo, pues por favor, no se dirija a mí, no me pregunte, no me hable de nada... Hágalo todo solo y… y no golpee con los pies. Le suplico... Yo no puedo, porque...
No terminó de decir y fue adelante hacia el croquet, pero por el camino recordó a las señoras y dobló hacia la frambuesa. El cielo, el aire y los árboles, como antes, se nublaban y prometían lluvia; hacía calor y era sofocante, unas enormes bandadas de cuervos, presintiendo el mal tiempo, se cernían con gritos sobre el jardín. Cuanto más cerca del huerto, las alamedas se volvían más abandonadas, oscuras y estrechas; en una de éstas, ocultada en una tupida maleza de peras silvestres, acederas, robles jóvenes y lúpulo, toda una nube de moscas negras menudas rodeó a Olga; ésta se cubrió el rostro con las manos, y empezó a imaginar a la fuerza a la persona pequeña… Por su imaginación pasaron Grigórii, Mítia, Kólia, los rostros de los mujíks, que habían venido por la mañana a felicitar…
Se oyeron los pasos de alguien, y ella abrió los ojos. A su encuentro venía con rapidez el tío Nikolai Nikoláich.
-¿Eres tú, querida? Me alegro mucho… -empezó éste, sofocado-. Para dos palabras... -se secó con el pañuelo la barbilla afeitada, rojiza, después de pronto dio un paso atrás, levantó las manos y desorbitó los ojos-. ¿Mátushka, hasta cuándo pues esto va a continuar? -rompió a hablar con rapidez, ahogándose-. Yo te pregunto: ¿dónde están los límites? No hablo ya de que, sus visiones de Dierzhimórda11 desmoralizan al medio, que él insulta en mí y en cada hombre honesto, pensante todo lo sagrado y mejor, ¡no hablo, pero que sea siquiera decente! ¿Qué pasa? Grita, gruñe, hace melindres, se las da de cierto Bonaparte, no deja decir una palabra... ¡el diablo sabe! ¡Ciertos gestos majestuosos, la risa de general, el tono indulgente! Y permítame preguntarle: ¿quién es él? Yo te pregunto: ¿quién es él? El marido de su mujer, ¡un titular-hacendado menudo, que tuvo la suerte de casarse con una rica! ¡Un farolero y junker12 como muchos! ¡Un tipo schedriniano13! Lo juro por Dios, algo de dos: o él sufre de manía de grandeza, o en realidad tiene razón esa rata vieja, sacada de mente, el conde Alexéi Petróvich, cuando dice que los niños de ahora y la gente joven se hacen adultos tarde, ¡y hasta los cuarenta años juegan a los cocheros y a los generales!
-Es cierto, cierto... -convino Olga-. Permíteme pasar.
-Ahora tú razona, ¿a qué conduce esto? -continuó el tío, cerrándole el camino-. ¿En qué va a terminar ese juego al conservadurismo y a los generales? ¡Ya fue al tribunal! ¡Fue! ¡Me alegro mucho! Gritó y se la buscó hasta tanto, que cayó en el banquillo de los acusados. ¡Y no que el tribunal de la comarca o qué, sino la cámara judicial! ¡Peor que eso, al parecer, no se puede inventar! ¡En segundo, se peleó con todos! Hoy es el onomástico, y echa una mirada, no vinieron ni Vostriákov, ni Yájontov, ni Vladímirov, ni Shevúd, ni el conde... ¿Qué es, al parecer, más conservador que el conde Alexéi Petróvich?, y ése no vino. ¡Y nunca más vendrá! ¡Verás, que no vendrá!
-Ah, Dios mío, ¿y yo pues qué tengo que ver ahí? -preguntó Olga.
-¿Cómo qué tienes que ver? ¡Tú eres su mujer! ¡Tú eres inteligente, estuviste en los cursos, y en tu poder está hacer de él un trabajador honesto!
-En los cursos no enseñan, cómo influir en las personas pesadas. ¡Yo voy a tener, al parecer, que pedirles disculpas a todos ustedes, por que estuve en los cursos! -dijo Olga con brusquedad-. Escucha, tío, si a ti te tocan todo el día en el oído las mismas escalas, pues tú no te sentarás en el lugar y saldrás corriendo. Yo ya hace un año entero que oigo lo mismo todos los días, lo mismo. ¡Señores, hay que, finalmente, tener compasión!
El tío puso una cara muy seria, después le echó una mirada curiosa, y retorció la boca con una sonrisa burlona.
-¡He aquí qué! -cantó con una voz anciana-. ¡Culpable! -dijo, e hizo una reverencia con ceremonia-. Si tú misma caíste bajo su influencia y cambiaste tus convicciones, pues así lo hubieras dicho antes. ¡Culpable!
-¡Sí, yo cambié mis convicciones! -gritó ella-. ¡Alégrate!
-¡Culpable!
El tío hizo una reverencia con ceremonia por última vez, como de costado y, todo ovillado, chocó los tacones y fue atrás.
"Imbécil -pensó Olga-. Si se fuera a su casa".
A las damas y los jóvenes los encontró en el huerto, en la frambuesa. Unos comían frambuesas, otros, a quienes ya le cansaba la frambuesa, vagaban por los bancales de fresas o buscaban entre los guisantes dulces. Un poco a un costado de la frambuesa, cerca de un manzano ramoso, apoyado a la redonda con palos, arrancados de una vieja empalizada, Piótr segaba la hierba. Los cabellos le caían sobre la frente, la corbata se había desatado, la cadenita del reloj caído del ojal. En cada paso suyo y brazada con la guadaña, se sentía un saber y la presencia de una enorme fuerza física. A su lado estaban paradas Liúbochka y las hijas del vecino, el coronel Bukréev, Natalia y Valentina o, como todos las llamaban, Náta y Váta, unas rubias anémicas y gruesas de forma enfermiza, de unos 16-17 años, con vestidos blancos, pasmosamente parecidas la una a la otra. Piótr les enseñaba a segar.
-Es muy sencillo... -decía-. Sólo es necesario saber tener la guadaña, y no calentarse, o sea, no emplear más fuerza de lo necesario. Así pues… ¿No le place ahora a usted? -le propuso la guadaña a Liúbochka-. ¡A ver pues!
Liúbochka tomó la guadaña con la mano de modo inhábil, de pronto se sonrojó y se echó a reír.
-¡No se intimide, Liubóv Alexándrovna! -gritó Olga tan alto, para que todas las damas pudieran oírla, y saber que ella estaba con ellas-. ¡No se intimide! ¡Hay que aprender! Se casa con un tolstoiáno14, la obligará a segar.
Liúbochka levantó la guadaña, pero se echó a reír de nuevo y, debilitada por la risa, la bajó al instante. Le daba vergüenza y le era agradable, que le hablaban como a una grande. Náta, no sonriendo y no intimidada, con un rostro serio, frío, tomó la guadaña, dio una brazada y la enredó en la hierba; Váta, también no sonriendo, seria y fría como la hermana, tomó la guadaña callada, y la encajó en la tierra. Hecho eso, ambas hermanas se tomaron del brazo y, calladas, fueron a la frambuesa.
Piótr se reía y retozaba como un chico, y ese estado de ánimo infantil-retozón, cuando él se ponía excesivamente bondadoso, le iba mucho más que alguna otra cosa. Olga lo amaba así. Pero su chiquillada se alargaba, comúnmente, no mucho tiempo. Así por esta vez también, retozado con la guadaña, por algo encontró necesario darle a su retozo un matiz serio.
-Cuando yo siego, pues me siento, ¿saben?, más saludable y normal -dijo-. Si a mí me obligaran a contentarme sólo con la vida intelectual, pues, al parecer, me volvería loco. ¡Yo siento que no nací un hombre culto! A mí segar, arar, sembrar, domar a los caballos...
Y Piótr empezó una conversación con las damas, sobre las ventajas del trabajo físico, la cultura, después sobre el perjuicio del dinero, la propiedad. Escuchando a su marido, Olga recordó por algo sobre su dote.
“Y pues habrá un tiempo -pensó-, cuando él no me perdonará que yo sea más rica que él. Él es orgulloso y tiene amor propio. Es posible, me odiará por que me debe mucho”.
Se detuvo cerca del coronel Bukréev, que comía frambuesa y también tomaba parte en la conversación.
-Sírvanse -dijo, dándole camino a Olga y Piótr-. Ahí está la más madura... Así, en opinión de Proudhon-, continuó alzando la voz-, la propiedad es un robo. Pero yo, lo confieso, no reconozco a Proudhon, y no lo considero un filósofo. ¡Para mí los franceses no son una autoridad, vayan con Dios!
-Bueno, en lo que respecta a los Proudhones y todos los Buckles15 ahí, pues yo ahí estoy flojo -dijo Piótr-. En cuanto a la filosofía diríjanse a ella pues, a mi esposa. Ella estuvo en los cursos, y a todos esos Schopenhauers y Proudhones al través...
Olga se sintió aburrida de nuevo. Fue por el jardín de nuevo, por el sendero estrecho, cerca de los manzanos y los perales, y tenía tal aire de nuevo, como si fuera por un asunto muy importante. Y he aquí la isbá del jardinero... En el umbral estaba sentada Varvára, la mujer del jardinero, y sus cuatro niñitos pequeños de grandes cabezas peladas. Varvára también estaba embarazada y se disponía a parir, según sus cálculos, para el profeta Elías16. Tras saludar, Olga la miró callada a ella y a los niños, y le preguntó:
-Bueno, ¿cómo te sientes?
-Y nada…
Sobrevino un silencio. Ambas mujeres calladas como que se entendían la una a la otra.
-Es terrible parir por primera vez -dijo Olga, habiendo pensado-, a mí siempre me parece que no lo voy a soportar, que me moriré.
-Y yo también me figuraba, y estoy viva pues... ¡Acaso es poco lo que!
Varvára, embarazada ya por quinta vez y experta, miraba a su señora un tanto desde lo alto, y le hablaba en un tono sentencioso, y Olga sentía su autoridad de forma involuntaria; ella quería hablar de su miedo, del niño, de las sensaciones, pero temía que eso le pareciera a Varvára mezquino e ingenuo. Y callaba y esperaba, a que la misma Varvára dijera algo.
-¡Olia, vamos a casa! -gritó Piótr desde la frambuesa.
A Olga le gustaba callar, esperar y mirar a Varvára. Ella convendría con estar parada así, callada y sin ninguna necesidad, hasta la misma noche. Pero era necesario irse. Apenas se apartó de la isbá, cuando ya corrían a su encuentro Liúbochka, Váta y Náta. Las dos últimas no corrieron hasta ella todo un sazhén17, y ambas se detuvieron a la vez, como clavadas; y Liúbochka corrió y se le colgó al cuello.
-¡Querida! ¡Bonita! ¡Inapreciable! -rompió a hablar, besándola en el rostro y el cuello-. ¡Vamos a tomar té a la isla!
-¡A la isla! ¡A la isla! -dijeron ambas a la vez, las iguales Váta y Náta, sin sonreír.
-Pero es que va a llover, mis queridas.
-¡No va, no va! -gritó Liúbochka, poniendo una cara llorosa-. ¡Todos están de acuerdo en ir! ¡Querida, bonita!
-Allá todos se disponen a ir a tomar té a la isla -dijo Piótr, acercándose-. Dispón... Nosotros todos iremos en los botes, y los samovares y todo lo demás, hay que enviarlo con los sirvientes en el carruaje.
Él fue junto a su mujer y la tomó del brazo. Olga quiso decirle a su marido algo desagradable, mordaz; siquiera, incluso recordar sobre la dote, mientras más áspero, al parecer, tanto mejor. Pensó y dijo:
-¿Por qué eso el conde Alexéi Petróvich no vino? ¡Qué lástima!
-Yo me alegro mucho de que él no vino -mintió Piótr-. A mí ese alienado me cansó más que un rábano amargo18.
-¡Pero tú pues, antes del almuerzo, lo esperabas con tal impaciencia!
III

A la media hora todos los visitantes ya se agolpaban en la orilla cerca de los pilotes, donde estaban amarrados los botes. Todos hablaban mucho, se reían y, por la agitación excesiva, no podían sentarse en los botes de ningún modo. Tres botes ya estaban repletos por completo de pasajeros, y dos estaban vacíos. De esos dos se habían perdido en algún lugar las llaves, y desde el río a cada rato corrían al patio los enviados a buscar las llaves. Unos decían que las llaves las tenía Grigórii, otros que las tenía el intendente, los terceros aconsejaban llamar al herrero y romper los candados. Y todos hablaban a la vez, se interrumpían y ahogaban el uno al otro. Piótr caminaba impaciente por la orilla y gritaba:
-¡El diablo sabe qué es esto! ¡Las llaves siempre deben estar en la ventana de la antesala! ¿Quién se atrevió a cogerlas de allí? ¡El intendente puede, si le place, hacerse de su propio bote!
Finalmente, se hallaron las llaves. Entonces resultó que faltaban dos remos. De nuevo se armó un alboroto. Piótr, que estaba aburrido de caminar, saltó a una canoa larga y estrecha, vaciada en un álamo, y tras mecerse, apenas no cayendo al agua, zarpó de la orilla. Tras él, uno tras otro, con risas ruidosas y aullidos de señoritas, navegaron los otros botes.
El blanco cielo nuboso, los árboles costeros, los juncos, los botes con las gentes y los remos se reflejaban en el agua, como en un espejo; bajo los botes, lejos en lo profundo, en el abismo insondable también estaba el cielo y volaban los pájaros. Una orilla, en la que había una hacienda, era alta, abrupta y toda cubierta de árboles; en la otra, declinada, verdecían las amplias praderas anegadas, y brillaban las lagunas. Navegaron los botes unos cincuenta sazhénes; tras los sauces inclinados con tristeza, en la orilla declinada se mostraron las isbás, un rebaño de vacas, empezaron a oírse las canciones, los gritos borrachos y los sonidos de los acordeones.
Aquí y allá por el río se ajetreaban las canoas de los pescadores, que navegaban para poner sus palangres para la noche. En una canoa estaban sentados unos músicos-aficionados achispados, que tocaban en unos violines y violonchelos hechos en casa.
Olga estaba sentada al timón. Sonreía afablemente y hablaba mucho, para ocupar a los visitantes, y ella misma echaba miradas de soslayo a su marido. Éste navegaba en su canoa delante de todos, parado y trabajando con un remo. La ligera canoa puntiaguda, que todos los visitantes llamaban piragua, y el mismo Piótr por algo "perezosa", corría rápido; ésta tenía una expresión viva, pícara y, al parecer, odiaba al pesado Piótr y esperaba un minuto cómodo, para escurrirse de abajo de sus pies. Olga echaba miradas a su marido, y le eran repulsivas su belleza, que gustaba a todos, la nuca, su pose, el trato familiar con las mujeres; odiaba a todas las mujeres sentadas en el bote, celaba, y al mismo tiempo se estremecía a cada minuto, y temía que la canoa inestable se volcara y causara una desgracia.
-¡Más suave, Piótr! -gritaba, y el corazón se le paraba de miedo-. ¡Siéntate en el bote! ¡Nosotros así creemos que tú eres valiente!
La inquietaban también esas personas, que estaban sentadas con ella en el bote. Todas eran personas ordinarias, no malas, como muchas, pero ahora cada una de éstas se le figuraba extraordinaria y mala. En cada una veía sólo una no verdad. “He aquí -pensaba-, trabaja con el remo un joven de pelo castaño, con lentes dorados y una barbita bonita, es un hijito de mamita rico, saciado y siempre dichoso, a quien todos consideran un hombre honesto, libre pensador y avanzado. Aún no hace un año que terminó la universidad, y vino a vivir al distrito, pero ya se dice a sí mismo: “Nosotros somos los activistas del zémstvo19”. Pero pasará un año y, como muchos otros, se aburrirá, se irá a Petersburgo y, para justificar su huida, va a decir en todas partes que el zémstvo no sirve para nada, y que fue engañado. Y desde el otro bote, sin apartar los ojos, lo mira su mujer joven y cree que él es un “activista del zémstvo”, como dentro de un año creerá que el zémstvo no sirve para nada. Y he aquí un señor grueso, afeitado con esmero, con un sombrero de pajilla de cinta ancha y un puro caro en los dientes. A éste le gusta decir: “¡Es hora de abandonar la fantasía y dedicarse al asunto!” Él tiene unos cerdos yorkshire, unas colmenas bútlierov20, colzas, ananáses, una aceitería, una quesería, una doble teneduría italiana. Pero cada verano, para vivir el otoño con la amante en Crimea, vende su bosque a la tala y empeña la tierra por parcelas. Y he aquí el tío Nikolai Nikoláich, que está enojado con Piótr ¡y de todas formas, por algo, no se marcha a la casa!”
Olga echaba miradas a los otros botes, y allí veía sólo a excéntricos no interesantes, artistas o personas sin alcance. Recordó a todos los que conocía en el distrito, y no podía recordar de ningún modo ni una persona tal, de quien pudiera decir o pensar siquiera algo bueno. Todos, le parecía, eran ineptos, pálidos, sin alcance, estrechos, falsos, no cordiales, todos decían no lo que pensaban, y hacían no lo que querían. El aburrimiento y la desolación la asfixiaban, quería de pronto dejar de sonreír, levantarse y gritar: “¡Ustedes me cansaron!”, y después saltar del bote y nadar hacia la orilla.
-¡Señores, llevamos a Piótr Dmítrich a remolque! -gritó alguien.
-¡A remolque, a remolque! -apoyaron los restantes-. ¡Olga Mijáilovna, lleve a su marido a remolque!
Para llevar a remolque Olga, sentada al timón, debía no dejar pasar el momento, y agarrar a la "perezosa" con destreza, por la cadena de la proa. Cuando ella se inclinó por la cadena, Piótr frunció el ceño y le echó una mirada asustada.
-¡Como que no te resfríes ahí! -dijo.
“Si tú temes por mí y por el niño, ¿pues por qué me torturas?” -pensó Olga.
Piótr se reconoció vencido y, no deseando navegar en el remolque, saltó de la "perezosa" al bote, y sin eso ya repleto de pasajeros, saltó con tal descuido, que el bote se bandeó fuerte, y todos gritaron con horror.
“Eso él saltó para gustarle a las mujeres -pensó Olga-. Él sabe que eso es bonito...”
A ella, como pensaba, por el aburrimiento, el enfado, la sonrisa forzada y la incomodidad que sentía en todo el cuerpo, le empezó un temblor en las manos y los pies. Y para ocultarle a los visitantes ese temblor, intentaba hablar más alto, reírse, moverse...
“En el caso, si rompo a llorar de pronto -pensaba-, pues diré que me duele una muela...”
Pero he aquí, finalmente, los botes atracaron en la isla “Buena Esperanza”. Así se llamaba la península formada, debido a un meandro del río en un ángulo agudo, cubierta por un viejo boscaje de abedules, robles, sauces y álamos. Bajo los árboles ya estaban las mesas, humeaban los samovares, y alrededor de la vajilla ya se afanaban Vasílii y Grigórii, con sus fracs y con guantes de punto blancos. En la otra orilla, frente a “Buena Esperanza”, estaban los carruajes llegados con las provisiones. Desde los carruajes las cestas y los atillos con las provisiones se trasladaban a la isla en una canoa, muy parecida a la "perezosa". Los lacayos, los cocheros e incluso el mujík, que estaba sentado en la canoa, tenían una expresión solemne en los rostros, de onomástico, que sólo suelen tener los niños y los sirvientes.
Mientras Olga hacía el té y servía los primeros vasos, los visitantes se dedicaban al licor y los dulces. Después empezó el alboroto, de costumbre en los pic-nics durante la toma del té, muy aburrido y fatigoso para las amas. Apenas Grigórii y Vasílii alcanzaban a repartir, cuando hacia Olga ya se extendían las manos con los vasos vacíos. Uno lo pedía sin azúcar, el otro más fuerte, el tercero más aguado, el cuarto agradecía. Y todo eso Olga lo debía recordar y después gritar: “Iván Petróvich, ¿eso a usted sin azúcar?” o: “Señores, ¿quién pidió más aguado?” Pero ése, que había pedido más aguado o sin azúcar, ya no recordaba eso y, aficionado con las conversaciones agradables, tomaba el primer vaso que aparecía. A un costado de la mesa vagaban, como sombras, unas figuras abatidas que hacían ver, que buscaban hongos en la hierba o leían las etiquetas de las cajas, eran esos, para quienes no habían alcanzado los vasos. “¿Usted tomó té?”, preguntaba Olga, y ése, a quien se refería la pregunta, rogaba no molestarse y decía: “Yo voy a esperar”, aunque para la ama era más cómodo que los visitantes no esperaran, sino se apuraran.
Unos, ocupados con las conversaciones, tomaban el té con lentitud, teniendo consigo los vasos media hora, y los otros, en particular quienes habían bebido mucho en el almuerzo, no se apartaban de la mesa y se tomaban vaso tras vaso, de forma que Olga apenas alcanzaba a servirles. Un joven bromista tomaba té chupando un terrón de azúcar, y siempre agregaba: “Amo, hombre pecador, mimarme con la hierba china”. A cada rato pedía con un suspiro profundo: “¡Permítame aún una escudilla!” Tomaba mucho, el azúcar la mordía de modo ruidoso, y pensaba que todo eso era risible y original, y que imitaba a los mercaderes a la perfección. Nadie entendía, que todas esas menudeces eran torturantes para la ama, y además era difícil entender, ya que Olga todo el tiempo sonreía afablemente y platicaba de sandeces.
Y ella se sentía no bien... La irritaban la mucha gente, las risas, las preguntas, el bromista, los lacayos aturdidos con los pies molidos, los niños que giraban alrededor de la mesa; la irritaba que Váta se parecía a Náta, Kólia a Mítia, y que no aclarabas quién de ellos ya había tomado té, y quién aún no. Sentía que su afable sonrisa forzada se convertía en una expresión maligna, y le parecía a cada minuto que ahora rompería a llorar.
-¡Señores, la lluvia! -gritó alguien.
Todos miraron al cielo.
-Sí, en efecto, la lluvia... -confirmó Piótr y se secó la mejilla.
El cielo dejó caer sólo unas pocas gotas, aún no había una verdadera lluvia, pero los visitantes arrojaron el té y se apuraron. Al principio todos querían ir en los carruajes, pero cambiaron de parecer y se dirigieron a los botes. Olga, con el pretexto de que necesitaba disponer pronto en cuanto a la cena, pidió permiso para atrasarse de la sociedad e ir a la casa en carruaje.
Sentada en el cochecito, ante todo dejó descansar su rostro de la sonrisa. Con un rostro maligno fue a través del pueblo, y con un rostro maligno respondió a las reverencias de los mujíks al encuentro. Llegado a la casa, pasó por la entrada de servicio a su dormitorio, y se recostó en el lecho de su marido.
-Señor, Dios mío -susurró-, ¿para qué este trabajo forzado? ¿Para qué estas personas se atropellan aquí, y hacen ver que le es divertido? ¿Para qué yo sonrío y miento? ¡No entiendo, no entiendo!
Se oyeron unos pasos y voces. Eso volvían los visitantes.
“Deja -pensó Olga-. Yo aún me quedaré acostada.
Pero al dormitorio entró la doncella y dijo:
-¡Señora, María Grigórievna se marcha!
Olga se levantó, se arregló el peinado y se apresuró desde el dormitorio.
-María Grigórievna, ¿qué es esto pues? -empezó con una voz ofendida, yendo al encuentro de María Grigórievna-. ¿A dónde eso se apura?
-¡No se puede, hijita, no se puede! Yo así ya estuve sentada. A mí los niños me esperan en casa.
-¡No es buena usted! ¿Por qué pues no tomó a los niños consigo?
-Querida, si me permite, yo se los traeré de alguna forma, en días de semana, pero hoy...
-¡Ah, por favor -interrumpió Olga-, yo me voy a alegrar mucho! ¡Sus niños son tan queridos! Béselos a todos... ¡Pero, en verdad, usted me ofende! ¡Para qué apurarse, no entiendo!
-No se puede, no se puede... Adiós, querida. Cuídese. Usted pues está ahora en tal situación...
Y ambas se besaron. Acompañado a la visitante hasta el carruaje, Olga fue al recibidor hacia las damas. Allí ya las luces estaban prendidas, y los hombres se sentaban a jugar a las cartas.
IV

Los visitantes empezaron a marcharse después de la cena, a las doce y cuarto. Acompañando a los visitantes, Olga estaba parada en el portal y decía:
-¡En verdad, si tomara un chal! Se pone un poco fresco. ¡No quiera Dios, se resfría!
-¡No se preocupe, Olga Mijáilovna! -respondían los visitantes, sentándose-. ¡Bueno, adiós! ¡Mire pues, nosotros la esperamos! ¡No nos engañe!
Tprrr! -contenía el cochero a los caballos.
-¡Arranca, Denis! ¡Adiós, Olga Mijáilovna!
-¡Bese a los niños!
El cochecito arrancó del lugar y al instante desapareció en la tiniebla. En el círculo rojizo, lanzado por la lámpara al camino, apareció una nueva pareja o una tróika de caballos impacientes, y la silueta del cochero con las manos tendidas hacia adelante. De nuevo empezaron los besos, los reproches y los ruegos de venir otra vez o tomar un chal. Piótr salió corriendo de la antesala y ayudó a las damas a sentarse en el cochecito.
-Tú ve ahora a Efremóvshino -enseñaba al cochero-. Por Mánkino es más cerca, pero allá el camino es peor. ¿Qué hay de bueno?, te vuelcas... ¡Adiós, mi encanto! ¡Mille compliments21 a su pintor!
-¡Adiós, almita, Olga Mijáilovna! ¡Váyase a la habitación, o se va a resfriar! ¡Está húmedo!
Tprrr! ¡Travieso!
-¿Eso, qué caballos tienen ustedes? -preguntó Piótr.
-En la gran cuaresma se los compramos a Jaidárov -respondió el cochero.
-Unos caballos gloriosos…
Y Piótr palmeó al encuarte en la grupa.
-¡Bueno, arranca! ¡Quiera Dios en buena hora!
Finalmente, se fue el último visitante. El círculo rojizo del camino osciló, navegó a un costado, se redujo y se apagó, eso Vasílii se llevaba la lámpara del portal. Las veces pasadas, comúnmente, acompañado a los visitantes, Piótr y Olga empezaban a saltar en la sala uno frente al otro, batir palmas y cantar: “¡Se fueron, se fueron, se fueron!” Pero ahora Olga no estaba para eso. Fue al dormitorio, se desvistió y se acostó en el lecho.
Le parecía, que se dormiría al instante e iba a dormir profundo. Las piernas y los hombros le dolían de modo enfermizo, la cabeza le pesaba por las conversaciones, y en todo el cuerpo como antes sentía cierta incomodidad. Cubierta hasta la cabeza, estuvo acostada unos tres minutos, después miró desde abajo de la cobija la lámpara, prestó oídos al silencio y sonrió.
-Bueno, bueno... -susurró doblando las piernas que, le parecía, por que había andado mucho, se habían vuelto más largas-. A dormir, a dormir...
Las piernas no se ubicaban, sentía todo el cuerpo incómodo, y se volvió al otro costado. Por el dormitorio, una gran mosca volaba con zumbido y se golpeaba inquieta contra el techo. Se oía asimismo cómo en la sala, Grigórii y Vasílii, pisando con cuidado, recogían las mesas; a Olga le empezó a parecer que se dormiría, y le sería cómodo sólo entonces, cuando se acallaran esos sonidos. Y de nuevo, de forma impaciente, se volvió al otro costado.
Se oyó la voz de su marido desde el recibidor. Debía ser, alguien se había quedado a pernoctar, por que Piótr se dirigía a alguien y hablaba en voz alta:
-Yo no diré, que el conde Alexéi Petróvich sea un hombre falso. Pero a la fuerza parece así, por que todos ustedes, señores, intentan ver en él no eso, que es en realidad. En su alienación ven una inteligencia original, en su trato familiar, bondad de alma, en su ausencia absoluta de visiones, ven conservadurismo. Admitamos incluso que él, en realidad, es un conservador de ochenticuatro quilates. ¿Pero qué es en esencia el conservadurismo?
Piótr, enojado con el conde Alexéi Pétróvich, con los visitantes y consigo mismo, desahogaba ahora el alma. Injuriaba al conde, a los visitantes y, por enfado consigo mismo, estaba dispuesto a decir y predicar lo que fuera. Acompañado a los visitantes, anduvo de una esquina a la otra por el recibidor, se paseó por el comedor, el corredor, el gabinete, después de nuevo por el recibidor, y entró al dormitorio. Olga estaba tendida de espalda, cubierta por la cobija sólo hasta la cintura (ya le parecía caluroso), y con un rostro maligno seguía a la mosca, que golpeaba por el techo.
-¿Acaso alguien se quedó a pasar la noche? -preguntó.
-Yegórov.
Piótr se desvistió y se acostó en su lecho. Callado encendió un cigarrillo y también empezó a seguir a la mosca. Su mirada era severa e inquieta. Callada, unos cinco minutos, Olga miró su perfil bonito. Le parecía por algo, que si su marido volviera su rostro hacia ella de pronto, y le dijera: “¡Olia, me es penoso!”, pues ella rompería a llorar o se echaría a reír, y sentiría alivio. Ella pensaba que las piernas le dolían y sentía todo el cuerpo incómodo, por que tenía el alma tensa.
-Piótr, ¿en qué piensas? -preguntó.
-Así, en nada… -respondió el marido.
-Tú, en los últimos tiempos, te guardas de mí como unos secretos. Eso no es bueno.
-¿Por qué pues no es bueno? -respondió Piótr con sequedad y no enseguida-. Cada uno de nosotros tiene su vida privada, debe haber sus secretos también por eso.
-La vida privada, sus secretos... ¡todo eso son palabras! ¡Entiende, que tú me insultas! -dijo Olga, levantándose y sentándose en el lecho-. Si tú tienes una pena en el alma, ¿pues por qué me ocultas eso? ¿Y por qué tú encuentras más cómodo, franquearte con las mujeres ajenas, y no con tu mujer? Yo pues oí, cómo tú hoy en el colmenar te desahogabas con Liúbochka.
-Bueno, te felicito. Me alegro mucho que oíste.
Eso significaba: ¡déjame en paz, no me impidas pensar! Olga se perturbó. El enfado, el odio y la cólera, que se le habían acumulado durante el día, de pronto como que se espumaron; quiso ahora mismo, sin dejarlo para mañana, decirle a su marido todo, insultarlo, vengarse... Haciendo un esfuerzo consigo, para no gritar, dijo:
-¡Así sabe pues, que todo esto es vil, vil y vil! Hoy yo te odié todo el día, ¡mira lo que has hecho!
Piótr se levantó también y se sentó.
-¡Es vil, vil, vil! -continuó Olga, mientras todo el cuerpo le empezaba a temblar-. ¡A mí no hay que felicitarme! ¡Felicítate mejor a ti mismo! ¡Una vergüenza, una deshonra! ¡Mentiste hasta tal grado, que te da vergüenza quedarte con tu mujer en una habitación! ¡Eres un hombre falso! ¡Yo te veo al través, y entiendo cada paso tuyo!
-Olia, cuando tú no estés de humor, pues por favor, avísame. Entonces yo voy a dormir en el gabinete.
Dicho esto, Piótr tomó una almohada y salió del dormitorio. Olga no previó eso. Por varios minutos callada, con la boca abierta y todo el cuerpo temblando, miró la puerta por la que su marido se había esfumado, e intentó entender qué significaba eso. ¿Era acaso eso, uno de los métodos que empleaban en las discusiones las personas falsas, cuando no tenían la razón, o eso era un insulto, lanzado de modo pensado a su amor propio? ¿Cómo entender? Olga recordó a su primo, un oficial, un chico divertido, que a menudo le contaba con risa que, cuando por la noche “su esposa empezaba a fastidiarlo”, pues él comúnmente tomaba la almohada y, silbando, se iba a su gabinete, y su mujer quedaba en una posición estúpida y ridícula. Este oficial estaba casado con una mujer rica, caprichosa y estúpida, a quien no estimaba y sólo soportaba.
Olga se levantó del lecho. En su opinión, ahora sólo le quedaba una cosa: vestirse pronto e irse para siempre de esa casa. La casa era de su propiedad, pero tanto peor para Piótr. Sin razonar si eso era necesario o no, fue rápido al gabinete, para informar al marido de su decisión (“¡Lógica de mujer!”, le pasó por la mente), y decirle en despedida algo insultante, mordaz...
Piótr estaba acostado en el diván, y hacía ver que leía el periódico. A su lado en una silla ardía una vela. Tras el periódico no se veía su rostro.
-Tómese el trabajo de explicarme, ¿qué significa esto? ¡Yo le pregunto!
-A usted... -remedó Piótr, no mostrando el rostro-. ¡Me cansó, Olga! Palabra de honor, estoy fatigado, y ahora no estoy para esto… Mañana vamos a injuriar.
-¡No, yo te entiendo perfectamente! -continuó Olga-. ¡Tú me odias! ¡Sí, sí! ¡Tú me odias, por que yo soy más rica que tú! ¡Tú nunca me vas a perdonar eso y siempre me vas a mentir! (“¡Lógica de mujer!”, le pasó por la mente de nuevo.) Ahora, yo sé, tú te ríes de mí... Yo incluso estoy segura, de que tú te casaste conmigo, sólo para tener censo y esos caballos infames... ¡Oh, soy infeliz!
Piótr soltó el periódico y se levantó. El insulto inesperado lo aturdió. Se sonrió de forma infantil-impotente, le echó una mirada extraviada a su mujer y, como defendiéndose de unos golpes, extendió los brazos hacia ella y dijo de modo suplicante:
-¡Olia!
Y esperando que ella dijera aún algo horrible, se apretó al espaldar del diván, y toda su gran figura empezó a parecer tan impotente-infantil como la sonrisa.
-Olia, ¿cómo tú pudiste decir eso? -murmuró.
Olga se recobró. De pronto sintió su amor de locura por ese hombre, recordó que era su marido, Piótr Dmítrich, sin el que no podía vivir ni un día, y que la amaba también con locura. Ella sollozó de forma ruidosa, no con su voz, se agarró la cabeza y corrió atrás al dormitorio.
Cayó en el lecho, y los sollozos menudos, histéricos, que impiden respirar, con los que se contraen los brazos y las piernas, resonaron en el dormitorio. Recordado que a tres, cuatro habitaciones pernoctaba el visitante, ocultó la cabeza bajo la almohada, para ahogar los sollozos, pero la almohada cayó al suelo, y ella misma casi no se cayó, cuando se inclinó por ella; jalaba hacia su rostro la cobija, pero las manos no la obedecían, y rasgaban de modo convulsivo todo lo que ella agarraba.
Le parecía que todo ya estaba perdido, que la no verdad, que dijo para insultar a su marido, había roto en pedazos toda su vida. Su marido no la iba a perdonar. El insulto que le había lanzado era de tal clase, que no lo limarías con ninguna caricia, ni juramento... ¿Cómo iba a convencer a su marido, de que ella misma no creía en lo que decía?
-¡Se terminó, se terminó! -gritaba, sin advertir que la almohada se había caído al suelo de nuevo-. ¡Por Dios, por Dios!
Debía ser, espabilados por sus gritos, ya se habían despertado el visitante y los sirvientes: mañana todo el distrito iba a saber, que ella había tenido una histeria, y todos culparían de eso a Piótr Dmítrich. Ella hacía esfuerzos para contenerse, pero sus sollozos a cada minuto se hacían más y más ruidosos.
-¡Por Dios! -gritaba no con su voz y no entendía, para qué gritaba eso-. ¡Por Dios!
Le pareció que la cama se había hundido debajo de ella, y las piernas se le anudaban con la cobija. Piótr entró al dormitorio en bata, y con una vela en las manos.
-¡Olia, basta! -dijo.
Ella se levantó y, puesta de rodillas en el lecho, fruncidas las cejas por la vela, articuló a través de los sollozos:
-Entiende… entiende…
Ella quería decir que la habían torturado los visitantes, la mentira de él, la mentira de ella, que se le había acumulado, pero sólo podía articular:
-Entiende… ¡entiende!
-¡Toma, bebe! -dijo él, dándole agua.
Ella, obediente, tomó el vaso y empezó a beber, pero el agua se derramó y le corrió por los brazos, el pecho, las rodillas... “¡Debe ser, yo ahora estoy terriblemente fea!” -pensó. Piótr, callado, la acostó en el lecho y la cubrió con la cobija, después tomó una vela y salió.
-¡Por Dios! -gritó Olga de nuevo-. ¡Piótr, entiende, entiende!
De pronto, algo la apretó abajo del vientre y la espalda con tal fuerza, que su llanto se interrumpió, y por el dolor mordió la almohada. Pero el dolor al instante la liberó, y sollozó de nuevo.
La doncella entró y, arreglando la cobija sobre ella, preguntó alarmada:
-Señora, hijita, ¿qué tiene?
-¡Fuera de aquí! -dijo Piótr con severidad, acercándose al lecho.
-Entiende, entiende... -empezó Olga.
-¡Olia, te lo ruego, cálmate! -dijo-. Yo no quería ofenderte. Yo no me hubiera ido del dormitorio, si hubiera sabido que eso iba a influir en ti así. A mí, simplemente, me era penoso. Te lo digo como un hombre honesto...
-Entiende… Tú mentías, yo mentía...
-Yo entiendo... ¡Bueno, bueno, basta! Yo entiendo... -decía Piótr con ternura, sentándose en su lecho-. Eso tú lo dijiste en un arranque, se entiende… Lo juro por Dios, yo te amo más que todo en el mundo, y cuando me casé contigo, no recordé ni una vez que tú eras rica. Yo te amaba infinitamente, y sólo... Te lo aseguro. Nunca necesité y no sabía el valor del dinero, y por eso no sé sentir la diferencia entre tu fortuna y la mía. A mí siempre me pareció, que nosotros éramos igualmente ricos. Y que en las menudeces actué falsamente, pues eso... por supuesto, es verdad. Mi vida, hasta ahora, estuvo dispuesta tan no seriamente que, como que no podía arreglarme sin la mentira pequeña. A mí mismo ahora me es penoso. ¡Dejemos esta conversación, por Dios!..
Olga sintió un dolor fuerte de nuevo, y agarró a su marido por la manga.
-Me duele, me duele, me duele... -dijo con rapidez-. ¡Ah, me duele!
-¡El diablo se llevara a esos visitantes! -farfulló Piótr, levantándose-. ¡Tú no debiste ir hoy a la isla! -gritó-. ¿Y cómo eso yo, imbécil, no te detuve? ¡Señor, Dios mío!
Se rascó la cabeza con enfado, dejó de la mano y salió del dormitorio.
Después entró varias veces, se sentaba en su cama y hablaba mucho, ya con mucha ternura, ya enojado, pero ella lo oía mal. Los sollozos se le turnaban con el dolor terrible, y cada nuevo dolor era más fuerte y continuado. Al principio, durante el dolor, contenía la respiración y mordía la almohada, pero después empezó a gritar con una voz indecente, desgarradora. Una vez, viendo cerca de sí a su marido, recordó que lo había insultado y, sin razonar si era un delirio o el verdadero Piótr Dmítrich, agarró con ambas manos su mano, y empezó a besarla.
-Tú mentías, yo mentía... -se empezó a justificar-. Entiende, entiende... Me torturaron, me agotaron la paciencia...
-¡Olia, no estamos solos aquí! -dijo Piótr.
Olga levantó la cabeza y vio a Varvára, que estaba de rodillas ante la cómoda, y sacaba la gaveta inferior. Las gavetas superiores ya estaban sacadas. Terminado con la cómoda, Varvára se levantó y, roja por la tensión, con un rostro frío, triunfante, empezó a abrir un cofrecito.
-¡María, no lo abro! -dijo en susurro-. Ábrelo, o qué.
La doncella María hurgaba con las tijeras en el candelero, para poner una vela nueva; se acercó a Varvára y la ayudó a abrir el cofrecito.
-Que no haya nada cerrado... -susurraba Varvára-. -Abre, madre mía, esa cajita también. Señor -se dirigió a Piótr-, ¡si mandara a donde el padre Mijaíl, para que abra los portones zaristas! ¡Hace falta!
-Haga lo que quiera -dijo Piótr, respirando de forma entrecortada-, ¡sólo que por Dios, un doctor o una partera pronto! ¿Fue Vasílii? Manda a alguien más. ¡Manda a tu marido!
“Yo estoy pariendo” -entendió Olga-. ¡Varvára -gimió-, pero él va a nacer no vivo!
-No es nada, no es nada, señora... -susurró Varvára-. Dios dará, ¡van a estar vivo! (así ella decía la palabra “va”). Van a estar vivo.
Cuando Olga otra vez se despertó del dolor, pues ya no sollozaba ni se agitaba, sino sólo gemía. De los gemidos no se podía contener, incluso en esos intervalos cuando no tenía dolor. Las velas aún ardían, pero ya a través de las cortinas se abría camino la luz matinal. Era, probablemente, cerca de las cinco de la mañana. En el dormitorio, tras la mesita redonda, estaba sentada cierta mujer desconocida, con un delantal blanco y una fisonomía muy modesta. Por la expresión de su figura, se veía que llevaba sentada ya mucho tiempo. Olga adivinó que era la partera.
-¿Va a terminar pronto? -preguntó, y oyó en su voz cierta nota singular, desconocida, que antes nunca había tenido. “Debe ser, yo muero del parto”-pensó.
Al dormitorio entró Piótr con cuidado, vestido como en el día, y se paró junto a la ventana, de espalda a su mujer. Levantó la cortina y echó una mirada por la ventana.
-¡Qué lluvia! -dijo.
-¿Y qué hora es? -preguntó Olga, para oír otra vez en su voz la nota desconocida.
-Las seis menos cuarto -respondió la partera.
“¿Y qué, si yo en realidad muero? -pensó Olga, mirando la cabeza de su marido y los cristales de las ventanas, por los que golpeaba la lluvia. -¿Cómo él va a vivir sin mí? ¿Con quién va a tomar el té, almorzar, conversar por las noches, dormir?”
Y le pareció pequeño, huérfano, le dio lástima él y quiso decirle algo agradable, cariñoso, consolador. Recordó cómo él en primavera se disponía a comprarse unos galgos, y cómo ella, hallando la caza una distracción cruel y peligrosa, le impidió hacerlo.
-¡Piótr, cómprate los galgos! -gimió.
Él bajó la cortina y se acercó al lecho, quería decir algo, pero en ese momento Olga sintió un dolor, y gritó con una voz indecente, desgarradora.
Con los dolores, los gritos frecuentes y los gemidos se aturdió. Ella oía, veía, a veces hablaba pero entendía mal, y sólo reconocía que le dolía, o que ahora le iba a doler. Le parecía que el onomástico había sido ya hacía mucho, mucho tiempo, no ayer, sino como que un año antes, y que su nueva vida dolorosa se alargaba más que su infancia, el estudio en el instituto, los cursos, el matrimonio, y que se alargaría aún por largo, largo tiempo, sin final. Ella vio cómo le trajeron té a la partera, cómo la llamaron al mediodía a desayunar, y después a almorzar; vio cómo Piótr se habituó a entrar, pararse junto a la ventana largo tiempo y salir, cómo se habituaron a entrar ciertos hombres ajenos, la doncella, Varvára... Varvára sólo decía “van, van”, y se enojaba cuando alguien movía las gavetas de la cómoda. Olga vio cómo en la habitación y las ventanas cambiaba la luz: ya ésta era crepuscular, ya turbia como la neblina, ya clara, diurna, como la que hubo ayer en el almuerzo, ya crepuscular de nuevo... Y cada uno de esos cambios se alargaba tanto como la infancia, el estudio en el instituto, los cursos...
Por la noche dos doctores, uno huesudo, calvo, con una amplia barba rojiza, otro con un rostro hebreo, moreno y con unos lentes baratos, le hicieron a Olga cierta operación. Hacia que unos hombres ajenos tocaran su cuerpo, tuvo una actitud indiferente por completo. Ya no tenía ni vergüenza ni voluntad, y cada uno podía hacer con ella lo que quisiera. Si en ese tiempo alguien se lanzara con un cuchillo sobre ella, o insultara a Piótr o le quitara su derecho a la persona pequeña, pues ella no habría dicho ni una palabra.
Durante la operación le dieron cloroformo. Cuando se despertó después, los dolores aún continuaban y eran insufribles. Era de noche. Y Olga recordó que una noche exactamente como esa, con el silencio, la lámpara, la partera sentada inmóvil junto al lecho, las gavetas de la cómoda sacadas y Piótr parado junto a la ventana, ya había sido, pero alguna vez hacía mucho, mucho tiempo...
V

“Yo no me morí”…-pensó Olga, cuando empezó a entender su alrededor de nuevo, y cuando los dolores ya no estaban.
En las dos ventanas del dormitorio abiertas por completo, asomaba un claro día de verano; en el jardín tras las ventanas, sin callarse ni por un segundo, gritaban los gorriones y las urracas.
Las gavetas de la cómoda ya estaban cerradas, el lecho de su marido tendido. No estaban en el dormitorio ni la partera, ni Varvára ni la doncella, sólo Piótr, como antes, estaba parado inmóvil junto a la ventana y miraba al jardín. No se oía un llanto infantil, nadie felicitaba ni se alegraba, evidentemente, la persona pequeña había nacido no viva.
-¡Piótr! -gritó Olga a su marido.
Piótr se volvió a mirar. Debía ser, desde el tiempo en que se fuera el último visitante, y Olga insultara a su marido, había pasado mucho tiempo, ya que Piótr se había sumido y adelgazado de modo notable.
-¿Qué quieres? -preguntó, acercándose al lecho.
Él miraba a un costado, movía los labios y sonreía de forma infantil-impotente.
-¿Todo terminó ya? -preguntó Olga.
Piótr quería responder algo, pero los labios le temblaron y la boca se le retorció de un modo anciano, como al desdentado tío Nikolai Nikoláich.
-¡Olia! -dijo, torciendo los brazos, y de sus ojos de pronto brotaron unas lágrimas gruesas-. ¡Olia! No necesito tu censo, ni los congresos (sollozó)... ni las opiniones singulares, ni esos visitantes, ni tu dote... ¡no necesito nada! ¿Por qué no cuidamos a nuestro niño? ¡Ah, pero qué decir!
Él dejó de la mano y salió del dormitorio.
Y a Olga ya, resueltamente, le daba lo mismo. En la cabeza estaba la neblina del cloroformo, el alma la tenía vacía... Esa obtusa indiferencia hacia la vida, que tenía cuando los dos doctores le hicieron la operación, aún no la dejaba.

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Título original: Imenini, publicado por primera vez en el periódico Sieviernii Viestnik, 1888, Nº 11, con la firma: "Antón Chejov".
Imagen: Ilya Repin, Portrait of actress Maria Andreyeva, 1905.