viernes, 31 de octubre de 2008

La nueva casa de campo

I

A tres vérstas del pueblo Obruchánovo se construía un puente enorme. Desde el pueblo, que estaba en lo alto de una orilla abrupta, se veía su armazón enrejada, y con tiempo nublado, en los días de invierno serenos, cuando su fino cabrial de hierro y todos los bosques alrededor estaban cubiertos de escarcha, constituía un cuadro pintoresco e incluso fantástico. A través del pueblo pasaba a veces, en un coche de carrera o en una calesa, el ingeniero Kúcherov, constructor del puente, un hombre robusto, de hombros anchos, barbudo, con una visera blanda, arrugada; a veces en las fiestas venían los vagabundos, que trabajaban en el puente, pedían limosnas, se reían de las mujeres y sucedía que se llevaban algo. Pero eso ocurría rara vez; comúnmente, los días pasaban serenos y calmados, como si no hubiera construcción en absoluto, y sólo por las noches, cuando cerca del puente brillaban las fogatas, el viento traía débilmente las canciones de los vagabundos. Y por el día se oía a veces un triste sonido metálico: don… don… don…
Una vez, a la casa del ingeniero Kúcherov vino su esposa. Le gustaron las orillas del río y la vista exuberante del valle verde con los pueblos, las iglesias y los rebaños, y empezó a rogarle a su marido que comprara una parcela de tierra pequeña, y construyera allí una casa de campo. El marido la escuchó. Compraron veinte desiatínas de tierra, y en la orilla alta, en un claro donde antes sólo vagaban las vacas de Obruchánovo, construyeron una bonita casa de dos pisos con terraza, balcones, una torre y un mástil, en el que los domingos ondeaba una bandera; la construyeron en algunos tres meses, y después todo el invierno plantaron árboles grandes; y cuando llegó la primavera y todo verdeció alrededor, en la nueva hacienda ya habían alamedas, un jardinero, dos jornaleros con delantales blancos que excavaban cerca de la casa, una fuente que borboteaba, y el globo de cristal brillaba tan vivamente, que dolía mirar. Y la hacienda ya tenía nombre: la nueva casa de campo.
Una diáfana, cálida mañana de fines de mayo, a Obruchánovo, a la casa del herrero lugareño Rodión Petróv, llevaron a dos caballos a reherrar. Eran de la nueva casa de campo. Los caballos eran blancos como la nieve, esbeltos, saciados y asombrosamente parecidos el uno al otro.
-¡Unos puros cisnes! -profirió Rodión, mirándolos con veneración.
Su esposa Stepánida, sus hijos y nietos salieron a la calle, para echarles una mirada. Poco a poco se reunió una multitud. Se acercaron los Lichkóv, padre e hijo, ambos imberbes de nacimiento, de rostros mofletudos y sin gorros. Se acercó también Kozóv, un viejo alto y delgado, con una barba larga, estrecha, con un bastón con gancho, siempre guiñaba sus ojos pícaros y sonreía de modo burlón, como si supiera algo.
-Sólo que son blancos, ¿pero qué hay en ellos? –dijo. –Ponle a los míos avena, y van a estar tan cebados. Al arado con ellos, y con el látigo...
El cochero le echó una mirada de desprecio, pero no dijo ni una palabra. Y después, mientras prendían el fuego en la herrería, el cochero contaba fumando cigarrillos. Los mujíks conocieron por él muchos detalles: sus señores eran ricos; la señora, Elena Ivánovna, antes de casarse, vivía en Moscú en la pobreza, como institutriz; era bondadosa, piadosa y le gustaba ayudar a los pobres. En la nueva posesión, contaba él, no iban a arar ni a sembrar, sino iban sólo a vivir a su gusto, a vivir sólo para respirar el aire puro. Cuando terminó y llevó los caballos de regreso, tras él iba una multitud de chiquillos, ladraban los perros, y Kozóv, mirándolo por detrás, guiñaba un ojo de modo burlón.
-¡Hacendados también! –decía. –Construyeron una casa, se hicieron de caballos, y ellos mismos seguro no tienen qué comer. ¡Hacendados también!
Kozóv como que odió enseguida la nueva hacienda, a los caballos blancos, al cochero saciado, bonito. Era un hombre solitario, viudo; vivía aburrido (le impedía trabajar cierta enfermedad, que llamaba ya ronchas, ya lombrices), el dinero para la comida lo recibía de su hijo, que servía en Járkov, en una confitería, y desde la mañana temprano hasta la noche vagaba ocioso por la orilla o por el pueblo, y si veía, por ejemplo, que un mujík llevaba un tronco o pescaba en el río, pues le decía: “Ese tronco está reseco, carcomido”, o: “Con este tiempo no van a picar”. En la sequía decía que no habría lluvia hasta las mismas heladas, y cuando llovía decía que ahora todo se pudriría en el campo, que todo estaba perdido. Y al hacer eso siempre guiñaba un ojo, como si supiera algo.
En la hacienda, por las noches, lanzaban luces de bengala y cohetes, y por delante de Obruchánovo pasaba un bote de vela con faroles rojos. Una vez por la mañana, la mujer del ingeniero, Elena Ivánovna, fue al pueblo con su hija pequeña en una calesa de ruedas amarillas, con una pareja de ponneys bayo-oscuro; ambas, la madre y la hija, iban con unos sombreros de pajilla de alas anchas, doblados sobre las orejas.
Fue precisamente en día de estiércol1, y el herrero Rodión, un viejo alto, enjuto, sin gorro, descalzo, con un bieldo al hombro, estaba parado junto a su telega fangosa, deforme y, pasmado, miraba a los ponneys, y se veía por su rostro que nunca había visto unos caballos tan pequeños.
-¡Vino la Kúcherina! –se oyó un murmullo alrededor.-¡Mira, vino la Kúcherina!
Elena Ivánovna echaba miradas a las isbás, como eligiendo, después detuvo los caballos junto a la isbá más pobre, en cuyas ventanas había muchas cabezas infantiles, rubias, trigueñas, pelirrojas. Stepánida, la mujer de Rodión, una vieja rolliza, salió corriendo de la isbá, el pañuelo se le resbaló de la cabeza canosa, miraba la calesa frente al sol, y su rostro sonreía y se arrugaba, como si fuera ciega.
-Esto es para tus hijos –dijo Elena Ivánovna y le tendió tres rublos.
Stepánida de pronto rompió a llorar y reverenció hasta el suelo; Rodión también se derrumbó, mostrando su ancha calva morena, y al hacer eso casi enganchó con el bieldo a su mujer por el costado. Elena Ivánovna se confundió y fue de regreso.

II

Los Lichkóv, padre e hijo, agarraron en su prado dos caballos de carga, un ponney y un novillo algaúskii morrudo y, con el pelirrojo Volódka y el hijo del herrero Rodión, los llevaron al galope al pueblo. Llamaron al alcalde, reunieron a los testigos y fueron a ver la holladura.
-¡Bien, deja! –decía Kozóv guiñando un ojo. -¡Deja! Deja que den vueltas un poco ahora, los ingenieros pues. ¿No hay tribunal, piensas? ¡Bien! ¡A llamar al policía, a levantar el acta!..
-¡A levantar el acta! –repitió Volódka.
-¡Yo no deseo dejar esto así! –gritaba Lichkóv hijo, gritaba más y más alto, y por eso parecía que su rostro imberbe se hacía más mofletudo. -¡Qué moda tomaron! ¡Dales libertad, y te hollan todos los prados! ¡No tiene derecho pleno a ofender al pueblo! ¡Ahora no hay siervos!
-¡Ahora no hay siervos! –repitió Volódka.
-Vivíamos sin puente –profirió Lichkóv padre sombrío, -no lo pedimos, ¿para qué queremos el puente? ¡No lo deseamos!
-¡Hermanos, ortodoxos! ¡Esto no se puede dejar así!
-¡Bien, deja! –guiñaba el ojo Kozóv. -¡Deja que den vueltas ahora! ¡Hacendados también!
Voltearon atrás, al pueblo, y mientras andaban, Lichkóv hijo se pegaba en el pecho con el puño y gritaba, y Volódka también gritaba, repitiendo sus palabras. Y en el pueblo, entre tanto, alrededor del novillo de raza y los caballos se había reunido toda una multitud. El novillo estaba confundido y miraba de soslayo, pero de pronto bajó el morro a tierra y echó a correr, coceando con las patas traseras; Kozóv se asustó y le agitó un palo, y todos soltaron una carcajada. Después encerraron al ganado y se pusieron a esperar.
Por la noche, el ingeniero envió cinco rublos por la holladura; y ambos caballos, el ponney y el novillo, no alimentados ni abrevados, regresaron a la casa con las cabezas bajas, como culpables, como si los llevaran al sacrificio.
Recibido los cinco rublos, los Lichkóv, padre e hijo, el alcalde y Volódka cruzaron el río en un bote y se dirigieron al otro lado, a la aldea Kriákovo, donde había una taberna, y pasearon por allá largo tiempo. Se oía cómo cantaban y cómo gritaba el Lichkóv joven. En el pueblo las mujeres no durmieron en toda la noche y se inquietaron. Rodión tampoco durmió.
-No es buen asunto, -decía volteándose de un costado al otro y suspirando. –Se va a enojar el señor, litigia después… Ofendimos al señor… oh, lo ofendimos, no está bien…
Una vez los mujíks, y Rodión incluido, fueron a su bosque a dividir la siega, y cuando regresaban a casa, se encontraron con el ingeniero. Éste llevaba una camisa roja de algodón y botas altas, lo seguía un perro de muestra, con su larga lengua afuera.
-¡Saludos, hermanos! -dijo.
Los mujíks se detuvieron y se quitaron los gorros.
-Hace tiempo ya que quiero hablar con ustedes, hermanos –continuó. –El asunto es este. Desde la más temprana primavera, cada día, vuestro rebaño anda por mi bosque y mi jardín. Todo hollado, los cerdos excavan el prado, estropean la huerta, y en el bosque se perdió todo el brote. No hay acuerdo con vuestros pastores, les ruegas, y ellos te insultan. Cada día tengo una holladura, y yo nada, no los multo, no me quejo, entre tanto ustedes reventaron a mis caballos y al novillo, me cobraron cinco rublos. ¿Acaso está bien? ¿Acaso es de vecinos? –continuó, y su voz era suave, convincente, y su mirada no era severa. -¿Acaso los hombres honrados proceden así? Hace una semana, alguien de los vuestros me taló dos robles en el bosque. Recavaron el camino a Yerésnievo, y ahora yo tengo que hacer tres vérstas de rodeo. ¿Por qué pues me hacen daño a cada paso? ¿Qué les hice de malo, díganme por Dios? Yo y mi mujer, con todas las fuerzas, tratamos de vivir con ustedes en paz y acuerdo, ayudamos a los campesinos como podemos. Mi esposa es una mujer bondadosa, de corazón, no les niega ayuda, su sueño es serle útil a ustedes y a sus hijos. Ustedes pues nos pagan mal por bien. Ustedes no son justos, hermanos. Piensen en eso. Les ruego encarecidamente, piénsenlo. Nosotros los tratamos como personas, páguennos también con la misma moneda.
Se volteó y se fue. Los mujíks estuvieron parados un rato, se pusieron los gorros y siguieron. Rodión, que entendía lo que le decían no así, como era necesario, y siempre como que a su modo, suspiró y dijo:
-Hay que pagar. Páguenme hermanos, dice, con moneda…
Fueron hasta el pueblo callados. Al llegar a la casa, Rodión rezó, se descalzó y se sentó en el banco junto a su mujer. Él y Stepánida, cuando estaban en casa, siempre se sentaban juntos; por la calle siempre iban juntos, comían, bebían y dormían siempre juntos, y mientras más viejos se hacían, más se querían el uno al otro. En su isbá era estrecho, caluroso, y en todas partes había niños: en el suelo, en las ventanas, en la estufa… Stepánida, a pesar de sus años maduros, aún paría, y ahora, viendo el montón de niños, era difícil aclarar dónde estaban los de Rodión y dónde los de Volódka. La mujer de Volódka, Lukéria, una joven no bonita, de ojos saltones y nariz de pájaro, ablandaba la masa en la tina; el mismo Volódka estaba sentado en la estufa, con las piernas colgando.
-Por el camino, cerca del alforfón de Nikítova, este… el ingeniero con el perrito… -empezó Rodión tras descansar, rascándose el costado y los codos. –Hay que pagar, dice… Con moneda, dice… Moneda o no moneda, habría ya que, a gríviennik por casa. Si no vamos a ofender mucho al señor. Me da lástima…
-Vivíamos sin puente, -dijo Volódka sin mirar a nadie, -y no lo deseamos.
-¡Qué hay ahí! Un puente público.
-No lo deseamos.
-A ti no te van a preguntar. ¡Qué te pasa!
-“No te van a preguntar” –remedó Volódka. –Nosotros no tenemos a donde ir, ¿para qué queremos el puente? Hace falta, cruzamos en bote.
Alguien desde el patio golpeó la ventana tan fuerte, que toda la isbá pareció temblar.
-¿Volódka está en casa? -se oyó la voz de Lichkóv hijo. -¡Volódka sal, vamos!
Volódka saltó de la estufa y se puso a buscar su visera.
-¡No vayas, Volódia, -profirió Rodión indeciso. -No vayas con ellos, hijito. Tú eres tontito, como un niño chiquito, y ellos el bien, no te lo van a enseñar. ¡No vayas!
-¡No vayas, hijito! –rogó Stepánida y parpadeó, dispuesta a llorar. –Seguro te llevan a la taberna.
-“A la taberna”… -remedó Volódka.
-¡De nuevo vas a regresar borracho, monstruo de perra! -dijo Lukéria, mirándolo con rabia. –¡Ve, ve, y que ardas de vodka, satanás sin rabo!
-¡Bueno, tú cállate! –gritó Volódka.
-Me casaron con un imbécil, me perdieron, huérfana infeliz, pelirrojo borracho… -vociferó Lukéria, secando su rostro con una mano, que estaba llena de masa. -¡Si mis ojos no te vieran!
Volódka le pegó por la oreja y salió.

III

Elena Ivánovna y su hija pequeña fueron al pueblo a pie. Paseaban. Precisamente era domingo, y las mujeres y las muchachas salían a la calle con sus vestidos de colores. Rodión y Stepánida, sentados juntitos en el portal, se inclinaban y sonreían a Elena Ivánovna y a su niña, ya como a unas conocidas. Y desde las ventanas los miraban más de una decena de niños, sus rostros expresaban perplejidad y curiosidad, se oía un murmullo.
-¡La Kúcherija vino! ¡La Kúcherija!
-Saludos, -dijo Elena Ivánovna y se detuvo, calló un poco y preguntó: -Bueno, ¿cómo viven?
-Vivimos no mal, gracias a Dios, -respondió Rodión de modo enredado. -Es sabido, vivimos.
-¡Qué vida es la nuestra! –sonrió Stepánida con malicia. –¡Usted misma ve, señora, hijita, la pobreza! Toda la familia son catorce almas, y buscadores sólo hay dos. Sólo el título, los herreros, pero traen el caballo a herrar, y no hay carbón, no hay con qué comprarlo. Nos cansamos, señora -continuó y se echó a reír, -¡y ellos, cómo se cansaron!
Elena Ivánovna se sentó en el portal y, abrazando a su niña, se quedó pensando en algo; y a la niña también, a juzgar por su rostro, le andaban por la cabeza ciertas ideas no alegres; con reflexión, jugaba con una elegante sombrilla de encajes, que le había tomado de la mano a su madre.
-¡La pobreza! -dijo Rodión-. Muchas preocupaciones, trabajamos, no se le ve fin al final. Dios no da lluvia pues... Vivimos no bien, qué decir…
-En esta vida les es penoso, -dijo Elena Ivánovna, -pero en cambio, en el otro mundo van a ser felices.
Rodión no la entendió, y en respuesta sólo tosió en el puño. Y Stepánida dijo:
-Señora, hijita, al rico, en el otro mundo, le va bien también. El rico pone velas, hace rogativas, el rico le da a los mendigos, ¿y el mujík qué? No hay tiempo para persignarse la frente, uno mismo es un mendigo y un re-mendigo, dónde ya salvarse ahí. Y los pecados son muchos por la pobreza, y todo por la pena; ladramos como los perros, no decimos una palabra buena, y qué no pasa, señora, hijita, ¡no quiera Dios! Debe ser, no hay felicidad para nosotros ni en el otro, ni en este mundo. Toda la felicidad le tocó a los ricos.
Hablaba contenta, evidentemente, estaba habituada ya hacía tiempo a hablar de su vida penosa. Y Rodión sonreía también, le agradaba que su vieja era tan inteligente, locuaz.
-Eso sólo parece así, que a los ricos le es fácil -dijo Elena Ivánovna-. Cada persona tiene su pena. Mire nosotros, yo y mi marido, no vivimos en la pobreza, tenemos recursos, ¿pero acaso somos felices? Yo aún soy joven, pero ya tengo cuatro hijos; mis hijos siempre están enfermos, yo estoy enferma también, me trato de modo constante.
-¿Y cuál enfermedad tienes tú? -preguntó Rodión.
-Una femenina. No tengo sueño, los dolores de cabeza no me dejan tranquila. Yo pues estoy sentada, hablo, y la cabeza no la tengo bien, debilidad en todo el cuerpo; y yo estoy de acuerdo, es mejor el trabajo más pesado, que este estado. Y mi alma tampoco está tranquila. Siempre temes por tus hijos, por tu marido. Cada familia tiene alguna pena, la suya, nosotros la tenemos también. Yo no soy noble. Mi abuelo era un simple campesino, mi padre comerciaba en Moscú, y era un hombre simple también. Y mi marido tiene unos padres ilustres y ricos. Ellos no querían que se casara conmigo, pero él no los escuchó, se peleó con ellos, y hasta ahora no nos perdonan pues. Eso le molesta a mi marido, lo inquieta, lo mantiene en una alarma constante; él quiere a su madre, la quiere mucho. Bueno, y yo me molesto también. Me duele el alma.
Junto a la isbá de Rodión ya estaban parados los mujíks y las mujeres, y escuchaban. Se acercó Kozóv también y se detuvo, sacudiendo su barbita larga, estrecha. Se acercaron los Lichkóv, padre e hijo.
-Y así decir, no se puede ser feliz y estar satisfecho, si no te sientes en tu lugar, -continuaba Elena Ivánovna. –Cada uno de ustedes tiene su parcela, cada uno de ustedes trabaja, y sabe para qué trabaja; mi marido construye puentes, en una palabra, cada uno tiene su lugar. ¿Y yo? Yo sólo ando. No tengo una parcela mía, no trabajo, y me siento como ajena. Yo digo todo esto, para que no juzguen por el aspecto exterior; si la persona está bien vestida y tiene recursos, pues eso no significa que esté satisfecha con su vida.
Se paró para irse y tomó de la mano a su hija.
-A mí me gusta mucho aquí, -dijo y sonrió, y por esa sonrisa débil, no valiente se podía juzgar que, en efecto, no estaba saludable, aunque era muy joven y buena moza; tenía un rostro pálido, enjuto, de cejas oscuras y cabellos rubios. Y la niña era así como la madre, enjuta, rubia y fina. Olían a perfume.
-Y me gusta el río, el bosque, el pueblo… -continuaba Elena Ivánovna. –Yo podría vivir aquí toda la vida, y me parece que aquí me curaría y hallaría mi lugar. Yo quisiera, mucho quisiera ayudarlos a ustedes, serles útil, cercana. Yo sé de vuestra necesidad, y lo que no sé lo siento, lo adivino con el corazón. Estoy enferma, débil, y a mí, acaso, ya no me es posible cambiar mi vida, como quisiera. Pero yo tengo hijos, voy a intentar educarlos así, que se acostumbren a ustedes, que los quieran. Les voy a inculcar de modo constante, que sus vidas no les pertenecen a ellos mismos, sino a ustedes. Sólo les ruego encarecidamente, les suplico, confíen en nosotros, vivan con nosotros de modo amistoso. Mi marido es un hombre bondadoso, bueno. No lo inquieten, no lo irriten. Él es sensible a cualquier pequeñez, y ayer, por ejemplo, vuestro rebaño estuvo en nuestra huerta, y alguno de los vuestros nos rompió el seto de la colmena, y ese modo de tratarnos lleva a mi marido a la desesperación. Les ruego, -continuaba con una voz suplicante y se ponía la mano en el pecho, -les ruego, trátennos como buenos vecinos, ¡vamos a vivir en paz! Está dicho pues, un mundo malo es mejor que una buena pelea, y no compres una hacienda, sino compra un vecino2. Les repito, mi marido es un hombre bondadoso, bueno; si todo es favorable pues nosotros, se los prometo, haremos todo lo que esté en nuestras manos; vamos a arreglar los caminos, les vamos a construir una escuela para sus hijos. Se los prometo.
-Eso, por supuesto, se lo agradecemos humildemente, señora, -dijo Lichkóv padre mirando la tierra, -ustedes son instruidos, saben mejor. Sólo mire qué, en Yerésniev, Vorónov, un mujík rico, entonces, prometió construir una escuela, decía también: yo les voy, y yo les voy, y puso sólo la armazón y renunció, y después obligaron a los mujíks a poner el tejado y a terminar, mil rublos se fueron. Para Vorónov pues, no es nada, él sólo se acaricia la barba, pero para los mujíks, como que ofende.
-Pues había un cuervo, y ahora llegó un grajo, -dijo Kozóv y guiñó un ojo.
Se oyó la risa.
-¡No nos hace falta la escuela! –profirió Volódka sombrío. -Nuestros niños van a Petróvskoe, y deja. No deseamos.
Elena Ivánovna como que se intimidó de pronto. Palideció, se apocó, se encogió toda, como si la hubieran tocado con algo grosero, y se fue sin decir una palabra más. E iba con más y más rapidez, sin voltear el rostro.
-¡Señora! –la llamó Rodión yendo tras ella. –Señora, espera pues, que te voy a decir.
Él la seguía, sin gorro, y hablaba suavemente, como si pidiera una limosna.
-¡Señora! Espera, que te voy a decir.
Salieron del pueblo, y Elena Ivánovna se detuvo a la sombra de un viejo serbal, junto a la telega de alguien.
-No te ofendas, señora -dijo Rodión-. ¡Qué hay ahí! Tú aguanta. Aguanta unos dos años. Vives un poco aquí, aguantas, y todo se arregla. La gente nuestra es buena, tranquila… la gente no está mal, te lo digo como ante el verdadero. A Kozóv y a los Lichkóv no los mires, y a Volódka no lo mires, él es mi tontito: al que lo dijo primero, a ése escucha. La demás gente es tranquila, callada… Al otro, sabes, le gustaría decir una palabra a conciencia, interceder entonces, pero no puede. Y tiene alma, y tiene conciencia, pero no hay lengua en él. No te ofendas… aguanta… ¡Qué hay ahí!
Elena Ivánovna miraba el ancho río sereno, pensaba en algo, y las lágrimas corrían por sus mejillas. Y a Rodión lo turbaban esas lágrimas, él mismo casi lloraba.
-Tú nada… -farfullaba. -Aguanta unos dos años. Y la escuela se puede, y el camino se puede, pero sólo no de una vez… Quieres, te digo por ejemplo; para sembrar pan en este monte, así primero descepa, saca las piedras, y después ara, anda y anda… Con la gente, entonces, es así… anda y anda, hasta que te impongas.
Desde la isbá de Rodión se separó una multitud que fue por la calle, en dirección al serbal. Empezaron a cantar una canción, tocaron un acordeón. Y se acercaban más y más…
-¡Mamá, vámonos de aquí! -dijo la niña pálida, apretándose a su madre y con todo el cuerpo temblando. -¡Vámonos, mamá!
-¿A dónde?
-A Moscú… ¡Vámonos, mamá!
La niña rompió a llorar. Rodión se perturbó por completo, le sudó mucho el rostro. Sacó del bolsillo un pepino pequeño, torcido como una media luna, lleno de migajas de centeno, y empezó a metérselo en la mano a la niña.
-Bueno, bueno… -farfulló, frunciendo el ceño con severidad. –Toma pues el pepinito, come... Llorar no conviene, mámienka te pega… se queja a tu padre en la casa… Bueno, bueno…
Siguieron su camino, y él iba detrás de ellas, deseando decirles algo cariñoso y convincente. Y al ver que ambas estaban ocupadas con sus ideas y su pena, y no reparaban en él, se detuvo y, tapándose los ojos del sol, las miró por detrás largo tiempo, hasta que se perdieron en su bosque.

IV

El ingeniero, por lo visto, se volvió irritable, mezquino, y veía ya en cualquier pequeñez un robo o un ataque. Sus portones estaban con cerrojo incluso de día, y de noche, por su jardín andaban dos guardas que tocaban una plancha, y ya no tomaban a nadie de Obruchánovo para el jornal. Como a propósito, alguien (de los mujíks o los vagabundos, no se sabe) le quitó a la telega las ruedas nuevas, y las cambió por unas viejas; luego, un poco después, se llevaron dos bridones y unas tenazas, e incluso surgió un rumor en el pueblo. Empezaron a decir, que se debería hacer un registro en casa de los Lichkóv y en casa de Volódka, y entonces hallaron las tenazas y los bridones en el jardín del ingeniero, junto a la valla: alguien los había tirado.
Una vez iban en grupo desde el bosque, y de nuevo se encontraron con el ingeniero por el camino. Él se detuvo y, sin saludar, mirando enojado ya a uno, ya al otro, empezó:
-Yo les rogué no recoger hongos en mi parque y cerca del patio, dejárselos a mi mujer y a mis niños, pero vuestras muchachas vienen apenas aclara, y después no queda ni un hongo. Rogarles a ustedes o no rogarles, es lo mismo. Los ruegos, los halagos y el convencer, como veo, todos son inútiles.
Detuvo su mirada indignada en Rodión, y continuó:
-Yo y mi mujer los tratamos como personas, como iguales, ¿y ustedes? ¡Eh, pero qué decir! Va a terminar, probablemente, en que los vamos a despreciar. ¡No queda más nada!
Y, haciendo un esfuerzo consigo, conteniendo su cólera, para no decir algo demás, se volteó y siguió su camino.
Al llegar a su casa, Rodión rezó, se descalzó y se sentó en el banco, junto a su mujer.
-Sí... -empezó tras descansar.-Íbamos ahora, y el señor Kúcherov al encuentro… Sí… A las niñas, apenas aclaró, las vio… Por qué, dice, no le llevan hongos… a mi mujer y a los niños. Y después me mira y dice: yo con mi mujer te voy a despreciar. Yo quería hacerle una reverencia hasta los pies, pero me intimidé… Dios le de salud... Mándales, Señor…
Stepánida se persignó y suspiró.
-Unos señores bondadosos, simplones… -continuó Rodión. –“Te voy a despreciar…”, delante de todos lo prometió. En mis años ancianos… y eso no sería nada… Yo le rezaría a Dios eternamente por ellos… Mándale, zarina celestial…
En Exaltación3, el 14 de septiembre, fue la fiesta del templo. Los Lichkóv, padre e hijo, aún desde por la mañana se fueron al otro lado, y volvieron para el almuerzo borrachos; anduvieron largo tiempo por el pueblo, ya cantaban, ya maldecían con malas palabras, después se pelearon y fueron a la hacienda a quejarse. Primero entró al patio Lichkóv padre con un largo palo de álamo en la mano, se detuvo indeciso y se quitó el gorro. Precisamente, en ese momento el ingeniero estaba sentado en la terraza con su familia y tomaba té.
-¿Qué quieres? -gritó el ingeniero.
-Su excelencia, señor… -empezó Lichkóv y rompió a llorar. -Haga una gracia divina, interceda… Mi hijo no me deja vivir… Me arruinó mi hijo, me pelea… su excelencia...
Entró Lichkóv hijo, sin gorro, con un palo también; se detuvo y fijó una mirada borracha, sin sentido en la terraza.
-No es asunto mío aclarar lo de ustedes, -dijo el ingeniero-. Anda a ver al del zémstvo o al alcalde.
-Yo estuve en todas partes… presenté la petición… -profirió Lichkóv padre y sollozó-. ¿A dónde puedo ir hora? ¿Entonces, él me puede matar ahora? ¿Él, entonces, puede todo? ¿Al padre pues? ¿Al padre?
Levantó el palo y le pegó a su hijo en la cabeza; éste levantó su palo y le pegó a su padre directo en la calva así, que el palo incluso rebotó. Lichkóv padre ni siquiera se tambaleó, y le pegó a su hijo de nuevo, y de nuevo en la cabeza. Así estaban parados y se golpeaban el uno al otro en la cabeza, y parecía no una pelea, sino más bien una suerte de juego. Y tras los portones se agolpaban los mujíks y las mujeres, y miraban callados al patio, y todos tenían unos rostros serios. Los mujíks habían venido para felicitar por la fiesta pero, al ver a los Lichkóv, se avergonzaron y no entraron al patio.
Al otro día por la mañana Elena Ivánovna se fue con los niños a Moscú. Y corrió el rumor de que el ingeniero vendía su hacienda…

V

Al puente hace tiempo se habituaron, y ya es difícil imaginar el río sin el puente en ese lugar. Los montones de basura que quedaban de la construcción, ya hace tiempo se cubrieron de hierba, de los vagabundos se olvidaron, y en lugar de la Dubínushka4 se oye ahora, casi a cada hora, el ruido del tren que pasa.
La nueva casa de campo hace tiempo que fue vendida; ahora pertenece a cierto funcionario, que en las fiestas viene desde la ciudad con la familia, toma té en la terraza y después regresa a la ciudad. En la visera tiene una cucarda, habla y tose como un funcionario muy importante, aunque figura sólo con rango de secretario colegiado, y cuando los mujíks lo reverencian, no responde.
En Obruchánovo todos envejecieron; Kozóv ya murió, en la isbá de Rodión hay aún más niños, a Volódka le creció una larga barba rojiza. Viven, como antes, en la pobreza.
En la temprana primavera los obruchános aserran leña cerca de la estación. He aquí van a casa después del trabajo, van sin prisa, uno tras otro, las anchas sierras se comban sobre sus hombros, el sol destella en éstas. En los arbustos de la orilla cantan los ruiseñores, en el cielo gorjean las alondras. En la nueva casa de campo hay silencio, no hay ni un alma, y sólo las palomas doradas, doradas por que las ilumina el sol, vuelan sobre la casa. Todos, Rodión, ambos Lichkóv y Volódka recuerdan los caballos blancos, los ponneys pequeños, los fuegos artificiales, el bote con faroles, recuerdan cómo la esposa del ingeniero, bonita, elegante, venía al pueblo y hablaba con cariño. Y es como si todo eso no hubiera sido. Todo es como un sueño o un cuento.
Van unos junto a otros, fatigados, y piensan…
En su pueblo, piensan, la gente es buena, tranquila, juiciosa, le teme a Dios, y Elena Ivánovna también era tranquila, bondadosa, dócil, daba tanta lástima verla, pero, ¿por qué pues no se avinieron y se separaron como enemigos? ¿Qué clase de niebla fue la que cubrió a sus ojos lo más importante, de modo que se vieran sólo las holladuras, los bridones y las tenazas, y todas esas pequeñeces que ahora, en el recuerdo, parecían tal absurdo? ¿Por qué con el nuevo dueño vivían en paz, y con el ingeniero no se llevaron?
Y, no sabiendo qué responder a sus preguntas, todos callan, y sólo Volódka farfulla algo.
-¿Qué dices? –le pregunta Rodión.
-Vivíamos sin puente…-dice Volódka sombrío. –Vivíamos sin puente y no lo pedimos… y no nos hace falta.
Nadie le responde, y siguen andando callados, con las cabezas bajas.

1Día en que se sacaba el estiércol del patio de la casa y se llevava al campo, como abono.
2“Un mundo malo es mejor que una buena maldición” y “No compres una hacienda, compra un vecino” (Los refranes y parábolas populares rusos, de I. Snieguirióv, M., 1848, pags. 442 y 275).
3Exaltación de la Cruz (14 (27) de septiembre), festividad dedicada a los sucesos del siglo IV, cuando santa Elena encuentra en Jerusalén la Cruz del Señor.
4Dubínushka, canción popular en Rusia en la década de 1870, con letra de V.I. Bogdánov.

Título original: Novaya dacha, publicado por primera vez en el periódico Russkie viedomosti, 1899, Nº 3, con la firma: "Antón Chejov".
Imagen: Carl Olof Larsson, El puente, 1895.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Los ladrones


El enfermero Yergunóv, un hombre banal, conocido en el distrito como gran fanfarrón y borracho, cierta vez, en una de las tardes santas, regresaba del pueblo Riépino, a donde había ido a hacer unas compras para el hospital. Para que no se tardara y volviera a casa temprano, el doctor le había dado su mejor caballo.
Al principio el tiempo estaba no mal, apacible, pero hacia las ocho se levantó una ventisca fuerte, y cuando quedaban hasta la casa sólo unas siete vérstas, el enfermero se salió del camino por completo…
Conducir al caballo no sabía, el camino no lo conocía, e iba a rumbo, a donde vieran los ojos, confiando en que el mismo caballo lo llevaría. Pasaron así dos horas, el caballo se extenuó, él mismo se aterió, y ya le parecía que iba no a casa, sino atrás, a Riépino; pero he aquí, a través del ruido de la ventisca, se oyó un ladrido apagado, y adelante apareció una mancha rojiza, turbia, se definieron poco a poco unos portones altos y una valla larga, sobre la que habían clavos con las puntas hacia arriba; después, tras la valla, se extendió un cigoñal de pozo torcido. El viento ahuyentó de sus ojos la neblina nevada, y allí, donde había una mancha rojiza, surgió una pequeña casa aplastada, con un alto tejado de juncos. Una de las tres ventanas, cubierta por dentro con algo rojo, estaba iluminada.
¿Qué casa era esa? El enfermero recordó que a la derecha del camino, en la sexta o séptima vérsta desde el hospital, debía hallarse la posada de Andrei Chiríkov. Recordó asimismo que después de ese Chiríkov, asesinado hacía poco por unos cocheros, habían quedado la vieja y su hija Liúbka, que dos años antes había venido al hospital a tratarse. La posada gozaba de mala fama, y pasar por ésta al anochecer, y aún con un caballo ajeno, era inseguro. Pero no había nada que hacer. El enfermero tanteó en su cartera el revólver y, tosiendo con severidad, golpeó el marco de la ventana con el mango del látigo.
-Hey, ¿quién hay aquí? –gritó. -¡Viejecita de Dios, déjame calentarme pues!
Un perro negro, con un ladrido ronco, rodó como un trompo hacia las patas del caballo, después otro blanco, después otro negro, ¡así unos diez! El enfermero escogió al más robusto, levantó el brazo y, con todas sus fuerzas, le pegó con el látigo. Un perro pequeño, de patas altas, levantó su hocico afilado y aulló con una voz aguda, estridente.
Largo tiempo estuvo parado el enfermero junto a la ventana, tocando. Pero he aquí tras la valla, cerca de la casa, la escarcha de los árboles se sonrojó, los portones crujieron y apareció una figura femenina arropada, con un farol en la mano.
-Déjame calentarme, abuela, -dijo el enfermero. –Iba al hospital, y me salí del camino. Un tiempo, que no quiera Dios. Tú no temas, somos gente tuya, abuela.
-Los míos todos están en casa, y a los ajenos no los llamamos, -profirió la figura con aspereza. -¿Y por qué tocar en vano? Los portones no están cerrados.
El enfermero entró al patio y se detuvo en el portal.
-Manda pues a un trabajador, abuela, para que recoja mi caballo, -dijo.
-Yo no soy la abuela.
Y en efecto, no era la abuela. Cuando apagaba el farol su rostro se iluminó, y el enfermero vio unas cejas negras, y reconoció a Liúbka.
-¿Cuáles trabajadores ahora? –profirió ella yendo a la casa. –Unos están dormidos borrachos, y los otros se fueron desde por la mañana a Riépino. Cosa de fiesta…
Amarrando su caballo bajo el tejadillo, Yergunóv oyó un relincho y discernió en la tiniebla el caballo de alguien más, y tanteó en éste una montura cosaca. Entonces, en la casa, además de los dueños, había alguien más. Por si acaso, el enfermero desensilló su caballo y, yendo a la casa, tomó consigo las compras y la montura.
La primera habitación a donde entró era espaciosa, estaba bien calentada y olía a suelo recién lavado. En la mesa, bajo las imágenes, estaba sentado un mujík no alto, enjuto, de unos cuarenta años, con una pequeña barba castaña y una camisa azul. Era Kaláshnikov, un rematado estafador y cuatrero, cuyos padre y tío tenían una taberna en Bogalióvka, y revendían donde podían los caballos robados. En el hospital había estado más de una vez, pero había venido no a tratarse, sino a hablar con el doctor de los caballos: “¿no tenía uno en venta, y no desearía su excelencia, el señor doctor, cambiar una yegua baya por un castrado amarillo?” Ahora su cabeza tenía pomada, y en la oreja le brillaba un arete plateado, y tenía en general un aspecto festivo. Con el ceño fruncido y bajando el labio inferior, miraba con atención un gran libro de estampas maltrecho. Extendido en el suelo, cerca de la estufa, yacía otro mujík; su rostro, hombros y pecho estaban cubiertos por una pelliza corta, debía ser, dormía; cerca de sus botas nuevas, de casquillos brillantes, se oscurecían dos charcos de nieve derretida.
Al ver al enfermero, Kaláshnikov saludó.
-Sí, qué tiempo… -dijo Yergunóv, frotando sus rodillas ateridas con las palmas de sus manos. –Se me metió la nieve detrás del cuello, me mojé todo, este mismo, como un bribón. Y mi revólver, me parece, este…
Sacó el revólver, lo examinó por todas partes y lo puso de nuevo en la cartera. Pero el revólver no produjo ninguna impresión: el mujík continuó mirando el libro.
-Sí, qué tiempo… Me salí del camino, y si no fuera por los perros de aquí, pues me parece que hubiera sido la muerte. Hubiera una historia. ¿Y dónde pues está la dueña?
-La vieja fue a Riépino, y la muchacha prepara la cena… -respondió Kaláshnikov.
Sobrevino un silencio. El enfermero, temblando y aspirando, se soplaba las palmas de las manos y se encogía todo, y hacía ver que estaba muy aterido y extenuado. Se oía cómo ladraban en el patio los perros no calmados. Se hizo aburrido.
-¿Tú mismo eres de Bogalióvka, o qué? –preguntó el enfermero al mujík con severidad.
-Sí, de Bogalióvka.
Y sin nada que hacer, el enfermero se puso a pensar en ese Bogalióvka. Era un pueblo grande, y estaba en un barranco profundo, así que, cuando ibas por el camino real en una noche de luna, y mirabas abajo, al barranco oscuro, y después arriba, al cielo, parecía que la luna colgaba sobre un precipicio insondable, y que ahí era el fin del mundo. El camino que llevaba abajo era abrupto, sinuoso y tan estrecho, que cuando ibas a Bogalióvka por una epidemia o a vacunar contra la viruela, había que gritar a toda voz todo el tiempo, o chiflar, pues de otra forma, si te encontrabas con una telega, después ya no cruzabas. Los mujíks de Bogalióvka pasaban por buenos hortelanos y cuatreros; sus jardines eran ricos: en primavera todo el pueblo se inundaba de flores de cerezo blancas, y en verano los cerezos se vendían a tres kópeks el balde. Paga tres kópeks y arranca. Las mujeres de los mujíks eran bonitas y saciadas, y les gustaba ataviarse, e incluso en los días laborales no hacían nada, y se la pasaban sentadas en los bancos de tierra, y se hurgaban las cabezas las unas a las otras.
Pero he aquí se oyeron unos pasos. A la habitación entró Liúbka, una muchacha de unos veinte años, con un vestido rojo y descalza… Le echó una mirada de soslayo al enfermero, y se paseó unas dos veces de una esquina a la otra. Andaba no de modo sencillo, sino con pasos menudos, sacando el pecho adelante; evidentemente, le gustaba andar con los pies descalzos por el suelo recién lavado, y se había descalzado a propósito para eso.
Kaláshnikov se río de algo con malicia y la llamó con el dedo. Ella se acercó a la mesa, y él le mostró en el libro al profeta Elías, que guiaba una tróika de caballos que subían al cielo. Liúbka se acodó sobre la mesa, su trenza cayó a través del hombro –una trenza larga, rojiza, amarrada al final con una cintita roja-, y casi no tocó el suelo. Y ella se rió con malicia también.
-¡Una estampa excelente, admirable! –dijo Kaláshnikov. -¡Admirable! –repitió e hizo con las manos así, como si quisiera tomar las riendas en sus manos, en lugar de Elías.
En la estufa aullaba el viento, algo bramaba y chillaba, como si un gran perro ahogara a una rata.
-¡Ves, se soltaron los impuros! –profirió Liúbka.
-Es el viento, -dijo Kaláshnikov; calló un poco, levantó los ojos hacia el enfermero y le preguntó: -¿Cómo piensa usted, a lo científico, Ósip Vasílich, hay diablos en este mundo, o no?
-¿Cómo decirte, hermano? –respondió el enfermero, y se encogió de un hombro. –Si razonar por la ciencia pues, por supuesto, no hay diablos, porque eso es un prejuicio; pero si razonar a lo simple, así como tú y yo ahora, pues hay diablos, en pocas palabras… Yo, en mi vida, pasé por muchas cosas… Después del estudio, me coloqué de enfermero militar en un regimiento de dragones, y estuve en la guerra, por supuesto; tengo una medalla y el signo distintivo de la Cruz Roja, y después del tratado de San Estéfano volví a Rusia, y entré al zémstvo1. Y por razón de esa inmensa circulación de mi vida, puedo decir que vi cosas, que otro no hubiera ni soñado. Me tocó ver diablos, o sea, no diablos con cuernos o rabo, eso son tonterías, sino así, hablando en particular, como que así.
-¿Dónde? –preguntó Kaláshnikov.
-En distintos lugares. No hay por qué ir lejos, el año pasado, que no sea recordado por la noche, encontré a uno ahí mismo, cuenta, en el mismo patio. Iba yo, recuerdo, este mismo, a Golíshino, iba a vacunar contra la viruela. Es sabido, como siempre, coche de carrera, bueno, el caballo y los bártulos necesarios, sí; además, el reloj conmigo y todo lo demás, así que voy y me cuido, como que "vendrá hora2", no éste… Acaso son pocos los vagabundos. Me acerco al Pantano de la Culebra, que sea maldito, empiezo a bajar y de pronto, este mismo, va alguien así. Los pelos negros, los ojos negros, y toda la cara llena de hollín, como del humo… Se acerca al caballo y lo agarra directo por la rienda izquierda: ¡para! Examina al caballo, después, entonces, a mí, después suelta la rienda, y sin decir ni una maldita palabra: “¿Tú, a dónde vas? Y él mismo enseña los dientes, los ojos malignos… ¡Ah tú, pienso, qué bufón! “Voy, digo, a vacunar contra la viruela. ¿Y a ti qué te importa?” Y él dice: “Si es así, dice, pues vacúname a mí también”. Se descubre el brazo y me lo mete por las narices. Por supuesto, no me puse a conversar con él, agarré y lo vacuné, para zafarme.
El mujík que dormía junto a la estufa, de pronto, se volteó y se quitó de encima la pelliza corta, y el enfermero, para su gran asombro, vio a ese mismo desconocido, que alguna vez había encontrado en el Pantano de la culebra. El cabello, la barba y los ojos de ese hombre eran negros como el hollín, su rostro moreno y, por añadidura, en la mejilla derecha tenía aun un puntito negro, del tamaño de una lenteja. Éste le echó una mirada burlona al enfermero y dijo:
-Por la rienda izquierda te agarré, hubo eso, y en cuanto a la vacuna mentiste, señor. Y hasta una conversación sobre la vacuna, tú y yo no tuvimos.
El enfermero se perturbó:
-Yo no hablo de ti, -dijo. –Acuéstate, cuando estás acostado3.
El mujík moreno no había estado ni una vez en el hospital, y el enfermero no sabía quién y de dónde era, y ahora, viéndolo, decidió que debía ser un gitano. El mujík se levantó y, estirándose, bostezando ruidosamente, se acercó a Liúbka y Kaláshnikov, se sentó al lado, y se puso a mirar el libro también. En su rostro soñoliento apareció la ternura y la envidia.
-Mira, Miérik -le dijo Liúbka, -tráeme unos caballos así, y voy al cielo.
-Al cielo los pecadores no pueden ir… -dijo Kaláshnikov. –Eso es por santidad.
Después Liúbka puso la mesa y trajo un gran trozo de tocino de cerdo, pepinos encurtidos, un plato de madera con una carne hervida, cortada en trocitos pequeños, después una sartén donde chispeaba el embutido con col. Apareció en la mesa también una garrafa de vodka granate, del que, cuando lo sirvieron en una copita, se expandió por toda la habitación un espíritu de cáscara de naranja.
Al enfermero le fastidiaba que Kaláshnikov y el moreno Miérik hablaran entre sí, y no le prestaran ninguna atención, como si no estuviera en la habitación. Y quería hablar con ellos, jactarse, beber, hartarse y, si se podía, hacer travesuras con Liúbka quien, mientras cenaban, se sentó unas cinco veces a su lado y, como sin intención, lo tocaba con sus bellos hombros, y se alisaba sus anchas caderas con las manos. Era una muchacha saludable, risueña, revoltosa, inquieta: ya se sentaba, ya se paraba; y sentada se volteaba hacia su vecino ya de pecho, ya de espalda, como una alborotada, y seguro le encajaba el codo o la rodilla.
Y no le gustaba asimismo al enfermero, que los mujíks se bebieran sólo una copita, y ya no bebieran más; y beber él solo como que le era incómodo. Pero no soportó y se bebió otra copita, después la tercera, y se comió todo el embutido. Para que los mujíks no se apartaran, y lo aceptaran en su compañía, decidió adularlos.
-¡Son bravos ustedes en Bogalióvka! –dijo y meneó la cabeza.
-¿En cuanto a qué bravos? –preguntó Kaláshnikov.
-Pues ahí, este mismo, siquiera en cuanto a los caballos. ¡Bravos para robar!
-¡Bueno, hallaste a unos bravos! Unos borrachos solamente, y unos ladrones.
-Hubo un tiempo, pero pasó, -dijo Miérik después de cierto silencio. –Solamente pues, el viejo Fília les queda acaso, y ése está ciego.
-Sí, solamente Fília, -suspiró Kaláshnikov. –Tiene ahora, cuenta, unos setenta años; un ojo se lo sacaron los colonos alemanes, y del otro ve mal. Un albugo. Antes, pasaba que el prefecto lo veía y le gritaba: “¡Hey, tú, Shamíl!, y todos los mujíks así: Shamíl, Shamíl, y ahora no tiene otro nombre que Fília el jorobado. ¡Y era un bravo el hombre! Se reunió una vez por la noche cerca de Rozhnóv, con el finado Andréi Grigórich y el padre de Liubáshin, y en aquel tiempo los regimientos de caballería estaban por allá, y se llevaron nueve caballos de soldados, los mejores que habían, y no se asustaron con los centinelas; y por la mañana pues, le vendieron todos los caballos al gitano Afónka por veinte rublos. ¡Sí! Y el de ahora trata de llevarle el caballo a un borracho o a un dormido, y no le teme a Dios, y todavía le saca las botas al borracho, y después tacañea, va con ese caballo unas doscientas vérstas, y después regatea en el mercado, regatea como un judío, hasta que el policía se lo lleva, al imbécil. ¡No un paseo4, sino una vergüenza! Una gentuza escupida5, qué decir.
-¿Y Miérik? –preguntó Liúbka.
-Miérik no es nuestro, -dijo Kaláshnikov. –Es de Járkov, de Mízhirich. Y que es bravo, es cierto, un pecado quejarse, un buen hombre.
Liúbka le echó una mirada a Miérik con malicia y júbilo, y dijo:
-Si, no en vano las buenas gentes lo bañaron en un hueco.
-¿Cómo así? –preguntó el enfermero.
-Y así… -dijo Miérik, y sonrió con malicia. –Fília le llevó tres caballos a unos arrendadores de Samóilovsk, y ellos pensaron que había sido yo. Todos los arrendadores de Samóilovsk son unos diez hombres, y de trabajadores reúnes a unos veinte, y todos molocanos… Y uno me dice en el mercado: “Ven, Miérik, a echarle un vistazo, trajimos unos caballos nuevos de la feria”. A mí, es sabido, me da curiosidad, voy a verlos, y ellos, cuántos habían, unos treinta hombres, me torcieron los brazos para atrás y me llevaron al río. Nosotros, me dicen, te vamos a enseñar los caballos. Había un hueco ya listo, y ellos al lado, así, a un sazhén6, abrieron otro. Después, entonces, agarraron una cuerda y me pusieron un lazo por los sobacos, y el otro extremo lo amarraron a un palo torcido, para que, entonces, alcanzara a través de los dos huecos. Bueno, metieron el palo y tiraron. Yo, como estaba, con la pelliza y las botas, ¡de cabeza al hueco!, y ellos parados y me empujan, uno con el pie, el otro con el machado; después me arrastraron por debajo del hielo y me sacaron por el otro hueco.
Liúbka se estremeció y se encogió toda.
-Primero, por el frío, me dio calor -continuó Miérik, -y cuando me sacaron afuera, no había ninguna posibilidad, me acosté en la nieve, y los molocanos parados alrededor, y pegándome con los palos por las rodillas y los codos. ¡Duele un horror! Me pegaron y se fueron… Y a mí todo se me hiela, la ropa se me congeló, me levanté, y no tenía fuerzas. Gracias que pasaba una mujer, y me llevó.
Entre tanto, el enfermero se había bebido unas cinco, seis copitas; el alma se le había aclarado, y quiso contar también algo insólito, maravilloso, y demostrar que él era un bravo también, y no le temía a nada.
-Y miren cómo es en el gobierno de Penza… -empezó.
Porque había bebido mucho y estaba aturdido, y acaso porque fue pescado unas dos veces en una mentira, los mujíks no le prestaron ninguna atención, e incluso dejaron de responder a sus preguntas. Además de eso, llegaron en su presencia a tales franquezas, que sintió espanto y frío, y eso significaba que ellos no reparaban en él.
Las maneras de Kaláshnikov eran respetables, como las de un hombre grave y juicioso, hablaba de modo asentado, y al bostezar, cada vez se persignaba la boca, y nadie podría pensar que era un ladrón; un ladrón sin corazón, que despojaba a los pobres, que ya había estado unas dos veces en la cárcel, y la sociedad ya había compuesto una sentencia para mandarlo a Siberia; pero su padre y tío, tan ladrones y canallas como él mismo, habían pagado. Y Miérik se conducía como un fanfarrón. Veía que Liúbka y Kaláshnikov lo admiraban, y él mismo se consideraba un bravo, y ya se ponía en jarras, ya sacaba el pecho adelante, ya se estiraba así, que el banco crujía…
Después de la cena, Kaláshnikov, sin levantarse, le rezó a la imagen y le estrechó la mano a Miérik; éste rezó también y le estrechó la mano a Kaláshnikov. Liúbka recogió la cena y vertió sobre la mesa melindres de menta, nueces tostadas y semillas de calabaza, y puso dos botellas de vino dulce.
-El reino celestial, el descanso eterno para Andrei Grigóriev, -decía Kaláshnikov, brindando con Miérik. –Cuando estaba vivo, pasaba que nos reuníamos aquí, o en casa de mi hermano Martín, ¡y Dios mío, Dios mío!, ¡qué gente, qué conversaciones! ¡Unas conversaciones admirables! Ahí estaban Martín, Fília y Stukotéi Fiódor… Todo noble, propio… ¡Y cómo paseábamos! ¡Paseábamos tanto, paseábamos tanto!
Liúbka salió y, un poco después, volvió con un pañuelo verde y un collar de cuentas.
-¡Miérik, mira lo que me trajo hoy Kaláshnikov! –dijo ella.
Se echó una mirada en el espejo y sacudió la cabeza varias veces, para que las cuentas sonaran. Y después abrió un baúl y empezó a sacar de ahí ya un vestido de percal con lunares rojos y azules, ya otro rojo con volantes, que hacía frú-fru y crujía como el papel, ya un pañuelo azul nuevo, de visos irisados; y mostraba todo eso y, riéndose, juntaba las manos, como si se asombrara de que tenía tales tesoros.
Kaláshnikov afinó la balalaika y tocó, y el enfermero no podía entender, de ningún modo, qué canción tocaba él, alegre o triste; porque ya era muy triste, que incluso se quería llorar, ya se hacía alegre. Miérik de pronto saltó y taconeó en el lugar, y después, abriendo los brazos, se paseó sobre los tacones de la mesa a la estufa, de la estufa al baúl; después saltó como pinchado, chocó los casquillos en el aire, y empezó a hacer la prisiádka7. Liúbka agitó ambos brazos, chifló con frenesí y fue tras él; primero se paseó codo con codo de modo zahiriente, como si deseara acercarse a alguien y pegarle por detrás, taconeó con los talones de modo quebrado, como Miérik con los tacones, después giró como un trompo y se sentó, y su vestido rojo se infló como una campana; mirándola con rabia y enseñando los dientes, Miérik corrió hacia ella en la prisiádka, deseando eliminarla con sus piernas terribles; y ella saltó, echó la cabeza atrás y, agitando los brazos, como un gran pájaro sus alas, apenas sin tocar el suelo, navegó por la habitación…
“¡Ah, qué muchacha de fuego!” –pensaba el enfermero, sentándose en el baúl y mirando desde ahí el baile. -¡Qué clase de ardor! Dalo todo y es poco…”
Y lamentaba: ¿por qué era un enfermero, y no un simple mujík? ¿Por qué llevaba una chaqueta y una cadenita con una llavecita dorada, y no una camisa azul con una cuerdita de cinturón? Entonces podría cantar, bailar, beber con valentía, agarrar a Liúbka con ambas manos, como hacía Miérik…
Por los golpes bruscos, los gritos y los alaridos, la vajilla resonaba en el armario, el fuego brincaba en la velita.
Se rompió el cordel, y las cuentas se esparcieron por todo el suelo; se deslizó de la cabeza el pañuelo verde, y en lugar de Liúbka pasó sólo una nube rojiza, y brillaron unos ojos negros; y a Miérik, si te descuidabas, se le desprendían ahora los brazos y las piernas.
Pero he aquí Miérik pateó por última vez y se paró, como clavado… Extenuada, apenas respirando, Liúbka se recostó en su pecho y se apretó, como a un tronco, y él la abrazó y, mirándola a los ojos, le dijo con ternura y cariño, como bromeando:
-Si me entero, dónde tu vieja tiene escondido el dinero, la mato; y a ti te corto la garganta con el cuchillo, y después quemo la posada… La gente va a pensar que murieron por el incendio, y con vuestro dinero me voy a Kubán, a arrear manadas allá, a comprar ovejas…
Liúbka no respondió nada, sólo le echó una mirada culpable y le preguntó:
-¿Miérik, y está bien en Kubán?
Él no dijo nada, fue al baúl, se sentó y se quedó pensativo: probablemente, se puso a soñar con Kubán.
-Pero es hora de irme, -dijo Kaláshnikov levantándose. –Seguro, Fília ya me espera. ¡Adiós, Liúba!
El enfermero salió al patio para echar una mirada: como que no se fuera Kalásnikov en su caballo. La ventisca continuaba aún. Las nubes blancas, aferrándose con sus largas estelas a las malas hierbas y los arbustos, volaban por el patio; y al otro lado de la valla, en el campo, unos gigantes de mortajas blancas con mangas anchas giraban y caían, y se levantaban de nuevo para agitar los brazos y pelearse. ¡Y el viento pues, el viento! Los abedules y los cerezos pelados, no soportando sus caricias groseras, se inclinaban hacia la tierra y lloraban: “¿Dios, por qué pecado nos fijaste a la tierra y no nos dejas en libertad?”
-¡Tprrr! –dijo Kalásnikov con severidad, y se montó en su caballo; uno de los portones estaba abierto, y junto a éste se había acumulado un montón de nieve. –¡Bueno, vamos, o qué! –gritó Kaláshnikov. Su caballo, de poca alzada y patas cortas, fue, se hundió hasta la misma panza en el montón de nieve. Kaláshnikov se blanqueó de nieve y pronto, junto con su caballo, se perdió tras los portones.
Cuando el enfermero volvió a la habitación, Liúbka se arrastraba por el suelo y recogía las cuentas. Miérik no estaba.
“¡Linda muchacha!” –pensaba el enfermero, acostándose en el banco y poniendo la pelliza bajo su cabeza. -¡Ah, si Miérik no estuviera aquí!!”
Liúbka lo irritaba al arrastrarse por el suelo junto al banco, y pensó que si Miérik no estuviera allí, él seguro se levantaría y la abrazaría, y allá se vería qué seguiría. Cierto, aún era una muchacha, pero apenas sería honrada; y aunque fuera honrada, ¿valía andarse con ceremonias en una guarida de bandidos? Liúbka recogió las cuentas y salió. La velita se consumía, y el fuego ya alcanzaba el papelito y el candelero. El enfermero puso a su lado el revólver y los cerillos, y apagó la vela. La lámpara titilaba fuertemente, así que dolían los ojos, y las sombras brincaban por el techo, el suelo, el armario, y entre éstas aparecía una Liúbka robusta, de pechos grandes: ya giraba como un trompo, ya se extenuaba con el baile y respiraba con dificultad…
“¡Ah, si a Miérik se lo llevaran los impuros!” –pensaba.
La lámpara titiló por última vez, crujió y se apagó. Alguien, debía ser Miérik, entró a la habitación y se sentó en el banco. Aspiró su pipa, y por un instante se iluminó la mejilla morena con el puntito negro. Por el repulsivo humo del tabaco, al enfermero le picó la garganta.
-¡Pero qué tabaco de basura el tuyo pues, que sea maldito! –dijo el enfermero. –Hasta da náuseas.
-Yo mezclo el tabaco con flor de avena, -respondió Miérik, tras callar. –Alivia el pecho.
Fumó, escupió y se fue de nuevo. Pasó media hora, y en el zaguán de pronto brilló una luz; apareció Miérik con una pelliza corta y un gorro, después Liúbka con una vela en la mano.
-¡Quédate, Miérik! –dijo Liúbka con voz suplicante.
-No Liúba. No me retengas.
-Escúchame, Miérik, -dijo Líúbka, y su voz se hizo tierna y suave. –Yo sé que tú vas a buscar el dinero de mi mamita, la vas a matar a ella y a mí, y vas a ir a Kubán a querer a otras muchachas, pero Dios vaya contigo. Yo sólo te ruego una cosa, corazón: ¡quédate!
-No, quiero pasear… -dijo Miérik, poniéndose el cinturón.
-Y no tienes con qué pasear… Pues tú viniste a pie, ¿en qué vas a ir?
Miérik se inclinó hacia Liúbka y le susurró algo en la oreja; ella le echó una mirada a la puerta, y se echó a reír a través de las lágrimas.
-Y él duerme, Satanás inflado… -dijo ella.
Miérik la abrazó, la besó fuertemente y salió afuera. El enfermero se metió el revólver en el bolsillo, saltó con rapidez y corrió tras él.
-¡Déjame el camino! –le dijo a Liúbka, que en el zaguán cerró la puerta con cerrojo rápido, y se detuvo en el umbral. -¡Déjame! ¿Para qué te paraste?
-¿Para qué quieres ir ahí?
-Para mirar el caballo.
Liúbka le echó una mirada de arriba abajo con malicia y cariño.
-¿Qué le vas a mirar? Tú mírame a mí… -dijo ella, después se inclinó y tocó con el dedo la llavecita dorada que colgaba de su cadenita.
-¡Déjame, si no se va a ir en mi caballo! –dijo el enfermero. -¡Déjame, diablo! –gritó y, pegándole por el hombro con rabia, con todas sus fuerzas, se abalanzó con su pecho, para apartarla de la puerta, pero ella se aferró fuerte al cerrojo y era como de hierro. -¡Déjame! –gritó él extenuado. -¡Se va a ir, te digo!
-¿A dónde va a ir? No se va a ir.
Ella, respirando con dificultad y acariciando el hombro que le dolía, le echó una mirada de arriba abajo de nuevo, se sonrojó y se echó a reír.
-No te vayas, corazón… -dijo ella. –Me aburro sola.
El enfermero le echó una mirada a los ojos, lo pensó y la abrazó, ella no se resistió.
-¡Bueno, no juegues, déjame! –rogó él.
Ella callaba.
-Y yo oí -dijo él, -cómo tú ahora, le decías a Miérik que lo querías.
-Acaso es poco… A quien yo quiero, eso lo sabe mi mente.
Ella tocó con el dedo la llavecita de nuevo, y dijo suavemente:
-Dame esto…
El enfermero se desprendió la llavecita y se la dio. Ella de pronto estiró el cuello, prestó oídos y puso una cara seria, y su mirada le pareció al enfermero fría y maliciosa; recordó al caballo y la apartó ya con facilidad, y salió corriendo al patio. Bajo el tejadillo un cerdo soñoliento gruñía de modo rítmico y con pereza, y una vaca embestía con un cuerno… El enfermero prendió un cerillo y vio al cerdo, a la vaca y a los perros, que se lanzaron a su fuego desde todas partes, pero del caballo no quedaba huella. Gritando y agitando las manos hacia los perros, tropezando con los montones nevados y hundiéndose en la nieve, salió corriendo por los portones y empezó a escrutar la tiniebla. Forzó la vista y vio sólo cómo volaba la nieve, y cómo los copitos formaban, claramente, figuras diversas: ya asomaba de la tiniebla el morro blanco, sonriente de un muerto, ya galopaba un caballo blanco, y en éste una amazona con un vestido de muselina, ya le pasaba sobre la cabeza una bandada de cisnes blancos… Temblando de cólera y frío, sin saber qué hacer, el enfermero disparó su revólver contra los perros y no le dio a ninguno, después se lanzó atrás, a la casa.
Cuando entraba al zaguán, le pareció oír con claridad, cómo alguien se colaba rápido en la habitación, y hacía ruido con la puerta. La habitación estaba oscura, el enfermero empujó la puerta, estaba cerrada; entonces, prendiendo un cerillo tras otro, se lanzó atrás al zaguán, de ahí a la cocina, de la cocina a una habitación pequeña, donde todas las paredes estaban cubiertas de faldas y vestidos, y olía a aciano y eneldo; y en una esquina, cerca de la estufa, estaba la cama de alguien con toda una montaña de almohadas, ahí, debía ser, vivía la vieja, la madre de Liúbka; de ahí pasó a otra habitación, pequeña también, y allí vio a Liúbka. Estaba acostada sobre un baúl, cubierta por una cobija acolchada, abigarrada, cosida con trozos de percal, y parecía dormida. A su cabecera ardía una lámpara.
-¿Dónde está mi caballo? –preguntó el enfermero con severidad.
Liúbka no se movió.
-¿Dónde está mi caballo, te pregunto? -repitió el enfermero con más severidad aún, y le arrancó la cobija. -¡Te pregunto, diabla! –gritó.
Ella saltó, se puso de rodillas y, sujetando su camisón con una mano, e intentando agarrar la cobija con la otra, se apretó contra la pared… Miraba al enfermero con repulsión, con miedo, y sus ojos, como los de una fiera acorralada, seguían con malicia sus mínimos movimientos.
-¡Dime dónde está el caballo, si no te voy a sacar el alma! –gritó el enfermero.
-¡Apártate, basura! –dijo ella con voz ronca.
El enfermero la agarró por el camisón, cerca del cuello, y lo rompió; y ahí no soportó, y abrazó a la muchacha con todas sus fuerzas. Y ella, chillando con rabia, resbaló entre sus brazos y, liberando un brazo –el otro se le enredó en el camisón roto-, le pegó en la nuca con el puño.
La cabeza se le enturbió de dolor, los oídos le zumbaron y latieron, retrocedió, y en ese momento recibió otro golpe, pero ya en la sien. Tambaleándose y agarrándose del quicio para no caerse, se abrió paso hacia la habitación donde estaban sus cosas, y se acostó en un banco; después de estar acostado un rato, sacó del bolsillo una cajita de cerillos, y se puso a prender un cerillo tras otro, sin ninguna necesidad: los prendía, los soplaba y los arrojaba debajo de la mesa, y así hasta que se acabaron todos los cerillos.
Entre tanto, tras la ventana el aire se empezó a azular, los gallos cantaron, y la cabeza le dolía aún, y en los oídos tenía un ruido, como si Yergunóv estuviera sentado bajo un puente ferroviario, y escuchara cómo pasaba el tren sobre su cabeza. De algún modo se puso la pelliza corta y el gorro, la montura y el hatillo con las compras no los encontró, la cartera estaba vacía: no en vano alguien se había colado rápido en la habitación, cuando él entraba hacía poco desde el patio.
Agarró en la cocina un atizador, para protegerse de los perros, y salió al patio, dejando la puerta abierta de par en par. La ventisca ya se había calmado, y en el patio había silencio… Cuando salió por los portones, el campo blanco parecía muerto, y no había ni un pájaro en el cielo matinal. A ambos lados del camino y en la remota lejanía se azulaba un bosque menudo.
El enfermero se puso a pensar cómo lo recibirían en el hospital y qué le diría el doctor; era necesario pensar en eso seguro, y preparar de antemano las respuestas para las preguntas, pero esas ideas se diluían y se iban lejos. Iba y pensaba sólo en Liúbka, en los mujíks con los que había pasado la noche; recordaba cómo Liúbka, después de pegarle por segunda vez, se inclinó hacia el suelo por la cobija, y cómo cayó su trenza suelta sobre el suelo. Su cabeza se confundía, y pensaba: ¿para qué hacen falta en este mundo a los doctores, los enfermeros, los mercaderes, los escribanos, los mujíks, y no simplemente a los hombres libres? ¡Hay pues los pájaros libres, las fieras libres, el Miérik libre, y ellos no le temen a nadie, y no necesitan a nadie! ¿Y quién inventó eso, quién dijo que es necesario levantarse por la mañana, almorzar al mediodía, acostarse por la noche, que el doctor es superior al enfermero, que es necesario vivir en una habitación y se puede querer sólo a su mujer? ¿Y por qué no al revés: almorzar por la noche y dormir por el día? Ah, saltar sobre un caballo, sin preguntar de quién es, correr como un diablo tras el viento, por los campos, los bosques y los barrancos, amar a las muchachas, reírse de toda la gente…
El enfermero arrojó el atizador a la nieve, apoyó su frente en el tronco blanco, frío de un abedul y se quedó pensativo; y su vida gris, monótona, su salario, sumisión, farmacia, eterno lidiar con los botes y las moscas le parecieron algo despreciable, nauseabundo.
-¿Quién dice que pasear es pecado? –se preguntaba con fastidio. –Y pues los que dicen eso, esos nunca vivieron en libertad, como Miérik o Kaláshnikov, y no quisieron a Liúbka; esos toda su vida se abrieron camino, vivieron sin ningún placer y quisieron sólo a sus mujeres, parecidas a ranas.
Y pensaba para sí ahora que si él mismo, hasta ahora, no se había hecho un ladrón, un estafador o incluso un bandido, pues era sólo porque no sabía o no había hallado una ocasión apropiada.
Pasó año y medio. Cierta vez en primavera, después de Semana santa, el enfermero, despedido del hospital ya hacía tiempo, y andando sin puesto, salió de una taberna en Riépino, al anochecer, y vagó por la calle sin ningún objetivo.
Salió al campo. Allí olía a primavera y soplaba un vientecito cálido, acariciante. La noche estrellada, serena miraba la tierra desde el cielo. ¡Dios mío, qué profundo era el cielo, y con qué amplitud e infinitud se extendía sobre el mundo! Estaba bien creado el mundo, ¿sólo para qué y a santo de qué, pensaba el enfermero, los hombres se dividían mutuamente en ebrios y sobrios, en empleados y despedidos, y demás? ¿Por qué el sobrio y saciado dormía tranquilo en su casa, y el ebrio y hambriento debía vagar por el campo, sin tener abrigo? ¿Por qué el que no trabajaba y no cobraba un salario, ése debía estar seguramente hambriento, desvestido, descalzo? ¿Quién había inventado eso? ¿Por qué los pájaros y las fieras del bosque no trabajaban y cobraban un salario, y vivían a su gusto?
En la lejanía, en el cielo, extendido sobre el horizonte, temblaba un bello resplandor púrpura. El enfermero estuvo parado mirando al cielo largo tiempo, y aún pensaba: ¿por qué si él ayer se llevó un samovar ajeno y se lo paseó en la taberna, eso era pecado? ¿Por qué?
Por el camino pasaron dos telegas: en una dormía una mujer, en la otra estaba sentado un viejo sin gorro…
-Abuelo, ¿dónde arde? –preguntó el enfermero.
-La posada de Andréi Cihiríkov… -respondió el viejo.
Y recordó el enfermero lo que le había pasado dos años y medio antes, en invierno, en esa misma posada, y cómo se jactaba Miérik; e imaginó cómo arderían la vieja y Liúbka degolladas, y envidió a Miérik. Y cuando andaba de nuevo hacia la taberna, mirando las casas de los ricos taberneros, asentadores y herreros, pensaba: ¡sería bueno meterse por la noche en la casa del más rico!

1Zémstvo, administración local y provincial, dirigida por la nobleza y la burguesía en la Rusia zarista.
2“No os maravilléis de esto, porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz…” (Juan 5: 28-29).
3Acuéstate, cuando estás acostado (proverbio), aproximadamente...
4Paseo, diversión, pasear, divertirse.
5Gentuza escupida (expresión despectiva), gente de poca monta.
6Sazhén, antigua medida rusa, igual a 2, 134 m.
7Prisiádka (expresión familiar), paso de baile ruso.

Título original: Vori, publicado por primera vez en el periódico Novoe vremia, 1890, Nº 5061, con la firma: "Antón Chejov".
Imagen: Yuliy Klever, Winter Sun Dawn, 1891.

domingo, 26 de octubre de 2008

Los enemigos


A las diez de una oscura noche de septiembre, al doctor rural Kirílov le falleció de difteria su único hijo, Andrei, de seis años. Cuando la esposa del doctor caía de rodillas ante la camita del niño muerto, y se apoderaba de ella el primer acceso de desolación, en el vestíbulo resonó la campanilla con brusquedad.
Con motivo de la difteria toda la servidumbre, ya desde la mañana, había sido expulsada de la casa. Kirílov como estaba, sin la levita, con el chaleco desabrochado, sin secarse el rostro húmedo ni las manos quemadas con fenol, fue él mismo a abrir la puerta. El vestíbulo estaba oscuro, y en el hombre que entró se podía discernir sólo la estatura mediana, la bufanda blanca y el rostro grande, en extremo pálido, tan pálido que, al parecer, con la aparición de ese rostro el vestíbulo se había aclarado...
-¿El doctor está en casa? –preguntó el entrante con rapidez.
-Yo estoy en casa, -respondió Kirílov. -¿Qué se le ofrece?
-¡Ah, es usted! ¡Me alegro mucho! –se contentó el entrante, y empezó a buscar en la tiniebla la mano del doctor, la encontró y la estrechó entre sus manos fuertemente -.¡Me alegro… me alegro mucho! ¡Usted y yo nos conocemos!.. Yo soy Abóguin... tuve el gusto de verlo en verano, en casa de Gnúchev. Me alegro mucho que lo encontré... Por Dios, no se niegue a venir conmigo ahora... Mi mujer se me enfermó muy gravemente... Y el carruaje lo tengo conmigo...
Por la voz y los movimientos del entrante, se advertía que se hallaba en un fuerte estado de excitación. Como asustado por un incendio o un perro rabioso, apenas contenía su respiración acelerada y hablaba con rapidez, con voz trémula, y algo no fingido-sincero, infantil-pusilánime resonaba en su discurso. Como todos los asustados y aturdidos, hablaba con frases breves, entrecortadas, y decía muchas palabras superfluas, que no tenían que ver con el asunto en absoluto.
-Yo tenía miedo de no encontrarlo –continuó-. Mientras venía a su casa, sufría de alma... Vístase y vamos, por Dios... Sucedió de esta forma. Viene a verme Pápchinskii, Alexánder Semiónovich, a quien usted conoce... Hablamos... después nos sentamos a tomar té; de pronto mi mujer grita, se agarra el corazón y cae sobre el espaldar de la silla. La llevamos a la cama, y... yo le froté las sienes con alcohol de amoníaco, la salpiqué con agua... tendida, como una muerta... Tengo miedo que sea un aneurisma... Vamos... Su padre murió de un aneurisma...
Kirílov escuchaba y callaba, como si no entendiera el habla rusa.
Cuando Abóguin recordó otra vez a Pápchinskii y al padre de su mujer, y empezó a buscar otra vez su mano en la tiniebla, el doctor sacudió la cabeza y dijo, alargando cada palabra de modo apático:
-Disculpe, yo no puedo ir... Hace unos cinco minutos se me... murió mi hijo...
-¿Es posible? -murmuró Abóguin dando un paso atrás-. ¡Dios mío, a qué hora tan mala llegué! ¡Un día asombroso, desgraciado... asombroso! ¡Qué coincidencia... y como a propósito!
Abóguin tomó el tirador de la puerta y, con reflexión, bajó la cabeza. Evidentemente, vacilaba y no sabía qué hacer: irse o continuar rogándole al doctor.
-¡Escuche -dijo de modo acalorado, tomando a Kirílov por la manga-, yo entiendo perfectamente su situación! Dios ve, me da vergüenza que, en estos instantes, intento captar su atención, ¿pero qué puedo hacer pues? Juzgue por sí mismo, ¿a quién voy a ir? Pues, excepto usted, aquí no hay otro médico. ¡Vamos, por Dios! Yo no le ruego por mí... ¡No yo estoy enfermo!
Sobrevino un silencio. Kirílov le dio la espalda a Abóguin, estuvo parado, y salió del vestíbulo a la sala con lentitud. A juzgar por su andar incorrecto, maquinal, por la atención con que, en la sala, enderezó la pantalla afelpada de la lámpara apagada, y se asomó al libro grueso que yacía en la mesa, en esos instantes no tenía ninguna intención ni deseo, no pensaba en nada y, probablemente, ya no recordaba que en su vestíbulo estaba parada una persona ajena. La penumbra y el silencio del salón, por lo visto, aumentaron su aturdimiento. Yendo del salón a su gabinete, levantó el pie derecho más de lo debido, buscó con las manos el quicio de la puerta y, en ese momento, en toda su figura se sentía cierta perplejidad, como si hubiera entrado a un apartamento ajeno, o hubiera bebido hasta la ebriedad por primera vez en su vida, y se entregara ahora con perplejidad a esa nueva sensación. Por una pared del gabinete, a lo largo del armario con libros, se extendía una ancha franja de luz; junto con el olor pesado, viciado de fenol y éter, la luz iba desde una puerta abierta ligeramente, que conducía del gabinete al dormitorio... El doctor se tumbó en la butaca ante la mesa, por un instante miró de modo soñoliento sus libros iluminados, después se levantó y fue al dormitorio.
Allí, en el dormitorio, reinaba una calma muerta. Todo, hasta el último detalle, hablaba con elocuencia de la tormenta recién vivida, de la fatiga, y todo reposaba. La velita que estaba en un taburete, en una estrecha multitud de frascos, cajitas y latitas, y la gran lámpara de la cómoda alumbraban vivamente toda la habitación. En la cama, junto a la misma ventana, yacía el chico con los ojos abiertos y una expresión asombrada en el rostro. No se movía, pero sus ojos abiertos, al parecer, se oscurecían más a cada instante, y se iban adentro del cráneo. Puestas las manos en su torso y oculto su rostro en los pliegues del lecho, la madre estaba de rodillas ante la cama. Semejante al chico, no se movía, ¡pero cuánto movimiento vivo se sentía en las curvas de su cuerpo y en sus manos! Se aferraba a la cama con todo su ser, con fuerza y avidez, como si temiera alterar la pose serena y cómoda que, finalmente, había hallado para su cuerpo fatigado. Las cobijas, los trapos, las jofainas, los charcos en el suelo, los pinceles y las cucharas tirados por doquier, la botella blanca con agua de cal, el aire mismo, sofocante y pesado, todo estaba muerto y parecía sumido en la calma.
El doctor se detuvo junto a su esposa, se metió las manos en los bolsillos del pantalón e, inclinando la cabeza al costado, dirigió su mirada a su hijo. Su rostro expresaba indiferencia, sólo por las gotitas que brillaban en su barba, se advertía que había llorado hacía poco.
Ese terror repelente, en que piensan cuando hablan de la muerte, se ausentaba en el dormitorio. En el pasmo general, en la pose de la madre, en la indiferencia del rostro del doctor había algo atractivo que tocaba el corazón; precisamente esa fina, apenas perceptible belleza del dolor humano, que no pronto aún aprenderán a entender y describir, y que sabe trasmitir, al parecer, sólo la música. La belleza se sentía también en el silencio lúgubre; Kirílov y su mujer callaban, no lloraban, como si, además de la pesadez de la pérdida, sintieran asimismo todo el lirismo de su situación: ¡como alguna vez, en su momento, había pasado su juventud, así ahora, junto con ese chico, se iba para siempre a la eternidad su derecho a tener hijos! El doctor tenía cuarenta y cuatro años, ya estaba canoso y lucía como un viejo; su mujer marchita y enferma tenía treinta y cinco. Andrei no sólo era el único, sino el último.
Por contrario a su mujer, el doctor pertenecía a ese número de naturas, que durante el dolor espiritual sienten necesidad de movimiento. Tras pararse junto a su mujer unos cinco minutos él, levantando altamente el pie derecho, pasó del dormitorio a una habitación pequeña, ocupada a la mitad por un diván grande, ancho, de ahí pasó a la cocina. Tras divagar junto a la estufa y el lecho de la cocinera, se inclinó y, por una puerta pequeña, salió al vestíbulo.
Allí vio la bufanda blanca y el rostro pálido de nuevo.
-¡Por fin pues! -suspiró Abóguin, tomando el tirador de la puerta. -¡Vamos, por favor!
El doctor se estremeció, le echó una mirada y recordó...
-¡Escuche, yo pues le dije ya, que no puedo ir! –dijo, reviviendo-. ¡Qué extraño!
-Doctor, yo no soy de piedra, entiendo perfectamente su situación... ¡lo compadezco! -dijo Abóguin con voz suplicante, poniendo la mano en su bufanda-. Pero es que yo no ruego por mí... ¡Mi mujer se muere! ¡Si hubiera oído ese grito, visto su cara, pues entendería mi insistencia! ¡Dios mío, y yo ya pensaba que había ido a vestirse! ¡Doctor, el tiempo cuesta! ¡Vamos, se lo ruego!
-¡Yo no puedo ir! -dijo Kirílov con una pausa y caminó hacia el salón.
Abóguin fue tras él y lo agarró por la manga.
-¡Usted tiene una pena, yo lo entiendo, pero es que yo no lo invito a sacar una muela, a ver a los expertos, sino a salvar una vida humana! -continuó implorando, como un mendigo-. ¡Esa vida está por encima de cualquier pena personal! ¡Bueno, yo le pido valor, una hazaña! ¡En nombre del amor a las personas!
-El amor a las personas es un palo de dos puntas, -dijo Kirílov irritado-. En nombre de ese amor a las personas, yo le ruego no sacarme de aquí. ¡Y qué extraño, por Dios! ¡Yo apenas me tengo en pie, y usted me asusta con el amor a las personas! Yo no sirvo ahora para ningún lugar… no voy a ir por nada, y además, ¿con quién voy a dejar a mi mujer? No, no...
Kirílov agitó las manos como pinceles y reculó.
-¡Y... y no me ruegue! -continuó asustado-. Discúlpeme... Por el tomo trece de las leyes, yo estoy obligado a ir, y usted tiene derecho a llevarme por el cuello... Dígnese, lléveme, pero... yo no sirvo... Incluso no estoy en condición de hablar... Disculpe...
-¡En vano habla conmigo en ese tono, doctor! -dijo Abóguin tomando al doctor por la manga de nuevo-. ¡Vaya con Dios el tomo trece! Yo no tengo ningún derecho a forzar su voluntad. Quiere, vaya, no quiere, vaya con Dios, pero yo no acudo a su voluntad, sino a su sentimiento. ¡Una mujer joven se muere! Ahora, usted dice que su hijo se le murió, ¿quién pues, sino usted, puede entender mi terror?
La voz de Abóguin temblaba de inquietud; en ese temblor y tono había mucha más convicción que en sus palabras; Abóguin era franco, pero era notable que, cualquier frase que dijera, todas le salían ampulosas, desalmadas, importunas, floridas, y como que incluso insultaban el aire del apartamento del doctor, y a la mujer moribunda en algún lugar. Él mismo lo sentía, y por eso, temiendo no ser entendido, intentaba con todas sus fuerzas brindar a su voz suavidad y ternura, para comprar si no con las palabras, pues siquiera con la franqueza del tono. En general la frase, por muy bella y profunda que sea, influye sólo en los indiferentes, pero no siempre puede satisfacer a esos que son dichosos o desdichados, porque la expresión superior de la dicha o la desdicha, muy a menudo, es el silencio; los enamorados se entienden mejor el uno al otro cuando callan, y el discurso acalorado, apasionado, dicho ante la tumba conmueve sólo a los extraños, pero a la viuda y a los hijos del muerto les parece frío e ínfimo.
Kirílov estaba parado y callaba. Cuando Abóguin dijo unas cuantas frases más sobre la elevada vocación del médico, sobre el auto-sacrificio y demás, el doctor preguntó de modo lúgubre:
-¿Es lejos de ir?
-Algo cerca de trece-catorce vérstas. ¡Yo tengo unos caballos excelentes, doctor! Le doy mi palabra de honor, que lo llevo allá y de vuelta en una hora. ¡Sólo una hora!
Las últimas palabras influyeron más fuertemente en el doctor, que las referencias al amor a las personas o la vocación del médico. Pensó y dijo con un suspiro:
-¡Bueno, vamos!
Con rapidez, ya con un andar correcto, fue a su gabinete y, un poco después, volvió con una levita larga. Andando con menudez detrás de él y arrastrando los pies, Abóguin lo ayudó a ponerse el paletó y salió con él de la casa.
El patio estaba oscuro, pero más claro que el vestíbulo. En la oscuridad se dibujaba ya con claridad la figura alta, encorvada del doctor con su barba larga, estrecha, y su nariz aguileña. De Abóguin, además del rostro pálido, se veía ahora su cabeza grande y el pequeño gorro estudiantil, que apenas le cubría la coronilla. La bufanda albeaba sólo por delante, por detrás se ocultaba bajo los cabellos largos.
-Créame, yo sabré apreciar su nobleza -farfulló Abóguin, ayudando al doctor a subir a la calesa-. Nosotros vamos a lo vivo. ¡Tú pues, Luká, hijito, ve lo más rápido posible! ¡Por favor!
El cochero iba con rapidez. Al principio se extendió una hilera de locales deformes, que estaban a lo largo del patio del hospital; todo estaba oscuro, sólo en lo profundo del patio, desde la ventana de algo, a través de la empalizada, se abría paso una luz brillante, y tres ventanas del piso superior del pabellón del hospital parecían más pálidas que el aire. Luego la calesa entró en una densa tiniebla, allí olía a humedad de hongos y se oía el susurro de los árboles; las cornejas, despertadas por el ruido de las ruedas, se agitaban en el follaje y lanzaban gritos alarmados, lastimeros, como si supieran que al doctor se le había muerto el hijo, y que Abóguin tenía a la mujer enferma. Pero he aquí pasaron fugazmente unos árboles separados, un arbusto, brilló un estanque sombrío, en el que dormían grandes sombras negras, y la calesa rodó por una llanura regular. El grito de las cornejas se oía ya sordamente, lejos atrás, y pronto calló por completo.
Casi todo el camino Kirílov y Abóguin callaron. Sólo una vez Abóguin suspiró profundo y musitó:
-¡Un estado de tortura! Nunca quieres tanto a tus allegados, como cuando corres el riesgo de perderlos.
Y cuando la calesa cruzaba el río serenamente, Kirílov de pronto se estremeció, como si lo hubiera asustado el chapoteo del agua, y empezó a moverse.
-Escuche, libéreme, -dijo con angustia-. Yo iré a su casa después. A mí sólo me hace falta mandarle un enfermero a mi mujer. ¡Pues está sola!
Abóguin callaba. La calesa, meciéndose y golpeando las piedras, atravesó la orilla arenosa y siguió rodando. Kirílov empezó a agitarse con angustia, y echó una mirada a su alrededor. Atrás, a la escasa luz de las estrellas, se veía el camino y los sauces de las orillas, que se esfumaban en la tiniebla. A la derecha había una llanura tan regular e ilimitada como el cielo; lejos en ésta, aquí y allá, probablemente en los pantanos turbosos, brillaban unas lucecitas escasas. A la izquierda, paralela al camino, se extendía una colina erizada de arbustos menudos, y sobre la colina estaba inmóvil una media luna grande, roja, cubierta de neblina levemente y rodeada de nubecitas menudas, que parecían observarla desde todos lados y vigilarla para que no se fuera.
En toda la naturaleza se sentía algo sin esperanza, enfermizo; la tierra, como una mujer caída que está sentada sola en una habitación oscura, e intenta no pensar en el pasado, se abrumaba con los recuerdos de la primavera y el verano, y esperaba apáticamente el invierno inevitable. A donde miraras, por doquier la naturaleza parecía un hueco oscuro, ilimitadamente profundo y frío, de donde no saldrían ni Kirílov, ni Abóguin, ni la media luna roja...
Mientras más cerca del objetivo estaba la calesa, más impaciente se volvía Abóguin. Se movía, saltaba, escrutaba por sobre el hombro del cochero hacia adelante. Y cuando, finalmente, la calesa se detuvo junto a un portal, bellamente protegido por un toldo de rayas, y cuando echó una mirada a las ventanas iluminadas del segundo piso, se oía cómo temblaba su respiración.
-Si pasa algo pues... no lo voy a sobrevivir –dijo, entrando con el doctor al vestíbulo, y frotándose las manos con inquietud-. Pero no se oye ningún alboroto, entonces, por ahora aún es favorable, -agregó, prestando oídos al silencio.
En el vestíbulo no se oían voces ni pasos, y toda la casa parecía dormida, a pesar del brillante alumbrado. Ahora ya el doctor y Abóguin, que habían estado hasta ese momento en la tiniebla, podían examinarse el uno al otro. El doctor era alto, encorvado, estaba vestido con desaseo, y tenía un rostro no bonito. Algo brusco no agradable, no cariñoso y severo expresaban sus labios gruesos, como de negro, su nariz aguileña y su mirada lánguida, indiferente. Su cabeza despeinada, sus sienes hundidas, las canas prematuras de su barba larga, estrecha, a través de la cual se traslucía la barbilla, el color pálido-grisáceo de la piel y sus maneras descuidadas, torpes, todo eso, con su sequedad, daba una idea de necesidad sufrida, desgracia, de tedio de la vida y de la gente. Mirando toda su figura seca, no se creía que este hombre tuviera mujer, que pudiera llorar a un niño. Y Abóguin constituía en sí algo distinto. Era un rubio fornido, respetable, de cabeza grande y rasgos robustos pero suaves, vestido con elegancia, a la última moda. En su porte, en su levita abrochada por completo, en su melena y su rostro se sentía algo noble, leonino; andaba con la cabeza derecha y el pecho sacado adelante, hablaba con una agradable voz de barítono, y en las maneras con que se quitó la bufanda o se arregló el cabello de su cabeza, se traslucía una elegancia refinada, casi femenina. Incluso la palidez y el temor infantil con que, al desvestirse, echaba miradas a lo alto de la escalera, no alteraban su porte ni disminuían la saciedad, la salud y el aplomo que exhalaba toda su figura.
-No hay nadie, y no se oye nada, -dijo yendo por la escalera-. No hay ningún alboroto. ¡Dios quiera pues!
Condujo al doctor por el vestíbulo a un gran salón, donde había un piano de cola oscuro y colgaba una araña con una funda blanca; desde allí ambos pasaron a una sala pequeña, muy acogedora y bonita, llena de una agradable penumbra rosada.
-Bueno, siéntese aquí, doctor, -dijo Abóguin-, y yo... ahora. Yo voy a echar un vistazo, a avisar.
Kirílov se quedó solo. El lujo de la sala, la agradable penumbra y su propia presencia en una casa ajena, desconocida, que tenía un carácter de aventura, por lo visto, no lo conmovían. Estaba sentado en la butaca, y examinaba sus manos quemadas con fenol. Sólo vio de pasada una pantalla rojo vívido, un estuche de violonchelo, y al mirar de soslayo en la dirección donde sonaba el reloj, advirtió un lobo disecado, tan respetable y saciado como el mismo Abóguin.
Había silencio... En algún lugar lejos, en las habitaciones contiguas, alguien pronunció en voz alta el sonido “¡ah!”, resonó una puerta con cristal, probablemente de aparador, y todo calló de nuevo. Esperado unos cinco minutos, Kirílov dejó de observar sus manos y levantó los ojos hacia la puerta, por donde se había esfumado Abóguin.
En el umbral de esa puerta estaba parado Abóguin, pero no era el que salió. La expresión de saciedad y elegancia refinada se había esfumado en él, su rostro, manos, pose estaban contraídas en una expresión repulsiva ya de horror, ya de un dolor físico torturante. Su nariz, labios, bigote, todos sus rasgos se movían y, al parecer, intentaban arrancarse del rostro, y sus ojos como que se reían de dolor...
Abóguin caminó con amplitud y pesadez hasta el centro de la sala, se inclinó, gimió y sacudió los puños.
-¡Me engañó! -gritó, acentuando fuertemente la sílaba "ñó"-. ¡Me engañó! ¡Se fue! Se enfermó y me mandó a buscar al doctor, sólo para escaparse con ese bufón de Pápchinskii! ¡Dios mío!
Abóguin caminó con pesadez hacia el doctor, tendió hacia su rostro sus puños blancos, suaves y, sacudiéndolos, continuó gritando:
-¡Se fue! ¡Me engañó! Bueno, ¿para qué pues esta mentira? ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Para qué este truco sucio, de fullero, este juego diabólico, de serpiente? ¿Qué le hice? ¡Se fue!
Le brotaron lágrimas de los ojos. Se volteó sobre un pie y caminó por la sala. Ahora, con su levita corta, su pantalón estrecho a la moda, en los que las piernas parecían delgadas para el cuerpo, con su cabeza grande y melena, parecía en extremo un león. El rostro indiferente del doctor se iluminó de curiosidad. Se levantó y observó a Abóguin.
-Permítame, ¿dónde pues está la enferma? -preguntó.
-¡La enferma! ¡La enferma! -gritó Abóguin riendo, llorando y aún sacudiendo los puños-. ¡No es la enferma, sino la maldita! ¡Una bajeza! ¡El mismo Satanás no hubiera pensado, al parecer, una vileza más ruin! ¡Me mandó para fugarse, fugarse con un bufón, con un payaso estúpido, con un alfonso! ¡Oh Dios, mejor que se hubiera muerto! ¡No lo voy a soportar! ¡No lo voy a soportar!
El médico se enderezó. Sus ojos parpadearon, se llenaron de lágrimas, su barba estrecha se movió a derecha e izquierda con su mandíbula.
-Permítame, ¿cómo es esto pues? -preguntó mirando a su alrededor con curiosidad-. A mí se me murió el niño, mi mujer está triste, sola en toda la casa... yo mismo apenas me tengo en pie, hace tres noches que no duermo... ¿y qué pues? Me obligan a actuar en una suerte de comedia trivial, ¡a hacer el papel de una cosa de gutapercha! ¡No... no entiendo!
Abóguin abrió un puño, arrojó al suelo una esquela arrugada y la pisoteó como un insecto que se quiere aplastar.
-¡Y yo no veía... no entendía! -decía a través de sus dientes apretados, sacudiendo un puño cerca de su rostro, y con tal expresión, como si le hubieran pisado un callo-. ¡Yo no notaba que él venía todos los días, no noté que vino hoy en una carroza! ¿Para qué en una carroza? ¡Y no lo vi! ¡Pazguato!
-¡No... no entiendo! -farfullaba el doctor-. ¡Pues esto qué cosa es! ¡Pues esto es una mofa a la persona, una burla al sufrimiento humano! ¡Esto es algo imposible... por primera vez en mi vida lo veo!
Con el asombro estúpido de la persona que recién empezó a entender, que fue insultada fuertemente, el doctor se encogió de hombros, abrió los brazos y, sin saber qué decir, qué hacer, se tumbó exhausto en la butaca.
-Bueno, dejó de quererme, se enamoró de otro, vaya con Dios, pero, ¿para qué pues el engaño, para qué esta jugada infame, traicionera? –decía Abóguin con voz llorosa-. ¿Para qué? ¿Y por qué? ¿Qué te hice yo? Escuche, doctor -dijo de modo acalorado, acercándose a Kirílov-. Usted ha sido un testigo involuntario de mi desgracia, y no me pondré a ocultarle la verdad. ¡Le juro que yo quería a esa mujer, la quería con devoción, como un esclavo! Lo sacrifiqué todo por ella: me peleé con los parientes, dejé el servicio y la música, le perdoné lo que no le hubiera sabido perdonar a mi madre o a mi hermana... Ni una sola vez la miré de reojo... ¡no le di ningún motivo! ¿Por qué pues esta mentira? Yo no exijo amor, ¿pero para qué este engaño vil? No me quieres, dímelo así directo, honestamente, tanto más que conoces mis ideas por ese lado...
Con lágrimas en los ojos, con todo el cuerpo temblando, Abóguin le abrió al doctor toda su alma con franqueza. Hablaba de modo acalorado, apretando ambas manos contra su corazón, le reveló todos sus secretos de familia sin el menor titubeo, y como que incluso se alegraba de que, finalmente, esos secretos habían salido por su pecho al exterior. Si hubiera hablado de ese modo una hora, otra, hubiera vaciado su alma y, sin dudas, sentido alivio. Quién sabe si el doctor tras escucharlo, compadecerlo afablemente, acaso, como sucede a menudo, se hubiera resignado a su pena sin protestar, sin hacer estupideces innecesarias... Pero ocurrió otra cosa. Mientras Abóguin hablaba, el doctor insultado cambió notablemente. La indiferencia y el asombro de su rostro cedieron lugar, poco a poco, a una expresión de ofensa amarga, indignación y cólera. Los rasgos de su rostro se hicieron más bruscos, secos y desagradables. Cuando Abóguin le puso ante los ojos la tarjetita1 de una mujer joven, con un rostro bonito, pero seco e inexpresivo, como de monjita, y le preguntó si acaso se podía, mirando esa cara, admitir que ésta fuera capaz de expresar la mentira, el doctor saltó de pronto, volteó los ojos y dijo, recalcando rudamente cada palabra:
-¿Para qué me dice todo eso? ¡No deseo escucharlo! ¡No deseo! –gritó y golpeó la mesa con el puño-. ¡No me hacen falta sus secretos triviales, que se los lleve el diablo! ¡No se atreva a decirme esas cosas triviales! ¿O piensa, que yo aún no estoy lo suficiente insultado? ¿Qué soy un lacayo, a quien se puede insultar hasta el fin? ¿Sí?
Abóguin reculó y miró fijamente a Kirílov, admirado.
-¿Para qué me trajo aquí? -continuó el doctor, con la barba temblando. -Si usted se casa por gordo, le da rabia por gordo, hace un melodrama, pues, ¿qué tengo yo que ver ahí? ¿Qué tengo yo en común con sus romances? ¡Déjeme en paz! ¡Ejercite su nobleza de campesino rico, muéstrese con sus ideas humanistas, toque (el médico miró de soslayo el estuche del violonchelo), toque los contrabajos y los trombones, engorde como un capón, pero no se atreva a burlarse de una persona! ¡Si no la sabe respetar, pues al menos ahórrele su atención!
-Permítame, ¿qué significa todo esto? -preguntó Abóguin sonrojándose.
-¡Y significa que es bajo y ruin jugar así con las personas! Yo soy un médico, usted considera a los médicos, y en general a los que trabajan, a los que no huelen a perfume y prostitución, sus lacayos y unos mauvais ton2, bueno, y considérelos, ¡pero nadie le dio derecho a hacer de una persona que sufre una cosa de gutapercha!
-¿Cómo se atreve a decirme eso? -preguntó en voz baja Abóguin, y su rostro brincó de nuevo, y por esta vez ya claramente de cólera.
-No, ¿cómo usted, sabiendo que yo tengo una pena, se atrevió a traerme aquí, a escuchar sus cosas triviales? -gritó el doctor, y golpeó la mesa con el puño de nuevo-. ¿Quién le dio derecho a burlarse así de una pena ajena?
-¡Usted se volvió loco! -gritó Abóguin. -¡No es generoso! Yo mismo soy profundamente infeliz y... y...
-Infeliz -sonrió el doctor con desprecio. -No toque esa palabra, no le compete. Los manirrotos, que no cobran el dinero de un endoso, también se llaman a sí mismos infelices. El capón, que lo aplasta la grasa demás, también es un infeliz. ¡Gentes ínfimas!
-¡Muy señor mío, usted se olvida! -chilló Abógin-. ¡Por esas palabras… pegan! ¿Entiende?
Abóguin, apurado, buscó en su bolsillo lateral, sacó una billetera de ahí y, tomado dos billetes, los arrojó sobre la mesa.
-¡Aquí tiene por su visita! -dijo, moviendo las alas nasales-. ¡Se le ha pagado!
-¡No se atreva a ofrecerme dinero! -gritó el médico y barrió los billetes de la mesa al suelo-. ¡Los insultos no se pagan con dinero!
Abóguin y el doctor estaban parados cara a cara y, en la cólera, continuaban propinándose el uno al otro insultos no merecidos. Parecía que nunca en la vida, incluso ni en un delirio, habían dicho tantas cosas injustas, crueles y absurdas. En ambos se expresaba, fuertemente, el egoísmo de los desdichados. Los desdichados son egoístas, malignos, injustos, crueles y menos capaces que los estúpidos de entenderse los unos a los otros. La desdicha no une, sino separa a las personas, e incluso allí, donde pareciera que las personas deberían estar ligadas por lo unilateral de la pena, se cometen muchas más injusticias y crueldades, que en un medio satisfecho en comparación.
-¡Dígnese a enviarme a casa! –gritó el doctor, sofocado.
Abóguin llamó con brusquedad. Cuando nadie se presentó a su llamada, llamó otra vez y, enojado, arrojó la campanilla al suelo; ésta golpeó la alfombra sordamente y emitió un tañido lastimero, como moribundo. Se presentó un lacayo.
-¡¿Dónde se escondió, que se lo lleve el diablo?! –se abalanzó el amo sobre él, apretando los puños. -¿Dónde estabas ahora? ¡Ve, di que le den una calesa a este señor, y para mí manda a enganchar la carroza! ¡Espera! –gritó cuando el lacayo se volteaba para irse-. ¡Mañana, que no quede ni un traidor en la casa! ¡Todos fuera! ¡Empleo a nuevos! ¡Granujas!
En espera de los carruajes, Abóguin y el doctor callaban. Al primero ya le había vuelto la expresión de saciedad y la elegancia refinada. Caminaba por la sala, sacudía la cabeza con elegancia y, evidentemente, tramaba algo. Su cólera aún no se había calmado, pero intentaba hacer ver que no advertía a su enemigo... Y el doctor estaba parado, se mantenía con una mano sobre el borde de la mesa, y miraba a Abóguin con ese desprecio profundo, un tanto cínico y no bonito, con que sólo saben mirar la pena y la desgracia, cuando ven ante sí la saciedad y la elegancia.
Cuando, un poco después, el doctor se sentó en la calesa y partió, sus ojos aún continuaban mirando con desprecio. Estaba oscuro, mucho más oscuro que una hora antes. La media luna roja ya se había ido tras una colina, y las nubes que la cuidaban yacían como manchas oscuras alrededor de las estrellas. Una carroza de luces rojas golpeteó por el camino y sorteó al doctor. Eso iba Abóguin a protestar, a hacer estupideces…
Todo el camino el doctor no pensó ni en su esposa ni en Andrei, sino en Abóguin y en las personas vivientes en la casa que recién había dejado. Sus ideas eran injustas y de una crueldad inhumana. Condenaba a Abóguin, a su esposa, a Pápchinskii y a todos los que vivían en una penumbra rosada y olían a perfume, y todo el camino los odió y despreció hasta el dolor en el corazón. Y en su mente se formó una firme convicción sobre esas personas.
Pasará el tiempo, pasará el dolor de Kirílov, pero esa convicción injusta, indigna del corazón humano no pasará, y quedará en la mente del doctor hasta la misma tumba.

1Tarjetita, fotografía.
2Mauvais ton, mal tono, malas maneras, trato grosero.

Título original: Vragui, publicado por primera vez en el periódico Novoe vremia, 1887, Nº 3913, con la firma: "An. Chejov".
Imagen: Philippe de Loutherbourg, Coalbrookdale en la Noche, 1801.