domingo, 20 de diciembre de 2009

Mi mujer

I
Yo recibí una carta así:
“¡Muy señor mío, Pavel Andréevich! No lejos de usted, y exactamente en el pueblo Pestróv, ocurren hechos lamentables, sobre los que considero un deber informarle. Todos los campesinos de este pueblo vendieron las isbás1 y todos sus bienes, y se mudaron al gobierno de Tomsk, pero no llegaron y volvieron atrás. Aquí, se entiende, ellos ya no tienen nada, ahora todo es ajeno; se instalaron de a tres y cuatro familias en una isbá, así que la población de cada isbá es de no menos de 15 personas de ambos sexos, sin contar a los niños pequeños, y al final de todo no hay nada de comer, el hambre, una epidemia percápita de tifus hambriento o abdominal2, literalmente, todos están enfermos. La enfermera dice: ¿llegas a la isbá y qué ves? Todos enfermos, todos delirando, alguien se ríe, alguien trepa por la pared3, en las isbás hay hedor, no hay agua para servir ni quien la traiga, y una patata helada sirve de comida. La enfermera y Sóbol (nuestro médico del zémstvo4), ¿qué pueden hacer cuando ellos, antes que medicina, necesitan un pan que no tienen? El consejo del zémstvo se niega, por que ellos ya no están inscritos en ese zémstvo, y figuran en el gobierno de Tomsk, y además no hay dinero. Informando sobre esto a usted y conociendo su humanidad, le ruego no me niegue su pronta ayuda. Su benévolo”.
Evidentemente, escribía la misma enfermera o ese doctor, que tenía un apellido de fiera5. Los médicos y las enfermeras del zémstvo, durante muchos años, día tras día, se convencían de que no podían hacer nada, y de todas formas recibían una paga de personas, que se alimentaban sólo de patatas heladas; y de todas formas, por algo, se consideraban con derecho a juzgar si yo era humano o no.
Inquietado por la carta anónima, y por que cada mañana ciertos mujíks venían al tinelo-cocina, y se ponían de rodillas allí, y por que de noche habían sacado del granero veinte sacos de centeno, rompiendo la pared previamente, y por el estado de ánimo penoso general, que era apoyado por las conversaciones, los periódicos y el mal tiempo; inquietado por todo eso, trabajaba de modo lánguido y no exitoso. Yo escribía una Historia de las vías férreas; había que leer una multitud de libros rusos y extranjeros, de folletos, artículos de revistas, había que chasquear sobre las cuentas, hojear los logaritmos, pensar y escribir, después leer, chasquear y pensar de nuevo; pero apenas tomaba el libro o empezaba a pensar, mis ideas se confundían, mis ojos se entornaban y, con un suspiro, me levantaba de la mesa y empezaba a andar por las grandes habitaciones de mi desierta casa de madera. Cuando me cansaba de andar, me detenía en el gabinete, junto a la ventana y, mirando por mi ancho patio, por el estanque y el joven abedular pelado, y por el campo grande, cubierto de nieve recién caída, derretida, veía en el horizonte, en la colina, un montón de isbás castañas, desde las que, por el campo blanco, bajaba la franja incorrecta de un negro camino fangoso. Eso era Pestróv, ese mismo, del que me había escrito el autor anónimo. Si no fuera por los cuervos que, previendo la lluvia o el tiempo de nieve, se cernían con gritos sobre el estanque y el campo, y si no fuera por los golpes del carpintero en el cobertizo, pues ese mundillo, sobre el que tanto voceaban ahora, luciría como un lago muerto, ¡así era todo aquí de sereno, inmóvil, exánime, aburrido!
Trabajar y concentrarme me lo impedía la inquietud, yo no sabía qué cosa era, y quería pensar que era la desilusión. En realidad, había dejado el servicio en el Ministerio de vías de comunicación, y había venido aquí al pueblo, para vivir con tranquilidad y dedicarme a la literatura sobre cuestiones sociales. Ése era mi antiguo, acariciado sueño. Y ahora había que despedirse de la tranquilidad, de la literatura, dejarlo todo y dedicarse sólo a los mujíks. Y eso era inevitable porque, excepto yo, como estaba convencido, en este distrito, positivamente, no había quien ayudara a los hambrientos. Me rodeaban personas no educadas, no desarrolladas, indiferentes, en su inmensa mayoría no honradas, u honradas pero desatinadas y no serias, como por ejemplo mi mujer. Apoyarse en tales personas no se podía, abandonar a los mujíks al arbitrio del destino tampoco se podía, entonces, quedaba resignarse a la necesidad, y dedicarme yo mismo a poner orden entre los mujíks.
Yo empecé, por que decidí donar a favor de los hambrientos cinco mil rublos de plata. Y eso no disminuyó, sino sólo aumentó mi inquietud. Cuando me paraba junto a la ventana o andaba por las habitaciones, me torturaba una pregunta que antes no estaba: ¿cómo disponer de ese dinero? Ordenar comprar pan, ir por las isbás y repartirlo, era superior a las fuerzas de un hombre solo, sin hablar ya de que, con el apuro, te arriesgabas a darle al alimentado o al campesino rico dos veces más, que al hambriento. A la administración no le creía. Todos esos jefes del zémstvo e inspectores de impuestos eran personas jóvenes, y yo los veía con desconfianza, como a toda la juventud moderna, materialista y carente de ideales. El Consejo del zémstvo, las direcciones del vólost6 y, en general, todas las cancillerías del distrito, no me inspiraban tampoco el mínimo deseo de dirigirme a ellos por ayuda. Yo sabía que esas instituciones, pegadas al pastel del zémstvo y público, cada día tenían las bocas listas, para pegarse al tercer pastel de alguien más.
Me venía la idea de invitar a los hacendados-vecinos, y proponerles organizar en mi casa algo así como un comité o centro, adonde afluyeran todas las donaciones, y de donde se dieran subsidios y disposiciones para todo el distrito; tal organización, que admitía reuniones privadas y un amplio control libre, respondía por completo a mis visiones; pero me imaginé los aperitivos, los almuerzos, las cenas y ese ruido, ociosidad, parloteo y mal tono, que esa abigarrada partida de distrito traería a mi casa de forma inevitable, y me apresuré a rechazar mi idea.
En lo que respecta a los de casa, pues esperar ayuda o apoyo de ellos, yo podía menos que todo. De mi primera familia, la paternal, alguna vez grande y ruidosa, se había salvado sólo la institutriz, m-lle Marie o, como la llamaban ahora, María Guerásimovna, una persona ínfima por completo. Era una viejecita pequeña, cuidadosa, de unos setenta años, que llevaba un vestido gris claro y una cofia de cintas blancas, parecida a una muñeca de porcelana, y que siempre estaba sentada en la sala y leía un libro. Cuando yo le pasaba por delante ella, sabiendo la causa de mi reflexión, cada vez decía:
-¿Qué quiere usted pues, Pásha? Yo desde antes lo decía, que eso sería así. Usted puede juzgar por nuestros sirvientes.
Mi segunda familia, o sea mi mujer Natalia Gavrílovna, vivía en el piso inferior, en el que ocupaba todas las habitaciones. Almorzaba, dormía y recibía a sus visitantes en su lugar, abajo, sin interesarse en absoluto en cómo yo almorzaba, dormía y a quién recibía. Nuestras relaciones eran sencillas y no tirantes, pero frías, sin contenido y aburridas, como entre personas que ya hace tiempo son lejanas la una a la otra, de modo que incluso su vida en unos pisos contiguos no se parecía a una cercanía. El amor apasionado, inquieto, ya dulce, ya amargo como el ajenjo que me despertaba antes Natalia Gavrílovna, ya no lo había; ya no había ni los arrebatos anteriores, las conversaciones en voz alta, los reproches, las quejas y esos estallidos de odio que terminaban comúnmente, por parte de mi mujer, con un viaje al extranjero o a casa de sus parientes, y por mi parte con el envío de poco dinero, pero a menudo, para herir a menudo el amor propio de mi mujer. (Mi mujer orgullosa, con amor propio, y sus parientes vivían a costa mía, y mi mujer, con todo su deseo, no podía rechazar mi dinero, eso me brindaba placer, y era el único consuelo en mi pena.) Ahora, cuando nos encontrábamos por casualidad abajo, en el corredor o el patio, yo le hacía una reverencia, ella me sonreía afablemente; hablábamos del tiempo, de que, al parecer, ya era hora de poner los marcos dobles, y de que alguien había pasado por la represa con campanitas, y en ese momento yo leía en su rostro: "Yo le soy fiel, y no voy a denigrar su nombre honrado, que usted quiere tanto; usted es inteligente y no me molesta, estamos a mano."
Yo me aseguraba que mi amor ya se había apagado hacía tiempo, y que el trabajo me había atrapado de un modo demasiado profundo, como para que pudiera pensar seriamente en mi relación con mi mujer. ¡Pero ay!, sólo pensaba así. Cuando mi mujer conversaba en voz alta abajo, yo escuchaba su voz atentamente, aunque no se podía discernir ni una palabra. Cuando ella tocaba el piano de cola abajo, me levantaba y escuchaba. Cuando le servían el carruaje o el caballo de silla, me acercaba a la ventana y esperaba a que saliera de la casa, después miraba cómo se sentaba en el cochecito o el caballo, y cómo salía del patio. Yo sentía que en mi alma se producía algo no bueno, y temía que la expresión de mi mirada y rostro pudieran delatarme. Acompañaba a mi mujer con los ojos y después esperaba su regreso, para ver de nuevo en la ventana su rostro, hombros, pelliza, sombrero; me aburría, sentía tristeza, una infinita lástima por algo, y quería pasearme por sus habitaciones en su ausencia, y quería que la cuestión, que mi mujer y yo no supimos resolver, porque no coincidimos en los caracteres, se resolviera pronto por sí misma, en orden natural; o sea, que esta bonita mujer de 27 años envejeciera pronto, y que mi cabeza se hiciera canosa y calva pronto.
Una vez, durante el desayuno, mi intendente Vladímir Prójorich me comunicó que los mujíks de Pestróv ya habían empezado a arrancar los techos de paja, para alimentar al ganado; María Guerásimovna me miraba con miedo y perplejidad.
-¿Qué puedo hacer yo pues? -le dije. -Uno en el campo no es un guerrero7, y yo aún nunca había sentido una soledad como la de ahora. Yo daría mucho por encontrar en todo el distrito, siquiera, una persona en quien pudiera apoyarme.
-Y usted invite a Iván Ivánich -dijo María Guerásimovna.
-¡En efecto! -recordé y me alegré. -¡Es una idea! C'est raison8, -canté yendo a mi gabinete, para escribir una carta a Iván Ivánovich. -C'est raison, c'est raison...
II

De toda la multitud de conocidos que alguna vez, unos 25-35 años atrás, bebieron en esta casa, comieron, vinieron disfrazados, se enamoraron, se casaron, cansaron con sus conversaciones sobre sus magníficas jaurías y caballos, quedaba vivo sólo Iván Ivánich Bráguin. Alguna vez había sido muy activo, hablador, vocinglero y enamoradizo, y había sido célebre por su tendencia extrema y cierta expresión peculiar del rostro, que encantaba no sólo a las mujeres, sino también a los hombres; pero ahora había envejecido por completo, llenado de grasa y vivía su vida sin dirección ni expresión. Llegó al otro día de recibir una carta mía, al atardecer, cuando recién habían puesto el samovar en el comedor, y la pequeña María Guerásimovna cortaba un limón.
-Me alegra mucho verlo, amigo mío -dije con júbilo al recibirlo. -¡Y usted siempre más gordo!
-Eso yo no estoy gordo, sino me hinché -respondió. -Me picaron las abejas.
Con la familiaridad de un hombre que se ríe de su gordura, me tomó con ambos brazos por el talle y me puso en el pecho su cabeza blanda, grande, con los cabellos peinados sobre la frente a lo jojól9, y se anegó en una risa fina, anciana.
-¡Y usted siempre más joven! -articuló a través de la risa. -No sé, con qué tinte se tiñe la cabeza y la barba, si me diera-. Jadeando y sofocado, me abrazó y me besó en la mejilla. -Si me diera... -repitió. -¿Y usted, carnal mío, tiene cuarenta?
-¡Ajá, cuarentiséis ya! -me eché a reír.
Iván Ivánich olía a vela de sebo y humo de cocina, y eso le iba. Su cuerpo grande, hinchado, no manejable estaba ceñido en una levita larga, parecida a un kaftán10 de cochero, con ganchos y nudos en lugar de botones, y de talle alto, y sería extraño si oliera, por ejemplo, a colonia. En su barbilla doble, no afeitada por días, azulada, que recordaba la bardana, en sus ojos saltones, jadeo y figura no ligera, desaliñada, voz, risa y discurso era difícil reconocer a aquel prosador esbelto, interesante, con el que alguna vez los maridos del distrito celaron a sus mujeres.
-Usted me hace mucha falta, amigo mío -dije, cuando ya estábamos sentados en el comedor y tomábamos té. -Yo quisiera organizar alguna ayuda para los hambrientos, y no sé, cómo emprender eso. Así pues, puede ser, usted será amable, y me aconsejará algo.
-Sí, sí, sí... -dijo Iván Ivánich con un suspiro. -Así, así, así...
-Yo no lo molestaría pero, en verdad, excepto usted, querido, aquí, positivamente, no hay a quien dirigirse. Usted sabe, cómo es la gente aquí.
-Así, así, así... Sí...
Yo pensé: me esperaba una reunión seria y práctica, en la que podía participar cualquiera, con independecia del lugar y las relaciones personales, ¿por qué no invitar a Natalia Gavrílovna?
Tres faciunt collegium11! -dije con júbilo. -¿Y qué, si invitamos a Natalia Gavrílovna? ¿Cómo piensa usted? Fénia -me dirigí a la sirvienta, -ruéguele a Natalia Gavrílovna que se presente con nosotros arriba, si se puede en este instante. Dígale: es un asunto muy importante.
Un poco más tarde, vino Natalia Gavrílovna. Yo me levanté a su encuentro y dije:
-Perdone, Natalie, que la molestemos. Nosotros hablamos aquí de un asunto muy importante, y nos vino la idea feliz de valernos de su buen consejo, que usted no nos negará. Siéntese, le ruego.
Iván Ivánich le besó la mano a Natalia Gavrílovna, y ella a él en la cabeza; después, cuando todos nos sentamos a la mesa, él, mirándola de modo lacrimoso y beatífico, se estiró hacia ella de nuevo y le besó la mano. Ella estaba vestida de negro y peinada con cuidado, y olía a perfume fresco: evidentemente, se disponía a ir de visita o esperaba a alguien. Al entrar al comedor, me había tendido la mano de forma sencilla y amistosa, y me había sonreído tan afablemente como a Iván Ivánich, eso me gustó; pero al conversar, movió los dedos, se lanzó al espaldar de la silla con brusquedad, a menudo, y habló con rapidez, y esa irregularidad de su discurso y movimientos me irritó, y me recordó su patria, Odesa, donde la sociedad de los hombres y las mujeres, alguna vez, me fatigó con su mal tono.
-Yo quiero hacer algo por los hambrientos -empecé y, tras callar un poco, continué: -El dinero, por supuesto, es un gran asunto, pero limitarse sólo a una donación monetaria y calmarse con eso, sería redimirse de la ocupación principal. La ayuda debe estribar en el dinero, pero de manera principal en una organización correcta y seria. Vamos a pensar pues, señores, y hagamos algo.
Natalia Gavrílovna me echó una mirada inquisitiva y se encogió de hombros, como deseando decir: “¿Y qué sé yo?”
-Sí, sí, el hambre... -farfulló Iván Ivánich. -Realmente... Sí...
-La situación es seria -dije, -y hace falta una pronta ayuda. Supongo, que el primer punto de esas reglas, que nos espera elaborar, debe ser, precisamente, la velocidad. A lo militar: buen ojo, rapidez y empuje.
-Sí, la rapidez... -profirió Iván Ivánich de forma lánguida y soñolienta, como durmiéndose. -Sólo que no harás nada. La tierra no produjo, así que ahí ya... con ningún buen ojo ni empuje la sisas... Los elementos... Contra Dios y el destino no vas...
-Sí, pero es que al hombre se le ha dado una cabeza, para luchar contra los elementos.
-¿Ah? Sí... Es así, así... Sí.
Iván Ivánich estornudó en el pañuelo, revivió y, como recién despierto, me miró a mí y a mi esposa.
-A mí tampoco me produjo nada -se echó a reír con una voz fina e hizo un guiño con picardía, como si eso fuera, en efecto, muy risible. -No hay dinero, no hay pan, y el patio está lleno de trabajadores, como el del conde Sheremétiev. Los quiero sacar por el cuello, pero como que me da lástima.
Natalia Gavrílovna se echó a reír, y le empezó a preguntar a Iván Ivánich de sus asuntos domésticos. Su presencia me brindaba un placer, que yo hacía tiempo no experimentaba, y temía mirarla, para que mi mirada, de algún modo, no delatara mi sensación oculta. Nuestras relaciones eran tales, que esa sensación podía parecer inesperada y ridícula. Mi mujer hablaba con Iván Ivánich y se reía, sin turbarse en absoluto con que estaba en mi casa y yo no me reía.
-Así, señores, ¿qué vamos a hacer pues? -pregunté, hecha una pausa. -Supongo que nosotros, ante todo, lo más pronto posible, anunciaremos una suscripción. Nosotros, Natalie, le escribiremos a nuestros conocidos de la capital y de Odesa, y los atraeremos a las donaciones. Cuando reunamos pues una pizca pequeña, nos dedicaremos a la compra de pan y pienso para el ganado; y usted, Iván Ivánich, sea bueno, se dedicará a la distribución de las subsidios. Apoyándose para todo en su tacto y disposición inherentes; nosotros, por nuestra parte, nos permitiremos sólo expresar el deseo de que usted, antes de entregar el subsidio, conozca en el lugar con detalle todas las circunstancias del asunto; y asimismo, lo que es muy importante, tenga la observación de que el pan sea entregado sólo a los verdaderos necesitados, pero en absoluto no a los borrachos, los holgazanes y los campesinos ricos.
-Sí, sí, sí... -farfulló Iván Ivánich. -Así, así, así...
“Bueno, con esta ruina babosa, no cocinas la papilla12”, -pensé y sentí irritación.
-¡Me cansaron esos hambrientos, que se vayan! Y siempre se ofenden, siempre se ofenden, -continuó Iván Ivánich, chupando la cáscara de limón. -Los hambrientos se ofenden con los alimentados. Y esos que tienen pan, se ofenden con los hambrientos. Sí... Por el hambre el hombre se aturde, se atonta, se vuelve salvaje. El hambre no es una papita. El hambriento dice groserías, roba, y puede que algo peor aún... Hay que entender.
Iván Ivánich se atragantó con el té, tosió y se anegó todo en una risa crujiente, sofocante.
-¡Hubo un asunto en Pol... Poltáva! -articuló, apartando con ambas manos la risa y la tos, que le impedían hablar. -¡Hubo un asunto en Poltáva! Cuando, unos tres años después de la libertad, hubo hambre allí, en dos distritos, vino a verme mi difunto Fedór Fedórich, y me invitó a su casa. Vamos, vamos, se me pegó, como con un cuchillo en la garganta. ¿Por qué no? Vamos, le digo. Bueno, agarramos y fuimos. El asunto fue hacia el atardecer, estaba nevando. Nos acercamos a su hacienda ya de noche, y de pronto del bosque ¡bang!, y otra vez: ¡bang! Ah tú, que diablo… Salto del trineo, miro, un hombre corría hacia mí en la oscuridad, y se hundía en la nieve hasta la rodilla; yo lo agarré con la mano por el hombro, así pues, y le arranqué el arma de la mano, después me volteé con la otra, y lo reduje por la nuca, así, que él gimió y cayó de nariz en la nieve; yo entonces estaba fuerte, tenía la mano pesada; me las arreglé con dos, miro, y Fédia ya está montado sobre el tercero. Detuvimos a tres jovencitos, bueno, les torcimos los brazos hacia atrás, para que no nos hicieran daño a nosotros, ni a sí mismos, y llevamos a los imbéciles a la cocina. Nos daba rabia con ellos, y nos daba vergüenza mirarlos: unos mujíks conocidos pues, gente buena, daba lástima. Estaban aturdidos por completo con el susto. Uno lloraba y pedía perdón, el otro miraba como una fiera y maldecía, el tercero se puso de rodillas y le rezaba a Dios. Yo le digo a Fédia: ¡no te ofendas, suéltalos, a los canallas! Él les dio de comer, les dio un pud13 de harina y los soltó: ¡váyanse al diablo! Y así pues… ¡El reino celestial, el descanso eterno! ¡Entendía y no se ofendía, y había los que se ofendían, y a cuánta gente arruinaron! Sí… De una taberna andrajosa, once personas fueron a compañías de arrestados. Sí... Y ahora miras, y es lo mismo... El jueves pasó la noche en la casa el juez Anísin; así pues, contó de cierto hacendado... Sí... Por la noche, al hacendado le tumbaron una pared del granero, y le sacaron veinte sacos de centeno. Cuando el hacendado se enteró por la mañana, que le habían hecho ese crimen, pues ahora pum, un telegrama al gobernador, después otro pum al fiscal, un tercero al policía, un cuarto al juez... Es sabido, le temen a los pleitistas... La jefatura se alarmó, y empezó el barullo. Registraron dos pueblos.
-Permítame, Iván Ivánich -dije. -Los veinte sacos de centeno me los robaron a mí, y eso yo telegrafié al gobernador. Yo telegrafié a Petersburgo también. Pero eso, en absoluto, no por amor al pleito, como usted se dignó a expresar, y no porque me hubiera ofendido. Yo miro todo asunto, ante todo, por el lado del principio. Si roba un alimentado o un hambriento, para la ley eso es indiferente.
-Sí, sí... -farfulló Iván Ivánich, turbado. -Por supuesto... Así, sí...
Natalia Gavrílovna se sonrojó.
-Hay personas... -dijo ella y se detuvo, hizo un esfuerzo consigo para parecer indiferente, pero no se aguantó y me miró a los ojos con un odio, que me era muy conocido. -Hay personas -dijo-, para las que el hambre y la pena humana existen, sólo para que puedan aliviar con éstos su mal, mezquino carácter.
Yo me turbé y me encogí de hombros.
-Yo quiero decir en general -continuó ella-, que hay personas totalmente indiferentes, carentes de todo sentimiento de compasión, pero que no pasan de largo ante la pena humana, y se inmiscuyen por temor a que se puedan arreglar sin ellas. Para su soberbia no hay nada sagrado.
-Hay personas -dije con suavidad-, -que poseen un carácter angelical, pero expresan sus ideas magníficas de tal forma, que es difícil distinguir a un ángel de una persona, que comercia en un bazar de Odesa.
Confieso, que eso fue dicho sin acierto.
Mi mujer me echó una mirada así, como si le costara un gran esfuerzo callar. Su arrebato súbito, y luego su retórica fuera de lugar, con motivo de mi deseo de ayudar a los hambrientos, estaban, por lo menos, fuera de lugar; cuando yo la invité arriba, esperaba en absoluto otra actitud hacia mí y mis intenciones. No puedo decir de modo definido qué esperaba, pero la espera me conmovía de forma agradable. Pero ahora yo veía, que continuar hablando de los hambrientos sería pesado y, es posible, no inteligente.
-Sí... -farfulló Iván Ivánich de modo importuno. -El mercader Búrov tiene cuatrocientos mil, y puede que más. Yo le digo: “Aflójale pues a los hambrientos, tocayo, unos cien o doscientos mil. De todas formas te vas a morir, al otro mundo no te los llevas contigo”. Se ofendió. Y hay que morirse pues. La muerte no es una papita.
De nuevo sobrevino un silencio.
-Así, entonces, sólo queda una cosa: resignarse a la soledad -suspiré. -Uno en el campo no es un guerrero. ¡Bueno, qué pues! Probaré a luchar solo. Acaso la guerra contra el hambre sea más exitosa, que la guerra contra la indiferencia.
-Me esperan abajo -dijo Natalia Gavrílovna. Se levantó de la mesa y se dirigió a Iván Ivánich: -¿Así, viene a verme abajo por un minuto? Yo no me despido de usted.
Y se fue.
Iván Ivánich se bebía ya el séptimo vaso, sofocado, chasqueba y se chupaba ya el bigote, ya la cáscara de limón. Él farfullaba sobre algo de modo soñoliento y lánguido, y yo no escuchaba y esperaba que se fuera. Finalmente, con una expresión, como si hubiera venido a mi casa sólo para atiborrarse de té, se levantó y se empezó a despedir. Al acompañarlo, le dije:
-Así, usted no me dio ningún consejo.
-¿Ah? Yo soy un hombre obeso, me embrutecí, -respondió. -¿Cuáles son mis consejos? Y usted se inquieta en vano... No sé, en verdad, ¿por qué se inquieta? ¡No se inquiete, hijito! Por Dios, no es nada... -susurró con cariño y franqueza, calmándome como a un niño. -¡Por Dios, no es nada!..
-¿Cómo que no es nada? Los mujíks le arrancan los techos a las isbás, y ya dicen que en algún lugar hay tifus.
-Bueno, ¿y qué pues? El año que viene va a producir, van a haber techos nuevos, y si nos morimos de tifus, pues después de nosotros van a vivir otras personas. Y de todas formas hay que morirse, si no ahora, pues después. ¡No se inquiete, bonito!
-Yo no puedo no inquietarme -dije irritado.
Estábamos parados en el vestíbulo poco iluminado. Iván Ivánich de pronto me tomó por el codo y, dispuesto a decir algo, por lo visto, muy importante, me miró callado por medio minuto.
-¡Pavel Andréich! -dijo en voz baja, y en su rostro rollizo, helado, en sus ojos oscuros de pronto se encendió esa expresión peculiar, por la que alguna vez fue célebre, y que era en realidad encantadora. -¡Pavel Andréich, se lo digo como amigo: ¡cambie su carácter! ¡Es pesado con usted! ¡Hijito, es pesado!
Me miró al rostro fijamente, su expresión hermosa se apagó, su mirada se nubló y farfulló con languidez, resoplando:
-Sí, sí... Disculpe al viejo... Una tontera… Sí...
Bajando por la escalera con pesadez, abriendo los brazos para el equilibrio y mostrando su inmensa espalda rolliza y nuca rojiza, daba la impresión desagradable como que de un cangrejo.
-Si fuera a algún lugar, su excelencia -farfullaba. -A Petersburgo o al extranjero... ¿Para qué vive aquí y pierde un tiempo de oro? Usted es un hombre joven, sano, rico... Sí... ¡Eh, si yo fuera más joven, volaría como una liebre, y sólo silbaría en los oídos!

III

El arrebato de mi mujer me recordó nuestra vida matrimonial. Antes, comúnmente, después de cada arrebato, nos atraíamos el uno al otro de modo irresistible, nos juntábamos y poníamos en marcha toda la dinamita, que se había acumulado en nuestras almas con el transcurso del tiempo. Y ahora, después de la salida de Iván Ivánich, me sentí muy atraído hacia mi mujer. Yo quería ir abajo y decirle, que su conducta en el té me había ofendido, que ella era cruel, mezquina y que, con su mente burguesa, nunca se elevaba a la comprensión de lo que yo decía y lo que yo hacía. Anduve por las habitaciones largo tiempo, inventando qué le diría y adivinando qué me respondería.
Esa inquietud, que me fatigaba en los últimos tiempos, esta noche, cuando se fue Iván Ivánich, la sentía de cierta forma irritante en particular. Yo no podía ni sentarme ni pararme, y andaba y andaba, además, escogía solamente las habitaciones iluminadas, y me mantenía más cerca de esa, en la que María Guerásimovna estaba sentada. Era una sensación muy parecida, a la que había experimentado una vez en el Mar de Alemania, durante una tormenta, cuando todos temían que el barco, que no tenía carga ni lastre, se voltearía. Y esta noche yo entendí que mi inquietud no era desilusión, como pensaba antes, sino algo otro, pero qué precisamente, no lo entendía, y eso me irritaba aún más.
“Iré a verla -decidí. -Y se puede inventar un pretexto. Diré que me hacía falta Iván Ivánich, eso es todo”.
Yo bajé y atravesé por las alfombras, sin apurarme, el vestíbulo y el salón. Iván Ivánich estaba sentado en el diván de la sala, tomaba té de nuevo y farfullaba. Mi mujer estaba parada frente a él, aguantada del espaldar del butacón. En su rostro había esa expresión serena, dulce y obediente, con que escuchan a los idiotas y las beatas, cuando suponen en las palabras ínfimas y el farfullar un significado peculiar, oculto. En la expresión y la pose de mi mujer, me pareció, había algo psicópata o monástico, y sus habitaciones con sus muebles antiguos, sus pájaros dormidos en las jaulas y su olor a geranios, no altas, semi-oscuras y muy cálidas, me recordaron la tranquilidad de una abadesa o de alguna vieja generala devota.
Yo entré a la sala. Mi mujer no expresó ni asombro ni turbación, y me echó una mirada severa y serena, como si supiera que yo vendría.
-Culpable -dije con suavidad. -Me alegra mucho, Iván Ivánich, que aún no se fue. Olvidé preguntarle arriba: ¿no sabe acaso, cuál es el nombre y patronímico del presidente de nuestro consejo del zémstvo?
-Andrei Stanislávovich. Sí...
-Merci -dije, saqué un librito de mi bolsillo y lo apunté.
Sobrevino un silencio, durante el que mi mujer e Iván Ivánich, probablemente, esperaron que yo me fuera; mi mujer no creía que yo necesitaba al presidente del consejo del zémstvo, eso lo veía por sus ojos.
-Así, me voy, bonita -farfulló Iván Ivánich, cuando me paseé por la sala otra vez, y me senté después junto a la chimenea.
-No -dijo Natalia Gavrílovna con rapidez, tocando su mano. -Un cuarto de hora más... Le ruego.
Evidentemente, ella no quería quedarse conmigo frente a frente, sin testigos.
“¿Qué pues?, esperaré un cuarto de hora”, pensé.
-¡Ah, está nevando! -dije levantándome y mirando por la ventana. -¡Una nieve excelente! Iván Ivánich -continué, paseándome por la sala, -yo lamento mucho que no soy un cazador. ¡Me imagino, qué placer perseguir liebres y lobos por esta nieve!
Mi mujer, parada en un lugar y no volteando la cabeza, sólo mirando de soslayo, vigilaba mis movimientos; tenía una expresión, como si yo guardara en el bolsillo un cuchillo afilado o un revólver.
-Iván Ivánich, lléveme de caza de algún modo -continué con suavidad. -Le estaré muy, muy agradecido.
En ese momento entró a la sala un visitante. Era un señor que yo no conocía, de unos cuarenta años, alto, robusto, calvo, con una gran barba castaña y unos ojos pequeños. Por su traje holgado, arrugado y sus maneras, lo tomé por un sacristán o un maestro, pero mi mujer me lo recomendó como el doctor Sóbol.
-¡Me alegro mucho, mucho de conocerlo! -dijo el doctor en voz alta, en tenor, estrechando mi mano fuertemente y sonriendo con inocencia. -¡Me alegro mucho!
Se sentó a la mesa, tomó un vaso de té y dijo en voz alta:
-¿Y no tiene usted, por casualidad, ron o cognac? Sea amable, Olia -se dirigió a la sirvienta, -busque en el armario, pues estoy helado.
Me senté junto a la chimenea de nuevo, miraba, escuchaba, rara vez insertaba alguna palabra en la conversación general. Mi mujer sonreía afablemente a sus visitantes y me vigilaba con atención, como a una fiera; le molestaba mi presencia, y eso me despertaba celos, fastidio y el terco deseo de causarle dolor. Mi mujer, pensé, estas habitaciones acogedoras y el lugarcito junto a la chimenea son míos, hace tiempo que son míos, pero por algo cualquier Iván Ivánich fuera de juicio o Sóbol, tienen más derecho a ellos que yo. Ahora yo veo a mi mujer no por la ventana, sino en mi cercanía, en un común ambiente familiar, en ese mismo que me falta ahora, en mis años maduros, y a pesar de su odio hacia mí yo la extraño, como alguna vez en la infancia extrañé a mi madre y nana, y siento que ahora, en la vejez, yo la amo de forma más pura y elevada, que como la amaba antes; y por eso quisiera acercarme a ella, pisarle fuerte con mi tacón la punta de su zapato, causarle dolor y sonreírme.
-Monsieur Yenót14 -me dirigí al doctor-, ¿cuántos hospitales tenemos en el distrito?
-Sóbol... -corrigió mi mujer.
-Dos -respondió Sóbol.
-¿Y cuántos difuntos tocan, anualmente, por parte de cada hospital?
-Pavel Andréich, me hace falta hablar con usted -dijo mi mujer.
Se disculpó con los visitantes y salió a la habitación contigua. Yo me levanté y fui tras ella.
-En este mismo instante se irá a su lugar arriba -dijo.
-Usted es una mal educada -dije.
-Usted, en este mismo instante se irá a su lugar arriba -repitió con brusquedad, y me miró al rostro con odio.
Estaba parada tan cerca que, si yo me hubiera inclinado un poquito, mi barba hubiera tocado su rostro.
-¿Pero qué pasa? -dije. -¿De qué soy culpable así de pronto?
La barbilla le tembló, se secó los ojos apurada, se miró en el espejo de pasada y susurró:
-Empieza la vieja historia de nuevo. Usted, por supuesto, no se irá. Bueno, como quiera. Yo misma me iré, y usted quédese.
Ella, con un rostro decidido, y yo, encogiéndome de hombros e intentando sonreír con burla, volvimos a la sala. Allí ya había nuevos visitantes: cierta dama madura y un joven con lentes. Sin saludar a los nuevos ni despedirme de los viejos, fui a mi lugar.
Después de lo que sucedió en el té, y luego abajo, se me hizo claro que nuestra “felicidad familiar”, que ya empezábamos a olvidar en estos dos últimos años, a fuerza de ciertas causas ínfimas, sin sentido, se había renovado de nuevo, y que ni yo ni mi mujer podíamos ya detenernos; y que mañana o pasado mañana, seguido de un estallido de odio, como yo podía juzgar por la experiencia de los años pasados, debería suceder algo repulsivo, que voltearía todo el orden de nuestra vida. Entonces, en estos dos años, pensaba yo empezando a andar por mis habitaciones, no nos habíamos hecho más inteligentes, fríos y serenos. Entonces, de nuevo serían las lágrimas, los gritos, las maldiciones, las maletas, el extranjero, después un constante miedo enfermizo de que ella allá, en el extranjero, estuviera con algún frant15 italiano o ruso, me ultrajara; de nuevo sería la negación del pasaporte, las cartas, la soledad absoluta, la añoranza por ella, y dentro de cinco años la vejez, el cabello canoso... Yo andaba e imaginaba lo que no podía ser, cómo ella, bonita, repuesta, se abrazaba con un hombre que yo no conocía... Ya seguro de que eso, infaliblemente, sucedería, ¿por qué -me preguntaba con desolación, -por qué en una de las viejas peleas pasadas yo no le di el divorcio, o por qué ella en ese entonces no se fue de mí por completo, para siempre? Ahora yo no tendría esta añoranza por ella, este odio, alarma, y viviría mi vida tranquilo, trabajando, sin pensar en nada...
Al patio entró una carroza con dos faroles, después una tróika de trineo ancho. Mi mujer, evidentemente, tenía una velada.
Hasta la medianoche hubo silencio abajo, y yo no oía nada, pero a la medianoche movieron las sillas, resonó la vajilla. Entonces, había cena. Después movieron las sillas de nuevo, y oí un ruido de abajo del suelo, al parecer, gritaban hurra. María Guerásimovna ya dormía, y en todo el piso superior estaba yo solo; en la sala me miraban desde las paredes los retratos de mis ancestros, personas ínfimas y crueles, y en el gabinete el reflejo de mi lámpara en la ventana parpadeaba de modo desagradable. Y con una sensación envidiosa, celosa hacia lo que sucedía abajo, yo escuchaba y pensaba: “Aquí el dueño soy yo, si quiero, pues en un segundo puedo echar a toda esa honrosa partida”. Pero yo sabía que eso era una sandez, que no se podía echar a nadie, y que la palabra “dueño” no significaba nada. Se podía, todo lo que le plazca, considerarse dueño, casado, rico, un kammerjunker16, y al mismo tiempo no saber qué significaba eso.
Después de la cena, alguien abajo cantó como tenor.
“¡Pues no sucedió nada en particular! -me convencía. -¿Por qué pues me conmuevo así? Mañana no iré a verla abajo, eso es todo, y fin de nuestra pelea”.
A la una y cuarto me fui a dormir.
-¿Abajo, los visitantes ya se marcharon? -le pregunté a Alexéi, que me desvestía.
-Así mismo, se marcharon.
-¿Y para qué gritaban hurra?
-Alexéi Dmítrich Majónov donó mil puds de harina y mil rublos para los hambrientos. Y una vieja señora, no sé cómo se llama, prometió organizar en su posesión un comedor para ciento cincuenta personas. Gracias a Dios... Y Natalia Gavrílovna tomó esta decisión: que todos los señores se reúnan cada viernes.
-¿Reunirse aquí abajo?
-Así mismo. Antes de la cena leyeron un papel: desde agosto hasta el día de hoy, Natalia Gavrílovna reunió ocho mil rublos, además del pan. Gracias a Dios... Yo entiendo así, su excelencia; si la señora gestiona por la salvación del alma, pues va a reunir mucho. La gente aquí es rica.
Liberando a Alexéi, apagué la luz y me cubrí la cabeza.
“¿En efecto, por qué me inquieto así? -pensaba. -¿Cuál fuerza me atrae hacia los hambrientos, como una mariposa a la luz? Pues yo no los conozco, no los entiendo, nunca los he visto y no los quiero. ¿Por qué pues esta inquietud?”
De pronto me persigné bajo la cobija.
“¿Pero cómo es? -me decía a mí mismo, pensando en mi mujer. -En esta casa, en secreto de mí, hay todo un comité. ¿Por qué en secreto? ¿Por qué la conspiración? ¿Qué yo les hice?
Iván Ivánich tiene razón: ¡tengo que irme!"
Al otro día me desperté con una decisión firme: irme pronto. Los detalles del día de ayer -la conversación en el té, mi mujer, Sóbol, la cena, mis miedos- me fatigaban, y me alegraba de que pronto me libraría de un ambiente que me recordaba todo eso. Cuando tomaba el café, el intendente Vladímir Prójorich me comunicó largo tiempo de diversos asuntos. Lo más agradable lo reservó para el final.
-A los ladrones que nos robaron el centeno, los encontraron -comunicó sonriendo. -Ayer, el juez arrestó a tres mujíks en Pestróv.
-¡Váyase de aquí! -le grité terriblemente enojado y, ni por lo uno ni lo otro, agarré la canasta con bizcochos y la arrojé al suelo.

IV

Después del desayuno, me froté las manos y pensé: tengo que ir a ver a mi mujer y anunciarle mi partida. ¿Para qué? ¿A quién le hace falta? No le hace falta a nadie, me respondía, ¿pero por qué pues no anunciarle, además de que eso no le causaría nada, excepto placer? Además pues, irme después de la pelea de ayer, sin decirle ni una palabra, no sería táctico del todo: podía pensar que me había asustado de ella y, es posible, la idea de que me había desalojado de mi casa, la iba a apenar. No molestaría asimismo anunciarle que yo donaba cinco mil, y darle algunos consejos acerca de la organización, y advertirle que su inexperiencia en un asunto tan complejo, responsable podía conducir a los resultados más lamentables. En una palabra, me sentía atraído hacia mi mujer y, cuando inventaba diversos pretextos para ir a verla, ya tenía la profunda certeza de que yo haría eso con seguridad.
Cuando iba a verla, estaba claro y aún no habían prendido las lámparas. Ella estaba sentada en su habitación laboral, de paso entre la sala y el dormitorio, e, inclinada por completo sobre la mesa, escribía algo con rapidez. Al verme se estremeció, salió de la mesa y se detuvo en una pose, como si cubriera de mí sus papeles.
-Culpable, yo por un minuto -dije y, no sé por qué, me turbé. -Me enteré por casualidad que usted, Natalie, organiza una ayuda para los hambrientos.
-Sí, la organizo. Pero eso es asunto mío -respondió.
-Sí, es asunto suyo -dije con suavidad. -Me alegro, por que eso responde por completo a mis intenciones. Yo le pido permiso para participar en eso.
-Perdone, yo no le puedo permitir eso -respondió y echó una mirada a un costado.
-¿Y por qué, Natalie? -pregunté en voz baja. -¿Y por qué? Yo estoy alimentado también, y quiero ayudar a los hambrientos también.
-Yo no sé, ¿qué tiene que ver usted ahí? -preguntó sonriendo con burla despectiva, y se encogió de un hombro. -A usted nadie se lo pide.
-¡Y a usted tampoco nadie se lo pide, sin embargo, usted, en mi casa, ha organizado todo un comité! -dije.
-A mí me lo piden, y a usted, créame, nadie nunca se lo va a pedir. Vaya, ayude ahí, donde no lo conozcan.
-Por Dios, no me hable en ese tono.
Intenté ser dócil y, con toda la fuerza de mi alma, me supliqué no perder la sangre fría. En los primeros instantes me había sentido bien cerca de mi mujer. Me envolvía algo suave, hogareño, joven, femenino, elegante en grado sumo; precisamente, eso que me faltaba tanto en mi piso, y en mi vida en general. Mi mujer llevaba una bata de franela rosada, eso la rejuvenecía mucho y otorgaba suavidad a sus movimientos rápidos, a veces bruscos. Sus hermosos cabellos oscuros, cuyo solo aspecto alguna vez me habían despertado pasión, ahora, por que ella llevaba sentada inclinada largo tiempo, se habían soltado del peinado y tenían un aspecto desordenado, pero por eso me parecían más vaporosos y suntuosos. Por lo demás, todo esto era banal hasta lo trivial. Ante mí estaba una mujer ordinaria, acaso no bonita y no elegante, pero era mi mujer, con quien yo había vivido alguna vez, y con quien viviría hasta hoy si no fuera por su carácter desdichado; era la única persona en todo el globo terráqueo que yo amaba. Ahora, antes de la partida, cuando yo sabía que no la vería incluso en la ventana, ella, incluso severa y fría, mientras me respondía con una sonrisa burlona, orgullosa, despectiva, me parecía seductora, yo me sentía orgulloso de ella, y me confesaba que irme de ella me sería temible e imposible.
-Pavel Andréich -dijo después de cierto silencio, -en dos años no nos hemos molestado el uno al otro, y vivimos tranquilos. ¿Para qué eso, de pronto, le hizo tanta falta regresar al pasado? Ayer vino a insultarme y humillarme -continuó, alzando la voz, y su rostró se sonrojó, y sus ojos se encendieron de odio, -¡pero absténgase, no haga eso, Pavel Andréich! Mañana yo voy a entregar la solicitud, me van a dar el pasaporte, ¡y me voy a ir, a ir, a ir! Me voy a ir a un monasterio, a una casa de viudas, a un hospicio...
-¡A un manicomio! -grité, sin aguantar.
-¡Hasta a un manicomio! ¡Es mejor, mejor! -continuó gritando, con los ojos brillando. -Hoy, cuando estuve en Pestróv, envidié a los hambrientos y a las mujeres enfermas, por que no viven con un hombre como usted. Ellos son honrados y libres, y yo, por su merced, soy un parásito, me muero en el ocio, me como su pan, gasto su dinero y le pago con mi libertad y cierta fidelidad, que no le hace falta a nadie. Por que usted no me da el pasaporte, yo debo cuidar su nombre honrado, que usted no tiene.
Había que callar. Apretando los dientes, salí a la sala con rapidez, pero al instante volví y dije:
-¡Le ruego encarecidamente que no hayan más, en mi casa, ese gentío, conjuraciones y apartamentos de conpiración! A mi casa yo dejo entrar sólo a quienes conozco, y toda esa canalla suya, si le place dedicarse a la filantropía, que se busque otro lugar. ¡Yo no voy a permitir que en mi casa, por las noches, griten hurras por la alegría, de que pueden explotar a una psicópata como usted!
Mi mujer, torciéndose las manos y con un gemido alargado, como si le doliera una muela, pálida, se paseó de una esquina a la otra con rapidez. Yo dejé de la mano y salí a la sala. Me ahogaba de rabia, y al mismo tiempo temblaba por el miedo, de que no aguantaría y haría o diría algo así, de lo que me iba a arrepentir toda mi vida. Y me apretaba las manos fuertemente, pensando que con eso me contendría.
Bebido agua, un poco más tranquilo, volví a donde mi mujer. Estaba parada en la misma posición, como cubriendo de mí la mesa con los papeles. Por su rostro frío, pálido, corrían las lágrimas con lentitud. Yo callé y le dije con amargura, pero ya sin cólera:
-¡Cuánto usted no me entiende! ¡Cuán injusta es conmigo! Le juro por mi honor, yo vine a usted con motivos puros, con un único deseo, ¡hacer el bien!
-Pavel Andréich -dijo, poniéndose las manos sobre el pecho, y su rostro adquirió la expresión sufrida, suplicante con que los niños asustados, llorosos ruegan que no los castiguen. -Yo sé perfectamente que usted me lo negará, pero de todas formas se lo ruego. Oblíguese, haga por una vez en su vida, siquiera, una obra buena. ¡Yo se lo ruego, váyase de aquí! Eso es lo único que puede hacer por los hambrientos. ¡Váyase, y yo le perdono todo, todo!
-En vano me ofende, Natalie -suspiré, sintiendo de pronto una peculiar afluencia de humildad. -Yo ya decidí irme, pero no me iré, antes que no haga algo por los hambrientos. Ese es mi deber.
-¡Ah! -dijo en voz baja, y frunció el ceño con impaciencia. -Usted puede hacer una vía férrea o un puente excelente, pero para los hambrientos no puede hacer nada. ¡Entienda!
-¿Sí? Usted ayer me reprochó por indiferencia, y por que yo carezco del sentimiento de la compasión. ¡Cuán bien me conoce! -sonreí con burla. -Usted cree en Dios, así, ahí tiene a Dios de testigo, de que yo me inquieto día y noche...
-Yo veo que usted se inquieta, pero el hambre y la compasión no tienen nada que ver ahí. Usted se inquieta por que los hambrientos se las arreglan sin usted, y por que el zémstvo y todos los ayudantes, en general, no necesitan su dirección.
Yo callé, para reprimir mi irritación, y dije:
-Yo vine para hablar con usted de un asunto. Siéntese. Siéntese, le ruego.
Ella no se sentó.
-¡Siéntese, le ruego! -repetí, y le señalé una silla.
Ella se sentó. Yo me senté también, pensé y dije:
-Le ruego que tome en serio esto que le digo. Escuche... Usted, motivada por el amor al prójimo, se hizo cargo de la organización de la ayuda a los hambrientos. Contra eso, por supuesto, yo no tengo nada, simpatizo con usted por completo, y estoy dispuesto a brindarle toda clase de concurso, cualquiera sean nuestras relaciones. Pero con todo mi respeto a su mente y corazón... y corazón -repetí, -yo no puedo permitir, que un asunto tan difícil, complejo y responsable, como la organización de la ayuda, se encuentre sólo en sus manos. Usted es una mujer, es inexperta, no conoce la vida, es demasiado confiada y expansiva. Usted se ha rodeado de unos ayudantes que no conoce en absoluto. No exagero si digo que, ante las condiciones nombradas, su actividad traerá consigo, de modo inevitable, dos consecuencias lamentables. En primer lugar, nuestro distrito se quedará sin ayuda en absoluto, y en segundo, por sus errores y por los errores de sus ayudantes, usted tendrá que pagar no sólo de su bolsillo personal, sino también con su reputación. Los desfalcos y las omisiones, supongamos, yo los cubriré, ¿pero quién le va a devolver su nombre honrado? Cuando, debido al mal control y las omisiones, se corra el rumor de que usted, y por lo tanto yo, acumulamos en este asunto doscientos mil, ¿pues acaso sus ayudantes van a venir en su ayuda?
Ella callaba.
-No por amor propio, como usted dice -continué, -sino simplemente por el cálculo, de que los hambrientos no se queden sin ayuda, y usted sin un nombre honrado, yo considero que es mi deber moral inmiscuirme en sus asuntos.
-Hable más breve -dijo mi mujer.
-Sea usted buena -continué, -indíqueme, cuánto le ingresó de entrada hasta hoy, y cuánto gastó ya. Luego, de cada nuevo ingreso de dinero o especie, de cada nuevo gasto, me va a dar noticia diariamente. Usted, Natalie, me dará asimismo la lista de sus ayudantes. Puede ser, son personas honestas por completo, yo no lo dudo pero, de todas formas, es necesario hacer los certificados.
Ella callaba. Yo me levanté y me paseé por la habitación.
-Vamos a dedicarnos pues -dije y me senté en su mesa.
-¿Usted eso, en serio? -preguntó, mirándome con perplejidad y susto.
-¡Natalie, sea juiciosa! -dije suplicante, viendo por su rostro que quería protestar. -¡Le ruego, confíe por completo en mi experiencia y honestidad!
-¡Yo, de todas formas, no entiendo qué le hace falta!
-Muéstreme, cuánto reunió ya y cuánto gastó.
-Yo no tengo secretos. Cualquiera puede ver. Mire.
Sobre la mesa había unos cinco cuadernos escolares, varias hojas de papel de correo escritas, una carta del distrito y una multitud de trozos de papel de cualquier formato. Sobrevenía el crepúsculo. Prendí una vela.
-Disculpe, yo por ahora, aún no veo nada -dije, hojeando los cuadernos. -¿Dónde tiene usted el registro del ingreso de las donaciones de dinero?
-Eso se ve por las listas de suscripción.
-¡Sí, pero es que hace falta un registro pues! -dije, sonriendo a su inocencia. -¿Dónde tiene usted las cartas, con las que recibió las donaciones de dinero y especie? Pardon, una pequeña indicación práctica, Natalie: esas cartas es necesario cuidarlas. Usted, cada carta, numérela y apúntela en un registro especial. Proceda asimismo con sus cartas también. Por lo demás, todo eso lo voy a hacer yo mismo.
-Hágalo, hágalo... -dijo.
Yo estaba muy satisfecho consigo. Apasionado con un asunto vivo, interesante, la mesa pequeña, los cuadernos inocentes y el encanto que me prometía este trabajo en la sociedad de mi mujer, yo temía que mi mujer me lo impidiera de pronto, y lo arruinara todo con alguna salida inesperada, y por eso me apuraba y hacía un esfuerzo consigo, para no otorgar ningún significado al hecho de que a ella le temblaban los labios, y que miraba a los costados asustada y extraviada, como una fierecita atrapada.
-Mire qué, Natalie -dije sin mirarla. -Permítame llevarme todos estos papeles y cuadernos a mi lugar, arriba. Yo ahí los voy a mirar, a conocer, y mañana le diré mi opinión. ¿No tiene algunos otros papeles? -pregunté, apilando los cuadernos y las hojas en un fajo.
-¡Tómelo, tómelo todo! -dijo mi mujer, ayudándome a apilar los papeles en un fajo, y unas lágrimas gruesas le corrieron por el rostro. -¡Tómelo todo! Eso es todo, lo que me quedaba en la vida... Quíteme lo último.
-¡Oh, Natalie, Natalie! -suspiré con reproche.
Ella, como que en desorden, empujando mi pecho con su codo y rozando mi rostro con su cabello, sacó una gaveta de la mesa, y empezó a tirarme de ahí papeles sobre la mesa; y el dinero menudo se regaba por mis rodillas y el suelo.
-Tómelo todo... -decía con voz ronca.
Arrojados los papeles, se apartó de mí y, agarrando su cabeza con las dos manos, se derrumbó en el sofacito. Yo recogí el dinero, lo puse en la gaveta de nuevo y la cerré, para no inducir al pecado a los sirvientes; después tomé en brazada todos los papeles y fui a mi lugar. Al pasar por delante de mi mujer, me detuve y, mirando su espalda y hombros trémulos, dije:
-¡Qué niña es usted todavía, Natalie! ¡Ay-ay! Escuche, Natalie: cuando entienda qué serio y responsable es este asunto, pues usted misma es la primera que me va a agradecer. Se lo juro.
Al llegar a mi lugar, me dediqué a los papeles sin prisa. Los cuadernos estaban sin cordones, las páginas no tenían números. Los apuntes estaban hechos con letras diversas, evidentemente, en los cuadernos mandaba cualquiera que quisiese. En las listas de las donaciones en especie no estaba puesto el precio de los productos. Pero es que, permítame, ese centeno que ahora costaba 1 r. 15 k., dentro de dos meses, su precio podía subir a 2 r. 15 k. ¿Cómo se podía así? Luego “entregado a A.M. Sóbol 32 r.”. ¿Cuándo entregado? ¿Para qué entregado? ¿Dónde estaba el documento justificativo? No había nada y no entendías nada. En caso de una pesquisa judicial, estos papeles sólo iban a oscurecer el asunto.
-¡Qué inocente es! -me sorprendía. -¡Qué niña es todavía!
Me daba fastidio, y risa.
V

Mi mujer ya reunió ocho mil, le añadirá a ésos mis cinco mil, el total será trece mil. Para empezar eso está muy bien. El asunto que tanto me interesaba e inquietaba, se encuentra finalmente en mis manos; yo hago eso, que no querían y no podían hacer los otros, cumplo con mi deber, organizo una ayuda correcta y seria para los hambrientos.
Todo, al parecer, va de acuerdo con mis intenciones y deseos, ¡¿pero por qué pues no me abandona mi inquietud?! Yo, durante cuatro horas, examiné los papeles de mi mujer, aclarando su sentido y corrigiendo los errores, pero en lugar de tranquilidad experimenté una sensación, como si alguien ajeno estuviera parado detrás de mí, y me pasara por la espalda una mano rugosa. ¿Qué me faltaba? La organización de la ayuda había caído en manos confiables, los hambrientos estarían alimentados, ¿qué más pues hacía falta?
El ligero trabajo de cuatro horas, por algo, me fatigó, de modo que yo no podía estar sentado inclinado, ni escribir. De abajo, a veces, llegaban gemidos apagados, eso mi mujer sollozaba. Mi siempre pacífico, soñoliento y mojigato Alexéi, a cada rato, se acercaba a la mesa para arreglar las velas, y me echaba miradas como que de modo extraño.
-¡No, tengo que irme! -decidí finalmente, perdidas mis fuerzas. -Lejos de estas impresiones magníficas. Mañana mismo me iré.
Recogí los papeles y los cuadernos, y fui a ver a mi mujer. Cuando yo, sintiendo una fuerte fatiga y estropeo, me pegué al pecho, con ambas manos, los papeles y los cuadernos y, pasando por el dormitorio, vi mis maletas, me llegó un llanto de abajo del suelo...
-¿Usted es un kammerjunker? -me preguntó alguien en la oreja. -Mucho gusto. Pero de todas formas, usted es un canalla.
-Todo es una sandez, una sandez, una sandez... -farfullaba, bajando por la escalera. -Una sandez… Y es una sandez que, al parecer, me guía el amor propio o la soberbia... ¡Qué tontería! ¿Acaso me darán una estrella por los hambrientos, o qué, o me harán director de un departamento? ¡Una sandez, una sandez! ¿Y ante quién ser soberbio aquí en el campo?
Yo estaba cansado, terriblemente cansado, y algo me susurraba al oído: “Mucho gusto. Pero de todas formas, usted es un canalla”. Por algo, recordé una línea de un poema antiguo, que alguna vez había conocido en la infancia: “¡Qué grato es ser bueno!”
Mi mujer estaba acostada en el sofacito, en la pose anterior, con el rostro hacia abajo, y agarrada la cabeza con ambas manos. Lloraba. A su lado estaba parada la sirvienta con un rostro asustado, perplejo. Yo envié a la sirvienta, puse los papeles sobre la mesa, pensé y dije:
-Aquí tiene su cancillería, Natalie. Todo está en orden, todo está excelente, y yo estoy muy satifecho. Mañana me voy.
Ella continuó llorando. Yo salí a la sala y me senté allí en la tiniebla. Los sollozos de mi mujer, sus suspiros me culpaban de algo y, para justificarme, recordé toda nuestra pelea, empezando por cómo me vino a la cabeza la idea desdichada, de invitar a mi mujer a la reunión, y terminando con los cuadernos y este llanto. Esto era la común recaída de nuestro odio matrimonial, deforme y sin sentido, de las que hubo muchas después de nuestra boda, ¿pero qué tenían que ver ahí los hambrientos? ¿Cómo pudo suceder eso, que éstos nos cayeran en la mano en mala hora? Parecía como si nosotros, persiguiéndonos el uno al otro, hubiéramos entrado corriendo al altar sin intención, y hubiéramos armado allí una bronca.
-¡Natalie -digo en voz baja desde la sala, -basta, basta!
Para suspender el llanto y poner fin a esta situación torturante, debía ir hacia mi mujer y consolarla, acariciarla o disculparme, ¿pero cómo hacerlo para que me creyera? ¿Cómo yo podía convencer a un patito salvaje, que vivía en cautiverio y me odiaba, de que él me era simpático y yo me compadecía de su sufrimiento? A mi mujer yo nunca la había conocido, y por eso nunca sabía de qué y cómo hablar con ella. Su apariencia yo la conocía bien y la apreciaba en su dignidad, pero su mundo espiritual, moral, su mente, visión del mundo, cambios frecuentes y estados de ánimo, sus ojos llenos de odio, arrogancia, la erudición con que a veces me asombraba o, por ejemplo, una expresión monástica como la de ayer, todo eso era desconocido e incomprensible para mí. Cuando, en mis tropiezos con ella, yo intentaba definir qué clase de persona era ella, pues mi psicología no iba más allá de tales definiciones como desatinada, no seria, carácter desdichado, lógica de mujer, y para mí, al parecer, eso era suficiente por completo. Pero ahora, mientras ella lloraba, yo tenía el deseo apasionado de saber más.
El llanto se suspendió. Yo fui hacia mi mujer. Ella estaba sentada en el sofacito, apoyada la cabeza en ambas manos y, pensativa, inmóvil, miraba al fuego.
-Yo me voy mañana por la mañana -dije.
Ella callaba. Yo me paseé por la habitación, suspiré y dije:
-Natalie, cuando usted me rogó que me fuera, pues dijo: le perdono todo, todo... Entonces, me considera culpable ante usted. Yo le ruego, formúleme con sangre fría y en breves palabras, mi culpa ante usted.
-Yo estoy fatigada. Después, de algún modo... -dijo mi mujer.
-¿Cuál culpa? –continué. -¿Qué hice yo? Me dirá, usted es joven, bonita, quiere vivir, y yo soy casi dos veces mayor, y usted me odia, ¿pero acaso eso es una culpa? Yo me casé con usted no a la fuerza. Bueno, ¿qué pues?, si quiere vivir en libertad, vaya, yo le daré la libertad. Vaya, puede querer a quien le plazca... Yo le doy el divorcio también.
-Eso no me hace falta -dijo. -¿Usted sabe?, yo lo quería antes, y siempre me consideré mayor que usted. Es una tontería todo esto... Su culpa no está en que usted es mayor, y yo más joven, o que en libertad yo podría querer a otro, sino en que usted es un hombre pesado, egoísta, lleno de odio.
-No sé, puede ser -proferí.
-Váyase, por favor. Usted quiere tenerme hasta la mañana, pero le advierto, yo me he debilitado por completo y no le puedo responder. Usted me dio su palabra de irse, y yo le estoy muy agradecida, y no me hace falta nada más.
Mi mujer quería que yo me fuera, pero a mí no me era fácil hacer eso. Me había debilitado y temía a mis habitaciones grandes, no acogedoras e intragables. Sucedía en mi infancia que, cuando me dolía algo, yo me apretaba a mi madre o a la nana, y cuando yo escondía mi rostro en los pliegues del vestido cálido, me parecía que me escondía del dolor. Así ahora, por algo, me parecía que yo me podía esconder de mi inquietud, solamente, en esta habitación pequeña, cerca de mi mujer. Me senté y, con la mano, me cubrí los ojos de la luz. Había calma.
-¿Cuál culpa? -dijo mi mujer después de un largo silencio, mirándome con unos ojos rojos, brillantes de lágrimas. -Usted está instruido y educado de un modo excelente, es muy honrado, justo, con reglas, pero todo eso le sale de una forma que, a donde quiera que vaya, a todas partes, lleva como que una sequedad, una opresión, algo ofensivo, humillante en grado sumo. Usted tiene un modo de pensar honrado, y por eso odia a todo el mundo. Odia a los creyentes, ya que la fe es una expresión de subdesarrollo e ignorancia, y al mismo tiempo odia a los no creyentes, por que no tienen fe ni ideales; odia a los viejos por el atraso y el conservadurismo, y a los jóvenes por el librepensamiento. Usted aprecia los intereses del pueblo y de Rusia, y por eso odia al pueblo, ya que sospecha en cada uno un ladrón y un saqueador. Usted odia a todos. Es justo y siempre está en el terreno de la legalidad, y por eso siempre litiga con los mujíks y los vecinos. Le robaron 20 sacos de centeno, y por amor al orden se quejó de los mujíks al gobernador y a toda la jefatura, y se quejó de la jefatura local a Petersburgo. ¡El terreno de la legalidad! -dijo mi mujer y se echó a reír. -Sobre el fundamento de la ley y los intereses de la moralidad, no me da el pasaporte. Hay la moralidad y la ley de que una mujer joven, sana, con amor propio, pase su vida en el ocio, la angustia, con un miedo constante, y reciba por eso una mesa y un apartamento de un hombre, que ella no quiere. Usted conoce perfectamente las leyes, es muy honrado y justo, respeta el matrimonio y los fundamentos familiares, y de todo eso salió que, en toda su vida, no hizo ni una buena obra, todos lo odian, se pelea con todos, y en estos siete años que estuvo casado, no vivió ni siete meses con su mujer. Usted no tuvo mujer, y yo no tuve marido. Con un hombre como usted, no se puede vivir, no hay fuerzas. En los primeros años me daba miedo con usted, y ahora me da verguenza... Así se perdieron los mejores años. Mientras luchaba con usted, me estropeé el carácter, me volví brusca, grosera, asustada, desconfiada... ¡Eh, pero qué decir! ¿Acaso usted quiere entender? Vaya con Dios.
Mi mujer se recostó en el sofacito y se quedó pensativa.
-¡Y qué vida hermosa, envidiable podría ser! -dijo en voz baja, mirando el fuego con reflexión. -¡Qué vida! No vuelve ahora.
Quien ha vivido en el campo en invierno, y conoce esas tardes largas, aburridas, serenas, cuando incluso los perros no ladran por aburrimiento y, al parecer, los relojes se fatigan porque se cansaron de hacer tic-tac, y a quien en esas tardes lo ha alarmado la conciencia despierta, y quien se ha agitado de un lugar a otro con inquietud, deseando ya apagar, ya descifrar su conciencia, ese entenderá qué diversión y placer me brindaba una voz femenina, que resonaba en una pequeña habitación acogedora, y me decía que yo era un hombre malo. Yo no entendía qué quería mi conciencia, y mi mujer, como un traductor, a lo femenino pero con claridad, me interpretaba el sentido de mi alarma. Cómo antes a menudo, en instantes de fuerte inquietud, yo adivinaba que todo el secreto no estaba en los hambrientos, sino en que yo no era el hombre que hacía falta.
Mi mujer, a la fuerza, se levantó y se acercó a mí.
-Pavel Andréich -dijo, sonriendo con tristeza. -Perdone, yo no le creo: usted no se irá. Pero le ruego otra vez. Llame a eso -señaló sus papeles -auto-engaño, lógica de mujer, un error, como quiera, pero no me moleste. Eso es todo lo que me queda en la vida. -Se volteó y calló. -Antes yo no tenía nada. Mi juventud la perdí luchando con usted. Ahora me he agarrado de eso y he revivido, estoy feliz... Me parece, que en esto encontré una manera de justificar mi vida.
-Natalie, usted es una mujer buena, con ideas -dije, mirando a mi mujer con éxtasis, -y todo lo que hace y dice, es excelente e inteligente.
Para ocultar mi conmoción, me paseé por la habitación.
-Natalie -continué al minuto, -antes de la partida, le ruego, como una merced especial, ¡ayúdeme a hacer algo por los hambrientos!
-¿Qué puedo hacer yo pues? -dijo mi mujer y se encogió de hombros. -¿Acaso, sólo, esta lista de suscripción?
Hurgó en sus papeles y encontró la lista de suscripción.
-Done algún dinero -dijo, y por su tono se advertía que no le otorgaba un significado serio a su lista de suscripción. -Y participar en este asunto, de alguna otra forma, usted no puede.
Yo tomé la hoja y firmé: Desconocido-5000.
En ese “desconocido” había algo no bueno, falso, de amor propio, pero yo entendí eso, solamente, cuando advertí que mi mujer se sonrojó fuertemente y, apurada, metió la hoja en el montón de papeles. A ambos nos dio vergüenza. Yo sentí que debía con seguridad, fuera lo que fuera, ahora mismo, corregir esta torpeza, de otra forma me daría vergüenza después en el vagón y en Petersburgo. ¿Pero cómo corregirla? ¿Qué decir?
-Yo bendigo su actividad, Natalie -dije con franqueza, -y le deseo todo el éxito. Pero permítame, como despedida, darle un consejo. Natalie, manténgase con cuidado con Sóbol, y en general con sus ayudantes, y no confíe en ellos. Yo no voy a decir que no sean honrados, pero no son nobles, son personas sin ideas, sin ideales ni fe, sin un objetivo en la vida, sin unos principios definidos, y todo el sentido de sus vidas se basa en el rublo. ¡El rublo, el rublo y el rublo! -suspiré. -A ellos les gustan los panes leves y de gratis, y en ese sentido, mientras más instruidos sean, más peligroso es para el asunto.
Mi mujer fue al sofacito y se recostó.
-Las ideas, lo ideológico -profirió con languidez y sin ganas, -la ideología, los ideales, el objetivo de la vida, los principios... Esas palabras usted las decía siempre, que quería humillar, ofender a alguien, o decir algo desagradable. ¡Mire cómo es usted pues! Si a usted, con sus visiones y con esa actitud hacia las personas, se le permitiera acercarse al asunto, pues eso sería arruinar el asunto el mismo primer día. Ya sería hora de entender eso.
Ella suspiró y calló.
-Eso son hábitos groseros, Pavel Andréich -dijo. -Usted es instruido y educado, pero en esencia, todavía es un… ¡skif17! Eso es, por que lleva una vida retirada, llena de odio, no ve a nadie y no lee nada, excepto sus libros de ingeniería. ¡Pero hay gente buena, libros buenos! Sí... Pero yo me fatigué, y me es penoso hablar. Tengo que dormir.
-Así, me voy, Natalie -dije.
-Sí, sí... Merci...
Estuve parado un poco y fui a mi lugar arriba. Una hora después -fue a la una y media-, con una vela en la mano, fui abajo de nuevo, para hablar con mi mujer. Yo no sabía qué le diría, pero sentía que debía decirle algo importante y necesario. En su habitación laboral no estaba. La puerta, que daba al dormitorio, estaba cerrada.
-Natalie, ¿usted duerme? -pregunté en voz baja.
No hubo respuesta. Estuve parado junto a la puerta, suspiré y fui a la sala. Allí me senté en el diván, apagué la vela y estuve sentado en la tiniebla hasta el mismo amanecer.
VI

Salí hacia la estación a las 10 de la mañana. No había helada, pero del cielo caía una nieve gruesa, húmeda, y soplaba un viento crudo, desagradable.
Pasamos un estanque, después un abedular, y empezamos a escalar la montaña por un camino, que se veía desde mis ventanas. Yo me volteé, para echarle un vistazo a mi casa por última vez, pero por la nieve no se veía nada. Un poco después, adelante, como en una neblina, aparecieron unas isbás oscuras. Era Pestróv.
“Si yo alguna vez me vuelvo loco, pues el culpable será Pestróv -pensé. -Me persigue”.
Entramos por una calle. En las isbás todos los techos estaban enteros, no había ni uno arrancado, entonces, mi intendente me había mentido. Un chico llevaba en un trineo a una chica con un niño; otro niño, de unos tres años, con la cabeza cubierta como una mujer y unas manoplas inmensas, quería agarrar con la lengua los copos de nieve, y se reía. He aquí venía al encuentro una carreta con ramaje, al lado iba un mujík, y no entendías de ningún modo si era canoso, o si su barba estaba blanca por la nieve. Éste reconoció a mi cochero, le sonrió y le dijo algo, y ante mí se quitó el gorro mecánicamente. Los perros salían corriendo de los patios y, con curiosidad, miraban a mis caballos. Todo era sereno, corriente, sencillo. Los colonos habían vuelto, no había pan, en las isbás “alguien se reía, alguien trepaba por la pared”, pero todo era tan sencillo, que incluso no se creía que fuera realidad. Ni rostros extraviados, ni voces que clamaran por ayuda, ni llantos, ni blasfemias, sino silencio alrededor, orden de vida, niños, perros de colas alzadas. No se inquietaban los niños, ni el mujík al encuentro, ¿y por qué pues yo me inquietaba así?
Mirando al mujík sonriente, al niño de manoplas inmensas, a las isbás, recordando a mi mujer, entendía ahora, que no había ningún desastre que pudiera vencer a estas personas; me parecía que el aire olía ya a victoria, me sentía orgulloso y estaba dispuesto a gritarles que yo también estaba con ellos, pero los caballos nos sacaron del pueblo al campo, la nieve giró, el viento aulló y me quedé solo con mis ideas. De la millonaria multitud de personas que llevaban la cuestión popular, la vida misma me había arrojado como a un hombre inútil, incapaz, malo. Yo era un obstáculo, una partícula del desastre popular, me habían vencido, arrojado, y me apuraba a la estación para irme y esconderme en Petersburgo, en un hotel de la Gran Marina.
En una hora llegamos a la estación. Un guardia con placa y el cochero llevaron mis maletas a la habitación de las damas. El cochero Nikanor, con un faldón amarrado en la cintura, en chanclos, todo mojado de nieve y satisfecho de que yo me iba, me sonrió amistosamente y dijo:
-Buen viaje, su excelencia. Dios le dé.
A propósito: todos me llamaban excelencia, aunque yo sólo era consejero colegiado, un kammerjunker. El guardia dijo que el tren no había salido aún de la estación contigua. Había que esperar. Salí afuera y, con la cabeza pesada por la noche de insomnio, y apenas moviendo las piernas por la fatiga, me dirigí sin ningún objetivo a la bomba de agua. Alrededor no había ni un alma.
-¿Para qué voy? -me preguntaba. -¿Qué me espera allí? Los conocidos, de los que me había alejado, la soledad, los almuerzos en los restaurantes, el ruido, la iluminación eléctrica, por la que me dolían los ojos... ¿A dónde y para qué voy? ¿Para qué voy?
Y como que era extraño irse sin hablar con mi mujer. Me parecía que la había dejado en lo ignoto. Al irme, debía haberle dicho que ella tenía razón, que yo, en efecto, era un hombre malo.
Cuando doblé por la bomba de agua, en las puertas apareció el jefe de estación, de quien yo me había quejado ya dos veces a su jefatura; con el cuello de su levita alzado, encogido por el viento y la nieve, se acercó a mí y, llevándose dos dedos a la visera, con un rostro extraviado, tensamente respetuoso y lleno de odio, me dijo que el tren se tardaría 20 minutos, y que si yo no deseaba mientras, esperar en un local cálido.
-Le agradezco -le respondí, -pero, probablemente, no me iré. Mande a decirle a mi cochero que espere. Yo aún lo voy a pensar.
Yo andaba por la plataforma atrás y adelante, y pensaba: ¿irme o no? Cuando llegó el tren, decidí que no me iría. En la casa me esperaba la perplejidad y, es posible, las burlas de mi mujer, el abatido piso superior y mi inquietud, pero eso a mis años era, de todas formas, más fácil y como que más familiar, que ir dos días con personas ajenas a Petersburgo, donde yo sentiría a cada instante, que mi vida no le hacía falta a nadie ni servía para nada, y se acercaba a su final. No, era mejor ya ir a casa, fuera allá lo que fuera... Salí de la estación. Regresar a casa, donde todos se habían alegrado tanto de mi partida, a la luz del día, era embarazoso. El resto del día hasta la noche, se podía pasar en casa de algún vecino. ¿Pero en casa quién? Con unos tenía relaciones tirantes, a otros no los conocía en absoluto. Pensé y recordé a Iván Ivánich.
-¡Vamos a casa de Bráguin! -dije al cochero, sentándome en el trineo.
-Está lejito -suspiró Nikanor. -Serán unas 28 vérstas, es posible, si no todas unas 30.
-Por favor, hijito -dije en tal tono, como si Nikanor tuviera derecho a no obedecer. -¡Vamos, por favor!
Nikanor, con duda, movió la cabeza y profirió con lentitud que, realmente, habría que enganchar por completo no a Cherkés, sino a Mujík o a Chízhik, e indeciso, como esperando que yo cambiara mi decisión, tomó las riendas con las manoplas, se levantó, pensó y ya después agitó el látigo.
“Toda una serie de acciones inconsistentes...-pensaba, ocultando mi rostro de la nieve. -Eso yo me volví loco. Bueno, deja...”
En un lugar, en una bajada muy alta y abrupta, Nikanor soltó los caballos con cuidado hasta la mitad de la montaña, pero desde la mitad los caballos se libraron de pronto y, con una una velocidad terrible, corrieron hacia abajo; él se estremeció, levantó los codos y gritó con una voz salvaje, frenética, que yo nunca antes le había oído.
-¡Hey, vamos a pasear al general! ¡Si los reventamos, se compra unos nuevos, hijitos! ¡Ah, cuídate, te arrollamos!
Sólo ahora, cuando se me entrecortó la respiración por la inusitada marcha rápida, advertí que él estaba muy borracho, debía ser, había bebido en la estación. En el fondo del barranco el hielo crujió, un trozo de nieve con estiercol, saltando del camino, me golpeó fuerte el rostro. Los caballos desbocados, con el impulso, corrieron por la montaña tan rápido, como desde la montaña, y yo no alcancé a gritarle Nikanor, cuando mi tróika ya volaba por un lugar llano, en un viejo bosque de pinos, y los altos pinos extendían hacia mí, desde todos lados, sus blancas garras peludas.
“Yo me volví loco, el cochero está borracho... -pensaba. -¡Bien!”
A Iván Ivánich lo hallé en casa. Él tosió de risa, me puso su cabeza en el pecho y dijo eso, que siempre decía al encuentro conmigo:
-Y usted siempre más joven. No sé con qué tinte se tiñe la cabeza y la barba, si me diera.
-Yo, Iván Ivánich, vine a hacerle la visita -mentí. -No me sermonee, yo soy un hombre de la capital, con prejuicios, tengo en cuenta las visitas.
-¡Me alegro, hijito! Yo perdí el juicio, me gusta el honor... Sí.
Por su voz y rostro sonriente de modo beatífico, pude juzgar que lo había halagado mucho con mi visita. En el vestíbulo me quitaron la pelliza dos mujeres, y la colgó en el gancho un mujík de camisón rojo. Y cuando entré con Iván Ivánich a su pequeño gabinete, dos muchachas descalzas estaban sentadas en el suelo, y examinaban una Ilustración18 encuadernada; al vernos, saltaron y corrieron afuera, y al instante entró una vieja con gafas alta, delgada, que me reverenció con gravedad y, recogido el cojín del diván y la Ilustración del suelo, salió. Desde la habitación contigua se oían de modo incesante susurros y andorreo de pies descalzos.
-Y yo espero a un doctor para almorzar -dijo Iván Ivánich. -Me prometió pasar desde el punto19. Sí. Él almuerza todos los miércoles en mi casa, Dios le dé salud -se extendió hacia mí y me besó en el cuello. -Llegamos, hijito, entonces, no se enoje -susurró, jadeando. -No se enoje, mátushka. Sí. Puede que sea ofensivo, pero no hay que enojarse. Yo sólo le pido una cosa a Dios antes de morir: vivir con todos en paz y armonía, en verdad. Sí.
-Perdone, Iván Ivánich, voy a poner los pies en la butaca -dije, sintiendo que, por la fuerte fatiga, no podía ser yo mismo; me senté más hondo en el diván, y extendí las piernas sobre la butaca. Después de la nieve y el viento, me ardía el rostro, y me parecía que todo el cuerpo absorbía la calidez, y por eso se hacía más débil. -Se está bien aquí -continué, -cálido, blando, acogedor... Y plumas de ganso -me eché a reír, mirando el escritorio, -un arenillero...
-¿Ah? Sí, sí... El escritorio y ese armario de caoba20, se lo hizo a mi padre un carpintero-autodidacta, Gliéb Butíga, un siervo del general Zhúkov. Sí... Un gran artista por su parte.
Con languidez, con el tono de un hombre soñoliento, me empezó a contar del carpintero Butíga. Yo escuchaba. Después Iván Ivánich salió a la habitación contigua, para mostrarme una cómoda de madera de palisandro, notable por su belleza y novedad. Golpeó la cómoda con el dedo, después dirigió mi atención hacia una estufa de azulejos con dibujos, que ahora no hallabas en ningún lugar. Y golpeó la estufa con el dedo. La cómoda, la estufa de azulejos, las butacas, los cuadros bordados con seda y lana en cañamazo, de marcos fuertes y no bonitos, exhalaban bondad y saciedad. Cuando recordabas que todos esos objetos estaban en los mismos lugares y, exactamente, en el mismo orden que cuando yo era niño y venía aquí con mi madre a los onomásticos, pues simplemente no se creía que pudieran dejar de existir alguna vez.
Yo pensaba: ¡qué diferencia terrible entre Butíga y yo! Butíga, que había construido ante todo con firmeza y fundamento, y había visto en eso lo principal, otorgaba cierto significado peculiar a la longevidad humana, no pensaba en la muerte y, probablemente, no creía en su posibilidad; pero yo, cuando construía mis puentes de hierro y de piedra, que iban a existir miles de años, no podía resistirme de ningún modo a la idea: “Esto no es eterno... Esto es para nada”. Si con el tiempo, a algún historiador del arte sensato le saltaran a la vista el armario de Butíga y mi puente, pues diría: “Estos fueron dos hombres notables en su género: Butíga amaba a los hombres y no aceptaba la idea, de que éstos pudieran morir y destruirse, y por eso, al hacer sus muebles, tenía en cuenta al hombre inmortal; pero el ingeniero Asórin no amaba a los hombres ni la vida, incluso en sus dichosos instantes de creatividad, no le era repulsiva la idea de la muerte, la destrucción y lo limitado, y por eso mire qué ínfimas, limitadas, tímidas y mezquinas son sus líneas”...
-Yo sólo caliento estas habitaciones -farfullaba Iván Ivánich, mostrándome sus habitaciones. -Desde que murió mi mujer, y me mataron al hijo en la guerra, cerré las principales. Sí... mire...
Abrió una puerta y vi una gran habitación con cuatro columnas, un viejo fortepiano y un montón de guisantes en el suelo; olía a frío y al olor de la materia prima.
-Y en la otra habitación están los bancos de jardín... -farfullaba Iván Ivánich. -Ya no hay quien baile la mazúrka21... La cerré.
Se oyó un ruido. Eso había llegado el doctor Sóbol. Mientras se frotaba las manos por el frío, y ponía en orden su barba mojada, alcancé a advertir, en primer lugar, que él vivía muy aburrido, y por eso le agradaba ver a Iván Ivánich y a mí, y, en segundo, que era un hombre simplón e inocente. Me miraba así, como si me alegrara mucho verlo y me interesara mucho él.
-¡Hace dos noches que no duermo! -decía, mirándome con inocencia y peinándose. -Una noche con la puérpera, y la otra sin descanso, me picaron las chinches, dormí donde el mujík. Quiero dormir, ¿entiende?, como Satanás.
Con tal expresión, como si eso no pudiera brindarme nada más que placer, me tomó del brazo y me llevó al comedor. Sus ojos inocentes, levita arrugada, corbata barata y olor a yodoformo me producían una mala impresión, me sentí en mala sociedad. Cuando nos sentamos a la mesa, me sirvió vodka, y yo, sonriendo con impotencia, bebí; me puso en el plato un trozo de jamón, y me lo comí de modo obediente.
-Repetitio est mater studiorum22 -dijo Sóbol, apurándose a beberse otra copita. -¿Me cree?, por la alegría de ver a gente buena, hasta se me pasó el sueño. Yo soy un mujík, me volví salvaje en lo apartado, me embrutecí, pero yo, de todas formas, señores, todavía soy un hombre intelectual, y les digo con franqueza: ¡es penoso sin la gente!
Sirvieron de plato frío cerdo blanco con rábano y crema, después un schi23 grasoso, muy caliente, con cerdo y papilla de alforfón, de la que salía una columna de vapor. El doctor continuó hablando, y pronto me convencí de que era un hombre débil, de apariencia desordenada y desdichado. Con tres copitas se embriagó, revivió de modo no natural, comió mucho, graznando y chasqueando, y me llamaba ya a lo italiano: eccellenza24. Mirándome con inocencia, como seguro de que me alegraba mucho verlo y escucharlo, me informó que se había separado de su mujer hacía ya mucho tiempo, y que le daba tres cuartas partes de su salario; que ella vivía en la ciudad con sus hijos, un niño y una niña a los que adoraba, que él quería a otra, una viuda-hacendada, una mujer intelectual, pero que la visitaba rara vez, ya que estaba ocupado con su negocio desde la mañana hasta la noche, y no tenía tiempo libre en absoluto.
-El día entero ya en el hospital, ya de recorrido -contaba, -y le juro, eccellenza, no sólo nunca tengo tiempo para ir a ver a la mujer que quiero, sino hasta para leer un libro. ¡En diez años no he leído nada! ¡Diez años, eccellenza! En lo que respecta al lado material, pues mire, dígnese a preguntarle a Iván Ivánich: no tengo para comprar tabaco otra vez.
-En cambio tiene la satisfacción moral -dije.
-¿Qué? -preguntó y entornó un ojo. -No, vamos ya a tomar mejor.
Yo escuchaba al doctor y, según mi costumbre de siempre, le aplicaba mis medidas comunes: materialista, idealista, el rublo, el instinto de rebaño y por el estilo, pero ninguna medida le convenía, incluso, aproximadamente; y cosa extraña, mientras yo sólo lo escuchaba y miraba, él, como hombre, era para mí diáfano por completo; pero tan pronto yo empezaba a aplicarle mis medidas, pues, con toda su franqueza y sencillez, se volvía inusitadamente complejo, enredado y de una natura incomprensible. ¿Podía acaso este hombre, me preguntaba, malgastar el dinero ajeno, abusar de la confianza, tener inclinación a los panes gratis? Y ahora esa pregunta, alguna vez seria, significativa, me parecía inocente, mezquina y grosera.
Sirvieron pastel, después, recuerdo, con unos largos intervalos, durante los cuales bebimos licor, sirvieron palomas en salsa, algo de menudo, cerdo frito, pato, codornices, coliflor, empanadas, requesón con leche, jalea y, al final, hojuelas con confitura. Al principio, me comí el schi y las gachas, en particular, con gran apetito, pero después mastiqué y tragué mecánicamente, sonriendo con impotencia y no sintiendo ningún sabor. Por el schi caliente y el calor que había en la habitación, el rostro me ardía fuerte. Iván Ivánich y Sóbol estaban rojos también.
-Por la salud de su esposa -dijo Sóbol. -Ella me quiere. Dígale que el leib-médico25 la reverencia.
-¡Dichosa, por Dios! -suspiró Iván Ivánich. -No gestionó, no se inquietó, no se agetreó, y salió así, que ella ahora es la primera persona en todo el distrito. Casi todo el asunto está en sus manos, y todo es alrededor de ella: el doctor, los jefes del zémstvo, las señoras. A las personas de verdad, eso le sale como que por sí mismo. Sí... El manzano no tiene que inquietarse para que le crezcan las manzanas, les crecen solas.
-No se inquietan los indiferentes -dije.
-¿Ah? Sí, sí... -farfulló Iván Ivánich, no oyendo. -Es cierto... Hay que ser indiferente. Así, así... Precisamente... Sé justo sólo ante Dios y los hombres, y luego como si la yerba no crece26.
-Eccellenza -dijo Sóbol de modo solemne, -mire usted la naturaleza alrededor: sacas la nariz o la oreja del cuello de la camisa, te muerde; te quedas en el campo una hora, te cubre de nieve. Y el campo es el mismo que fue con Riúrik27, no ha cambiado en absoluto, los mismos pechenégos y pólovtsis28. Sólo sabemos que estamos ardiendo, pasamos hambre, y luchamos con la naturaleza de todas las formas. ¿De qué hablo yo? ¡Sí! Si pensarlo bien, ¿entiende?, si observar y entender, permítame decir, esta papilla, ¡pues esto no es vida, sino un incendio en el teatro! Aquí, el primero que se caiga o grite de miedo y se agite, es el primer enemigo del orden. Hay que estar parado derecho y mirar bien, ¡y ni chistar! Ahí ya no hay tiempo para soltar el llanto y dedicarse a las menudeces. Si tienes un asunto con los elementos, pues ponle en contra los elementos, sé firme e inflexible como una piedra. ¿No es así, abuelo? -se volteó hacia Iván Ivánich y se rió. -Yo mismo soy una mujer, un trapo, un ácido ácidich, y por eso no puedo soportar la acidez. ¡No me gustan los sentimientos mezquinos! Uno está triste, el otro tiene miedo, el tercero entra aquí ahora y dice: “¡Mira tú, se acabaron diez platos, y hablaron de los hambrientos!” ¡Mezquino y estúpido! El cuarto le reprocha, eccellenza, que usted es rico. Discúlpeme, eccellenza, -continuó en voz alta, llevándose la mano al corazón, -pero el trabajo que le encargó a nuestro juez, que buscara día y noche a sus ladrones, disculpe, es mezquino de su parte también. Yo estoy bebido, por eso digo esto ahora, ¿pero entiende?, ¡es mezquino!
-¿Quién le pidió que se moleste, no entiendo? -dije, levantándome; de pronto sentí una verguenza y ofensa insufribles, y anduve alrededor de la mesa. -¿Quién le pidió que se moleste? Yo no se lo pedí en absoluto... ¡Que se lo lleve el diablo por completo!
-Arrestó a tres y los soltó. Resultaron no ésos, y ahora busca a otros nuevos -se echó a reír Sóbol. -¡Los pecados!
-Y yo no le pedí en absoluto que se moleste -dije, dispuesto a llorar por la conmoción. -¿Para qué, para qué todo esto? Bueno, sí, supongamos, que yo no tenía razón, procedí mal, supongamos, ¿pero para qué ellos tratan, que yo tenga menos razón aún?
-¡Bueno, bueno, bueno, bueno! -dijo Sóbol, calmándome. -¡Bueno! Yo estoy bebido, por eso lo dije. Mi lengua es mi enemigo. Bueno -suspiró, -comimos, bebimos licores, y ahora de costado.
Se levantó de la mesa, besó a Iván Ivánich en la cabeza y, tambaleándose por la saciedad, salió del comedor. Iván Ivánich y yo fumamos callados.
-Yo, carnal mío, no duermo después de almuerzo -dijo Iván Ivánich, -y usted sírvase al cuarto del diván, descanse.
Yo convine. En la habitación semioscura, muy calentada, que se llamaba cuarto del diván, había junto a las paredes unos divanes largos, anchos, fuertes y pesados, trabajo del carpintero Butíga; sobre éstos yacían unos lechos altos, blandos, blancos, hechos probablemente por la vieja con lentes. En un lecho, de cara al espaldar del diván, sin levita y sin botas, dormía ya Sóbol, el otro me esperaba. Yo me quité la levita, las botas y, cediendo al cansancio, al espíritu de Butíga, que flotaba en el cuarto sereno, y al ronquido ligero, cariñoso de Sóbol, me acosté con humildad.
Y al instante empecé a soñar con mi mujer, su habitación, el jefe de estación con su rostro de lleno odio, los montones de nieve, el incendio en el teatro... Soñé con los mujíks, que me habían sacado del granero veinte sacos de centeno...
-De todas formas es bueno, que el juez los soltó -digo.
Me despierto con mi voz, miro perplejo por un instante la ancha espalda de Sóbol, la hebilla de su chaleco y sus talones gruesos, después me acuesto de nuevo y me duermo.
Cuando me desperté otra vez, ya estaba oscuro. Sóbol dormía. Sentía el alma tranquila y quería irme a casa pronto. Me vestí y salí del cuarto del diván. Iván Ivánich estaba sentado en su gabinete, en una gran butaca, inmóvil por completo, y miraba a un punto, y se veía que había estado en ese estado de letargo todo el tiempo, mientras yo dormía.
-¡Bien! -dije, bostezando. -Tengo una sensación, como si me hubiera despertado después del ayuno de Pascua. Yo ahora voy a venir a verlo a menudo. Dígame, ¿mi mujer ha almorzado en su casa alguna vez?
-Su… ce… su… sucede -farfulló Iván Ivánich, haciendo un esfuerzo para moverse. -El sábado pasado almorzó. Sí... Ella me quiere.
Después de cierto silencio, dije:
-¿Recuerda, Iván Ivánich, usted decía que yo tenía mal carácter, y que conmigo era pesado? ¿Y qué se debe hacer, para que el carácter sea otro?
-No sé, hijito… Yo soy un hombre bruto, gordo, ya no puedo aconsejar... Sí... Y le dije entonces porque lo quiero, quiero a su mujer, y quise a su padre... Sí. Yo pronto me voy a morir, ¿qué necesidad tengo de esconderme de usted, o de mentirle? Se lo digo así: lo quiero mucho, pero no lo respeto. Sí, no lo respeto.
Se volvió hacia mí y profirió en susurro, jadeando:
-Es imposible respetarlo a usted, hijito. De aspecto, como que es un hombre de verdad. Su apariencia y presencia es como la de Carnot, el presidente francés, lo vi hace poco en la Ilustración... sí... Usted habla elevado, es inteligente y de rango, no se le alcanza con la mano29, pero hijito, no tiene un alma de verdad… no tiene fuerza en ésta... Sí.
-Un skif, en una palabra -me eché a reír. -¿Y qué mi mujer? Cuénteme algo de mi mujer. Usted la conoce más.
Yo quería hablar de mi mujer, pero Sóbol entró y me lo impidió.
-Dormí, me lavé -dijo, mirándome con inocencia, -voy a tomar té con ron, y a casa.

VII

Eran ya las ocho de la noche. Desde el vestíbulo hasta el portal, además de Iván Ivánich, nos acompañaron, con lamentos y deseos de todos los bienes, las mujeres, la vieja con lentes, las muchachas y el mujík; y alrededor de los caballos, en la tiniebla, estaban parados y vagaban ciertos hombres con faroles, que enseñaban a nuestros cocheros cómo y por dónde pasar mejor, y nos deseaban buen viaje. Los caballos, los trineos y los hombres estaban blancos.
-¿De dónde tiene tanta gente? -pregunté, cuando mi tróika y la pareja de caballos del doctor salían al paso del patio.
-Eso son todos siervos de él -dijo Sóbol. -A él la situación no le llegó todavía. Alguno de los viejos sirvientes vive su vida; bueno, y distintos huérfanos, que no tienen a dónde ir; los hay que viven a la fuerza, no los echas. ¡Un viejo excéntrico!
De nuevo la marcha rápida, la voz inusitada de Nikanor borracho, el viento y la nieve importuna, que se mete en los ojos, la boca, en todos los pliegues de la pelliza...
“¡Cómo me lleva!” -pienso, y mis campanitas se funden con las del doctor, el viento silba, los cocheros dan alaridos, y bajo este ruido frenético recuerdo todos los detalles de este día extraño, salvaje, único en mi vida, y me parece que yo, en efecto, me volví loco o me hice otro hombre. Como si ese que yo fui hasta el día de hoy, me fuera ya extraño.
El doctor iba detrás, y todo el tiempo conversaba con su cochero en voz alta. A veces me alcanzaba, iba al lado y, siempre con la misma certeza inocente, de que para mí eso era muy agradable, me proponía un cigarrillo, me pedía cerillos. O ya, igualado conmigo, de pronto se erguía en el trineo, en toda su estatura, agitaba las mangas de su pelliza, que eran casi dos veces más largas que sus manos, y gritaba:
-¡Zúrralos, Váska! ¡Adelanta mil pues! ¡Hey, gatitos!
Y los gatitos del doctor, bajo las risas ruidosas, malignas de Sóbol y su Váska, corrieron adelante. Mi Nikanor se ofendió y retuvo la tróika, pero cuando ya no se oyeron las campanitas del doctor, alzó los codos, dio un alarido, y mi tróika, como rabiosa, corrió en persecución. Entramos a cierto pueblo. He aquí pasaron las luces, las siluetas de las isbás, alguien gritó: “¡Mira, qué diablos!” Galopamos, al parecer, unas dos vérstas, y la calle aún se extendía y no se le veía fin. Cuando nos igualamos con el doctor y fuimos más despacio, me pidió cerillos y dijo:
-¡Alimente pues a esta calle! Y pues aquí hay cinco de estas calles, señor. ¡Para! ¡Para! -gritó. -¡Dobla hacia a la taberna! Hay que calentarse, y los caballos tienen que descansar.
Nos detuvimos en la taberna.
-Yo, en mi diócesis, no tengo un pueblo así -decía el doctor, abriendo la puerta pesada, de polea chillona, y dejándome pasar adelante. -A la luz del día miras una calle así, y no se le ve fin; y ahí todavía los callejones, sólo te rascas la nuca. Es difícil hacer algo.
Entramos a una habitación “limpia”, que olía a manteles fuertemente, y a nuestra entrada salió del mostrador un mujík soñoliento, con chaleco y camisón por fuera. Sóbol pidió cerveza, y yo té.
-Es difícil hacer algo -decía Sóbol. -Su esposa cree, y yo me inclino y la respeto, pero yo mismo no creo profundamente. Mientras nuestra actitud hacia el pueblo, tenga un carácter de beneficencia común, como en los orfanatos o las casas de inválidos, hasta entonces sólo vamos a ser pícaros, evasivos, a engañarnos y nada más. Nuestra actitud debe ser práctica, basada en el cálculo, el conocimiento y la justicia. Mi Váska, toda su vida, fue mi trabajador; a él no le produjo, está hambriento y enfermo. Si yo le doy ahora 15 kóp. por día, pues con eso quiero devolverlo a su anterior situación de trabajador, o sea, protejo ante todo mis intereses; y entre tanto esos 15 kóp. yo, por algo, los llamo ayuda, subsidio, buena obra. Ahora vamos a hablar así. Según el cálculo más modesto, contando 7 kóp. por alma30 y 5 almas por familia, para alimentar a 1 000 familias hacen falta 350 rub. por día. Esa cifra define nuestra actitud práctica obligatoria hacia las 1 000 familias. Y entre tanto, nosotros no damos 350 por día, sino sólo 10, y decimos que es un subsidio, una ayuda, que por eso su esposa y todos nosotros somos, exclusivamente, unas personas excelentes, y que viva el humanismo. ¡Así pues, alma mía! ¡Ah, si hablaran menos del humanismo, y contaran y razonaran más, y tuvieran una actitud consciente hacia sus obligaciones! Cuántos hombres humanos, sensibles hay entre nosotros, que corren por los patios con franqueza, con listas de suscripción, pero no le pagan a sus sastres y cocineras. ¡No hay lógica en nuestra vida, mire qué! ¡Lógica!
Callamos. Yo hice un cálculo mental, y dije:
-Yo voy a alimentar a mil familias durante doscientos días. Usted venga mañana para hablar.
Estaba satisfecho de que eso me había salido de modo sencillo, y me alegró que Sóbol me respondiera aún con más sencillez:
-Bueno.
Pagamos lo necesario y salimos de la taberna.
-Me gusta enredarme así -dijo Sóbol, sentándose en el trineo. -Eccellenza, cédame un cerillo: olvidé los míos en la taberna.
Al cuarto de hora, su pareja de caballos se había rezagado, y ya no se oían sus campanitas a través del ruido de la ventisca. Al llegar a casa, me paseé por mis habitaciones, intentando entender y, en lo posible con más claridad, definirme mi situación; no tenía ni una frase, ni una palabra preparada para mi mujer. Mi cabeza no trabajaba.
Sin haber inventado nada, me dirigí abajo, a donde mi mujer. Estaba parada en su habitación, aún con la misma bata rosada y en la misma pose, como cubriendo de mí sus papeles. Su rostro expresaba perplejidad y burla. Se veía que ella, enterada de mi llegada, se había preparado no para llorar, rogar y defenderse, como ayer, sino para reírse de mí, responderme con desprecio y proceder con decisión. Su rostro decía: si es así, pues adiós.
-Natalie, yo no me fui –dije, -pero esto no es un engaño. Yo me volví loco, estoy viejo, enfermo, me hice otro hombre, piense como quiera... De mi yo anterior, me he apartado con horror, con horror, lo desprecio y me avergüenzo de él, y ese hombre nuevo, que está en mí desde el día de ayer, no me deja irme. ¡No me eche, Natalie!
Ella me miró al rostro fijamente, me creyó, y en sus ojos brilló la inquietud. Encantado por su presencia, calentado por la calidez de su habitación, yo farfullaba como en delirio, tendiendo mis manos hacia ella:
-Yo le digo: además de usted, no tengo a nadie más cercano. Yo no he dejado de extrañarla ni un minuto, y sólo mi terco amor propio me impidió reconocer eso. Ese pasado, cuando nosotros vivíamos como marido y mujer, no volverá, y no hace falta, pero hágame su sirviente, tome toda mi fortuna y repártala, a quien quiera. Yo estoy tranquilo, Natalie, estoy satisfecho... Yo estoy tranquilo.
Mi mujer, tras mirarme al rostro fijamente y con curiosidad, de pronto gritó en voz baja, rompió a llorar y corrió a la habitación contigua. Yo fui a mi lugar arriba.
A la hora yo ya estaba sentado a la mesa, y escribía una Historia de las vías férreas, y los hambrientos no me impedían hacerlo. Ahora ya no sentía inquietud. Ni los desórdenes que vi cuando unos días antes, con mi mujer y Sóbol, recorrí las isbás de Pestróv; ni los rumores siniestros, ni los errores de las personas alrededor, ni mi vejez cercana, nada me inquietaba. Así como la metralla y las balas que vuelan en la guerra, no le impiden a los soldados hablar de sus asuntos, comer y reparar los zapatos, así los hambrientos no me impedían dormir tranquilo, y dedicarme a mis asuntos personales. En mi casa, el patio y la lejanía alrededor hervía un trabajo, que el doctor Sóbol llamaba “orgía benéfica”; mi mujer viene a verme a menudo y, con inquietud, recorre con sus ojos mis habitaciones, como buscando qué más se le puede dar a los hambrientos, para “encontrarle una justificación a su vida", y yo veo que, gracias a ella, pronto no quedará nada de nuestra fortuna, y seremos pobres, pero eso no me conmueve, y yo le sonrío con júbilo. Qué será después, no sé.

1Isbá, casa de madera de abeto.
2Tifus hambriento o abdominal, exantemático.
3Como si trepas por la pared (expresión familiar), aproximadamente, es para darse al diablo.
4Zémstvo, administración local y provincial en la Rusia zarista.
5Sóbol, cebellina.
6Vólost, distrito rural en la Rusia zarista.
7Uno en el campo no es un guerrero (refrán), aproximadamente, uno es ninguno, un grano no hace granero.
8C'est raison, es razonable.
9Jojól (expresión familiar, anticuada, jocosa), ucraniano.
10Kaftán, abrigo ruso antiguo.
11Tres faciunt collegium (axioma), tres hacen colegio.
12Cocinar la papilla (locución usual), llegar a hacer algo, asar castañas, hacer migas.
13Pud, antigua medida de peso rusa igual a 16, 3 kg.
14Yenót, castor.
15Frant, petimetre, pisaverde.
16Kammerjunker, ayuda de cámara, bizcocho.
17Skif, tribu antigua que habita el norte del Mar Negro en VII-III d.c.
18La Ilustración,
19Punto médico o de socorro.
20Árbol rojo, caoba.
21Mazúrka, baile y música de origen polaco.
22Repetitio est mater studiorum (axioma), la repetición es madre del estudio.
23Schi, sopa de legumbres con carne.
24Eccellenza, excelencia.
25Leib-médico, médico de la corte.
26Como si la yerba no crece (refrán), aproximadamente, con su pan se lo coma, ahí me las den todas.
27Riúrik, fundador de la nación rusa, príncipe de origen escandinavo.
28Los pechenégos, tribu nómada túrquica que habita las estepas entre el bajo Volga, el Don y los Urales, en los siglos VIII-IX.
Los pólovtsis (cumanos), tribu nómada túrquica que habita al norte del Mar Negro a lo largo del Volga en el siglo XIV.
29No alcanzar con la mano (locución usual), aproximadamente, está en el Olimpo.
30Alma, siervo de la gleba en la Rusia zarista.

Título original: Zhena, publicado por primera vez en la revista Severnii vestnik, 1892, Nº 1, con la firma: "Antón Chejov".
Imagen: Vladimir Serov, Winter, 1951.