viernes, 27 de junio de 2008

Antón Chejov, por Maxím Górkii


Al leer los cuentos de Antón Chéjov, uno se siente como en un día triste del otoño tardío, cuando el aire es tan diáfano y se perfilan de modo intenso los árboles pelados, las casas estrechas, las personas grises. Todo es muy extraño: solitario, inmóvil e impotente. Las profundas lejanías azuladas, desiertas, fundiéndose con el cielo pálido, soplan un frío tedioso sobre la tierra cubierta de suciedad helada. La mente del autor, como un sol otoñal, ilumina con una claridad violenta los caminos trillados, las calles sinuosas, las casas sucias y estrechas, en las que unas personas pequeñas, lastimeras se ahogan de aburrimiento y pereza, llenando sus casas de una vanidad impensada, soñolienta. He aquí, alarmada como un ratón gris, va y viene la Almita, una mujer grácil, dócil, que sabe amar mucho, de modo esclavo. Se le puede dar una bofetada, y ella incluso no se atreverá a gemir en voz alta, como una dócil esclava. A su lado está parada con tristeza Olga, de Las tres hermanas: ella también ama mucho, y se somete sin reclamo a los caprichos de la mujer trivial y depravada de su hermano-holgazán; ante sus ojos se destruye la vida de sus hermanas, y ella llora y no puede ayudar a nadie, y en su pecho no hay ni una viva, fuerte palabra de protesta contra la trivialidad.
He aquí la llorosa Raniévskaya y otros viejos amos del Jardín de los cerezos, egoístas como niños, flácidos como viejos. Se tardaron para morir a tiempo, y se quejan sin ver nada a su alrededor, sin entender nada, como unos parásitos que carecen de fuerza para apegarse a la vida de nuevo. El mediocre estudiante Trofímov habla con elocuencia de la necesidad de trabajar, y deambula, entretiene su aburrimiento burlándose de modo estúpido de Vária, que trabaja sin descanso para el bienestar de los perezosos.
Viershínin sueña con lo hermosa que será la vida dentro de trescientos años, y vive sin advertir que todo se corrompe a su alrededor, que ante sus ojos Soliónii, por aburrimiento y estupidez, está dispuesto a matar al lastimero barón Túzienbach.
Pasa ante nuestros ojos una bandada ilimitada de esclavos y esclavas de su amor, de su estupidez y pereza, de su avidez por los bienes terrenos, van esclavos de su miedo oscuro a la vida, van con una alarma confusa y llenan su vida con discursos inconexos sobre el futuro, sintiendo que en el presente no hay lugar para ellos...
A veces, en su masa gris resuena un disparo, eso Ivánov o Trépliev adivinaron qué deben hacer, y murieron.
Muchos de ellos sueñan bellamente, con cuán hermosa será la vida dentro de doscientos años, y a ninguno le viene a la cabeza una pregunta sencilla: ¿pero quién pues la hará hermosa, si sólo vamos a soñar?
Por el lado de toda esa gris, aburrida multitud de personas impotentes pasó un hombre grande, inteligente, atento a todo, les echó una mirada a esos tristes habitantes de su patria y, con una sonrisa triste, con un tono de reproche suave pero profundo, con una angustia insoluble en su rostro y su pecho, con una voz bella y sincera, les dijo:
-¡Viven en la infamia, señores!
Continuará…

Imagen:
Vasiliy Polenov, Sick Girl (detail), 1886.

miércoles, 25 de junio de 2008

Antón Chejov, por Maxím Górkii


La trivialidad en la juventud parece, solamente, divertida e ínfima, pero ésta rodea al hombre poco a poco, impregna su cerebro y sangre de su neblina gris, como el veneno y el tufo, y el hombre se vuelve parecido a un viejo letrero comido por la herrumbre: como que hay algo escrito en éste, ¿pero qué es?, no lo descifras.
Antón Chejov, ya en sus primeros cuentos, sabía descubrir en el nublado mar de la trivialidad sus bromas trágicas y lúgubres; basta sólo leer sus cuentos "humorísticos" para convencerse de que, tras las palabras y las situaciones cómicas, el autor veía con pesar muchas cosas ásperas y repulsivas, y las ocultaba con vergüenza.
Era como que de una modestia pudorosa, no se permitía decirle clara y abiertamente a las personas: "¡pero sean pues... más decentes!", esperando en vano que éstas mismas adivinaran la imperiosa necesidad de ser más decentes. Odiando todo lo trivial y sucio, describía las miserias de la vida con el generoso lenguaje del poeta, con la suave sonrisa del humorista, y tras la apariencia hermosa de sus cuentos, se advierte poco el amargo reproche de su sentido interno.
El respetable público, al leer La hija de Albión, se ríe y apenas ve en ese cuento, la burla más miserable de un señor saciado ante una persona solitaria, ajena a todo y a todos. Y en cada uno de los cuentos humorísticos de Antón Pávlovich, yo oigo el suspiro silencioso y profundo de un corazón puro, auténticamente humano, un insoluble suspiro de compasión por las personas que no saben respetar su dignidad humana, y que, al sucumbir sin resistencia a la fuerza bruta, viven como los esclavos, no creen en nada, excepto en la necesidad de tomarse cada día los schis1 más grasientos posibles, y no sienten nada, excepto miedo a que alguien más fuerte y descarado les pegue.
Nadie entendió tan lúcida y finamente como Antón Chejov, la tragedia de las pequeñeces de la vida, nadie antes de él supo dibujar para las personas, con tal implacable veracidad, el cuadro oprobioso y angustioso de sus vidas, en el caos nublado de su rutina burguesa.
Su enemigo era la trivialidad, toda su vida luchó contra ésta, la ridiculizó y la representó con su pluma aguda, implacable, sabiendo encontrar el verdín de la trivialidad incluso allí donde, a primera vista, todo estaba muy bien ordenado, cómodo, incluso con brillo...
Y la trivialidad se vengó de él por eso con una salida infame, poniendo su cadáver -el cadáver de un poeta- en un vagón de transporte de “ostras”2.
La mancha verde-sucio de ese vagón me parece, exactamente, una inmensa y triunfante sonrisa de la trivialidad ante su enemigo cansado, y las ilimitadas “memorias” de los periódicos callejeros una tristeza hipócrita, tras la que siento el aliento frío y fragante de esa misma trivialidad, satisfecha en secreto con la muerte de su enemigo.

1Schi, sopa de legumbres con carne.
2Maxím Górkii viaja de San Petersburgo a Moscú en el mismo tren donde va el ataúd del escritor.
Continuará…

Imagen:
Claude Monet, La Estación, Saint-Lazare, 1877.

martes, 24 de junio de 2008

Antón Chejov, por Maxím Górkii


Poseía el arte de encontrar y resaltar la trivialidad en todas partes, un arte que es asequible sólo al hombre de elevadas exigencias en la vida, que se crea sólo con el deseo ardiente de ver a las personas sencillas, bonitas y armónicas. La trivialidad siempre encontró en él un juez cruel y agudo.
Alguien me contaba delante de él, que el editor de una revista popular, un hombre que siempre razonaba sobre la necesidad del amor y la caridad hacia las personas, sin fundamento por completo, insultó a un conductor en el ferrocarril y que, en general, ese hombre trataba de modo muy grosero a las personas que dependían de él.
-Bueno, no faltaba más -dijo Antón Pávlovich sonriendo sombríamente, -es un aristócrata, un ilustrado... ¡él estudió en el seminario pues! Su padre andaba en alpargatas, y él lleva botas de charol...
Y en el tono de esas palabras había algo, que al instante hacía al "aristócrata" ínfimo y ridículo.
-¡Un hombre muy talentoso! -decía de un periodista. -Siempre escribe de forma tan generosa, humana... alimonada. A su mujer la trata de imbécil delante de la gente. La habitación de la servidumbre en su casa es húmeda, y las doncellas siempre contraen reuma...
-¿Y a usted, Antón Pávlovich, le gusta N.N.?
-Sí... mucho. Un hombre agradable –convenía Antón Pávlovich. -Lo sabe todo. Lee mucho. A mí me pidió tres libros. Es distraído, hoy le dice que usted es una persona excelente, y mañana le informa a alguien, que usted le robó unos calcetines de seda al marido de su amante, negros, con rayas azules...
Alguien delante de él, se quejaba de lo aburridas y pesadas que eran las secciones "serias" en las revistas gruesas.
-Y usted no lea esos artículos -le aconsejó Antón Pávlovich convencido. –Eso es literatura amistosa pues, literatura de compañeros. Los componen los señores Krasnóv, Chernóv y Bielóv1. Uno escribe un artículo, el otro le replica, y el tercero concilia las contradicciones de los primeros. Parece como si jugaran al wint con un imbécil. ¿Y para qué le hace falta todo eso al lector?, ninguno de ellos se lo pregunta.
Una vez vino a verlo cierta dama rolliza, saludable, bonita, bien vestida, y empezó a hablar “a lo Chejov":
-¡Es aburrido vivir, Antón Pávlovich! Todo es tan gris: la gente, el cielo, el mar, hasta las flores me parecen grises. Y no tengo el deseo... el alma angustiada... Es como una enfermedad...
-¡Y es una enfermedad! -dijo Antón Pávlovich convencido. -Es una enfermedad. En latín se llama morbus fingidus2.
La dama, para su suerte, por lo visto, no sabía latín, o acaso ocultó que sabía.
-Los críticos se parecen a los tábanos, que molestan al caballo al arar la tierra -decía sonriendo con su sonrisa maliciosa. -El caballo trabaja, pone todos sus músculos tensos, como las cuerdas de un contrabajo, y en la grupa se le posa un tábano que lo pica, y zumba. Tiene que sacudir la piel y agitar la cola. ¿Por qué zumba? Apenas él mismo lo entiende. Simplemente, su carácter es inquieto, y quiere anunciarse a sí mismo, ¡pues yo también vivo en la tierra! ¿Ven pues?, ¡puedo hasta zumbar, puedo zumbar sobre todo! Yo hace veinticinco años que leo las críticas de mis cuentos, y no recuerdo ni una observación valiosa, ni he oído un buen consejo. Sólo una vez Skabichévskii3 me produjo una impresión, escribió que yo moriría en estado de ebriedad junto a una cerca…
En sus ojos grises, tristes, casi siempre chispeaba una fina sonrisa maliciosa, pero a veces esos ojos se volvían fríos, agudos y bruscos; en esos instantes, su voz flexible e íntima sonaba más dura, y entonces me parecía que este hombre humilde y suave, si lo hallara necesario, podría pararse firme y fuerte contra una fuerza enemiga, y no cederle.
Y a veces me parecía, que en su relación con las personas había una sensación de cierto desespero, cercano a una fría, silenciosa desolación.
-¡Extraño ser, el ruso! -me dijo una vez. -En él, como en un tamiz, no queda nada. En su juventud llena su alma ávidamente, con todo lo que le caiga en la mano, y después de los treinta le queda como una basura gris. Para vivir bien, como las personas, ¡hay que trabajar! Trabajar con amor, con fe. Y entre nosotros no saben eso. El arquitecto, construidas dos-tres casas decentes, se sienta a jugar a las cartas, juega toda su vida o se la pasa tras los bastidores del teatro. El doctor, si tiene práctica, deja de seguir la ciencia, no lee nada más que Las novedades terapéuticas, y a los cuarenta años está seriamente convencido, de que todas las enfermedades proceden del resfriado. Yo no encontré ni a un funcionario, que entendiera, siquiera un poquito, el sentido de su trabajo: comúnmente, está en la capital o en una ciudad de gobierno, escribe papeles y se los envía a Zmíev y Smórgon para su ejecución. Pero a quién de Zmíev y Smórgon esos papeles van a privar de su libertad de circular, sobre eso el funcionario piensa tan poco, como el ateo en las penas del infierno. Hecho un nombre con una defensa acertada, el abogado ya deja de preocuparse por la defensa de la verdad, y defiende sólo el derecho a la propiedad, juega en las carreras, come ostras y se presenta como un fino conocedor de todas las artes. El actor, interpretado dos-tres papeles de modo pasadero, ya no se aprende más papeles, sino se pone un cilindro y piensa que es un genio. Toda Rusia es un país de ciertas gentes avariciosas y perezosas: comen mucho, terriblemente, toman, les gusta dormir de día y roncan en sueños. Se casan para el orden en la casa, y se hacen de amantes para tener prestigio en la sociedad. Su psicología es perruna: les pegan, aúllan bajito y se esconden en su perrera, los acarician, y se echan de espaldas patas arriba, y mueven las colitas...
Un desprecio frío y angustiado se traslucía en sus palabras. Pero, al despreciar, compadecía, y cuando delante de él vejaban a alguien, Antón Pávlovich intercedía al instante:
-Bueno, ¿para qué ustedes? Él ya es un viejo, tiene setenta años pues...
O:
-Él aún es joven pues, eso es por estupidez…
Y cuando hablaba así, yo no veía aprensión en su rostro...

1Los señores Rojo, Negro y Blanco.
2Morbus fingidus, enfermedad fingida.
3Alexánder Skabichévskii, crítico literario, publicista. En su artículo Los cuentos abigarrados, Skabichévskii escribe que “Chejov malgasta su talento en tonterías, y escribe lo primero que le venga a la cabeza, sin meditar mucho tiempo el contenido de sus cuentos”, y después habla del “destino de los escritores gaceteros”, a quienes “les toca morir en el olvido absoluto en algún lugar, junto una cerca” (El Heraldo del norte, Nº 6, 1886).

Continuará…

Imagen: Ferdinand Georg Waldmüller, Señora Magdalena Werner, 1835.

lunes, 23 de junio de 2008

Antón Chejov, por Maxím Górkii


Me parece que toda persona, ante Antón Pávlovich, percibía en sí, inevitablemente, el deseo de ser más sencilla, auténtica, de ser más ella misma, y yo más de una vez observé, cómo las personas se libraban de los ropajes abigarrados, las frases librescas, las palabras de moda y todas las demas cosas baratas con que el ruso, deseando parecer un europeo, se adorna como un salvaje con las conchas y los dientes de pescado. A Antón Pávlovich no le gustaban ni los dientes de pescado ni las plumas de gallo; todas las cosas abigarradas, resonantes y extrañas que la persona se pone "para darse importancia", le producían turbación, y yo advertía que cada vez que veía ante sí a una persona ataviada, se apoderaba de él el deseo de liberarla de toda esa pacotilla penosa y no necesaria, que deformaba el rostro auténtico y el alma viva del interlocutor. Toda su vida A. Chejov la vivió a cuenta de los medios de su alma, siempre fue él mismo, era libre en su interior y nunca contó con los que esperaban, ni con los más groseros que exigían de Antón Chejov. No le gustaban las conversaciones sobre “temas elevados", esas conversaciones con las que la persona delicada rusa se consuela a sí misma con tanto empeño, olvidando que es ridículo y no ingenioso en absoluto razonar sobre los trajes de terciopelo del futuro, no teniendo en el presente ni un pantalón decente.
Bellamente sencillo, le gustaba todo lo sencillo, auténtico, sincero, y tenía una manera peculiar de volver sencillas a las personas.
Una vez lo visitaron tres damas vestidas de modo pomposo; llenando su habitación con el fru-frú de sus faldas de seda y la fragancia de sus perfumes fuertes, se sentaron frente al amo con ceremonia, fingieron que les interesaba mucho la política y empezaron a "hacer preguntas".
-¡Antón Pávlovich! ¿Y usted cómo piensa, con qué terminará la guerra?
Antón Pávlovich tosió, pensó y respondió con suavidad, en un tono serio, cariñoso:
-Probablemente, con la paz...
-¡Bueno, sí, por supuesto! ¿Pero quién ganará pues? ¿Los griegos o los turcos?
-A mí me parece, que ganarán los más fuertes...
-¿Y quién es, para usted, el más fuerte? –le preguntaron las damas a porfía.
-Los que se alimenten mejor y sean más instruidos...
-¡Ah, qué ingenioso es eso! -exclamó una.
-¿Y a usted quiénes le gustan más, los griegos o los turcos? -preguntó otra.
Antón Pávlovich le echó una mirada con cariño y le respondió con una sonrisa dócil, amable:
-A mí me gusta la mermelada... ¿Y a usted, le gusta?
-¡Mucho! -exclamó la dama vivamente.
-¡Es tan aromática! -confirmó otra de modo respetable.
Y todas las tres rompieron a hablar vivamente, mostrando en la cuestión de la mermelada una perfecta erudición y un fino conocimiento del tema. Era evidente, que estaban muy satisfechas con que no era necesario forzar la mente, y fingirse seriamente interesadas en los turcos y los griegos, sobre los que hasta ese momento no habían pensado.
Al salir, le prometieron a Antón Pávlovich con júbilo:
-¡Le mandaremos mermelada!
-¡Usted platicó divinamente! –observé yo cuando éstas se fueron.
Antón Pávlovich se echó a reír calladamente, y dijo:
-Hace falta que cada persona hable su propia lengua1
Otra vez, encontré en su casa a un joven bonito, sustituto de fiscal. Estaba parado ante Chejov y, sacudiendo su cabeza rizada, decía con fluidez:
-Con el cuento El malhechor usted, Antón Pávlovich, me plantea una cuestión compleja en extremo. Si yo reconozco en Denís Grigóriev la presencia de una voluntad maligna, que actúa de modo consciente, yo debo, sin reserva, meter a Denís en la cárcel, como lo exigen los intereses de la sociedad. ¡Pero él es un salvaje, él no reconocía la criminalidad de sus actos, me da lástima con él! Si yo pues, lo considero un sujeto que actúa sin juicio, y me entrego a una sensación de compasión, ¿cómo le garantizo a la sociedad, que Denís no va a desenroscar de nuevo las tuercas de las vías, y no armará un choque? ¡Esa es la cuestión! ¿Cómo hacer pues?
Se calló, movió su cuerpo hacia atrás y echó una mirada inquisitiva al rostro de Antón Pávlovich. Su uniforme era nuevecito, y los botones de su pecho brillaban con la misma presunción y estupidez, con que sus ojos en su rostro puro de joven celoso de la justicia.
-Si yo fuera juez -dijo Antón Pávlovich con seriedad, -absolvería a Denís...
-¿Sobre qué fundamento?
-Yo le diría: "Tú, Denís, todavía no estás maduro para ser un criminal de tipo consciente, ¡ve y madura!"
El jurista se echó a reír, pero al instante se puso serio y solemne de nuevo, y continuó:
-No, estimado Antón Pávlovich, la cuestión que usted ha planteado, puede ser resuelta sólo en interés de la sociedad, cuya existencia y propiedad yo debo cuidar. Denís es un salvaje, sí, pero es un criminal, ¡esa es la verdad!
-¿A usted le gusta el gramófono? -le preguntó de pronto Antón Pávlovich con cariño.
-¡Oh, sí! ¡Mucho! ¡Es un invento admirable! –replicó el joven vivamente.
-¡Y yo no puedo soportar los gramófonos! -confesó Antón Pávlovich con tristeza.
-¿Por qué?
-Pues porque hablan y cantan sin sentir nada. Y todo les sale como en caricatura, muerto... ¿Y usted no se dedica a la fotografía?
Resultó, que el jurista era un apasionado admirador de la fotografía; al instante rompió a hablar de ésta con afición, sin interesarse en el gramófono en absoluto, a pesar de su afinidad con ese "invento admirable", advertida por Chejov de modo fino y acertado. De nuevo vi cómo surgía del uniforme un hombrecito vivo y bastante divertido, que aún se sentía en la vida como un cachorro en una cacería.
Tras acompañar al joven, Antón Pávlovich dijo sombrío:
-Ahí tiene qué granujosos… en el banco de la justicia, disponen del destino de las personas.
Y, habiendo callado, añadió:
-A los fiscales les gusta mucho pescar. ¡En particular yorshs2!

1Escribe Maxím Górkii en su libro de apuntes: “A.P. Chejov. Las damas se “deshacían” ante él, se inclinaban, mostrando todas sus redondeces, ponían ojos aceitosos, le preguntaban con pesadumbre:
-¿A.P., por qué usted escribe del amor tan tristemente?
Tras toser, rascarse la barbita, él respondía con preguntas inesperadas:
-¿Usted ha estado en Mírgorod?
-¿Eso dónde es?
-En el gobierno de Poltáva. ¿Recuerda el Mírgorod de Gógol?
-¿Ah, entonces, Gógol no inventó eso?
-Gógol nunca inventaba nada.
-¿Y… y Viy?
Y sin referirse a Viy, A.P. contaba con toda seriedad, que Mírgorod era notable en todo el mundo por su charco, y que gentes de todos los Estados de Europa venían a verlo.
-Ellos, en Europa, no tienen ciudades con esos charcos en las plazas…” (Archivo de M. Górkii, lib. VI, M., 1957, p. 212).
2Juego de palabras intraducible, yorsh, gobio, yorsh, mezcla de cerveza con vodka.

Continuará…

Imagen: John Singer Sargent, The Misses Vickers, 1884.

sábado, 21 de junio de 2008

La sala Nº 6


En el patio del hospital hay una accesoria pequeña, rodeada de un bosque entero de bardana, ortiga y cáñamo silvestre. Su tejado está oxidado, la chimenea derrumbada a medias, los peldaños del portal se pudrieron y cubrieron de hierba, y del estuco sólo quedan las huellas. La fachada da al hospital, la trasera mira al campo, del que la separa la valla gris con clavos del hospital. Esos clavos, con las puntas hacia arriba, la valla y la misma accesoria tienen ese aspecto peculiar, abatido, maldito que suelen tener en nuestro país, sólo los hospitales y los edificios carcelarios.
Si no temen ser picados por las ortigas, vayamos por el sendero estrecho que conduce a la accesoria, y echemos una mirada a lo que sucede adentro. Abierta la primera puerta, entramos al zaguán. Aquí, junto a la pared y cerca de la estufa, hay apiladas montañas enteras de basura de hospital. Colchones, viejas batas desgarradas, pantalones, camisas de rayas azules, zapatos usados que no sirven para nada: todos esos andrajos están tirados en un montón revuelto, confuso, podrido que exhala un olor asfixiante.
Sobre la basura, siempre con una pipa entre los dientes, está acostado el guarda Nikíta, un viejo soldado retirado, de galones desteñidos. Tiene un rostro severo, demacrado, unas cejas arqueadas que dan a su rostro la expresión de un mastín estepario, y una nariz roja; es bajo de estatura, de aspecto enjuto y fibroso, pero su presencia es imponente y sus puños robustos. Pertenece al número de hombres simplones, positivos, ejecutores y estúpidos, que aman más que todo en el mundo el orden, y por eso están convencidos de que hay que pegarles a ellos. Él pega por el rostro, por el pecho, por la espalda, por lo que le caiga, y está seguro de que sin eso allí no habría orden.
Luego entran a una habitación grande, espaciosa, que ocupa toda la accesoria, si no contar el zaguán. Las paredes aquí están pintadas de un color celeste-sucio, el techo está hollinado, como en una isbá1 sin chimenea: está claro que aquí, en invierno, las estufas humean y hay tufo. Las ventanas están afeadas por dentro con rejillas de hierro. El suelo es gris y astillado. Apesta a col agria, mecha quemada, chinches y amoníaco, y esa peste, al primer instante, le produce a usted tal impresión, como si entrara a una casa de fieras.
En la habitación hay camas atornilladas al suelo. En éstas están sentados y acostados hombres con batas de hospital azules y gorros de dormir antiguos. Son los locos.
Todos ellos aquí son cinco personas. Sólo uno es de título noble, y los restantes todos son burgueses2. El primero desde la puerta, un burgués alto, delgado, de bigotes rojizos, brillantes y ojos llorosos, está sentado con la cabeza apoyada y mira a un punto. Día y noche está triste, moviendo la cabeza, suspirando y sonriendo con amargura, rara vez participa en las conversaciones, y a las preguntas comúnmente no responde. Come y bebe de modo maquinal, cuando le dan. A juzgar por la torturante tos pectoral, la delgadez y el rubor de sus mejillas, le empieza una tuberculosis.
Tras él sigue un viejo pequeño, vivo, muy movido, de barbita afilada y cabellos negros, rizados como los de un negro. De día se pasea por la sala de una ventana a la otra, o se sienta en su cama, con las piernas dobladas a la turca; y sin descanso, como un pinzón, silba, canta en voz baja y suelta risillas. Su júbilo infantil y carácter vivo los manifiesta también de noche, cuando se levanta para rezarle a Dios, o sea, para golpearse el pecho con los puños y hurgar en la puerta con los dedos. Es el judío Moiséika, un tontito que se alienó hace unos veinte años, cuando se le quemó su taller de gorros.
De todos los habitantes de la sala Nº 6, sólo a él se le permite salir de la accesoria, e incluso del patio del hospital a la calle. De ese privilegio goza hace tiempo, probablemente, como antiguo inquilino del hospital y como tontito pacífico, inofensivo, como bufón citadino, a quien todos ya hace tiempo se habituaron a ver en las calles, rodeado de chiquillos y perros. Con su bata, su gorro ridículo y sus pantuflas, a veces descalzo e incluso sin pantalón, anda por las calles, se detiene en los portones y las tiendas, y pide un kopecito. En un lugar le dan kvas3, en el otro pan, en el tercero un kopecito, así que regresa a la accesoria, comúnmente, lleno y rico. Todo lo que trae consigo se lo quita Nikíta para su provecho. Eso lo hace el soldado con rudeza, de corazón, volteando los bolsillos y llamando a Dios de testigo, de que ya nunca más va a dejar salir al judío a la calle, y de que para él, lo peor de todo en el mundo es el desorden.
A Moiséika le gusta servir. Le sirve agua a sus colegas, los cubre cuando duermen, le promete a cada uno traerle un kopecito de la calle y coserle un gorro nuevo; él mismo alimenta con la cuchara a su vecino del lado izquierdo, un paralítico. Procede así no por compasión, y no por alguna razón de índole humana, sino imitando y obedeciendo sin desearlo a su vecino del lado derecho, Grómov.
Iván Dmítrich Grómov, un hombre de treinta y tres años, de los nobles, antiguo ujier de juzgado y secretario de gobierno, sufre de manía de persecución. O está acostado en la cama, hecho un ovillo, o anda de una esquina a la otra, como para un ejercicio, se sienta muy rara vez. Siempre está excitado, inquieto e intenso por alguna espera confusa, indefinida. Es suficiente el mínimo susurro en el zaguán o un grito en el patio, para que levante la cabeza y empiece a prestar oídos: ¿no vienen acaso por él? ¿No lo buscan acaso a él? Y su rostro expresa ante eso inquietud extrema y repulsión.
Me gusta su rostro ancho, de pómulos salientes, siempre pálido y desdichado, que refleja en sí, como un espejo, un alma torturada por la lucha y el miedo continuo. Sus muecas son extrañas y enfermizas, pero sus rasgos finos, pintados en su rostro por un sufrimiento profundo, sincero, son razonables e inteligentes, y en sus ojos hay un brillo cálido, saludable. Me gusta él mismo, cortés, servicial y sumamente delicado en su relación con todos, excepto Nikíta. Cuando a alguien se le cae un botón o una cuchara, él salta de la cama con rapidez y la levanta. Cada mañana le da los buenos días a sus colegas, al acostarse a dormir les desea buenas noches.
Además del constante estado intenso y de las muecas, su locura se expresa aún en lo siguiente. A veces, por las noches, se arropa con su bata y, con todo el cuerpo temblando, crujiendo los dientes, empieza a andar con rapidez de una esquina a la otra, y entre las camas. Parece como que tuviera una fuerte calentura. Por el modo como se detiene de repente y echa vistazos a sus colegas, se ve que quisiera decirles algo muy importante pero, por lo visto, razonando que no lo van a escuchar o entender, mueve la cabeza con impaciencia y continúa caminando. Pero pronto el deseo de hablar prevalece sobre todas las razones, y se da rienda suelta, y habla de modo acalorado y apasionado. Su discurso es desordenado, calenturiento, como un delirio, impetuoso, y no siempre se entiende, pero en cambio se oye en éste, en las palabras y en la voz algo sumamente bueno. Cuando habla, usted reconoce en él al loco y al hombre. Es difícil trasmitir al papel su discurso insensato. Habla él de la trivialidad humana, de la violencia que pisotea la verdad, de la vida hermosa que con el tiempo habrá en la tierra, de las rejillas de las ventanas, que le recuerdan a cada instante la estupidez y la crueldad de los violadores. Resulta un popurrí desordenado, incoherente de canciones viejas, pero no cantadas aún por completo.

II

Hace unos doce-quince años vivía en la ciudad, en la calle principal, en casa propia, el funcionario Grómov, un hombre respetable y asentado. Tenía dos hijos: Serguei e Iván. Siendo ya estudiante de cuarto año, Serguei se enfermó de tuberculosis galopante y murió, y esa muerte como que sirvió de principio a toda una serie de desgracias, que cayeron de pronto sobre la familia de los Grómov. A la semana del entierro de Serguei, el viejo padre fue llevado a juicio por falsificación y malversación, y pronto murió de tifus en el hospital carcelario. La casa y todo el mobiliario fueron vendidos en subasta, e Iván Dmítrich y su madre se quedaron sin ningún recurso.
Antes, en vida del padre, Iván Dmítrich, viviendo en Petersburgo, donde estudiaba en la universidad, recibía 60-70 rublos al mes, y no tenía ninguna idea de la necesidad, pero ahora tuvo que cambiar su vida bruscamente. Debió dar clases por gróshes4 de la mañana a la noche, dedicarse a las copias y, de todas formas, pasar hambre, ya que todo lo que ganaba se lo enviaba a su madre, para el sustento. Iván Dmítrich no resistió esa vida, perdió el ánimo, se enfermó y, abandonado los estudios, se fue a casa. Allí, en la ciudad pequeña, obtuvo por protección un puesto de maestro en la escuela del distrito, pero no intimó con los colegas, no gustó a los alumnos y pronto abandonó el puesto. Murió la madre. Medio año anduvo sin puesto, comiendo sólo pan y agua, luego ingresó como ujier de juzgado. Este cargo lo ocupó hasta que fue despedido por enfermedad.
Nunca, ni incluso en los años juveniles de estudiante, produjo la impresión de ser saludable. Siempre estaba pálido, delgado, era propenso al resfriado, comía poco, dormía mal. Con una copita de vino la cabeza le daba vueltas y entraba en histeria. Siempre tendía a la gente, pero gracias a su carácter irritable y aprensión, no intimaba con nadie y no tenía amigos. De los ciudadanos siempre se expresaba con desprecio, diciendo que su ruda ignorancia y soñolienta vida animal le parecían infames y repulsivas. Hablaba en tenor, en voz alta, de modo acalorado, y no de otra forma que indignado y perturbado, o con éxtasis y asombro, y siempre con franqueza. De lo que hablaras con él, siempre lo conducía a una cosa: vivir en la ciudad era asfixiante y aburrido, la sociedad no tenía intereses elevados, llevaba una vida opaca, sin sentido, que distraía con violencia, perversión grosera e hipocresía; los canallas estaban saciados y vestidos, y los honrados comían migajas; se necesitaban escuelas, un periódico local con una tendencia honrada, un teatro, lecturas públicas, cohesión de las fuerzas intelectuales, se necesitaba que la sociedad se reconociera y horrorizara. En sus juicios sobre los hombres ponía colores espesos, sólo blanco y negro, sin reconocer ningún matiz, la humanidad se dividía para él en honrados y canallas, término medio no había. De las mujeres y el amor hablaba siempre de modo apasionado, con éxtasis, pero ni una vez estuvo enamorado.
En la ciudad, a pesar de la brusquedad de sus juicios y nerviosismo, lo querían, y a espaldas lo llamaban Vánia con cariño. Su delicadeza innata, espíritu servicial, honradez, pureza moral y levita usada, aspecto enfermizo y desgracias familiares infundían una sensación buena, cálida y triste; además, estaba bien educado y había leído, lo sabía todo en opinión de los ciudadanos, y era en la ciudad algo así, como un diccionario de consulta andante.
Leía mucho. Sucedía, que siempre estaba sentado en el club, tirándose de la barbita con nerviosismo y hojeando las revistas y los libros, y por su rostro se veía que no leía, sino tragaba, apenas alcanzado a masticar. Hay que pensar que la lectura era uno de sus hábitos enfermizos, ya que se lanzaba con igual ansiedad hacia todo lo que le cayera en las manos, incluso a los periódicos y los calendarios del pasado año. En su casa siempre leía acostado.

III

Una vez, en una mañana otoñal, alzándose el cuello del paletó y andando por el fango, Iván Dmítrich se dirigía por callejones y traspatios a la casa de cierta burguesa, para cobrar una hoja ejecutoria. Su estado de ánimo era sombrío, como siempre por las mañanas. En uno de los callejones encontró dos reclusos con grilletes, y sus cuatro escoltas con los fusiles. Antes Iván Dmítrich encontraba reclusos muy a menudo, y cada vez le despertaban una sensación de compasión y embarazo, pero ahora este encuentro le produjo cierta impresión peculiar, extraña. Le pareció de pronto, por algo, que a él también lo podían encadenar con grilletes, y llevarlo de esa misma forma por el fango a la cárcel. Visitado a la burguesa, al regresar a su casa, encontró cerca del correo a un inspector de policía conocido, que lo saludó y caminó con él unos pasos por la calle, y por algo eso le pareció sospechoso. En la casa, todo el día no le salieron de la cabeza los reclusos y los soldados con los fusiles, y una incomprensible inquietud espiritual le impedía leer y concentrarse. Al atardecer, no encendió la luz en su habitación, y por la noche no durmió y pensó que lo podían arrestar, encadenar y meter en la cárcel. No tenía ninguna culpa de su parte, y podía responder por que en el futuro nunca mataría, ni quemaría ni robaría; pero, ¿acaso era difícil cometer un delito sin intención, de modo inevitable, y acaso no era posible una calumnia, finalmente un error judicial? Pues no en vano, la experiencia popular secular enseñaba a no jurar por la suma y la cárcel5. Y el error judicial, con el proceder judicial actual, era muy posible, y no había nada extraño en eso. Los hombres que tenían una relación de servicio, u oficial con el sufrimiento ajeno, por ejemplo los jueces, los policías y los médicos, con el paso del tiempo, a fuerza de hábito, se templaban hasta tal grado, que querían pero no se podían relacionar con sus clientes de otro modo, que no fuera el formal; por esa parte, no se diferenciaban en nada del mujík, que en los traspatios degollaba carneros y becerros, y no advertía la sangre. Ante una relación formal, insensible con el hombre, para privar a un hombre inocente de todos los derechos a su fortuna, y condenarlo a trabajo forzado, el juez necesitaba sólo una cosa: tiempo. Sólo tiempo para la observancia de ciertas formalidades, por las que al juez le pagaban un salario, y luego: todo terminado. ¡Busca después justicia y defensa en esta ciudad pequeña, fangosa, a doscientas vérstas de la vía férrea! ¿Y además, acaso no era ridículo pensar en la justicia, cuando cualquier violencia era recibida por la sociedad como una necesidad razonable y objetiva, y cualquier acto de misericordia, por ejemplo, una sentencia absolutoria, provocaba toda una explosión de sentimiento insatisfecho, vengativo?
Por la mañana, Iván Dmítrich se levantó de la cama aterrado, con un sudor frío en la frente, seguro ya por completo de que lo podían arrestar en cualquier instante. Si las ideas penosas de ayer no lo dejaban en tanto tiempo, -pensaba-, pues entonces, en éstas había una porción de verdad. No podían, en efecto, venirle a la cabeza sin ningún motivo.
El alguacil, sin prisa, pasó junto a su ventana: eso no era en vano. He aquí dos hombres se detenían junto a la casa y callaban. ¿Por qué callaban?
Y para Iván Dmítrich llegaron unos días y unas noches torturadores. Todos los que pasaban junto a sus ventanas y entraban al patio le parecían espías y policías secretos. Al mediodía, el jefe de policía, comúnmente, pasaba al vapor por la calle; eso iba de su propiedad en los arrabales a la estación policial, pero a Iván Dmítrich le parecía cada vez que iba con demasiada rapidez, y con cierta expresión peculiar: evidentemente, se apuraba a informar que en la ciudad había aparecido un criminal muy importante. Iván Dmítrich se estremecía a cada llamada y golpe en el portón, se consumía cuando hallaba donde la dueña a una persona nueva; en el encuentro con los policías y los gendarmes sonreía y silbaba, para parecer indiferente. No dormía por noches enteras, esperando el arresto, pero roncaba de modo ruidoso y suspiraba como un soñoliento, para que a la dueña le pareciera que él dormía, pues si no dormía, eso significaba que lo torturaban los cargos de conciencia: ¡qué prueba! Los hechos y la lógica sensata lo convencían, de que todos esos temores eran un absurdo y una psicopatía, que en el arresto y la cárcel, si mirar el asunto con más amplitud, en esencia, no había nada terrible, con tal de que la conciencia estuviera tranquila; pero mientras más inteligente y lógicamente razonaba, más fuerte y torturadora se hacía su inquietud espiritual. Era parecido a como si un ermitaño quisiera talarse un lugarcito en un bosque virgen: mientras más empeñado trabajaba con el hacha, más tupido y fuerte crecía el bosque. Iván Dmítrich, al final de todo, viendo que era inútil, dejó de razonar por completo y se entregó por entero a la desolación y el miedo.
Empezó a aislarse y a evitar a la gente. El servicio desde antes le era repulsivo, pero ahora se le hizo insoportable. Temía que lo embarcaran de algún modo, que le pusieran en el bolsillo un soborno de forma inadvertida, y después lo pescaran, o que él mismo, sin intención, cometiera un error en los papeles oficiales, equivalente a una falsificación, o perdiera dinero ajeno. Es extraño, que nunca en otro tiempo su mente fuera tan ágil e ingeniosa como ahora, cuando cada día inventaba mil motivos diversos para temer seriamente por su libertad y su honor. En cambio, disminuyó notablemente su interés por el mundo exterior, en particular por los libros, y la memoria empezó a traicionarlo fuertemente.
En primavera, cuando se fue la nieve, hallaron en un barranco cerca del cementerio los cadáveres semi-descompuestos de una vieja y un chico, con signos de muerte violenta. En la ciudad sólo se hablaba de esos cadáveres y de los asesinos desconocidos6. Iván Dmítrich, para que no pensaran que él los había matado, andaba por las calles y sonreía, y en el encuentro con los conocidos palidecía, se sonrojaba y empezaba a asegurar que no había crimen más infame, que el asesinato de los débiles e indefensos. Pero esa mentira pronto lo fatigó y, después de cierta meditación, decidió que en su situación lo mejor era esconderse en el sótano de la dueña. En el sótano estuvo sentado un día, después una noche y otro día, se resfrió fuertemente y, esperada la tiniebla, en secreto, como un ladrón, se deslizó a su habitación. Hasta el amanecer estuvo parado en medio de la habitación, sin moverse y prestando oídos. Por la mañana temprano, antes de la salida del sol, llegaron unos fumistas a ver a la dueña. Iván Dmítrich sabía bien, que habían venido para rehacer la estufa de la cocina, pero el miedo le sugirió que eran policías vestidos de fumistas. Salió a escondidas del apartamento y, poseído de terror, sin gorro ni levita, echó a correr por la calle. Tras él corrieron con ladridos los perros, un mujík le gritó por detrás en algún lugar, en las orejas le silbaba el viento, y a Iván Dmítrich le pareció, que toda la violencia del mundo se había acumulado a su espalda, y corría tras él.
Lo retuvieron, lo llevaron a la casa y mandaron a la dueña por el médico. El doctor Andrei Efímich, de quien se hablará adelante, le recetó compresas frías en la cabeza y gotas de laurel y cerezos, movió la cabeza con tristeza y se fue, diciéndole a la dueña que ya no vendría más, por que no se debía molestar a la gente cuando se volvía loca. Ya que en la casa no había con qué vivir ni tratarse, pronto enviaron a Iván Dmítrich al hospital, y lo pusieron allí en la sala de los enfermos venéreos. No dormía por las noches, se ponía caprichoso e inquietaba a los enfermos, y pronto, por disposición de Andrei Efímich, fue trasladado a la sala Nº 6.
Al año, olvidaron por completo a Iván Dmítrich en la ciudad, y sus libros, tirados por la dueña en un trineo bajo el tejadillo, se los llevaron los chiquillos.

IV

El vecino del lado izquierdo de Iván Dmítrich, como ya dije, era el judío Moiséika, el vecino de la derecha un mujík abotagado de grasa, casi redondo, de rostro estúpido, totalmente sin sentido. Era un animal inmóvil, glotón y sucio, que hacía tiempo ya había perdido la capacidad de pensar y sentir. De él emanaba de modo constante un hedor agudo, asfixiante.
Nikíta, que lo limpiaba, le pegaba de modo terrible, alzando el brazo, sin escatimar con sus puños; y lo terrible ahí no era que le pegaran -a eso se podía habituarse-, sino que el animal estúpido no respondía a la golpiza ni con un sonido, ni con un movimiento, ni con la expresión de los ojos, y sólo se balanceaba ligeramente, como un tonel pesado.
El quinto y último habitante de la sala Nº 6 era un burgués, que alguna vez sirvió de escogedor en el correo, un rubio pequeño, delgado, con un rostro bondadoso, pero un poco malicioso. A juzgar por sus ojos inteligentes, tranquilos, que miraban con claridad y júbilo, estaba en su juicio, y tenía cierto secreto muy importante y agradable. Tenía bajo la almohada y el colchón algo tal, que no mostraba a nadie, pero no por miedo a que se lo pudieran quitar o robar, sino por vergüenza. A veces se acercaba a la ventana y, volviendo la espalda a sus colegas, se ponía algo en el pecho, y lo miraba inclinando la cabeza; si en ese momento alguien se le acercaba, él se confundía y se arrancaba algo del pecho. Pero no era difícil adivinar su secreto.
-Felicíteme, -decía a Iván Dmítrich a menudo, -he sido propuesto para la Stanisláv7 con estrella de segundo grado. La estrella de segundo grado se la dan sólo a los extranjeros, pero conmigo, por algo, quieren hacer una excepción, -sonreía, encogiéndose de hombros con perplejidad. -¡Pues confieso que no lo esperaba!
-Yo de eso no entiendo nada, -anunciaba Iván Dmítrich sombríamente.
-¿Pero sabe qué voy a conseguir tarde o temprano? –continuaba el antiguo escogedor entornando los ojos con malicia.-Voy a recibir seguro la Estrella Polar sueca. Es una orden que vale la pena gestionar. Una cruz blanca con una cinta negra. Es muy bonita.
Probablemente, en ningún otro lugar la vida era tan monótona, como en la accesoria. Por la mañana los enfermos, excepto el paralítico y el mujík gordo, se lavaban en el zaguán en una tina grande, y se secaban con los faldones de las batas; después de eso tomaban té en unos jarros de estaño, que Nikíta traía del pabellón principal. A cada uno le tocaba un jarro. A mediodía comían schi8 de col agria y gachas, por la noche cenaban las gachas que quedaban del almuerzo. En los intervalos se acostaban, dormían, miraban por la ventana y andaban de una esquina a la otra. Y así cada día. Incluso el antiguo escogedor hablaba de las mismas órdenes.
Gente fresca se veía raras veces en la sala Nº 6. Alienados nuevos el doctor hacía tiempo ya que no recibía, y los aficionados a visitar los manicomios no son muchos en este mundo. Una vez cada dos meses visitaba la accesoria Semión Lazárich, el barbero. De cómo éste pelaba a los locos, y cómo Nikíta lo ayudaba a hacerlo, y a qué turbación llegaban los enfermos cada vez que aparecía el barbero sonriente, borracho, no vamos a hablar.
Excepto el barbero, nadie se asomaba a la accesoria. Los enfermos estaban condenados a ver día tras día sólo a Nikíta.
Por lo demás, hacía poco que corría por el pabellón del hospital un rumor bastante extraño.
Corría el rumor de que la sala Nº 6 la había empezado a visitar un doctor.

V

¡Extraño rumor!
El doctor Andrei Efímich Ráguin era un hombre notable en su género. Se decía que en su temprana juventud era muy devoto, y se preparó para la carrera eclesiástica, y que terminado en 1863 el curso en el gimnasio, tenía la intención de ingresar a la academia eclesiástica, pero como que su padre, doctor en medicina y cirujano, se rió de él con mordacidad, y declaró de modo categórico que no lo iba a considerar su hijo si se hacía pope. En cuanto eso es cierto, no lo sé, pero el mismo Andrei Efímich confesó más de una vez, que nunca había sentido vocación por la medicina y, en general, por las ciencias especiales.
Como quiera que fuese, terminado el curso en la facultad de medicina, no se tonsuró como un sacerdote. No mostraba devoción, y parecía tan poco un funcionario eclesiástico al principio de su carrera doctoral, como ahora.
Su aspecto era penoso, rudo, de mujík; por su rostro, barba, cabellos lacios y complexión robusta, torpe, recordaba a un tabernero del camino real, fogueado, incontinente y violento. Su rostro era severo, cubierto de venitas azules, los ojos pequeños, la nariz roja. De elevada estatura y ancho de hombros, tenía unos brazos y unas piernas enormes, parecía que si te alcanzaba con el puño, fuera el alma9. Pero tenía un paso silencioso y un andar cuidadoso, insinuante; en el encuentro en un corredor estrecho, siempre se detenía él primero para dar paso, y no con una voz de bajo, como esperabas, sino con un tenor fino, suave, decía: «¡culpable!» Tenía en el cuello un tumor pequeño, que le impedía llevar cuellos ásperos, almidonados, y por eso andaba siempre con una camisa de lienzo o percal suave. En general, se vestía no como un doctor. El mismo traje lo llevaba unos diez años, y la ropa nueva, que compraba comúnmente en la tienda del judío, parecía en él tan usada y arrugada como la vieja; con la misma levita recibía a los enfermos, almorzaba e iba de visita, pero eso no por avaricia, sino por una absoluta no atención a su aspecto.
Cuando Andrei Efímich llegó a la ciudad, para tomar el cargo, el «establecimiento de beneficencia» se hallaba en un estado terrible. En las salas, los corredores y el patio del hospital era penoso respirar por el hedor. Los mujíks del hospital, las asistentas y sus hijos dormían en las salas con los enfermos. Se quejaban de que las cucarachas, las chinches y los ratones no los dejaban vivir. En la sección de cirugía no se extinguía la erisipela. Para todo el hospital había sólo dos escalpelos y ni un termómetro, y en los baños tenían patatas. El inspector, la encargada y el enfermero les robaban a los enfermos, y del viejo médico, predecesor de Andrei Efímich, contaban como que se dedicaba a la venta secreta del alcohol del hospital, y se había creado con las asistentas y las mujeres enfermas todo un harén. En la ciudad conocían perfectamente esos desórdenes, e incluso los exageraban, pero los contemplaban con serenidad; unos los justificaban con que al hospital ingresaban sólo burgueses y mujíks que no podían estar insatisfechos, ya que en su casa vivían mucho peor que en el hospital, ¡no los iban a alimentar con faisanes! Otros decían a modo de justificación que la ciudad sola, sin la ayuda del zémstvo, no tenía fuerzas para mantener un buen hospital; gracias a Dios que había uno, siquiera malo. Y el joven zémstvo no abría clínicas ni en la ciudad, ni en las cercanías, diciendo que la ciudad tenía ya su hospital.
Examinado el hospital, Andrei Efímich llegó a la conclusión de que era una institución inmoral y, en grado sumo, nociva para la salud de los habitantes. En su opinión, lo más inteligente que se podía hacer, era poner en libertad a los enfermos y cerrar el hospital. Pero razonó que para eso no era suficiente sólo su voluntad, y que sería inútil; si se expulsaba la suciedad física y moral de un lugar, ésta pasaba a otro, había que esperar que se ventilara sola. Además, si la gente había abierto el hospital y lo toleraba, eso significaba que lo necesitaban; los prejuicios y todas esas vilezas e infamias mundanas eran necesarias ya que, con el paso tiempo, se convertían en algo práctico, como el estiércol en la tierra negra. En el mundo no había nada bueno que, en su fuente original, no tuviera una vileza.
Tomado el cargo, Andrei Efímich contempló los desórdenes, por lo visto, con bastante indiferencia. Le rogó sólo a los mujíks del hospital y a las asistentas no pernoctar en las salas, y puso dos armarios con instrumentos; y el inspector, la encargada, el enfermero y la erisipela quirúrgica se quedaron en sus puestos.
A Andrei Efímich le gustaban sumamente la inteligencia y la honradez, pero para organizar a su alrededor una vida inteligente y honrada, le faltaban el carácter y la fe en su derecho. Ordenar, prohibir e insistir, positivamente, no sabía. Parecía como si hubiera hecho el voto de no alzar nunca la voz, y no emplear la declinación imperativa. Decir “dame» o «tráeme» le era difícil; cuando quería comer, tosía de modo indeciso y le decía a la cocinera: «Como que un té...» o: «Como que almorzar...». Decirle al inspector que dejara de robar o expulsarlo, o suprimir por completo ese cargo innecesario, parasitario, era algo más allá de sus fuerzas en absoluto. Cuando engañaban a Andrei Efímich o lo adulaban, o le traían para firmar una cuenta falsificada a sabiendas, se sonrojaba como un cangrejo y se sentía culpable, pero de todas formas firmaba la cuenta; cuando los enfermos se le quejaban de hambre o de las groseras asistentas, se confundía y farfullaba con aire culpable:
-Bueno, bueno, yo lo aclaro luego... Probablemente, hay un mal entendido...
En los primeros tiempos Andrei Efímich trabajó con mucho empeño. Recibía diariamente de la mañana al almuerzo, hacía operaciones e, incluso, se dedicaba a la práctica de partero. Las damas decían de él que era atento y adivinaba perfectamente las enfermedades, en particular las infantiles y las femeninas. Pero con el paso del tiempo, el asunto le aburrió notablemente con su monotonía y evidente inutilidad. Hoy recibías a treinta enfermos, y mañana mirabas, y venían treinta y cinco, pasado mañana cuarenta, y así día tras día, año tras año, y la mortalidad en la ciudad no disminuía, y los enfermos no cesaban de venir. Prestar una ayuda seria a los cuarenta enfermos venidos de la mañana al almuerzo no era posible físicamente, entonces, resultaba por fuerza un engaño. Los doce mil enfermos recibidos en el año de recuento, significaban, razonando simplemente, doce mil personas engañadas. Poner a los enfermos graves en la sala y dedicarse a ellos según las reglas de la ciencia, tampoco se podía, porque había reglas pero no había ciencia; y si dejar la filosofía y seguir las reglas de modo pedante, como los demás doctores, para eso era necesario, ante todo, limpieza y ventilación, y no suciedad, un alimento saludable, y no un schi de col agria apestosa, buenos ayudantes, y no ladrones.
¿Y además, para qué impedir a los hombres morir, si la muerte era el final normal y legal de cada uno? ¿Qué se obtenía si algún comerciante o funcionario vivía cinco, diez años demás? Si ver el objetivo de la medicina en que las medicinas aliviaban el dolor, pues surgía de modo inevitable la pregunta: ¿para qué aliviarlos? En primer lugar, decían que los sufrimientos conducían al hombre a la perfección y, en segundo, si la humanidad aprendía, en realidad, a aliviar sus sufrimientos con píldoras y gotas, pues abandonaría por completo la religión y la filosofía, en las que hasta ahora hallaba no sólo defensa contra todos los infortunios, sino incluso felicidad. Púshkin, antes de su muerte, sufrió tormentos terribles, el pobrecito de Heine estuvo acostado con parálisis varios años, ¿por qué no se iba a enfermar cualquier Andrei Efímich o Matrióna Sávishna, cuyas vidas no tenían contenido, y serían totalmente vacías y parecidas a la vida de una ameba, si no fuera por los sufrimientos?
Aplastado por esas reflexiones, Andrei Efímich bajó los brazos y empezó a ir al hospital no cada día.

VI
Su vida transcurría así. Comúnmente, se levantaba por la mañana, a eso de las ocho, se vestía y tomaba té. Después se sentaba en su gabinete a leer o iba al hospital. Allí, en el hospital, en un corredor estrecho, oscuro, estaban sentados los enfermos de dispensario, esperando la consulta. Por su lado, golpeando con sus botas el suelo de ladrillos, corrían los mujíks y las asistentas, pasaban los delgados enfermos en sus batas, llevaban a los muertos y los recipientes con suciedades, lloraban los niños, soplaba una corriente de aire. Andrei Efímich sabía que para los enfermos con calentura, los tuberculosos y, en general, los impresionables ese ambiente era torturador, ¿pero qué podías hacer? En el vestíbulo lo recibía el enfermero Serguei Serguéich, un hombre pequeño, gordo, de rostro afeitado, bien lavado, rollizo, de maneras suaves, fluidas, con un traje nuevo, holgado, más parecido a un senador que a un enfermero. En la ciudad tenía una práctica enorme, llevaba corbata blanca y se consideraba más versado que el doctor, que no tenía práctica en absoluto. En una esquina, en el vestíbulo, había una gran imagen en una urna, con una lámpara pesada, junto a un reclinatorio de funda blanca; en las paredes colgaban los retratos de los prelados, una vista del monasterio Sviatogórski y coronas de acianos secos. Serguei Serguéich era religioso y le gustaba lo suntuoso. La imagen se ponía a su cuenta; los domingos, en el vestíbulo, alguno de los enfermos, por orden suya, leía en voz alta el acatista, y después de la lectura el mismo Serguei Serguéich recorría todas las salas con un incensario, y las sahumaba con incienso.
Los enfermos eran muchos, y el tiempo era poco, y por eso el asunto se limitaba sólo a un breve interrogatorio y a la entrega de alguna medicina, como ungüento volátil o aceite de ricino. Andrei Efímich se sentaba con la mejilla apoyada en el puño, pensativo, y hacía las preguntas de modo maquinal. Serguei Serguéich también se sentaba, se frotaba las manos y rara vez se inmiscuía.
-Nos enfermamos y sufrimos necesidad, -decía, -por que le rezamos mal al Señor misericordioso. ¡Sí!
Durante la consulta Andrei Efímich no hacía ninguna operación, hacía tiempo ya que había perdido el hábito de éstas, y la visión de la sangre le inquietaba y desagradaba. Cuando le tocaba abrirle la boca a un niño, para asomarse a su garganta, y el niño gritaba y se defendía con sus manitos, por el ruido en los oídos le daba vueltas la cabeza y le brotaban lágrimas de los ojos. Se apuraba a recetar la medicina y agitaba la mano, para que la mujer se llevara lo más pronto al niño.
En la consulta le aburrían pronto la timidez de los enfermos y su torpeza, la cercanía del suntuoso Serguei Serguéich, los retratos en las paredes y sus propias preguntas, que hacía sin variación hacía ya más de veinte años. Y se iba, recibido a cinco-seis enfermos. Los restantes los recibía sin él el enfermero.
Con la idea agradable de que, gracias a Dios, no tenía práctica privada ya hacía tiempo, y nadie lo iba a molestar, Andrei Efímich, al llegar a la casa, se sentaba de inmediato a la mesa de su gabinete y empezaba a leer. Leía mucho y siempre con gran gusto. La mitad del salario se le iba en la compra de libros, y de las seis habitaciones de su apartamento, tres estaban abarrotadas de libros y revistas viejas. Más que todo le gustaban las obras de historia y filosofía, de medicina se suscribía sólo a El médico, que siempre empezaba a leer por el final. La lectura cada vez continuaba sin receso algunas horas, y no lo fatigaba. Leía no con la rapidez y el ímpetu con que alguna vez leyó Iván Dmítrich, sino con lentitud, con penetración, deteniéndose a menudo en los lugares que le gustaban o no entendía. Junto al libro siempre había una garrafita de vodka y yacía un pepinillo encurtido, o una manzana macerada sobre el mismo tapete, sin plato. Cada media hora, sin apartar los ojos del libro, se servía una copita de vodka y se la bebía, después, sin mirar, tanteaba el pepinillo y mordía un pedacito.
A las tres se acercaba con cuidado a la puerta de la cocina, tosía y decía:
-Dáriushka, como que almorzar…
Después de un almuerzo bastante malo y desaseado, Andrei Efímich andaba por sus habitaciones, con los brazos cruzados sobre el pecho, y pensaba. Daban las cuatro, después las cinco, y él aún andaba y pensaba. Alguna vez crujía la puerta de la cocina y aparecía el rostro rojo, soñoliento de Dáriushka.
-Andrei Efímich, ¿no le es hora de tomar cerveza? –preguntaba preocupada.
-No, todavía no es tiempo... –respondía él. -Voy a esperar… a esperar...
A la tarde, comúnmente, venía el jefe de correo, Mijaíl Averiánich, el único hombre en toda la ciudad, cuya sociedad no le era fatigosa a Andrei Efímich. Mijaíl Averiánich alguna vez había sido un hacendado muy rico y había servido en la caballería, pero se arruinó y, por necesidad, ingresó en su vejez al departamento de correo. Tenía un aire animado, saludable, unas patillas grises hermosas, maneras bien educadas y una voz fuerte, agradable. Era bondadoso y sensible, pero irascible. Cuando en el correo alguno de los visitantes protestaba, no convenía o, simplemente, empezaba a replicar, Mijaíl Averiánich se amorataba, se le estremecía todo el cuerpo y gritaba con voz de trueno: «¡A callar!», de modo que la sección de correo, ya hacía tiempo, tenía reputación de ser una institución a la que era temible ir. Mijaíl Averiánich estimaba y quería a Andrei Efímich por su educación y nobleza de alma, al resto de los habitantes los contemplaba desde arriba, como a sus subordinados.
-¡Y aquí estoy yo! –decía, al entrar a ver a Andrei Efímich-. ¡Saludos, mi querido! ¿Seguro, ya le cansé, ah?
-Al contrario, me alegro mucho, -le respondía el doctor. –Yo siempre me alegro de verlo.
Los amigos se sentaban en el diván del gabinete y, por cierto tiempo, fumaban callados.
-¡Dáriushka, como que cerveza! -decía Andrei Efímich.
La primera botella se la tomaban también callados: el doctor pensativo, y Mijaíl Averiánich con un aire contento, animado, como un hombre que tiene algo muy interesante que contar. La conversación siempre la empezaba el doctor.
-¡Qué lástima, –decía con lentitud y suavidad, moviendo la cabeza y sin mirar a los ojos de su interlocutor (nunca miraba a los ojos), -qué lástima profunda, estimado Mijaíl Averiánich, que en nuestra ciudad no hay en absoluto, hombres que sepan y gusten de mantener una plática inteligente e interesante. Es una carencia enorme para nosotros. Incluso la intelectualidad no se eleva sobre la trivialidad, su nivel de desarrollo, le aseguro, no es superior en nada al del estamento inferior.
-Totalmente cierto. Convengo.
-Usted mismo se digna a saber, -continuaba el doctor con suavidad y dilación, -que en este mundo todo es insignificante y no interesante, excepto las manifestaciones espirituales superiores de la inteligencia humana. La inteligencia pone un marcado límite entre el animal y el hombre, insinúa lo divino del último, y en cierto grado, incluso sustituye su inmortalidad, que no existe. Partiendo de esto, la inteligencia es la única fuente de placer posible. Nosotros pues, no vemos y no oímos a nuestro alrededor inteligencia, entonces, estamos privados de placer. Cierto, tenemos los libros, pero eso no es en absoluto lo que la plática viva y la comunicación. Si me permite hacer una comparación no muy afortunada, pues los libros son las notas, y la plática el canto.
-Totalmente cierto.
Sobrevenía un silencio. De la cocina salía Dáriushka y, con una expresión de pesar estúpido, con el rostro apoyado en el puñito, se detenía junto a la puerta, para escuchar.
-¡Eh! -suspiraba Mijaíl Averiánich. -¡Quiso de las inteligencias actuales!
Y contaba cómo antes se vivía de modo saludable, jubiloso e interesante, qué intelectualidad inteligente había antes en Rusia, y qué alto ponía ésta el concepto del honor y la amistad. Se prestaba dinero sin endoso, y se consideraba una deshonra no tender una mano de ayuda al colega necesitado. ¡Y qué campañas, aventuras, escaramuzas, qué colegas, qué mujeres! ¡Y el Cáucaso, qué región asombrosa! Y la esposa de un jefe de batallón, una mujer extraña, se ponía un traje de oficial, y se iba por las tardes a la montaña sola, sin guía. Decían que tenía un romance en una aldea, con cierto príncipe.
-Zarina celestial, mátushka... -suspiraba Dáriushka.
-¡Y cómo bebían! ¡Cómo comían! ¡Y qué liberales temerarios eran!
Andrei Efímich escuchaba y no oía, pensaba en algo y sorbía cerveza.
-Yo sueño a menudo con hombres inteligentes y con pláticas con éstos, –decía de repente, interrumpiendo a Mijaíl Averiánich. -Mi padre me dio una educación excelente, pero bajo la influencia de las ideas de los años sesenta, me obligó a hacerme médico. Me parece que si entonces no lo hubiera escuchado, me encontraría ahora en el mismo centro del movimiento intelectual. Probablemente, sería miembro de alguna facultad. Por supuesto, la inteligencia tampoco es eterna y es pasajera, pero usted ya sabe por qué siento inclinación hacia ésta. La vida es una trampa fastidiosa. Cuando el hombre pensante alcanza la pubertad, y llega a la conciencia madura, se siente como en una trampa de la que no hay salida. En realidad, contra su voluntad, es llamado del no ser a la vida por ciertas casualidades... ¿Para qué? Quiere conocer el sentido y el objetivo de su existencia, no se lo dicen, o le dicen cosas absurdas; toca, no le abren; le llega la muerte, también contra su voluntad. Y pues, así como en la cárcel los hombres, ligados por la desgracia común, sienten alivio cuando intiman, así en la vida no adviertes la trampa, cuando los hombres, inclinados al análisis y a las generalidades, intiman y pasan el tiempo en el intercambio de ideas orgullosas, libres. En ese sentido, la inteligencia es un placer insustituible.
-Totalmente cierto.
Sin mirar a su interlocutor a los ojos, con suavidad y pausas, Andrei Efímich continuaba hablando de los hombres inteligentes y de las pláticas con éstos, y Mijaíl Averiánich lo escuchaba atentamente y convenía: «Totalmente cierto.»
-¿Y usted no cree en la inmortalidad del alma? -preguntaba de pronto el administrador de correo.
-No, estimado Mijaíl Averiánich, no creo, y no tengo fundamento para creer.
-Le confieso, que yo también dudo. Aunque, por lo demás, tengo tal sensación, como si nunca fuera a morir. ¡Ay, pienso para mí, viejo rábano, ya es hora de morir! Y en el alma como una vocecita: ¡no creas, no vas a morir!..
Pasadas las nueve Mijaíl Averiánich se iba. Al ponerse la pelliza en el vestíbulo, decía con un suspiro:
-¡Pero a qué lugar perdido nos trajo el destino! Lo más fastidioso de todo, es que tendremos que morir aquí. ¡Eh!..

VII

Acompañado el amigo, Andrei Efímich se sentaba a la mesa y empezaba a leer de nuevo. El silencio del atardecer, y después de la noche, no era violado ni por un sonido, y el tiempo, al parecer, se detenía junto con el doctor sobre el libro, y parecía que no existía nada, excepto el libro y la lámpara con su pantalla verde. El rostro rudo, de mujík del doctor se iluminaba, poco a poco, con una sonrisa de ternura y éxtasis ante los movimientos de la inteligencia humana. «¿Oh, por qué el hombre no es inmortal? -pensaba-. ¿Para qué los centros y los meandros cerebrales, para qué la vista, el habla, la sensación personal, el genio, si todo eso estaba destinado a ir a la tierra y, al final de todo, a enfriarse junto con la corteza terrestre, y después, por millones de años, sin sentido y sin objetivo, volar con la tierra alrededor del sol? Para enfriarse y después volar, no era necesario en absoluto extraer del no ser al hombre, con su inteligencia elevada, casi divina, y después, como en burla, convertirlo en barro.
¡El intercambio de sustancias! ¡Pero qué cobardía consolarse con ese sucedáneo de inmortalidad! Los procesos inconscientes que se producían en la naturaleza, estaban por debajo, incluso, de la estupidez humana, ya que en la estupidez había, de todas formas, conciencia y voluntad, y en los procesos exactamente nada. Sólo el cobarde, que tenía más miedo a la muerte que dignidad, se podía consolar con que su cuerpo, con el tiempo, viviría en la hierba, en una piedra, en un sapo... Ver la propia inmortalidad en el intercambio de sustancias era tan extraño, como predecir un futuro brillante al estuche, después que el violín costoso se rompiera y se hiciera inservible.
Cuando tocaba el reloj, Andrei Efímich se recostaba contra el espaldar de la butaca y cerraba los ojos, para pensar un poco. Y de súbito, bajo la influencia de las ideas buenas, leídas en el libro, lanzaba una mirada a su pasado y a su presente. El pasado era repulsivo, mejor no recordarlo. Y el presente era lo mismo que el pasado. Él sabía que mientras sus ideas volaban junto con la tierra enfriada alrededor del sol, junto al apartamento del doctor, en el pabellón grande, las personas se consumían en la enfermedad y el desaseo físico; acaso, alguien no dormía y luchaba con los insectos, alguien se contagiaba de erisipela o se quejaba de una venda demasiado apretada, acaso, los enfermos jugaban a las cartas con las asistentas y tomaban vodka. En el año de recuento se había engañado a doce mil personas; todo el asunto hospitalario, como hacía veinte años, se construía sobre el robo, las disputas, los chismes, el compadrazgo, la charlatanería grosera, y el hospital como antes constituía una institución inmoral, y en grado sumo nociva para la salud de los habitantes. Él sabía que en la sala Nº 6, tras las rejas, Nikíta quebraba a los enfermos, y que Moiséika iba cada día por la ciudad y pedía limosna.
Pero por otra parte, sabía perfectamente que en los últimos veinticinco años, en la medicina se había producido un cambio fabuloso. Cuando él estudiaba en la universidad, le parecía que la medicina correría pronto la suerte de la alquimia y la metafísica, pero ahora, cuando leía por las noches, la medicina lo conmovía y le producía asombro, e incluso éxtasis. ¡En efecto, qué brillo inesperado, qué revolución! Gracias a los antisépticos se hacían operaciones, que el gran Pirogóv consideraba imposibles, incluso in spe. Los médicos rurales ordinarios se decidían a realizar la resección de la articulación de la rodilla, en cien cesáreas sólo un caso mortal, y el mal de piedra se consideraba tal tontería, que incluso no escribían sobre éste. La sífilis se curaba radicalmente. ¿Y la teoría de la herencia, el hipnotismo, los descubrimientos de Pasteur y de Koch, la higiene con estadística y nuestra medicina rural rusa? La psiquiatría, con su actual clasificación de las enfermedades, con sus métodos de diagnosis y tratamiento era, en comparación con lo que fue, todo un Elborus. Ahora a los alienados no le echaban agua fría en la cabeza, ni les ponían camisas de fuerza, los tenían como personas e incluso, como escribían en los periódicos, organizaban para ellos espectáculos y bailes. Andrei Efímich sabía que, con las visiones y los gustos actuales, tal ignominia como la sala Nº 6 era posible sólo a doscientas vérstas de la vía férrea, en una ciudad pequeña, donde el alcalde y todos los concejales eran unos burgueses semianalfabetos, que veían en el médico un sacerdote, a quien era necesario creer sin ninguna crítica, aunque les echara en la boca estaño fundido; pero en otro lugar, el público y los periódicos hubieran hecho pedazos, hacía tiempo, esta pequeña Bastilla.
«¿Y qué pues? -se preguntaba Andrei Efímich, abriendo los ojos. -¿Qué salía de esto? Los antisépticos, Koch y Pasteur pero, en esencia, el asunto no había cambiado en absoluto. La enfermedad y la mortalidad eran las mismas. Se organizaban bailes y espectáculos para los locos pero, de todas formas, no los dejaban en libertad. Entonces, todo era absurdo y vanidad, y entre la mejor clínica vienesa y mi hospital no había, en esencia, ninguna diferencia.»
Pero el pesar y una sensación parecida a la envidia le impedían ser indiferente. Eso, acaso, era por la fatiga. Su cabeza pesada se inclinaba hacia el libro, ponía la mano bajo su rostro, para que fuera más suave, y pensaba:
«Yo sirvo a una causa nociva, y recibo un salario de unas personas a las que engaño, soy deshonrado. Pero pues yo, por mí mismo, soy nada, soy sólo una partícula de un mal social necesario: todos los funcionarios del distrito son nocivos, y reciben un salario en vano... Entonces, de mi deshonor soy culpable no yo, sino el tiempo... Si hubiera nacido dos centenas de años más tarde, sería otro.»
Cuando daban las tres, apagaba la lámpara y se iba al dormitorio. No tenía deseos de dormir.

VIII

Unos dos años antes, el zémstvo se mostró generoso y decretó conceder trescientos rublos anualmente, en calidad de subsidio, para el refuerzo del personal médico del hospital citadino, hasta la apertura del hospital rural, y en ayuda de Andrei Efímich fue invitado por la ciudad el médico de distrito, Evguénii Fiódorich Jobótov. Éste era un hombre aún muy joven–no tenía ni treinta años-, un trigueño alto, de pómulos anchos y ojos pequeños, probablemente, sus ancestros eran alienígenas. Había llegado a la ciudad sin un grosh, con un maletín pequeño y una mujer joven, no bonita, que llamaba su cocinera. La mujer tenía un niño de pecho. Andaba Evguénii Fiódorich Jobótov con una gorra con visera y botas altas, y en invierno con una pelliza corta. Intimó con el enfermero Serguei Serguéich y con el tesorero, y a los funcionarios restantes los llamaba por algo aristócratas, y se apartaba de éstos. En todo su apartamento tenía sólo un libro: Las últimas recetas de la clínica vienesa para 1881. Al ir a ver a un enfermo, siempre tomaba consigo ese libro. En el club, por las tardes, jugaba al billar, las cartas no le gustaban. Era gran aficionado a emplear en la conversación tales palabras como canutillo, mantifolia en vinagre, basta de hacer sombra10, y por el estilo.
Al hospital iba dos veces por semana, recorría las salas y efectuaba la consulta de los enfermos. La falta absoluta de antisépticos y ventosas lo perturbaban, pero no introducía nuevos regímenes, temiendo ofender con eso a Andrei Efímich. A su colega Andrei Efímich lo consideraba un viejo pícaro, sospechaba que tenía grandes medios y lo envidiaba en secreto. Habría ocupado gustoso su puesto.

IX

Una tarde de primavera, a fines de marzo, cuando ya no había nieve en la tierra y los estorninos cantaban en el jardín del hospital, el doctor salió a acompañar hasta los portones a su amigo, el administrador de correos. En aquel mismo momento, entraba al patio el judío Moiséika, que regresaba con un botín. Estaba sin gorro y con los pies descalzos en unos chanclos menudos, y llevaba en las manos un pequeño saquito de limosnas.
-¡Dame un kopecito! –se dirigió al doctor, temblando de frío y sonriendo.
Andrei Efímich, que nunca sabía negarse, le dio un gríviennik11.
«Cuán no bien, -pensó, mirando sus pies descalzos, de tobillos flacos, rojos. -Todo mojado.»
Y movido por una sensación parecida a la lástima y la aprensión, fue a la accesoria tras el hebreo, echando miradas ya a su calva, ya a sus tobillos. Al entrar el doctor, Nikíta se levantó del montón de basura y se enderezó.
-Saludos, Nikíta, -dijo Andrei Efímich con suavidad. -Como que darle a ese hebreo unas botas, o qué, si no se va a resfriar.
-Obedezco, su excelencia. Le informaré al inspector.
-Por favor. Tú ruégale en mi nombre. Dile, que yo rogué.
La puerta del zaguán a la sala estaba abierta. Iván Dmítrich, acostado en la cama y levantado sobre el codo, con inquietud, prestó oídos a la voz extraña, y de pronto reconoció al doctor. Se estremeció todo de cólera, se levantó y, con un rostro rojo, perverso, con los ojos saltones, corrió al centro de la sala.
-¡Vino el doctor! –gritó y se carcajeó. -¡Por fin pues! ¡Señores, los felicito, el doctor nos digna con su visita! ¡Maldito canalla! -chilló y, con un frenesí con el que nunca lo habían visto en la sala, pateó el suelo. -¡A matar a ese canalla! ¡No, matarlo es poco! ¡A ahogarlo en la letrina!
Andrei Efímich, oído eso, echó un vistazo desde el zaguán a la sala y preguntó con suavidad:
-¿Por qué?
-¿Por qué? -gritó Iván Dmítrich, acercándose a él con aire amenazador y arropándose con la bata de modo convulsivo. -¿Por qué? ¡Ladrón! -profirió con repulsión, y poniendo los labios así, como deseando escupir. -¡Charlatán! ¡Verdugo!
-Cálmese, –dijo Andrei Efímich, sonriendo de modo culpable. -Le aseguro, que yo nunca le he robado nada a nadie, y en lo restante, probablemente, usted exagera bastante. Veo que está enojado conmigo. Cálmese si puede, se lo ruego, y dígame con sangre fría: ¿por qué está enojado?
-¿Y por qué usted me tiene aquí?
-Porque usted está enfermo.
-Sí, estoy enfermo. Pero hay decenas, centenas de locos que se pasean en libertad, porque vuestra ignorancia es incapaz de distinguirlos de los saludables. ¿Por qué pues, yo y estos infelices tenemos que estar aquí por todos, como cabezas de turco? Usted, el enfermero, el inspector y toda su canalla de hospital, en el sentido moral, están sin medida por debajo de cada uno de nosotros, ¿por qué pues estamos nosotros, y no ustedes? ¿Dónde está la lógica?
-El sentido moral y la lógica no tiene nada que ver ahí. Todo depende del hecho. Al que lo pusieron, ese está, y al que no lo pusieron, ese pasea, eso es todo. En el hecho de que yo soy el doctor, y usted el enfermo mental, no hay ni moral ni lógica, sino sólo una simple casualidad.
-Esa tontería yo no la entiendo... –profirió Iván Dmítrich apagadamente, y se sentó en su cama.
Moiséika, a quien Nikíta se avergonzó de registrar en presencia del doctor, dispuso en su cama unos pedacitos de pan, papelitos y huesitos y, siempre temblando de frío, dijo algo en hebreo con rapidez y cantando. Probablemente, imaginaba que había abierto una tienda.
-Suélteme, -dijo Iván Dmítrich, y su voz tembló.
-No puedo.
-¿Pero por qué pues? ¿Por qué?
-Porque eso no está en mi poder. Juzgue, ¿qué provecho hay para usted, si yo lo suelto? Vaya. Lo van a detener los ciudadanos o la policía, y lo van a devolver aquí.
-Sí, sí, es verdad... -profirió Iván Dmítrich y se secó la frente. -¡Es horrible! ¿Pero qué puedo hacer pues? ¿Qué?
La voz de Iván Dmítrich y su rostro joven, inteligente, con muecas, gustaron a Andrei Efímich. Éste quiso halagar al joven y calmarlo. Se sentó a su lado en la cama, pensó un poco y dijo:
-¿Usted pregunta qué hacer? Lo mejor en su situación, es escapar de aquí. Pero, por desgracia, eso es inútil. Lo van a detener. Cuando la sociedad se protege contra los delincuentes, los enfermos psíquicos, y en general, los hombres incómodos, pues es invencible. A usted le queda una cosa: calmarse con la idea, de que su estancia aquí es necesaria.
-No es necesaria para nadie.
-Una vez existen las cárceles y los manicomios, pues alguien debe estar en éstos. Si no usted, pues yo, si no yo, pues algún tercero. Espere, cuando en un futuro lejano terminen su existencia las cárceles y los manicomios, pues no habrá ni rejillas en las ventanas, ni batas. Por supuesto, ese tiempo, tarde o temprano, llegará.
Iván Dmítrich sonrió con burla.
-Usted bromea, -dijo, entornando los ojos. -Los señores como usted y su ayudante Nikíta, no tienen ningún asunto con el futuro, ¡pero puede estar seguro, muy señor mío, de que vendrán tiempos mejores! Acaso yo me exprese trivialmente, ríase, pero la aurora de una vida nueva va a brillar, la verdad va a triunfar, ¡y en nuestra calle va a haber una fiesta! Yo no voy a llegar, voy a morir, pero en cambio los biznietos de alguien van a llegar. ¡Los saludo con toda el alma y me alegro, me alegro por ellos! ¡Adelante! ¡Dios los ayude, amigos!
Iván Dmítrich, con ojos brillosos, se levantó y, tendiendo las manos hacia la ventana, continuó con voz emocionada:
-¡Detrás de estas rejillas los bendigo! ¡Viva la verdad! ¡Me alegro!
-Yo no encuentro una razón particular para alegrarse, -dijo Andrei Efímich, a quien el movimiento de Iván Dmítrich le pareció teatral y, al mismo tiempo, le gustó mucho. -Cárceles y manicomios no habrá, y la verdad, como usted se dignó a expresarse, va a triunfar, pero la esencia de las cosas no va a cambiar, las leyes de la naturaleza seguirán siendo las mismas. Los hombres van a enfermarse, envejecer y morir, así mismo como ahora. Cual aurora espléndida no ilumine su vida, de todos modos, al final de todo, lo van a meter en un ataúd y a tirar en una fosa.
-¿Y la inmortalidad?
-¡Eh, basta!
-Usted no cree, bueno, y yo creo. En Dostoiévskii o en Voltaire, alguien dice que si no hubiera Dios, los hombres lo inventarían. Y yo creo profundamente que si no hay inmortalidad, pues la gran inteligencia humana la va a inventar tarde o temprano.
-Bien dicho, -profirió Andrei Efímich, sonriendo con gusto. -Está bien que crea. Con esa fe, puede vivir cantando hasta un empotrado en la pared. ¿Usted se dignó a recibir educación en algún lugar?
-Sí, estuve en la universidad, pero no la terminé.
-Usted es un hombre reflexivo y pensante. En cualquier ambiente, puede encontrar tranquilidad en sí mismo. El pensamiento libre y profundo, que aspira a la comprensión, y el desprecio absoluto por la estúpida vanidad del mundo, eso son los dos bienes supremos que el hombre jamás conoció. Y usted los puede poseer, aunque viva detrás de tres rejas. Diógenes vivía en un tonel, pero era más feliz que todos los zares de la tierra.
-Su Diógenes era un imbécil, –profirió Iván Dmítrich sombríamente. -¿Qué me dice de Diógenes y de cierta comprensión? -se enojó de pronto y se levantó. -¡Yo amo la vida, la amo apasionadamente! Yo tengo manía de persecución, un miedo constante, torturador, pero hay instantes en que me domina la sed de vida, y entonces me da miedo volverme loco. ¡Quiero vivir terriblemente, terriblemente!
Con emoción se paseó por la sala y dijo, bajando la voz:
-Cuando yo sueño, me visitan los fantasmas. Me vienen a ver ciertos hombres, oigo voces, música, y me parece que paseo por un bosque, por la orilla del mar, y quiero apasionadamente la vanidad, las preocupaciones... Dígame, bueno, ¿qué hay de nuevo allá? -preguntó Iván Dmítrich. -¿Qué hay allá?
-¿Usted desea saber de la ciudad, o en general?
-Bueno, primero cuénteme de la ciudad, y después en general.
-¿Qué pues? En la ciudad es abrumadoramente aburrido... No hay a quien decirle una palabra, no hay a quien escuchar. No hay gente nueva. Por lo demás, vino hace poco el joven médico Jobótov.
-Él vino aún estando yo. ¿Qué, es un descarado?
-Sí, es un hombre inculto. Es extraño, sabe... A juzgar por todo, en nuestras capitales no hay estancamiento intelectual, hay movimiento, entonces, allá debe haber hombres verdaderos, pero por algo, cada vez, nos envían de allá unos hombres, que yo no los miraría. ¡Una ciudad infeliz!
-¡Sí, una ciudad infeliz! -suspiró Iván Dmítrich y se echó a reír. -¿Y en general cómo es? ¿Qué escriben en los periódicos y las revistas?
La sala ya estaba oscura. El doctor se levantó y, parado, empezó a contar qué escribían en el extranjero y en Rusia, y qué tendencia de ideas se observaba ahora. Iván Dmítrich escuchaba atentamente y hacía preguntas, pero de pronto, como si recordara algo terrible, se agarró la cabeza con las manos y se acostó en la cama, de espalda al doctor.
-¿Qué le pasa? -preguntó Andrei Efímich.
-¡Usted no oirá ni una palabra más de mí! –profirió Iván Dmítrich groseramente. -¡Déjeme!
-¿Por qué pues?
-¡Le digo: déjeme! ¿Qué diablos?
Andrei Efímich se encogió de hombros, suspiró y salió. Al pasar por el zaguán dijo:
-Como que recoger aquí, Nikíta... ¡Hay un olor terriblemente pesado!
-Obedezco, su excelencia.
«¡Qué joven tan agradable! -pensó Andrei Efímich, yendo a su apartamento. -En todo el tiempo que vivo aquí, me parece, es el primero con quien se puede hablar. Sabe razonar y se interesa, precisamente, en lo necesario.»
Leyendo y después, al acostarse a dormir, pensó todo el tiempo en Iván Dmítrich, y al despertarse al otro día por la mañana, recordó que ayer había conocido a un hombre inteligente e interesante, y decidió ir a verlo otra vez en la primera oportunidad.

X

Iván Dmítrich estaba acostado en la misma pose de ayer, con la cabeza agarrada con las manos y las piernas dobladas. Su rostro no se veía.
-Saludos, mi amigo, -dijo Andrei Efímich. -¿No duerme?
-En primer lugar, yo no soy su amigo, -profirió Iván Dmítrich en la almohada, -y en segundo, en vano se empeña: no me sacará ni una palabra.
-Es extraño... -musitó Andrei Efímich turbado. -Ayer platicamos de modo tan pacífico, y de pronto usted, por algo, se ofendió, y enseguida se interrumpió... Probablemente, yo me expresé de algún modo incómodo, o acaso manifesté una idea no acorde a sus convicciones…
-¡Sí, así le voy a creer! -dijo Iván Dmítrich levantándose y mirando al doctor con burla e inquietud, sus ojos estaban rojos. -Puede irse a espiar y torturar a otro lugar, y aquí no tiene nada que hacer. Yo ya ayer entendí para qué vino.
-¡Qué extraña fantasía! -sonrió el doctor con malicia. -¿Entonces, usted supone que yo soy un espía?
-Sí, lo supongo…Un espía o un doctor que me pusieron como prueba, es lo mismo.
-¡Ah, qué, en verdad, disculpe… excéntrico es usted!
El doctor se sentó en un taburete junto a la cama y movió la cabeza con reproche.
-Pero admitamos que usted tiene razón, –dijo. -Admitamos, que yo lo pesco en la palabra de modo traicionero, para denunciarlo a la policía. Lo arrestan y después lo juzgan. Pero, ¿acaso en el juicio y en la cárcel va a estar peor que aquí? Y si lo mandan deportado o incluso a trabajo forzado, pues, ¿acaso eso es peor, que estar sentado en esta accesoria? Supongo, que no es peor... ¿A qué temer pues?
Por lo visto, esas palabras influyeron en Iván Dmítrich. Se sentó tranquilo.
Eran más de las cuatro de la tarde, el tiempo en que Andrei Efímich, comúnmente, andaba por sus habitaciones y Dáriushka le preguntaba si no le era hora de tomar cerveza. En el patio era un día sereno, claro.
-Y yo después de almuerzo salí a pasear, y pues pasé, como ve, -dijo el doctor. -La primavera por completo.
-¿Ahora qué mes es? ¿Marzo? -preguntó Iván Dmítrich.
-Sí, fines de marzo.
-¿Hay fango en el patio?
-No, no mucho. En el jardín ya hay senderos.
-Ahora sería bueno pasear en coche por algún lugar, fuera de la ciudad, -dijo Iván Dmítrich, frotando sus ojos rojos, como medio dormido, -después volver a la casa, a un gabinete cálido, acogedor y... tratarse con un doctor decente el dolor de cabeza... Ya hace tiempo que no vivo como una persona. ¡Y aquí es vil! ¡Insoportablemente vil!
Después de la excitación de ayer estaba fatigado y lánguido, y hablaba con desgano. Los dedos le temblaban, y por el rostro se veía que le dolía fuerte la cabeza.
-Entre el gabinete cálido y acogedor y esta sala, no hay ninguna diferencia, -dijo Andrei Efímich. -La tranquilidad y la satisfacción del hombre no están fuera, sino dentro de él mismo.
-¿O sea, cómo?
-El hombre ordinario espera lo bueno o lo malo de afuera, o sea, del coche y el gabinete, y el pensante de sí mismo.
-Vaya, predique esa filosofía en Grecia, donde hace calor y huele a naranjas, y aquí no es para el clima. ¿Con quién yo hablé de Diógenes? ¿Con usted, o qué?
-Sí, ayer, conmigo.
-Diógenes no necesitaba un gabinete y un alojamiento cálido, allá sin eso hace calor. Acuéstate a gusto en el tonel y come naranjas y aceitunas. Pero si le hubiera tocado vivir en Rusia, así, no ya en diciembre, sino en mayo hubiera pedido una habitación. Seguro, se hubiera retorcido de frío.
-No. El frío, como cualquier dolor en general, se puede no sentir. Marco Aurelio dijo: «El dolor es la representación viva del dolor: haz un esfuerzo de voluntad para cambiar esa representación, recházala, deja de lamentarte, y el dolor desaparecerá.» Eso es justo. El sabio, o simplemente, el hombre pensante, reflexivo se diferencia, precisamente, por que desprecia el sufrimiento, siempre está satisfecho y no se asombra de nada.
-Entonces, yo soy un idiota, ya que sufro, estoy insatisfecho y me asombra la infamia humana.
-Eso usted en vano. Si reflexionara más a menudo, pues entendería qué ínfimo es todo eso exterior, que nos inquieta. Hay que aspirar a la comprensión de la vida, en eso está el bien verdadero.
-La comprensión... –se arrugó Iván Dmítrich. -Lo exterior, lo interior... Disculpe, yo eso no lo entiendo. Yo sólo sé, -dijo levantándose y mirando enojado al doctor, -yo sé que Dios me creó de sangre caliente y con nervios, ¡sí! Y el tejido orgánico, si es capaz de vida, debe reaccionar a cualquier irritación.¡Y yo reacciono! Al dolor yo respondo con un grito y con lágrimas, a la infamia con indignación, a la ignominia con repugnancia. Para mí eso, en particular, se llama vida. Mientras más bajo es el organismo, menos sensible, y más débilmente responde a la irritación, y mientras más elevado, tanto más perceptiva y enérgicamente reacciona a la realidad. ¿Cómo no saber eso? ¡Un doctor, y no sabe esas tonterías! Para despreciar el dolor, estar siempre satisfecho y no asombrarse de nada, hay que llegar pues hasta ese estado, -e Iván Dmítrich señaló al mujík gordo, abotagado de grasa, -o bien templarse con los sufrimientos hasta tal grado, como para perder toda sensibilidad hacia éste, o sea, en otras palabras, dejar de vivir. Disculpe, yo no soy un sabio ni un filósofo, -continuó con irritación, -y no entiendo nada de eso. No estoy en condición de razonar.
-Al contrario, usted razona excelentemente.
-Los estoicos, que usted parodia, eran unos hombres notables, pero su doctrina se estancó hace dos mil años, y no se ha movido adelante ni una pizca, y no se moverá, ya que no es práctica ni vital. Sólo tuvo éxito en una minoría, que se pasa la vida estudiando y saboreando todas las doctrinas, pero la mayoría no la entendía. Una doctrina que predica la indiferencia a la riqueza, a las comodidades de la vida, el desprecio por los sufrimientos y la muerte, es totalmente incomprensible para la inmensa mayoría, ya que esa mayoría no ha conocido nunca ni la riqueza, ni las comodidades de la vida; y despreciar los sufrimientos significaría para ella despreciar la propia vida, ya que toda la esencia del hombre se compone de sensaciones de hambre, frío, ofensa, pérdida y miedo hamletiano a la muerte. En esas sensaciones está toda la vida: ésta puede fatigarnos, podemos odiarla, pero no despreciarla. Sí, así lo repito, la doctrina de los estoicos no puede tener nunca futuro; lo que progresa como ve, desde el principio del siglo hasta hoy, es la lucha, la sensibilidad ante el dolor, la capacidad de responder a la irritación...
Iván Dmítrich perdió de pronto el hilo de las ideas, se detuvo y, con fastidio, se secó la frente.
-Quería decir algo importante, pero me desvié, –dijo. -¿De qué yo? ¡Sí! Así pues yo digo: alguien de los estoicos se vendió como esclavo para redimir a su prójimo. Pues ve, entonces, el estoico también reaccionó a la irritación, ya que para un acto tan generoso, como la eliminación de sí mismo en aras del prójimo, se necesita un alma perturbada, compasiva. Yo olvidé aquí, en la cárcel, todo lo que estudié, si no recordaría algo más. ¿Y si tomar a Cristo? Cristo respondió a la realidad con que lloró, sonrió, se entristeció, se enfureció, hasta se angustió; no fue con una sonrisa al encuentro de los sufrimientos y no despreció la muerte, sino rezó en el huerto de Getsemaní, para evitar el cáliz de la amargura.
Iván Dmítrich se echó a reír y se sentó.
-Admitamos, que la tranquilidad y la satisfacción del hombre no están fuera de él, sino en él mismo, -dijo. -Admitamos que hay que despreciar el sufrimiento y no asombrarse de nada. ¿Pero usted pues, sobre qué fundamento predica eso? ¿Usted es un sabio? ¿Un filósofo?
-No, yo no soy un filósofo, pero eso debe predicarlo cada uno, porque eso es sensato.
-No, yo quiero saber, ¿por qué usted, en el asunto de la comprensión, del desprecio del sufrimiento y demás, se considera competente? ¿Acaso usted sufrió alguna vez? ¿Tiene una noción del sufrimiento? Permítame: ¿a usted le pegaron en la infancia?
-No, mis padres sentían aversión por los castigos corporales.
-Y a mí mi padre me pegaba brutalmente. Mi padre fue un funcionario violento, con hemorroides, de nariz larga y cuello amarillento. Pero vamos a hablar de usted. En toda su vida, a usted nadie lo tocó con el dedo, nadie lo asustó ni le pegó, es saludable como un toro. Creció bajo el techo de su padre, y estudió a costa suya, y después, enseguida se consiguió una sinecura. Vivió más de veinte años en un apartamento gratis, con calefacción, con iluminación, con servidumbre, teniendo además el derecho a trabajar, cómo y cuánto le placiera, siquiera a no hacer nada. Por naturaleza, usted es un hombre perezoso, poroso, y por eso intentó disponer su vida así, que nada lo molestara ni lo moviera del lugar. Los asuntos se los dio al enfermero y a la canalla restante, y usted mismo se quedó sentado en lo cálido y en silencio, acumuló dinero, leyó los libritos, se regocijó con las reflexiones sobre las diversas tonterías sublimes, y (Iván Dmítrich echó una mirada a la roja nariz del doctor), y con la bebida. En una palabra, no vio la vida, no la conoce en absoluto, y la realidad la conoce sólo teóricamente. Y desprecia el sufrimiento, y no le asombra nada por una razón muy sencilla: vanidad de vanidades, lo exterior y lo interior, el desprecio por la vida, por los sufrimientos y por la muerte, la comprensión, el bien verdadero, todo eso es filosofía, la más apropiada para el acostado de costado ruso. Usted ve, por ejemplo, cómo el mujík le pega a su mujer. ¿Para qué interceder? Que le pegue, de igual modo, los dos van a morir tarde o temprano, y el que pega, además, ofende con sus golpes no al que pega, sino a sí mismo. Emborracharse es estúpido, es indecente, pero beber-morir, y no beber-morir. Llega una mujer, le duele la muela... ¿Bueno, qué pues? El dolor es la representación del dolor, y además, sin enfermedades no vives en este mundo, todos nos vamos a morir, y por eso vete de aquí mujer, no me molestes para pensar y tomar vodka. Un joven pide un consejo, qué hacer, cómo vivir; otro, antes de responder, lo pensaría, pero ahí ya está preparada la respuesta: aspira a la comprensión o al bien verdadero. ¿Y qué es ese fantástico «bien verdadero»? No hay respuesta, por supuesto. A nosotros nos tienen aquí entre rejas, nos pudren, nos torturan, pero eso es hermoso y sensato, porque entre esta sala y el gabinete cálido, acogedor, no hay ninguna diferencia. Una filosofía cómoda: no hay nada que hacer, la conciencia limpia, y te sientes un sabio... No, señor, eso no es filosofía, no es pensamiento, no es amplitud de ideas, sino pereza, faquirismo, aturdimiento soñoliento... ¡Sí! -se enojó de nuevo Iván Dmítrich. -¡Desprecia el sufrimiento, y seguro, si se cogiera el dedo con la puerta, pues iba a gritar a toda voz!
-Y puede que no grite, -dijo Andrei Efímich, sonriendo dócilmente.
-¡Y cómo pues! Y pues, si lo agarrara una parálisis, o admitamos, algún imbécil o descarado, valiéndose de su posición y rango, lo ofendiera en público, y usted supiera que eso a él le quedará sin castigo, bueno, entonces usted entendería, lo que es remitir a los otros a la comprensión y al bien verdadero.
-Esto es original, -dijo Andrei Efímich, riendo de gusto y frotándose las manos. -Me sorprende agradablemente su inclinación a las generalidades, y mi caracterización, que recién se dignó a hacer, es simplemente brillante. Confieso, que la plática con usted me brinda un gusto enorme. Bueno, yo lo escuché, ahora usted tenga la bondad de escucharme a mí...

XI

Esta conversación continuó aún cerca de una hora y, por lo visto, produjo una impresión profunda en Andrei Efímich. Empezó a ir a la accesoria cada día. Iba allí por la mañana y después de almuerzo, y a menudo la oscuridad vespertina lo hallaba en plática con Iván Dmítrich. En los primeros tiempos, Iván Dmítrich se atemorizaba, sospechaba una mala intención y expresaba su hostilidad abiertamente, pero después se habituó a él, y cambió su actitud brusca por una indulgente e irónica.
Pronto, por el hospital corrió el rumor, de que el doctor Andrei Efímich había empezado a visitar la sala Nº 6. Nadie, ni el enfermero, ni Nikíta, ni las asistentas podía entender para qué iba allí, para qué se sentaba allí por horas enteras, de qué hablaba y por qué no le escribía recetas. Sus acciones parecían extrañas. Mijaíl Averiánich a menudo no lo hallaba en la casa, algo que antes nunca sucedía, y Dáriushka estaba muy turbada, ya que el doctor tomaba cerveza ya no a una hora definida, y a veces incluso se tardaba para el almuerzo.
Una vez, eso fue ya a fines de junio, el doctor Jobótov fue a ver por algún asunto a Andrei Dmítrich, al no hallarlo en la casa, se dirigió al patio a buscarlo, allí le dijeron que el viejo doctor había ido a ver a los enfermos mentales. Al entrar a la accesoria y detenerse en el zaguán, Jobótov oyó esta conversación:
-Nosotros nunca vamos a coincidir, y no va a lograr convertirme a su fe, -decía Iván Dmítrich con irritación. -La realidad usted no la conoce en absoluto, y no ha sufrido nunca, y sólo se alimentó como una sanguijuela de los sufrimientos ajenos, y yo pues he sufrido sin descanso desde el día en que nací hasta hoy. Por eso le digo francamente: yo me considero superior a usted y más competente en todos los sentidos. Usted no es quién para enseñarme.
-Yo en absoluto no tengo la pretensión de convertirlo a mi fe, -profería Andrei Efímich con suavidad y lamentando que no lo quisieran entender. -Y no está en eso el asunto, mi amigo. El asunto no está en que usted haya sufrido, y yo no. Los sufrimientos y las alegrías son pasajeros, dejémoslos, que vayan con Dios. El asunto está, en que usted y yo pensamos; nosotros vemos, el uno en el otro, hombres que son capaces de pensar y razonar, y eso nos hace solidarios, por muy diferentes que sean nuestras visiones. ¡Si supiera, amigo mío, cómo me cansaron la locura general, la ineptitud, la estupidez, y con que alegría platico yo cada vez con usted! Usted es un hombre inteligente, y yo me deleito con usted.
Jobótov abrió la puerta un viershók12 y echó un vistazo a la sala, Iván Dmítrich con su gorro de dormir y el doctor Andrei Efímich estaban sentados juntos en la cama. El loco hacía muecas, se estremecía y se arropaba con la bata de modo convulsivo, y el doctor estaba sentado inmóvil, bajada la cabeza, y tenía un rostro rojo, impotente, triste. Jobótov se encogió de hombros, sonrió con malicia e intercambió una mirada con Nikíta. Nikíta también se encogió de hombros.
Al otro día, Jobótov fue a la accesoria con el enfermero. Ambos se pararon en el zaguán y escucharon a hurtadillas.
-¡Y nuestro abuelo, parece, se chifló por completo! -dijo Jobótov saliendo de la accesoria.
-¡Señor, apiádate de nosotros, los pecadores! -suspiró el suntuoso Serguei Serguéich, evitando los charcos con empeño, para no embarrar sus botas brillantes, cepilladas. -¡Le confieso, estimado Evguénii Fiódorich, que yo hace tiempo esperaba esto!

XII

Después de esto, Andrei Efímich empezó a advertir a su alrededor cierto misterio. Los mujíks, las asistentas y los enfermos, a su encuentro, le echaban vistazos con aire inquisitivo y después susurraban. La niñita Másha, la hija del inspector, a quien le gustaba encontrar en el jardín del hospital, ahora, cuando él se le acercaba con una sonrisa, para acariciarla por la cabeza, por algo se escapaba de él. El administrador de correos, Mijaíl Averiánich, al escucharlo, ya no decía: «Totalmente cierto», sino farfullaba con turbación incomprensible: «Sí, sí, sí...», y lo miraba pensativo y con tristeza; por algo, empezó a aconsejarle a su amigo dejar el vodka y la cerveza, pero al hacerlo, como hombre delicado, hablaba no directamente, sino con insinuaciones, contando ya de un jefe de batallón, un hombre excelente, ya de un capellán de regimiento, un buen chico, que bebían y se enfermaron pero, al dejar de beber, se curaron por completo. Dos-tres veces vino a ver a Andrei Efímich su colega Jobótov, él también le aconsejó dejar las bebidas alcohólicas y, sin motivo visible alguno, le recomendó tomar bromuro de potasio13.
En agosto Andrei Efímich recibió del alcalde una carta, con el ruego de acudir por un asunto muy importante. Al llegar a la hora asignada a la dirección, Andrei Efímich encontró allí al jefe militar, al inspector titular de escuela del distrito, a un miembro de la dirección, a Jobótov, y aún a cierto señor rollizo, rubio, que le presentaron como el doctor. Este doctor, con un apellido polaco difícil de pronunciar, vivía a treinta vérstas de la ciudad, en una granja de caballos, y estaba ahora de paso en la ciudad.
-Aquí hay un informe por su parte, –se dirigió el miembro de la dirección a Andrei Efímich, después que todos se saludaron y se sentaron a la mesa. -Ahí Evguénii Fiódorich dice, que el pabellón principal es estrecho para la farmacia, y que sería necesario trasladarla a una de las accesorias. Eso, por supuesto, no es nada, se puede trasladar, pero la causa principal: la accesoria va a querer una reparación.
-Sí, sin la reparación no te las arreglas, -dijo Andrei Efímich, tras pensarlo. -Si, por ejemplo, acomodar la accesoria de la esquina para la farmacia, pues para eso, supongo, se necesitarán, minimum, unos quinientos rublos. Es un gasto improductivo.
Callaron un poco.
-Yo ya tuve el honor de informar hace diez años, -continuó Andrei Efímich en voz baja, -que este hospital, en su forma actual, constituye para la ciudad un lujo superior a sus fuerzas. Se construyó en los años cuarenta, pero es que entonces no eran esos recursos. La ciudad gasta demasiado en edificios inútiles y cargos superfluos. Yo pienso que con ese dinero, con otro régimen, se podrían mantener dos hospitales modelos.
-¡Así pues, vamos a introducir otro régimen! -dijo vivamente el miembro de la dirección.
-Yo ya tuve el honor de informar: entreguen la parte médica a la gerencia del zémstvo.
-Sí, entreguen el dinero al zémstvo, y se lo va a robar -se echó a reír el doctor rubio.
-Eso, como de costumbre, -convino el miembro de la dirección, y también se echó a reír.
Andrei Efímich echó una mirada lánguida y nublada al doctor rubio, y dijo:
-Hay que ser justo14.
De nuevo callaron. Sirvieron té. El jefe militar, muy turbado por algo, tocó a través de la mesa el brazo de Andrei Efímich, y dijo:
-Nos olvidó por completo, doctor. Por lo demás, usted es un monje: no juega a las cartas, no le gustan las mujeres. Se aburre con nuestro prójimo.
Todos hablaron de cuán aburrido era para un hombre honrado vivir en esa ciudad. Ni teatro, ni música, y en la última velada bailable del club hubo cerca de veinte damas y sólo dos caballeros. La juventud no bailaba, y todo el tiempo se agrupaba cerca del buffet o jugaba a las cartas. Andrei Efímich, con lentitud y suavidad, sin mirar a nadie, empezó a decir que era una lástima, una profunda lástima que los ciudadanos gastaran su energía vital, su corazón e inteligencia en las cartas y los chismes, y no supieran y no quisieran pasar el tiempo en la plática interesante y la lectura, y no quisieran disfrutar de los placeres que daba la inteligencia. Sólo la inteligencia era interesante y notable, todo lo demás era menudo y bajo. Jobótov escuchaba atentamente a su colega, y de pronto le preguntó:
-Andrei Efímich, ¿qué fecha es hoy?
Recibida la respuesta, el doctor rubio y él, con el tono de unos examinadores que sienten su ineptitud, empezaron a preguntarle a Andrei Efímich que día era hoy, cuántos días tenía el año, y si era cierto que en la sala Nº 6 vivía un notable profeta.
En la respuesta a la última pregunta, Andrei Efímich se sonrojó y dijo:
-Sí, es un enfermo, pero es un joven interesante.
No le hicieron más preguntas.
Cuando se ponía el paletó en el vestíbulo, el jefe militar le puso la mano en el hombro y le dijo con un suspiro:
-¡Para nosotros, los viejos, es hora de descansar!
Al salir de la dirección, Andrei Efímich entendió que había sido una comisión, asignada para el certificado de sus facultades mentales. Recordó las preguntas que le habían hecho, se sonrojó y, por algo ahora, por primera vez en su vida, le dio amargura y lástima la medicina.
«Dios mío, –pensaba, recordando cómo los médicos lo acababan de investigar, -pues ellos hace tan poco escuchaban sobre psiquiatría, dieron un examen, ¿de dónde pues esa ignorancia crasa? ¡No tienen ni idea de la psiquiatría!».
Y por primera vez en su vida se sintió ofendido e irritado.
Ese mismo día, por la tarde, estuvo en su casa Mijaíl Averiánich. Sin saludarlo, el jefe de correo se le acercó, lo tomó de ambas manos y le dijo con una voz emocionada:
-Querido mío, amigo mío, demuéstreme que cree en mi disposición sincera y me considera su amigo... ¡Amigo mío! –y no dejando hablar a Andrei Efímich, continuó emocionado: -Yo lo quiero por su educación y nobleza de alma. Escúcheme, mi querido. Las reglas de la ciencia obligan a los doctores a ocultarle la verdad, pero yo, a lo militar, corto el útero con la verdad15: ¡usted no está saludable! Discúlpeme, mi querido, pero es verdad, todos los que lo rodean ya hace tiempo que lo notaron. Ahora el doctor Evguénii Fiódorich me decía, que para provecho de su salud, usted necesita descansar y distraerse. ¡Totalmente cierto! ¡Excelente! En estos días yo tomo una licencia y me voy a oler otro aire. ¡Demuéstreme pues que es mi amigo, vamos juntos! Vamos, recordaremos los viejos tiempos.
-Yo me siento totalmente saludable, -dijo Andrei Efímich tras pensarlo. -No puedo ir pues. Permítame demostrarle mi amistad de algún otro modo.
Ir a algún lugar, sin saber para qué, sin libros, sin Dáriushka, sin cerveza, alterar bruscamente su régimen de vida, establecido durante veinte años, esa idea, en un primer instante, le pareció absurda y fantástica. Pero recordó la conversación acontecida en la dirección, y el estado de ánimo penoso, que sentía al regresar de la dirección a la casa, y la idea de irse por poco tiempo de la ciudad, donde la gente estúpida lo consideraba un loco, le sonrió.
-¿Y usted, en particular, a dónde tiene intención de ir? -le preguntó.
-A Moscú, a Petersburgo, a Varsovia... En Varsovia yo pasé los cinco años más felices de mi vida. ¡Que ciudad admirable! ¡Vamos, querido mío!

XIII

A la semana a Andrei Efímich le propusieron descansar, o sea, presentar la dimisión, lo que contempló con indiferencia, y a la otra semana Mijaíl Averiánich y él ya estaban sentados en una calesa de posta, e iban a la estación ferroviaria más cercana. Los días eran fríos, claros, con cielo azul y lejanía diáfana. Las doscientas vérstas hasta la estación las recorrieron en dos días, y pernoctaron dos veces por el camino. Cuando, en las estaciones de posta, les servían té en vasos mal lavados, o enganchaban los caballos largo tiempo, Mijaíl Averiánich se amorataba, se le estremecía todo el cuerpo y gritaba: «¡A callar!, ¡no replicar!» Y sentado en la calesa, sin cesar ni por un instante, contaba de sus viajes por el Cáucaso y el Reino de Polonia. ¡Cuántas aventuras hubo, qué encuentros! Hablaba en voz alta, y al hacerlo ponía unos ojos tan asombrados, que se podía pensar que mentía. Por añadidura, al contar le respiraba en el rostro a Andrei Efímich y le reía a carcajadas en el oído. Eso cohibía al doctor y le impedía pensar y concentrarse.
Por la vía férrea fueron, por economía, en tercera clase, en un vagón para no fumadores. El público, a la mitad, estaba limpio. Mijaíl Averiánich pronto los conoció a todos y, pasando de banco en banco, decía en voz alta que no se debía viajar por esas vías perturbadoras. ¡La estafa alrededor! Otro asunto era ir a caballo: recorrías en un día cien vérstas, y después te sentías saludable y fresco. Y la mala cosecha en nuestro país era, por que habían secado los pantanos de Pinsk. En general, eran unos desórdenes terribles. Se acaloraba, hablaba en voz alta y no dejaba hablar a los otros. Esa habladuría interminable, alternada con carcajadas ruidosas y gestos expresivos, fatigó a Andrei Efímich.
«¿Quién de nosotros dos es el loco? -pensaba con fastidio. -¿Yo acaso, que intento no molestar con nada a los pasajeros, o este egoísta, que piensa que es más inteligente e interesante que todos aquí, y por eso no le da paz a nadie?»
En Moscú, Mijaíl Averiánich se puso una levita militar sin hombreras y un pantalón de ribetes rojos. Iba por la calle con visera militar y capote, y los soldados le rendían honores. A Andrei Efímich le parecía ahora un hombre que, de todo lo señorial que alguna vez había tenido, había disipado todo lo bueno, y había dejado para sí sólo lo malo. Le gustaba que le sirvieran, incluso cuando no era necesario en absoluto. Los cerillos yacían ante él sobre la mesa, y él los veía, pero le gritaba al mozo para que éste le diera los cerillos; no se cohibía de andar en ropa interior delante de la sirvienta, a todos los lacayos sin discernir, incluso a los viejos, les decía “tú” y, al enojarse, los llamaba estúpidos e imbéciles. Eso, como le parecía a Andrei Efímich, era señorial, pero vil.
Ante todo, Mijaíl Averiánich llevó a su amigo a la Ívierskaya16. Rezó de modo acalorado, con reverencias hasta el suelo y con lágrimas, y cuando terminó, suspiró profundo y dijo:
-Aunque no lo creas, como que te sientes más tranquilo cuando rezas un poco. Bésela, hijito.
Andrei Efímich se confundió y besó la imagen, y Mijaíl Averiánich alargó los labios y, moviendo la cabeza, rezó en susurro, y las lágrimas brotaron de sus ojos de nuevo. Luego fueron al Kremlin, y vieron allí el cañón del zar y la campana del zar, e incluso los tocaron con los dedos, contemplaron la vista de Zamoskvoréchie, estuvieron en el templo del Salvador y en el museo Rumiántsiev.
Almorzaron donde Tiéstov. Mijaíl Averiánich miró largo tiempo el menú, alisándose las patillas, y dijo con el tono de un gourmet, habituado a sentirse en los restaurantes como en su casa:
-¡Veamos, qué nos va a dar de comer hoy, ángel!

XIV

El doctor iba, miraba, comía, bebía, pero su sensación era una: el fastidio con Mijaíl Averiánich. Quería descansar de su amigo, alejarse de él, esconderse, y el amigo consideraba su deber no apartarse de él ni un solo paso, y brindarle en lo posible más diversiones. Cuando no había nada que ver, lo entretenía con la conversación. Dos días soportó Andrei Efímich, pero al tercero le informó a su amigo que estaba enfermo, y quería quedarse todo el día en el hotel. El amigo le dijo que, en ese caso, él también se quedaba. En realidad, había que descansar, si no no alcanzarían las piernas17. Andrei Efímich se acostó en el diván, con el rostro hacia el respaldar y, con los dientes apretados, escuchó a su amigo, que le aseguraba de modo acalorado que Francia, tarde o temprano, destruiría seguramente a Alemania, que en Moscú había muchos estafadores, y que no se podía juzgar los méritos de los caballos por su aspecto exterior. Al doctor le empezó un ruido en los oídos y palpitación del corazón, pero a rogarle al amigo que se fuera o callara, no se decidía por delicadeza. Por suerte, a Mijaíl Averiánich le aburrió estar sentado en el número, y después de almuerzo fue a pasear.
Al quedarse solo, Andrei Efímich se entregó a la sensación del descanso. ¡Qué agradable era estar acostado inmóvil en el diván, y reconocer que estabas solo en la habitación! La verdadera felicidad es imposible sin la soledad. El ángel caído traicionó a Dios, probablemente, porque quiso una soledad que los ángeles no conocían. Andrei Efímich quería pensar en lo que había visto y oído en los últimos días, pero Mijaíl Averiánich no le salía de la cabeza.
«Y pues él tomó una licencia y vino conmigo por amistad, por generosidad, -pensaba el doctor con fastidio. -No hay nada peor que esa tutela amistosa. Y pues él, al parecer, era bondadoso, generoso, jaranero y aburrido. Insoportablemente aburrido. Así mismo eran los hombres que siempre decían sólo palabras inteligentes y buenas, pero sentías que eran hombres estúpidos».
En los días siguientes, Andrei Efímich se hizo el enfermo y no salió del número. Se acostaba con el rostro hacia el espaldar del diván, y se fatigaba cuando el amigo lo entretenía con su conversación, o descansaba cuando el amigo se ausentaba. Se fastidiaba consigo mismo por que había venido, y con el amigo, que cada día se ponía más hablador y fresco; disponer sus ideas hacia el lado serio, elevado, no lo lograba de ningún modo.
«Eso me penetra la realidad, de la que Iván Dmítrich hablaba, -pensaba, enojándose con su menudencia. -Por lo demás, es una sandez... Llegaré a casa, y todo irá como antes...»
Y en Petersburgo fue lo mismo: por días enteros no salía del número, se acostaba en el diván y se levantaba sólo para tomar cerveza.
Mijaíl Averiánich lo apuraba todo el tiempo para ir a Varsovia.
-¿Querido mío, para qué voy a ir allá? -decía Andrei Efímich con voz suplicante. -¡Vaya solo, y a mí permítame ir a casa! ¡Le ruego!
-¡De ningún modo! -protestaba Mijaíl Averiánich. -Es una ciudad admirable. ¡En ella yo pasé los cinco años más felices de mi vida!
A Andrei Efímich le faltaba carácter para insistir en lo suyo y, con el corazón encogido, fue a Varsovia. Allí no salía del número, se acostaba en el diván y se enfurecía consigo mismo, con el amigo y con los lacayos, que se negaban con terquedad a entender en ruso, y Mijaíl Averiánich, como de costumbre, saludable, animado y contento, de la mañana a la noche paseaba por la ciudad y buscaba a sus viejos conocidos. Varias veces no durmió en el hotel. Después de una noche, pasada no se sabe dónde, volvió al hotel por la mañana temprano en un estado muy excitado, rojo y no peinado. Largo tiempo anduvo de una esquina a la otra, farfullando algo para sí, después se detuvo y dijo:
-¡El honor ante todo!
Andado aún un poco, se agarró la cabeza y pronunció con voz trágica:
-¡Sí, el honor ante todo! ¡Maldito sea el instante, en que me vino a la cabeza por primera vez venir a esta Babilonia! ¡Querido mío, –se dirigió al doctor, -desprécieme: perdí! ¡Déme quinientos rublos!
Andrei Efímich contó quinientos rublos y, callado, se los dio a su amigo. Este, aún púrpura de vergüenza y cólera, pronunció de modo incoherente cierto juramento no necesario, se puso la visera y salió. Al volver a las dos horas, se derribó en la butaca, suspiró de modo ruidoso y dijo:
-¡El honor está salvado! ¡Vámonos, mi amigo! No deseo quedarme ni un minuto más en esta maldita ciudad. ¡Estafadores! ¡Espías austriacos!
Cuando los amigos volvieron a su ciudad ya era noviembre, y en las calles había una nieve profunda. El puesto de Andréi Efímich lo ocupaba el doctor Jobótov; éste vivía aún en el viejo apartamento, en espera de cuando Andréi Efímich volviera y limpiara el apartamento del hospital. La mujer no bonita, que él llamaba su cocinera, ya vivía en una de las accesorias.
Por la ciudad corrían nuevos chismes del hospital. Se decía que la mujer no bonita se había peleado con el inspector, y que éste como que se había arrastrado ante ella de rodillas, pidiendo perdón18.
Y Andréi Efímich, el mismo primer día de su llegada, tuvo que buscarse un apartamento.
-Amigo mío, -le dijo con timidez al administrador de correos,-disculpe por la pregunta indiscreta: ¿de qué medios usted dispone?
Andréi Efímich, callado, contó su dinero y dijo:
-Ochenta y seis rublos.
-Yo no de eso pregunto, -profirió Mijaíl Averiánich con turbación, sin entender al doctor. -Yo le pregunto, ¿qué medios tiene usted en general?
-Yo pues se lo digo: ochenta y seis rublos... No tengo más nada.
Mijaíl Averiánich consideraba al doctor un hombre honrado y bondadoso, pero de todos modos sospechaba que tenía un capital, por lo menos, de veinte mil rublos. Y ahora, al saber que Andréi Efímich era un mendigo, que no tenía con qué vivir, rompió a llorar de pronto por algo, y abrazó a su amigo.

XV

Andrei Efímich vivía en la casita de tres ventanas de la burguesa Bielóva. En esa casita había sólo tres habitaciones, sin contar la cocina. Dos de ellas, con ventanas a la calle, las ocupaba el doctor, y en la tercera y en la cocina vivían Dáriushka y la burguesa con sus tres hijos. A veces venía a dormir con la dueña el amante, un mujík borracho que alborotaba por las noches e infundía terror a los niños y a Dáriushka. Cuando venía y, sentado en la cocina, empezaba a pedir vodka, a todos se le hacía muy estrecho, y el doctor, por lástima, se llevaba a los niños llorosos, los acostaba en el suelo de su habitación, y eso le daba un gran gusto.
Se levantaba como antes a las ocho, y después del té se sentaba a leer sus viejos libros y revistas. Para las nuevas ya no tenía dinero. Acaso porque los libros eran viejos o, acaso, por el cambio de ambiente, la lectura ya no lo atrapaba de modo profundo, y lo fatigaba. Para no pasar el tiempo en ocio, componía un catálogo detallado de sus libros, y les pegaba etiquetas en los lomos, y ese trabajo mecánico, minucioso, le parecía más interesante que la lectura. El trabajo monótono, minucioso, de algún modo inexplicable, adormecía sus ideas, no pensaba en nada, y el tiempo pasaba con rapidez. Incluso estar sentado en la cocina y pelar patatas con Dáriuslika, o escoger la basura del trigo de alforfón, le parecía interesante. Los sábados y los domingos iba a la iglesia. Parado junto a la pared y con los ojos entornados, escuchaba el canto y pensaba en su padre, su madre, la universidad, las religiones; sentía sosiego, tristeza, y después, al irse de la iglesia, lamentaba que el servicio hubiera terminado tan pronto.
Fue unas dos veces al hospital a ver a Iván Dmítrich, para hablar un poco con él. Pero ambas veces Iván Dmítrich estuvo sumamente excitado y perverso; le pidió dejarlo en paz, ya que hacía tiempo le había cansado la habladuría vacía, y decía que le pedía a toda la maldita gente infame, por todos sus sufrimientos, sólo una recompensa: un encierro solitario. ¿Sería posible que le negaran incluso eso? Cuando Andréi Efímich se despidió de él las dos veces y le deseó buenas noches, él se enfureció y dijo:
-¡Al diablo!
Y Andréi Efímich no sabía ahora, si ir por tercera vez o no. Y quería ir.
Antes, en el tiempo después de almuerzo, Andréi Efímich andaba por las habitaciones y pensaba, y ahora, desde el almuerzo hasta el té vespertino, se acostaba en el diván con el rostro hacia el espaldar, y se entregaba a ideas menudas, que no podía vencer de ningún modo. Le era ofensivo que, por su servicio de más de veinte años, no le dieran ni una pensión, ni un subsidio temporal. Cierto, había servido sin honradez, pero es que la pensión la recibían todos los empleados sin excepción, honrados o no. La justicia moderna consistía, precisamente, en recompensar con rangos, órdenes y pensiones no las cualidades morales ni las capacidades, sino en general el servicio, cualquiera que fuera éste. ¿Por qué pues, él solo debía constituir una excepción? Dinero no tenía en absoluto. Le daba vergüenza pasar junto a la tiendita y mirar a la dueña. Debía ya treinta y dos rublos de cerveza. A la burguesa Bielóva le debía también. Dáriushka vendía a escondidas los trajes viejos y los libros, y le mentía a la dueña que el doctor pronto iba a recibir mucho dinero.
Se enojaba consigo mismo por que había gastado en el viaje los mil rublos que tenía ahorrados. ¡Qué bien le vendrían ahora esos mil! Le daba fastidio que la gente no lo dejaba en paz. Jobótov consideraba su deber visitar de vez en cuando al colega enfermo. Todo en él le repugnaba a Andreí Efímich: el rostro saciado, el tono malo, indulgente, la palabra «colega», las botas altas; lo más repulsivo era, que él consideraba su obligación tratar a Andréi Efímich, y pensaba que en realidad lo trataba. En cada visita le traía un frasco de bromuro de potasio y píldoras de ruibarbo19.
Y Mijaíl Averiánich también creía su deber visitar a su amigo y distraerlo. Cada vez entraba a ver a Andréi Efímcih con una frescura afectada, se reía a carcajadas de modo artificial, y le empezaba a asegurar que hoy lucía excelente, y que los asuntos, gracias a Dios, se iban arreglando, y de eso se podía concluir que él consideraba la situación de su amigo desesperada. No le había pagado aún su deuda de Varsovia, y estaba abrumado por la vergüenza penosa, estaba tenso, y por eso intentaba reírse a carcajadas más fuerte y contar de modo más cómico. Sus chistes y cuentos parecían ahora ilimitados, y eran torturantes para Andréi Efímich, y para él mismo.
En su presencia, Andréi Efímich se acostaba comúnmente en el diván, con el rostro hacia la pared, y escuchaba con los dientes apretados; en su alma se asentaban capas de resquemor, y después de cada visita del amigo sentía que el resquemor se hacía superior, y como que le llegaba a la garganta.
Para acallar sus sensaciones menudas, se apuraba a pensar que él mismo, Jobótov y Mijaíl Averiánich morirían tarde o temprano, sin dejar en la naturaleza, incluso, ni una huella. Si imaginar que dentro de un millón de años pasara volando por el espacio algún espíritu, cerca del globo terrestre, pues éste vería sólo barro y rocas peladas. Todo, -la cultura y la ley moral- moriría, e incluso no crecerían los cardos. ¿Qué significaban pues la vergüenza ante el tendero, el ínfimo Jobótov, la amistad penosa de Mijaíl Averiánich? Todo eso eran sandeces y tonterías.
Pero tales reflexiones ya no lo ayudaban. Apenas imaginaba el globo terrestre dentro de un millón de años, cuando de detrás de una roca pelada aparecía Jobótov con sus botas altas, o Mijaíl Averiánich con su carcajada intensa, e incluso oía un susurro avergonzado: «Y la deuda de Varsovia, hijito, se la devuelvo en estos días... Seguro.»

XVI

Una vez, Mijaíl Averiánich llegó después de almuerzo, cuando Andrei Efímich estaba acostado en el diván. Sucedió así, que en ese mismo momento apareció Jobótov con el bromuro de potasio. Andrei Efímich se levantó con pesadez, se sentó y se apoyó con ambas manos en el diván.
-Y hoy, querido mío -empezó Mijaíl Averiánich-, tiene usted un color de cara mucho mejor que ayer. ¡Pero es un bravo! ¡Por Dios, un bravo!
-Es hora, es hora de curarse, colega, -dijo Jobótov bostezando-. Seguro, a usted mismo le cansó este canutillo.
-¡Y nos vamos a curar! -dijo contento Mijaíl Averiánich. -¡Aún vamos a vivir unos cien años! ¡Así pues!
-Cien o no cien, para veinte aún alcanza,-lo consoló Jobótov. -No es nada, no es nada, colega, no se amilane... Basta de hacer sombra.
-¡Aún nos vamos a mostrar! –se carcajeó Mijaíl Averiánich, y palmoteó por la rodilla a su amigo. -¡Aún nos vamos a mostrar! El próximo verano, si Dios quiere, nos largamos al Cáucaso, y lo recorremos todo a caballo, ¡pan!, ¡pan!, ¡pan! Y volvemos del Cáucaso, miramos qué hay de bueno, y vamos a pasear a la boda, -Mijaíl Averiánich guiñó un ojo con malicia. -Lo casamos, amiguito querido… lo casamos...
Andrei Efímich sintió de pronto que el resquemor le llegaba a la garganta, el corazón le empezó a palpitar terriblemente.
-¡Esto es trivial! -dijo, levantándose con rapidez y apartándose hacia la ventana. -¿Será posible que no entiendan, que dicen cosas triviales?
Quería continuar con suavidad y cortesía pero, contra su voluntad, de pronto apretó los puños y los levantó por encima de la cabeza.
-¡Déjenme! -gritó no con su voz, amoratado, y con todo el cuerpo temblando. -¡Fuera! ¡Fuera los dos, los dos!
Mijaíl Averiánich y Jobótov se levantaron y lo miraron fijamente primero con perplejidad, después con miedo.
-¡Fuera los dos! -continuó gritando Andrei Efímich. -¡Gente obtusa! ¡Gente estúpida! ¡No me hace falta ni tu amistad ni tus medicinas, hombre obtuso! ¡Trivialidad! ¡Vileza!
Jobótov y Averiánich se miraron perplejos, recularon hacia la puerta y salieron al zaguán. Andrei Efímich agarró el frasco de bromuro de potasio y se los lanzó; el frasco se rompió sonoramente contra el umbral.
-¡Váyanse al diablo! -gritó con voz llorosa, saliendo corriendo al zaguán. -¡Al diablo!
A la salida de los visitantes, Andrei Efímich, temblando como con calentura, se acostó en el diván y repitió aún largo tiempo:
-¡Gente obtusa! ¡Gente estúpida!
Cuando se serenó, antes que todo, le vino la idea de que el pobre Mijaíl Averiánich ahora, acaso, tenía una vergüenza terrible y un peso en el alma, y que todo eso era horrible. Nunca antes había ocurrido nada semejante. ¿Dónde estaban pues la inteligencia y el tacto? ¿Dónde la comprensión de las cosas y la indiferencia filosófica?
El doctor no pudo dormir en toda la noche por la vergüenza y el fastidio consigo, y por la mañana, hacia las diez, se dirigió a la oficina de correo y se disculpó con su jefe.
-No vamos a recordar lo que sucedió, -dijo con un suspiro el conmovido Mijaíl Averiánich, estrechándole la mano fuertemente. -A quien recuerda lo viejo, se le sale el ojo20. ¡Liubávkin! -gritó de pronto tan alto, que todos los carteros y los visitantes se estremecieron. -Trae una silla. ¡Y tú espera! –le gritó a una mujer que, a través de la rejilla, le extendía una carta certificada. -¿Acaso no ves que estoy ocupado? No vamos a recordar lo viejo,-continuó con ternura, dirigiéndose a Andrei Efímich. -Siéntese, le ruego encarecidamente, mi querido.
Por un instante, callado, se acarició las rodillas y después dijo:
-Yo no tuve ni la idea de ofenderme con usted. La enfermedad no es mi hermano21, yo entiendo. Su recaída nos asustó ayer al doctor y a mí, y después hablamos largo tiempo de usted. Querido mío, ¿por qué no quiere ocuparse en serio de su enfermedad? ¿Acaso se puede así? Disculpe por la franqueza amistosa -susurró Mijaíl Averiánich, -usted vive en el ambiente más desfavorable: la estrechez, la suciedad, no le tienen cuidado, no hay con qué curarse... Querido amigo mío, se lo suplicamos el doctor y yo juntos, con todo el corazón, escuche nuestro consejo: ¡ingrese al hospital! Allá tiene buena comida, cuidado y tratamiento. Evguénii Fiódorich, aunque es un mauvais-ton22, hablando entre nosotros, es versado, se puede confiar totalmente en él. Me dio su palabra, de que se va a dedicar a usted.
Andrei Efímich se conmovió con el interés sincero y las lágrimas, que brillaron de pronto en las mejillas del jefe de correo.
-¡Estimado, no crea! -susurró, poniéndose la mano en el corazón. -¡No les crea! ¡Es un engaño! Mi enfermedad está sólo en que, en veinte años, yo encontré en toda la ciudad sólo a un hombre inteligente, y ése está loco. No hay ninguna enfermedad sino, simplemente, que caí en un círculo vicioso del que no hay salida. Me da lo mismo, estoy dispuesto a todo.
-Ingrese al hospital, querido mío.
-Me da lo mismo, siquiera a una fosa.
-Déme su palabra, hijito, de que va a obedecer en todo a Evguénii Fiódorich.
-Dígnese, le doy mi palabra. Pero le repito, estimado, que yo caí en un círculo vicioso. Ahora todo, hasta el interés sincero de mis amigos, se inclina a una cosa: a mi muerte. Yo me muero, y tengo el valor de reconocer eso.
-Hijito, se va a recuperar.
-¿Para qué decir eso? -replicó Andrei Efímich con irritación. -Pocos hombres sienten, al final de su vida, lo que yo ahora. Cuando a usted le dicen, que tiene algo así como los riñones malos y el corazón dilatado, y empieza a tratarse, o le dicen que está loco o es un delincuente, o sea, en una palabra, cuando la gente le presta atención de pronto, pues sepa que cayó en un círculo vicioso del que ya no va a salir. Va a intentar salir y se va a extraviar aún más. Ríndase, porque ningún esfuerzo humano ya lo va a salvar. Así me parece.
Entre tanto, ante la rejilla se agolpaba el público. Andrei Efímich, para no molestar, se levantó y se empezó a despedir. Mijaíl Averiánich le tomó otra vez su palabra de honor y lo acompañó hasta la puerta exterior.
Ese mismo día, a la caída de la tarde, en casa de Andrei Efímich se presentó Jobótov con pelliza corta y botas altas, y dijo en tal tono, como si ayer no hubiera ocurrido nada:
-Y yo vengo a verlo por un asunto, colega. Vine a invitarlo: ¿no quiere ir conmigo a un concilio, ah?
Pensando que Jobótov quería distraerlo con un paseo, o en realidad darle trabajo, Andrei Efímich se vistió y salió con él a la calle. Se alegraba con la ocasión de expiar su culpa de ayer y reconciliarse, y le agradecía de alma a Jobótov que, incluso, no hubiera mencionado lo de ayer y, por lo visto, se apiadara de él. De este hombre inculto era difícil esperar tal delicadeza.
-¿Y dónde está su enfermo?-preguntó Andrei Efímich.
-Lo tengo en el hospital. Ya hace tiempo que quería mostrárselo... Es un caso muy interesante.
Entraron al patio del hospital y, sorteando el pabellón principal, se dirigieron a la accesoria, donde se hallaban los alienados. Y todo eso, por algo, callados. Cuando entraron a la accesoria, Nikíta, como de costumbre, se levantó y se desperezó.
-Ahí, a uno se le produjo una complicación por el lado de los pulmones,-dijo a media voz Jobótov, entrando con Andréi Efímich a la sala. -Usted espere aquí, y yo ahora. Voy sólo por el estetoscopio.
Y salió.

XVII

Ya anochecía. Iván Dmítrich estaba acostado en su cama, con el rostro hundido en la almohada, el paralítico estaba sentado inmóvil, lloraba en silencio y movía los labios. El mujík gordo y el antiguo escogedor dormían. Había silencio.
Andrei Efímich estaba sentado en la cama de Iván Dmítrich y esperaba. Pero pasó media hora, y en lugar de Jobótov entró a la sala Nikíta, trayendo abrazados una bata, la ropa interior de alguien y unos zapatos.
-Dígnese a vestirse, su excelencia, -dijo en voz baja. -Ahí está su camita, dígnese aquí, -añadió, señalando una cama vacía, evidentemente recién traída. -No es nada, Dios dará, va a sanar.
Andrei Efímich lo entendió todo. Sin decir una palabra, se pasó a la cama que Nikíta le señaló y se sentó, viendo que Nikíta estaba parado y esperaba, se desvistió por completo y le dio vergüenza. Después se puso la ropa del hospital, los calzones eran muy cortos, la camisa larga, y la bata olía a pescado ahumado.
-Se va a recuperar, Dios dará, -repitió Nikíta.Recogió en un abrazo la ropa de Andrei Efímich, salió y cerró la puerta tras de sí.
«Es lo mismo... -pensaba Andrei Efímich, arropándose en la bata con vergüenza, y sintiendo que parecía un recluso con su traje nuevo. -Es lo mismo... Es lo mismo el frac que el uniforme, que esta bata... »
¿Pero cómo pues el reloj? ¿Y el librito de apuntes, que estaba en el bolsillo lateral? ¿Y los cigarrillos? ¿A dónde Nikíta se llevó la ropa? Ahora, es posible, hasta la misma muerte no tendré ya que ponerme un pantalón, un chaleco y unas botas. Todo esto era como que extraño, e incluso no se entendía al primer momento. Andrei Efímich estaba ahora convencido también, de que entre la casa de la burguesa Bielóva y la sala Nº 6 no había ninguna diferencia, que todo en este mundo era absurdo y vanidad de vanidades, y entre tanto las manos le temblaban, los pies se le enfriaban, y le daba espanto la idea de que Iván Dmítrich se levantaría pronto, y vería que él estaba con bata. Se levantó, se paseó y se sentó de nuevo.
He aquí estuvo sentado ya una media hora, una hora, y le cansó hasta la angustia; ¿sería posible vivir allí un día, una semana e incluso años como estos hombres? He aquí estuvo sentado, se paseó y se sentó de nuevo, se podía ir a mirar por la ventana, y de nuevo pasearse de una esquina a la otra ¿Y después qué? ¿Estar así sentado todo el tiempo, como una estatua, y pensar? No, eso apenas sería posible.
Andrei Efímich se acostó, pero al instante se levantó, se limpió con la manga el sudor frío de la frente, y sintió que todo su rostro olió a pescado ahumado. De nuevo se paseó.
-Esto es como un malentendido... –profirió, abriendo los brazos con perplejidad. -Hay que explicarse, aquí hay un malentendido…
En ese momento se despertó Iván Dmítrich. Se sentó y apoyó sus mejillas en los puños. Escupió. Después le echó un vistazo al doctor con pereza y, por lo visto, al primer instante no entendió nada, pero pronto su rostro soñoliento se tornó perverso y burlón.
-¡Ajá, y a usted también lo metieron aquí, hijito! -profirió con voz ronca, semi-dormida, entornando un ojo. -Me alegro mucho. Antes usted le chupaba la sangre a la gente, y ahora se la van a chupar a usted. ¡Excelente!
-Esto es como un malentendido... –profirió Andrei Efímich, asustado de las palabras de Iván Dmítrich, se encogió de hombros y repitió: -Es como un malentendido…
Iván Dmítrich escupió de nuevo y se acostó.
-¡Maldita vida! –rezongó. -Y lo que es amargo y ofensivo, es que esta vida no terminará con una recompensa por los sufrimientos, no con una apoteosis, como en la ópera, sino con la muerte; vendrán los mujíks y arrastrarán al muerto de los brazos y las piernas hacia el sótano. ¡Brr! Bueno, no es nada… En cambio, en el otro mundo, vamos a tener nuestra fiesta... Yo, desde ese mundo, voy a venir aquí como una sombra y asustar a estos canallas. Los obligaré a encanecer.
Volvió Moiséika y, al ver al doctor, le tendió la mano.
-¡Dame un kopecito! -dijo.

XVIII

Andrei Efímich se apartó hacia la ventana y echó una mirada al campo. Ya se hacía oscuro, y en el horizonte, por el lado derecho, salía una luna fría, púrpura. No lejos de la valla del hospital, a cien sazhénes, no más, había una alta casa blanca, rodeada por un muro de piedra. Era la cárcel.
-¡He aquí la realidad!», -pensó Andrei Efímich, y sintió miedo.
Eran terribles la luna, la cárcel, los clavos de la valla y la llama lejana en la fábrica de quema de hueso. Detrás se oyó un suspiro. Andrei Efímich se volteó a mirar, y vio a un hombre con estrellas brillantes y órdenes en el pecho, que sonreía y le guiñaba un ojo con malicia. Y eso le pareció terrible.
Andrei Efímich se aseguraba que en la luna y la cárcel no había nada peculiar, que también los hombres psíquicamente saludables llevaban órdenes, y que todo con el tiempo se pudriría y convertiría en barro, pero la desolación de pronto se apoderó de él, se aferró a la rejilla con ambas manos y la sacudió con todas sus fuerzas. La sólida rejilla no cedió.
Después, para que no fuera tan terrible, se acercó a la cama de Iván Dmítrich y se sentó.
-Perdí el ánimo, querido mío, -musitó, temblando y secándose el sudor frío. -Perdí el ánimo.
-Y filosofee un poco, -dijo Iván Dmítrich burlonamente.
-Dios mío, Dios mío... Sí, sí... Usted, cierta vez, se dignó a decir que en Rusia no hay filosofía, pero todos filosofan, hasta la morralla. Pero es que la filosofía de la morralla no le hace daño a nadie, -dijo Andrei Efímich en tal tono, como si quisiera romper a llorar e inspirar lástima. -¿Para qué pues, querido mío, esa risa maligna? ¿Y cómo no va a filosofar esa morralla, si no está satisfecha? Un hombre inteligente, educado, orgulloso, amante de la libertad, semejante a Dios, no tiene otra salida que ir de farmaceuta a una ciudad pequeña, fangosa, estúpida, ¡y toda la vida las ventosas, las sanguijuelas, los sinapismos! ¡La charlatanería, la estrechez, la trivialidad! ¡Oh, Dios mío!
-Usted dice estupideces. Si le repugna de farmaceuta, vaya de ministro.
-A ningún lugar, a ningún lugar se puede. Somos débiles, querido... Yo fui indiferente, razonaba de modo animado y sensato, y bastó que la vida me tocara con rudeza, para perder el ánimo... la postración... Somos débiles, una basura... Y usted también, querido mío. Usted es inteligente, noble, mamó con la leche materna los buenos ímpetus, pero apenas ingresó a la vida, se fatigó y se enfermó... ¡Somos débiles, débiles!
Algo obsesivo aún, además del miedo y la sensación de ofensa, fatigaba a Andrei Efímich todo el tiempo, desde la llegada del atardecer. Finalmente, entendió que quería tomar cerveza y fumar.
-Yo saldré de aquí, querido mío, -dijo. -Diré que pongan luz aquí... No puedo así... no estoy en condición...
Andrei Efímich fue a la puerta y la abrió, pero al instante Nikíta se levantó y le cerró el camino.
-¿Adónde va? ¡No se puede, no se puede! –dijo. -¡Es hora de dormir!
-¡Pero yo sólo por un minuto, a pasear por el patio! –se quedó pasmado Andrei Efímich.
-No se puede, no se puede, no está ordenado. Usted mismo lo sabe.
Nikíta azotó la puerta y se apoyó contra ésta de espalda.
-¿Pero si yo salgo de aquí, a quién le va a hacer daño eso? -preguntó Andrei Efímich, encogiéndose de hombros. -¡No entiendo! ¡Nikíta, yo debo salir! –dijo con voz trémula. -¡Me hace falta!
-¡No haga desorden, no está bien! -dijo Nikíta de modo sentencioso.
-¡El diablo sabe qué es esto! -gritó de pronto Iván Dmítrich y se levantó. -¿Qué derecho tiene él a no dejarlo? ¿Cómo se atreven a tenernos aquí? ¡La ley, al parecer, lo dice claro, que nadie puede ser privado de su libertad sin juicio! ¡Esto es una violencia! ¡Una arbitrariedad!
-¡Por supuesto que es una arbitrariedad! -dijó Andréi Efímich, animado por el grito de Iván Dmítrich. -¡Me hace falta, yo debo salir! ¡Él no tiene derecho! ¡Suéltame, te dicen!
-¿Lo oyes, cerdo estúpido? -gritó Iván Dmítrich, y golpeó la puerta con el puño.
-¡Abre, o rompo la puerta pues! ¡Desollador!-¡Abre! -gritó Andrei Efímich, con todo el cuerpo temblando. -¡Lo exijo!
-¡Habla más! -respondió Nikíta tras la puerta. -¡Habla!
-¡Por lo menos ve, llama a Evguénii Fiódorich aquí! ¡Dile, que yo le ruego acudir... por un minuto!
-Él solo viene mañana.
-¡Nunca nos van a soltar! -continuó entre tanto Iván Dmítrich. -¡Nos van a pudrir aquí! Oh, Señor, ¿será posible pues, en realidad, que en el otro mundo no haya infierno, y estos canallas sean perdonados? ¿Dónde pues está la justicia? ¡Abre, canalla, me asfixio! -gritó con voz ronca y se lanzó contra la puerta.-¡Me voy a romper la cabeza! ¡Asesinos!
Nikíta abrió la puerta con rapidez, empujó rudamente, con ambas manos y con la rodilla, a Andrei Efímich, después alzó el brazo y le pegó en el rostro con el puño. A Andrei Efímich le pareció que una enorme ola salada lo había cubierto hasta la cabeza y arrastrado hacia la cama; en efecto, sentía la boca salada: probablemente, le salía sangre de los dientes. Como deseando salir a flote, agitó los brazos y se agarró de la cama de alguien, y en ese momento sintió que Nikíta le pegaba dos veces por la espalda.
Iván Dmítrich gritó fuerte. Debía ser, a él también le pegaban.
Luego todo se calmó. Una luz lunar escasa entraba por la rejilla, y en el suelo yacía una sombra parecida a una red. Era terrible. Andrei Efímich se acostó y contuvo la respiración, esperaba con terror que le pegaran otra vez. Era como si alguien hubiera tomado una hoz, se la hubiera clavado en el pecho y los intestinos, y volteado varias veces. Por el dolor mordió la almohada y apretó los dientes, y de pronto le pasó por la cabeza con claridad, entre el caos, la idea terrible, insufrible de que ese mismo dolor debieron sentir por años, día tras día, estos hombres que ahora, a la luz de la luna, parecían sombras negras. ¿Cómo pudo suceder que, durante más de veinte años, él no supiera y no quisiera saber de eso? Él no sabía, no tenía noción del dolor, entonces no era culpable, pero una conciencia tan intratable y ruda como Nikíta lo hizo helarse de la nuca a los talones. Se levantó, quiso gritar con todas sus fuerzas y correr pronto para matar a Nikíta, después a Jobótov, al inspector y al enfermero, después a sí mismo, pero del pecho no le salía ni un sonido, y las piernas no le obedecían; sofocado, se arrancó del pecho la bata y la camisa, las rompió y, sin sentido, se derribó en la cama.

XIX

Por la mañana, al otro día, le dolía la cabeza, le zumbaban los oídos y sentía malestar en todo el cuerpo. Recordar su debilidad de ayer no le daba vergüenza. Había estado ayer pusilánime, había temido incluso a la luna, expresado con franqueza unos sentimientos e ideas, que antes no sospechaba en sí. Por ejemplo, la idea de la insatisfacción de la morralla filosofante. Pero ahora todo le daba lo mismo.
No comía, no bebía, estaba acostado inmóvil y callaba.
«Todo me da lo mismo, -pensaba cuando le hacían preguntas. -No me pondré a responder... Todo me da lo mismo.»
Después de almuerzo vino Mijaíl Averiánich y trajo un cuarto de té y una libra de mermelada. Dáriushka también vino y estuvo parada una hora entera junto a la cama, con una expresión de pesar estúpido en el rostro. Lo visitó también el doctor Jobótov. Trajo un frasco de bromuro de potasio y le ordenó a Nikíta sahumar la sala con algo.
A la caída de la tarde, Andrei Efímich murió de un ataque de apoplejía23. Al principio sintió un escalofrío tremendo y náuseas; algo repulsivo, que le penetraba al parecer todo el cuerpo, incluso los dedos, se extendía desde el estómago hasta la cabeza y le inundaba los ojos y los oídos. La visión se le verdeció24. Andrei Efímich entendió que le había llegado el fin y recordó que Iván Dmítrich, Mijaíl Averiánich y millones de hombres creían en la inmortalidad. ¿Y de pronto ésta existía? Pero él no deseaba la inmortalidad, y pensó en ésta sólo por un instante. Una manada de ciervos inusualmente bonitos y graciosos, sobre los que había leído ayer, pasó corriendo junto a él, después una mujer le tendió una mano con una carta certificada... Mijaíl Averiánich dijo algo. Después todo desapareció y Andrei Efímich se durmió por los siglos.
Vinieron unos mujíks, lo agarraron por los brazos y las piernas, y lo llevaron a la capilla. Allí estuvo acostado sobre una mesa con los ojos abiertos, y la luna lo iluminó por la noche. Por la mañana vino Serguei Serguéich, le rezó al crucifijo con devoción y le cerró los ojos a su antiguo jefe. 
Al otro día enterraron a Andrei Efímich. En el entierro estuvieron sólo Mijaíl Averiánich y Dáriushka.

1Isbá, casa de madera de abeto.
2Burgués, en la acepción de vulgar, mediocre, carente de cultura general.
3Kvas, bebida alcohólica fermentada muy suave.
4Grósh, antigua moneda rusa de ½ kópek.
5No jurar por la suma y la cárcel (refrán), aproximadamente, nunca prometas con lo que cumplir no cuentas.
6Es curioso que la gente de la ciudad hable no de un asesino, sino de los asesinos, dando por sentado de antemano que son más de uno. 
7Stanisláv, orden del imperio zarista.
8Schi, sopa de legumbres con carne.
9Si te alcanza con el puño, fuera el alma (expresión familiar), aproximadamente... 
10Basta de hacer sombra (expresión familiar), aproximadamente basta de enturbiar el agua. 
11Gríviennik (expresión familiar), moneda de diez kópeks.
12Viershók, medida rusa antigua, igual a 4,4 cm.
13El bromuro de potasio (KBr) se utiliza en medicina como sedante.
14¿Qué insinúa Andrei Ráguin con su mirada y su frase al doctor rubio, en una reunión donde se afirma que el ziémstvo se roba el dinero estatal? 
15Cortar el útero con la verdad (expresión familiar), aproximadamente, ...
16Ívierskaya, antiguo ícono de la Madre de Dios, del monasterio de Ívierskaya, en Athos, uno de los más venerados en la Iglesia ortodoxa.
17No alcanzan las piernas (expresión popular), aproximadamente, ...
18¿Por qué el inspector del hospital le teme tanto a la mujer no bonita, querida de Evguénii Jobótov, una recién llegada? 
19Píldoras de ruibarbo, laxante, su ingestión excesiva puede intoxicar.
20A quien recuerda lo viejo, se le sale el ojo (proverbio), aproximadamente... 
21La enfermedad no es mi hermano (proverbio), aproximadamente...
22Mauvais-ton, mal tono, malas maneras, trato grosero.
23El ataque de apoplejía o derrame cerebral ocurre, cuando el suministro de sangre al cerebro se reduce de súbito. 
24Entre los síntomas de envenenamiento están las convulsiones, los dolores de cabeza, las náuseas, el deterioro de la visión y la pérdida del conocimiento.

Título original: Palata Nº 6, publicado por primera vez en la revista Russkaya misl, 1892, Nº 11, con la firma: "Antón Chejov". 
Imagen: Childe Hassam, Casa antigua, Dorchester, 1884.