martes, 29 de abril de 2008

El beneficio del ruiseñor (Reseña)


Ocupamos un lugar a la orilla del riachuelo. Enfrente de nosotros descendía, abruptamente, la canela orilla barrosa, y a nuestras espaldas se oscurecía un boscaje extenso. Nos acomodamos bocabajo sobre la hierba joven, suave, las cabezas las apoyamos sobre los puños, y a las piernas les dimos rienda suelta: ponlas donde quieras. Los paletós de primavera nos los quitamos, pero no pagamos dos grívens1 por su cuidado, ya que a nuestro alrededor, gracias a Dios, no había lacayos. El boscaje, el cielo y el campo, hasta la lejanía más profunda, estaban bañados de luz lunar, y en la lejanía un fueguito rojo titilaba sereno. El aire estaba sereno, diáfano, fragante... Todo favorecía al beneficiado. Sólo le restaba no abusar de nuestra paciencia y empezar con rapidez. Pero él no empezó en largo tiempo... En su espera nosotros, de acuerdo al programa, escuchamos a otros intérpretes.
La noche empezó con el canto del cuclillo. Éste, con pereza, rompió a hacer cucú en algún lugar lejano del boscaje, y tras hacerlo unas diez veces, calló. Al instante, sobre nuestras cabezas, con un chillido aguzado, pasaron dos azores. Rompió a cantar luego en contralto el oriol, un cantante conocido, dedicado en serio. Lo escuchamos con gusto, y lo hubiéramos escuchado largo tiempo si no fuera por los grajos, que volaban a pernoctar... En la lejanía apareció una nube negra, que se movió hacia nosotros y, con mal augurio, descendió sobre el boscaje. En largo tiempo no calló esa nube.
Cuando gritaron los grajos croaron las ranas, que viven en los juncos, en locales públicos, y toda una media hora el espacio del concierto estuvo colmado de sonidos diversos, que se fundieron pronto en un sonido. En algún lugar gritó un mirlo soñoliento. Lo acompañaron la perdiz de río y el juncal. Tras esto, vino el entreacto y sobrevino un silencio, rara vez violado por el canto de un grillo, sentado en la hierba junto al público. En el entreacto nuestra paciencia alcanzó su límite: empezamos ya a murmurar sobre el beneficiado. Cuando cayó la noche sobre la tierra, y la luna se detuvo en medio del cielo, sobre el mismo boscaje, le llegó su turno. Apareció sobre un arce joven, revoloteó a un endrino, giró la cola y se quedó inmóvil. Llevaba un saco gris ...en general, ignora al público, y se presenta ante éste con el traje del mujík gorrión. (¡Es una vergüenza joven! ¡No es el público para usted, sino usted para el público!) Unos tres minutos estuvo callado, sin moverse... Pero las copas de los árboles empezaron a susurrar, sopló un vientecito, el grillo cantó más alto y, bajo el acompañamiento de esa orquesta, el beneficiado interpretó su primer trino. Rompió a cantar. No me dispongo a describir ese canto, sólo diré que la misma orquesta calló de emoción y enmudeció, cuando el artista, empinando su pico levemente, rompió a silbar e inundó el boscaje de trinos y repiques... Había fuerza y ternura en su voz... Por lo demás, no empezaré a quitarle el pan a los poetas, que lo escriban ellos. Él cantaba, y alrededor reinaba un silencio imponente. Sólo una vez gruñeron los árboles enojados y siseó el viento, cuando a la lechuza se le ocurrió cantar, deseando opacar al artista...
Cuando el cielo se agrisó, las estrellas se apagaron y la voz del cantor se hizo más débil y tierna, en el lindero del boscaje apareció el cocinero del conde hacendado. Encorvado y llevando en la mano izquierda un gorro, se agazapaba silencioso. En su mano derecha había un cestito. Empezó a aparecer entre los árboles y pronto se esfumó en el boscaje. El cantante cantó un poco más y de pronto calló. Nos dispusimos a marcharnos.
-¡Ahí está, el bribón! –oímos la voz de alguien, y pronto vimos al cocinero. El cocinero del conde caminaba hacia nosotros y, riendo con júbilo, nos enseñaba su puño. De su puño colgaban la cabecita y la cola del recién cazado beneficiado. ¡Pobre artista! ¡Libre Dios a cada uno de semejante cosecha!
-¿Para qué lo atrapó? –le preguntamos al cocinero.
-¡Y para la jaula!
Al encuentro de la mañana, rompió a gritar el rascón de modo lastimero, y empezó a susurrar el boscaje que había perdido al cantor. El cocinero metió al amante del rocío en el cestito y, con júbilo, corrió hacia el pueblo. Nosotros también nos separamos.

1Grívennik (expresión familiar), antigua moneda rusa igual a 10 kópeks.

Título original: Benefis soloviá, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1883, Nº 21, con la firma: “A. Chejonté”.
Imagen:
Isaac Levitan, Bonfire, 1890s.

lunes, 28 de abril de 2008

Igualito al abuelito


Es una noche sofocante, con las ventanas abiertas de par en par, con pulgas y mosquitos. Sed, como después del arenque. Yo estoy acostado en mi cama, me volteo de un costado al otro, e intento dormirme. Tras la pared, en la otra habitación, no duerme y se voltea mi abuelito, un general retirado, que vive en mi casa a cuenta mía. A ambos nos pican las pulgas, y ambos nos enojamos con éstas y rezongamos. El abuelo gime, resopla y hace fru-frú con su gorro de dormir almidonado.
-¡Insensato! –farfulla. -¡Mmo... mocoso! ¡Te zurraron poco, muchacho absurdo!
-¿A quién eso tú, abuelo?
-Se sabe a quién... Son clementes con ustedes, los miman, no los castigan... (El abuelo aspira aire y estalla en una tos anciana.) Pasarte por la fila unas tres veces, así tú entenderías... ¿Por qué no compraste el talco pérsico? ¿Por qué, te pregunto? ¿Pereza? ¿Indolencia?
-¡Abuelito, usted no me deja dormir! ¡Cállese!
-¡No replicar! ¡Entiende, con quién hablas! (El abuelito se rasca ruidosamente y levanta la voz.) Repito: ¿por qué no compraste el talco pérsico? ¿Y cómo te atreves, muy señor mío, a permitirte tales acciones perturbadoras, que hasta llegan quejas de ti? ¿Ah? ¡Ayer el teniente Dubiákin se quejaba, de que tú le llevaste la esposa! ¿Quién te permitió eso? ¿Y qué derecho tienes tú?
El abuelito me regaña largo tiempo, y del regaño pasa a la moral: el séptimo mandamiento, los fundamentos del matrimonio y demás.
-Todo eso yo lo entiendo mejor que usted, abuelito –digo. –Le confieso, que me remuerde la conciencia, pero yo no puedo hacer nada conmigo. ¡Igualito a usted! Con la sangre y la carne, heredé de usted todas sus virtudes. ¡Es difícil luchar contra la herencia!
-Yo... yo a las esposas ajenas no las tocaba... ¡Inventas!
-¿Como si? ¡Y unos diez años atrás, cuando usted tenía sesenta años, recuerde pues, usted le llevó a un prójimo no la esposa, no una viuda de pega, sino la novia! Recuerde pues a Nínochka.
-Yo este... yo me casé...
-¡Cómo no! A Nínochka la educaron, la mimaron y la prepararon en absoluto, no para un anciano de sesenta años. Con esa lista y bella se hubiera casado cualquier buen bravo, y ella ya tenía un novio apropiado, y usted llegó con su rango y su dinero, asustó a los padres, y le envolvió la cabeza a la muchacha de diecisiete años con sus pacotillas diversas. ¡Cómo lloraba, cuando se casó con usted! ¡Cómo se arrepentía después, pobrecita! Y después se escapó con un teniente borracho, sólo para estar lejos de usted... ¡Un ganso es usted, abuelito!
-Espera... espera... Eso no es asunto tuyo... Si te pasaran pues, unas cinco veces por la fila, pues tú este no... no despojarías a tu hermana Dásha... Ofensor... ¿Para qué le pleiteaste las diez desiatínas1?
-De usted tomé ejemplo. ¡Igualito a usted, abuelito! ¡Con usted aprendí a despojar! Recuerde cuando usted servía en la intendencia, después cuando lo asignaron al gobierno de Ufímskaya, y...
Y largo tiempo discutimos así. El abuelito me acusa de veinte delitos, y todos los veinte yo se los atribuyo a la estirpe, a la herencia. Finalmente, el abuelito se queda ronco y empieza, de rabia, a arañar la pared.
-Mire qué, abuelito –digo. –Así en largo tiempo no nos vamos a dormir. ¡Vamos pues, a bañarnos y a tomar vodka! ¡Dormiremos perfectamente!
El abuelito enojado, hablando entre dientes, se viste, y vamos al riachuelo. Es una noche hermosa, de luna. Tras bañarnos, regresamos a la casa. La garrafita está sobre la mesa. Yo sirvo dos copitas. El abuelito toma una copita, se persigna y dice:
-Si te pasaran pues... unas diez veces por la fila... ¡entenderías entonces! ¡Bo... borracho!
Tras rezongar, el abuelito enojado bebe y pica del embutido. Yo también -porque heredé el amor por las bebidas alcohólicas- bebo y me voy a dormir.
Y así es para nosotros cada noche.

1Desiatína, antigua medida rusa de superficie igual a 1,09 ha.

Título original: Vies v diedushku, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1883, Nº 25, con la firma: “A. Chejonté”.
Imagen:
John Singer Sargent, In Switzerland, 1908.

domingo, 27 de abril de 2008

El único medio (A propos del proceso de la Sociedad peterburg. de crédito mutuo)

Hubo un tiempo cuando los cajeros despojaban, incluso, a nuestra Sociedad. ¡Es terrible recordarlo! Éstos no saqueaban sino, literalmente, limpiaban nuestra pobre caja. El interior de nuestra caja estaba forrado de terciopelo verde, y se robaron el terciopelo. Y uno se aficionó tanto, que se llevó con el dinero la cerradura y la tapadera. En los últimos cinco años tuvimos nueve cajeros, y todos los nueve nos envían ahora en las grandes fiestas, desde Krasnoyársk, sus tarjetas de visita. ¡Todos los nueve!
-¡Es horrible! ¿Qué hacer? –suspirábamos, cuando llevamos a juicio al noveno. -¡Una vergüenza, una deshonra! ¡Todos los nueve unos villanos!
Y empezamos a juzgar y a convenir: ¿a quién tomar de cajero? ¿Quién no es un canalla? ¿Quién no es un ladrón? Nuestra elección recayó en Iván Petróvich, el ayudante del contable: callado, devoto y vivía como un cerdo, sin confort. Lo elegimos, lo bendijimos en la lucha contra las tentaciones y nos calmamos, pero... ¡no por mucho tiempo!
Al otro día mismo, Iván Petróvich se apareció con una corbata nueva. Al tercero llegó a la dirección en coche, algo que antes nunca sucedía con él.
-¿Ustedes lo notaron? –murmurábamos a la semana. –Corbata nueva... Lentes... Ayer en el santo invitaba. Hay algo... Empezó a rezarle a Dios más a menudo... Hay que suponer, que su conciencia no está limpia...
Le informaron sus dudas a su excelencia.
-¿Es posible y que el décimo resulte un canalla? –suspiró nuestro director. –No, es imposible... Es un hombre tan moral, callado... Por lo demás... ¡vamos a verlo!
Se acercaron a Iván Petróvich y rodearon su caja.
-Disculpe, Iván Petróvich –se dirigió a él el director con una voz suplicante. –Nosotros confiamos en usted... ¡Creemos! M-sí... Pero, sabe... ¡Permita revisar la caja! ¡Usted pues permita!
-¡Dígnense! ¡Muy bien! –respondió con agilidad el cajero. -¡Cuánto quieran!
Empezaron a contar. Contaron, contaron, y faltaban cuatrocientos rublos... ¡¿Y este?! ¡¿Y el décimo?! ¡Es horrible! Eso en primer lugar; y en segundo, si este en una semana se zampó tanto dinero, ¡pues cuánto se robará en un año, en dos! Nos quedamos pasmados de horror, admiración, desolación... ¿Qué hacer? ¿Bueno, qué? ¿A juicio con él? No, eso es viejo e inútil. El onceno también robará, el doceno también... A todos no los llevarás a juicio. ¿Zurrarlo? No se puede, se ofenderá... ¿Correrlo y llamar en su lugar a otro? ¡Pero es que el onceno también robará! ¿Cómo hacer? El director rojo, y nosotros pálidos, mirábamos fijamente a Iván Petróvich y, recostados contra la rejilla amarilla, pensábamos... Pensábamos, tensábamos el cerebro y sufríamos... Y él seguía sentado e, imperturbable, chasqueaba sobre las cuentas, como si no hubiera robado... Callamos largo tiempo.
-¿A dónde tú metiste ese dinero? –se dirigió a él, finalmente, nuestro director, con lágrimas y un temblor en la voz.
-¡En las necesidades, su excelencia!
-Hum... En las necesidades... ¡Me alegro mucho! ¡A callar! Yo teee...
El director se paseó por la habitación y continuó:
-¿Qué hacer pues? ¿Cómo te proteges de semejantes... ídolos? Señores, ¿y por qué ustedes callan? ¿Qué hacer? ¡No lo vamos a azotar, al canalla! (El director se quedó pensativo.) Escucha, Iván Petróvich... Nosotros vamos a reponer ese dinero, no vamos a deshonrarnos con la publicidad, al diablo contigo, sólo que tú, francamente, sin equívoco... ¿Te gusta el sexo femenino, o qué?
Iván Petróvich se sonrió y confundió.
-Bueno, se entiende –dijo el director. -¿A quién no le gusta? Eso se entiende... Todos somos pecadores... Todos ansiamos amor, dijo algún... filósofo... Te entendemos... Mira qué... Ya que a ti te gusta así, pues dígnate: yo te voy a dar una carta para una... Es bonita... Ve a verla por mi cuenta. ¿Quieres? Y te voy a dar una carta para otra... ¡Y te voy a dar una carta para la tercera!.. Todas las tres son bonitas, hablan en francés... rollizas... ¿El vino, te gusta también?
-Vinos los hay diversos, su excelencia... el de Lisboa, por ejemplo, yo a la boca no me lo llevo... Cada bebida, su excelencia, tiene, así decir, su sentido...
-No repliques... Cada semana te voy a enviar una docena de botellas de champagne. ¡Zámpatelas, pero no gastes el dinero, no nos confundas! ¡No te ordeno, sino te suplico! ¿El teatro también, seguro, te gusta?
Y demás... Al final de todo decidimos, además del champagne, abonarle una butaca en el teatro, triplicarle el salario, comprarle candidaturas, enviarlo cada semana en tróika1 a las afueras de la ciudad, todo eso a cuenta de la Sociedad. El sastre, los tabacos, las fotografías, los bouquetes para las beneficiadas, los muebles también de la Sociedad... ¡Que disfrute pero, por favor, que no robe! ¡Que haga lo que quiera, pero que no robe!
¿Y qué pues? Ya pasó un año desde que Iván Petróvich está en la caja, y no podemos dejar de jactarnos de nuestro cajero. Todo es honrado y correcto... No roba... Por lo demás, durante cada revisión semanal faltan 10-15 rub., pero es que eso no es dinero, sino tonterías. Algo hay que darle en sacrificio al instinto del cajero. Que hurte, pero que no toque los miles.
Y ahora prosperamos... Nuestra caja siempre está llena. Es verdad, el cajero nos sale muy caro, pero en cambio es diez veces más barato que cada uno de sus nueve antecesores. ¡Y puedo asegurarles, que rara es la sociedad y raro el banco que tienen un cajero tan barato! ¡Estamos en ganancia, y por eso serían unos extraños excéntricos ustedes, los que tienen el poder, si no siguieran nuestro ejemplo!

1Tróika, tiro de tres caballos.

Título original: Edinstviennoe sriedstvo, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1883, Nº 4, con la firma: “A. Chejonté”.
Imagen: Eduard Gaertner, Edificio en Berlín, 1830.

sábado, 26 de abril de 2008

Barullo en Roma1

Rareza cómica en 3 actos,
5 escenas, con prólogo y dos fracasos

Personajes:

Conde Falconi, un hombre muy gordo2
Condesa, su esposa infiel
Luna, planeta agradable en todos los sentidos
Arthur, pintor-ventrílocuo, que canta con el vientre3
Hesse, pintor. Se ruega no confundir con el fabricante de cerillos y chocante satírico Hesse4
Huérfana, con medias rojas. Inocente y generosa, pero no tanto como para avergonzarse de su elección de la ropa de hombre
Lientóvskii, con tijeras. Desencantado
Caja, vieja doncella
Colecta grande
Colecta pequeña, sus niñas
Tamborileros, faquires, monjas, ranas, toro de papier-maché, un pintor superfluo, miles de esperanzas, genios malos y demás

Prólogo

Empieza la apoteosis según el dibujo de Schegtel5: Caja, pálida, flaca, sostiene en sus manos a su hija hambrienta, Colecta pequeña, y mira suplicante al público. Lientóvskii levanta un puñal, intentando matar a Colecta pequeña, pero no lo consigue, ya que el puñal está romo. Escena. Fuegos de bengala, gemidos... A través de la escena vuela un vampiro.

Lientóvskii. ¡Te mataré oh, chiquilla odiosa! ¡Iván, dame acá otro cuchillo! (Iván, parecido a Andrássy6, le da el cuchillo, pero en ese momento desciende el genio malo).
Genio malo (susurra a Lientóvskii). Pon Barullo en Roma, y el asunto está en el sombrero: Colecta pequeña morirá.
Lientóvskii (se golpea la frente). ¡Y cómo fue que no lo adiviné antes! ¡Grigórii Alexándrovich7, ponga Barullo en Roma! (Se oye la voz de Arbenin: “¡Excelente!”). ¡Con procesión, qué diablos! (Se duerme con dulces esperanzas).

Escena I

Huérfana (sentada sobre una piedrita). Yo estoy enamorada de Arthur... Más nada les puedo decir. Yo misma soy pequeña, tengo una voz pequeña, un papel pequeño, y si digo larguezas grandes, pues para eso tienen ustedes orejas y paciencia. ¡Y yo no soy nada aún, pero esperen pues, que largueza les brindará ahora Tamárin! ¡Aún no así van a fruncir el ceño! (se amarga).
Luna.¡Hum! (Bosteza y frunce el ceño).
Rafael Tamárin8 (entra). Yo ahora les contaré... El asunto, ven, está en que... (aspira aire y empieza un larguísimo monólogo. Dos veces se sienta, cinco veces se seca el sudor, al final de todo se pone ronco y, sintiendo en la garganta una agonía de muerte, mira suplicante a Lientóvskii).
Lientóvskii (sonando las tijeras). Ya va a haber que recortar.
Luna (frunciendo el ceño) ¿No huir acaso? A juzgar por la primera escena, de esta opereta sólo saldrá tristeza.
Rafael (le compra a Huérfana un cuadro de Arthur por mil rublos). Diré que es mi cuadro.
Falconi (entra con la condesa). En la primera escena no hacemos falta ni yo ni mi esposa pero, por lo menos, con la venia del autor, permítanme presentarme... Mi esposa, la traidora. Ruego amarla y apreciarla... Si no es risible, pues disculpen.
Condesa (traiciona al esposo). ¡Una desgracia ser esposa de un esposo celoso! (Traiciona al esposo).
Hesse. Yo estoy demás en la escena, y entre tanto estoy parado aquí... ¿Adonde meter las manos? (Sin saber donde meter las manos, camina).
Huérfana (tras recibir de Rafael el dinero, va a Roma a ver a Arthur, de quien está enamorada. Con un objetivo ignorado, se viste con ropa de hombre. Tras ella todos van a Roma).
Luna. Qué aburrimiento mortífero... ¿No eclipsarme acaso? (Empieza un eclipse de luna).

Escenas II y III

Condesa (traiciona al esposo). Arthur es una almita...
Huérfana. Entraré con Arthur de alumna. (Entra y se amarga. Le obsequian una corona honoris causa).
Arthur
. Yo estoy enamorado de la condesa, pero a mí no me hace falta tal amor... Yo quiero amar en silencio, platónicamente...
Condesa (traiciona al esposo). Qué bonito chiquillo (contempla a huérfana). ¡Deja pues besarme con él! (traiciona al esposo y a Arthur).
Arthur. ¡Estoy perturbado!
Huérfana (se viste con ropa de mujer). ¡Yo soy una mujer! (Sale por Arthur, que súbitamente la ama).
Público. ¿Eso es todo? Hum...
Procesión: una multitud de personas, vestidas de rana, llevan un toro de papel y dos barriles.
Opereta (fracasando). ¡Pues cuántas diversas diversidades fracasaron en este mismo lugar!
Lientóvskii (agarrando a la opereta fracasada por el cuello). ¡No, espera! (Empieza a cortarla con las tijeras9). Espera, mátushka... Nosotros aún te vamos a arreglar... (Tras recortar, mira fijamente). Sólo la estropeé, qué diablos.
Opereta. Lo que deba ser, no lo podrás evitar.

Epílogo

Apoteosis. Lientóvskii está de rodillas. El genio bueno, defendiendo a Caja con la niña, está parado ante él en pose de predicador... En perspectiva están paradas las nuevas operetas y Colecta grande.

1Parodia de Carnaval en Roma, ópera cómica con música de Richard Strauss, puesta en el Teatro de M.V. y A.V. Lientóvskiis, en Moscú. “Carnaval en Roma, que fue ayer en El nuevo teatro, –reportan Las novedades del día,- no justificó, por desgracia, las esperanzas; el primer acto es imposible, y los restantes mediocres” (Nº 262, 23 de septiembre).
2Actor Bogdánov.
3Actor Leónov.
4A. Hesse, dueño de una fábrica de cerillos en Rúza, Moscú.
5Fiódor Schegtel, arquitecto, pintor (amigo de Nikolai Chejov), que participa en la conformación de los espectáculos en el teatro de Mijaíl Lientóvskii.
6D. Andrássy, conde, político húngaro, ministro de asuntos exteriores de Austro-Hungría de 1871 a 1879.
7Arbenin.
8R. Tamárin, actor que interpreta el papel del imaginario pintor Rafael.
9El 30 de septiembre la pieza, en la puesta de Mijaíl Lientóvskii, va ya con cortes (Las novedades del día, 1884, Nº 270, 1 de octubre).

Título original: Kavardak v Rime, publicado por primera vez en la revista Budilnik, 1884, Nº 38, con la firma: “El hermano de mi hermano”.
Imagen:
Tomás Campuzano y Aguirre, Tapa de la caja del teatro, XIX.

El sueño de la juventud dorada durante el llamado de noviembre


…y sueñan dulces sueños. Sueñan que, antes del examen de ingreso, se pusieron delgados como cerillos, que su estatura supera diez veces el volumen de su pecho, que resultó que padecen de afección cardiaca, que Suzetta se mordió el dedo, sobre lo que se levantó un acta legal policial. Al mismo tiempo, sus ojos son tan miopes, que están obligados a llevar lentes de cristales ustorios. En una palabra, la oficina del ejército renunció a aceptarlos como soldados. ¡Dichosos!

Título original: Son zolotij yuntzov vo vremia noyabrskogo nabora, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1884, Nº 47, con dibujo de V.I. Porfíriev y la firma: “An. Ch.”.
Imagen: Edgar Degas, El Violinista, 1

Ensueños poéticos


-Si tuviera, en lugar de este gatito, una hija de mercader rolliza… Y la hija del mercader tuviera unos trescientos o cuatrocientos mil… Y con esos trescientos mil comprar una casa… unos caballos moros… En las tróikas con las almitas… Sacaría a Katiúsha adelante…

Título original: Poeticheskie griezi, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1883, Nº 8, con dibujo de A.I. Liébediev y la firma: “A. Chejonté”.
Imagen: Ferdinand Hodler, Un alma pobre, 1889.

viernes, 25 de abril de 2008

Se peleó con la esposa (Un caso)


-¡Que se los lleve el diablo! ¡Llegas del servicio a la casa con un hambre de perro, y sabe el diablo qué te dan de comer! ¡Y decirlo aún no se puede! ¡Lo dices, y enseguida el llanto, las lágrimas! ¡Que sea yo tres veces anatema por que me casé!
Dicho esto, el esposo tintineó con la cuchara en el plato, se levantó y, con exasperación, azotó la puerta. La esposa empezó a sollozar, se pegó al rostro la servilleta y salió también. El almuerzo terminó.
El esposo llegó a su gabinete, se tumbó en el diván y hundió su rostro en la almohada.
“¡El diablo te mandó a casarte! –pensó. -¡Buena vida 'familiar', ni qué decir! ¡No alcanzaste a casarte, cuando ya te quisieras suicidar!”
Al cuarto de hora, tras la puerta se oyeron unos pasos ligeros...
“Sí, en el orden de cosas... Me insultó, me injurió, y ahora anda por la puerta, quiere reconciliarse... ¡Pero qué diablos! ¡Primero me cuelgo, antes de reconciliarme!"
La puerta se abrió con suave chirrido y no se cerró. Alguien entró y, con unos pasos suaves, tímidos, se dirigió al diván.
“¡Está bien! Pide perdón, suplica, llora... ¡Una higa con nuez vas a recibir!, ¡diablo peludo! Ni una palabra lograrás, aunque te mueras... ¡Yo duermo pues, y no deseo hablar!”
El esposo metió su cabeza en la almohada de modo más profundo, y empezó a roncar suavemente. Pero los hombres son tan débiles como las mujeres. A éstos es fácil amargarlos y calentarlos. Al sentir a su espalda un cuerpo cálido, el esposo se arrimó con terquedad al espaldar del diván, y dio una patada.
“Sí... Ahora se mete, se pega, lame... Pronto va a empezar a besarme el hombro, a ponerse de rodillas. ¡No soporto esas ternuras!.. Con todo... habrá que disculparla. Para ella, en su estado, es nocivo alarmarse. La torturaré una hora, la castigaré y la perdonaré...
Sobre su misma oreja voló suavemente un suspiro profundo. Tras éste otro, un tercero... El esposo sintió en el hombro el roce de una mano pequeña.
“¡Bueno, que vaya con Dios! La perdonaré por última vez. ¡Basta de torturarla, pobrecita! ¡Además, de que yo mismo soy culpable! Por una tontería armé un motín...” -¡Bueno, basta, mi miguita!
El esposo extendió su mano hacia atrás y abrazó un cuerpo cálido.
-¡Tfú!
Junto a él yacía su gran perra Diánka.

Título original: S zhenoi possorilsia, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1884, Nº 23, con la firma: “A. Chejonté”.
Imagen: John Singer Sargent, Peter Harrison Asleep, 1905.

El Montecillo rojo1


Así se llama entre nosotros la semana de Tomás, entre los rusos antiguos ese nombre lo llevaba una fiesta en honor de la primavera, que coincidía en el tiempo, precisamente, con la semana de Tomás. La primavera no es un funcionario importante y no hay por qué festejarla, pero los antiguos, los krivichís2, los miéris3 y restantes antecesores nuestros, que no contaban entre sí con laureados consejeros civiles ni comisarios de policía, tenían que festejar a la fuerza no a las personas, sino las estaciones del año y otras abstracciones. Ya que de la ignorancia salimos pero a la civilización, gracias a Dios, aún no hemos llegado, y habitamos el dorado intermedio, pues esta fiesta pagana se conservó hasta nuestro tiempo en toda su plenitud. Se celebra ésta en las montañas y los montecillos, donde la nieve se derrite antes y aparece la hierba verde, de aquí el nombre de la fiesta. Convendría llamarla realmente montecillo verde, pero nuestros antepasados salieron a nuestros contemporáneos: dar a todo lo destacado un matiz rojo era su pasión.
Las señoritas, la primavera, las plazas mejores, el pez más sabroso, todo eso se llamaba rojo y se hallaba bajo sospecha. En nuestro tiempo, el Montecillo rojo se celebra de esta manera. Los muchachos y las muchachas, con los rostros cubiertos de pecas en honor de la primavera, reunidos en algún lugar del montecillo, organizan corros y cantan canciones. Se cantan canciones de toda clase, sin elección y sin ningún sistema. Unos cantan: ¡Ah tú, pajarito canario!, y otros, que sirven en la ciudad de botones o de sirvientas, canturrean Nuestra China es país de libertad o Cuando el esposo quiere de pronto4, una mezcla de criterios paganos y humanitarios... Alternativamente con las canciones, se zurran los unos a los otros por la espalda en honor de la primavera, recuerdan después de cada palabra a los padres y hablan de los atrasos. El asunto termina en que a la multitud se acerca un sub-oficial y, tras reprochar ignorancia, invita al público a regresar. En la antigüedad, el Montecillo rojo se celebraba con raciocinio. Los caballeros y las señoritas, trabados en un estrecho grand-rond, empezaban a cantar canciones de modo solemne y generoso, las primaveras, en las que cantaban a Svaróg5, a S.T. Aksákov6, al trueno, a la lluvia primaveral y demás. Todo aquel que dilataba un cuplecito o empezaba a jugar con los labios, era expulsado con deshonor. El contenido de las primaveras se podía considerar entonces censurable por completo: el sol, encarnado bajo la apariencia de un príncipe, iba hacia la radiante princesa primavera, venciendo por el camino los obstáculos helados; al final de todo, cuando los obstáculos habían sido sorteados, el sol encerraba entre sus brazos a la primavera liberada, y no había capital, y la inocencia no se observaba, pero por lo menos era conmovedor... Pero ahora, cuando los matrimonios civiles están marcados por el desprecio de todas las personas bien pensadas, cuando por la apropiación de un título de príncipe ajeno, los culpables son castigados con toda la severidad de la ley, semejantes canciones no pueden no ser publicadas, no cantadas.
En nuestro tiempo, en el Montecillo rojo los habitantes van al cementerio rural y, bajo la apariencia de conmemorar a los parientes, organizan allí verdaderos picnics. Las conmemoraciones se acompañan de libaciones y dadivosos repartos de roscas, algo que gusta mucho a los diáconos supernumerarios y a las viudas salmistas, que no saben “donde apoyar la cabeza” ni "donde hay para el ofendido un sentido de rinconcito". Pero el Montecillo rojo no complacía tanto, con ninguna otra cosa, a los rusos antiguos, como con la comezón nupcial. Después de una prohibición de ocho semanas, los habitantes entraban en tal ardor febril, que las señoritas apenas alcanzaban a pescar el momento y los papáshas a registrar el adjetivo... Se casaban todos, al por menor y al por mayor, y se hallaban entre el número de las doncellas sabias no sólo las dignas, sino incluso las defectuosas e intactas tras los incendios e inundaciones... Tal epidemia nupcial se podía explicar sólo con las influencias atmosféricas y la larga cuaresma... Es extraño, entre nosotros, en cuaresma no se puede casarse, y después de Pascua se puede; y entre los hebreos es al revés, en cuaresma se puede, y después de Pascua no se puede; por lo tanto, los hebreos ven el matrimonio como algo de cuaresma.
A 20 vérstas de Kronshtadt, hay una elevación cubierta de arena rojiza, llamada Montecillo rojo. En ésta se construyó una estación de telégrafos, y en ese Montecillo rojo se casan sólo los telegrafistas. A propósito, una anécdota. Un alemán, miembro de nuestra Academia de ciencias, traduciendo algo del ruso al alemán, tradujo la frase “él se casó en el Montecillo rojo” de esta manera: “Er heiratete die m-lle Montecilla rojo”.

“Él se casó con la m-lle Montecilla Rojo” (Nota de Antón Chejov).

1Chejov escribe a Nikolai Léikin el 22 de marzo de 1885: “…envío tres cositas… De éstas, sólo una puede resultar inservible, pero las otras, me parece, sirven.”
2Krivichís (palabra anticuada), eslavos orientales que habitaban las regiones del Dviná occidental, el Dniéper y el Volga en los siglos VI-X, y se dedicaban a la agricultura, la ganadería y la artesanía.
3Miéris (palabra anticuada), finlandeses y ucranianos que habitaban el entrerío Volga-Ókskii en el primer milenio D.C., y se dedicaban a la agricultura, la caza y la artesanía.
4Principio del aria de Elena en La hermosa Elena, opereta de Jacobo Offenbach.
5Svaróg, Dios del cielo y del fuego celestial en la mitología eslava rusa.
6Serguéi Aksákov, escritor, poeta, crítico, censor, antiguo presidente del Comité de Censura de Moscú, autor de memorias noveladas.

Título original: Krasnaya gorka, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1885, Nº 13, con la firma: “El hombre sin bazo”.
Imagen: Alexey Savrasov, Rainbow, 1875.

jueves, 24 de abril de 2008

Anna al cuello

I

Después del casorio no hubo, siquiera, un bocado ligero, los jóvenes se bebieron una copa, se cambiaron y partieron a la estación. En lugar de un divertido baile de boda y una cena, en lugar de música y danzas, un viaje de peregrinación a doscientas vérstas. Muchos aprobaron eso, diciendo que Módest Alexéich ya tenía rangos y no era joven, y una boda ruidosa podría, es posible, parecer no del todo decente; y además era aburrido escuchar música, cuando un funcionario de 52 años se casaba con una muchacha, que apenas había cumplido 18. Decían asimismo que ese viaje al monasterio Módest Alexéich, como hombre de reglas, lo había tramado, en particular, para darle a entender a su joven mujer que, en el matrimonio, él concedía el primer lugar a la religión y la moralidad.
Acompañaron a los jóvenes. Una multitud de colegas y parientes estaba parada con las copas, y esperaba cuando se fuera el tren para gritar "hurra"; y Piótr Leóntich, el padre, con un cilindro, un frac de maestro, ya borracho y ya muy pálido, siempre se extendía hacia la ventana con su copa, y decía de modo suplicante:
-¡Aniúta! ¡Ania! ¡Ania, para una palabra!
Ania se inclinaba hacia él desde la ventana, y él le susurraba algo, bañándola con el olor del tufo a vino, le soplaba en la oreja -no se podía entender nada- y le persignaba el rostro, el pecho, las manos; además, su aliento temblaba y en sus ojos brillaban las lágrimas. Y los hermanos de Ania, Pétia y Andriúsha, alumnos de gimnasio, le tiraban del frac por detrás y susurraban confundidos:
-Pápochka, basta... Pápochka, no hace falta...
Cuando el tren arrancó, Ania vio cómo su padre corrió un poquito tras el vagón, tambaleándose y derramando su vino, y qué rostro lastimero, bondadoso y culpable tenía.
-¡Hurra-a-a! -gritaba.
Los jóvenes se quedaron solos. Módest Alexéich examinó el coupe, repartió las cosas por los estantes y se sentó frente a su joven mujer, sonriendo. Era un funcionario de estatura mediana, bastante grueso, rollizo, muy saciado, con largas patillas y sin bigotes, y su barbilla afeitada, redonda, bruscamente perfilada parecía un talón. Lo más característico de su rostro era la ausencia de bigotes, ese lugar recién afeitado, desnudo, que se convertía gradualmente en unas mejillas grasosas, trémulas como la gelatina. Se conducía de modo respetable, sus movimientos no eran rápidos, sus maneras suaves.
-No puedo no recordar ahora una circunstancia -dijo, sonriendo-. Hace cinco años, cuando Kosorótov recibió la orden Santa Anna de segundo grado, y vino a agradecer, pues su excelencia se expresó así: "Entonces, usted tiene ahora tres Annas: una en el ojal, dos al cuello". Y hay que decir, que en aquel tiempo recién había vuelto a Kosorótov su mujer, una persona áspera y frívola, que llamaban Anna. Espero, que cuando yo reciba la Anna de segundo grado, pues su excelencia no vaya a tener motivo para decirme lo mismo.
Él sonreía con sus ojos pequeños. Y ella sonreía también, inquieta por la idea de que ese hombre podía, a cada minuto, besarla con sus labios gruesos, húmedos, y que ella ya no tenía derecho a negarle eso. Los suaves movimientos de su cuerpo rollizo la asustaban, le daban terror y asco. Él se levantó, se quitó la orden del cuello sin prisa, se quitó el frac y el chaleco, y se puso la bata.
-Así pues -dijo él, sentándose junto a Ania.
Ella recordaba cuán torturante fue el casorio, cuando le parecía que el sacerdote, los visitantes y todos en la iglesia la miraban con tristeza: ¿por qué, por qué ella tan grácil, bonita, se casaba con este señor maduro, no interesante? Aún hoy por la mañana estaba en éxtasis, por que todo se hubiera arreglado tan bien, pero durante el casorio y ahora en el vagón se sentía culpable, engañada y ridícula. He aquí se había casado con un rico, y de todas formas no tenía dinero, el vestido de novia se lo habían cosido a crédito, y cuando la acompañaban hoy su padre y sus hermanos, ella vio por sus rostros que no tenían ni un kópek. ¿Iban acaso a cenar hoy? ¿Y mañana? Y le parecía por algo, que su padre y los muchachos se sentaban ahora sin ella hambrientos, y experimentaban exactamente la misma angustia, que hubo el primer atardecer después del entierro de su madre.
"¡Oh, qué infeliz soy! –pensaba. -¿Por qué soy tan infeliz?"
Con el embarazo de un hombre respetable, no habituado a tratar con mujeres, Módest Alexéich la tocaba por el talle y le palmeaba el hombro, y ella pensaba en el dinero, en su madre, en su muerte. Cuando murió su madre, su padre, Piótr Leóntich, maestro de caligrafía y dibujo en el gimnasio, se dio a la bebida, sobrevino la necesidad; los muchachos no tenían botas ni chanclos, al padre lo llevaban al juez de paz, venía el ujier del juzgado y apuntaba los muebles... ¡Qué vergüenza! Ania debió cuidar a su padre borracho, remendar los calcetines a sus hermanos, ir al mercado, y cuando elogiaban su belleza, juventud y maneras elegantes, le parecía que todo el mundo veía su sombrerito barato y los agujeros de sus zapatos, untados de tinta. Y por las noches las lágrimas y la idea obsesiva, inquieta, de que a su padre pronto-pronto lo despedirían del gimnasio por su debilidad, y de que él no soportaría eso y moriría también, como su madre. Pero he aquí las damas conocidas se afanaron, y empezaron a buscarle a Ania un hombre bueno. Pronto apareció este mismo Módest Alexéich, no joven y no bonito, pero con dinero. Tenía en el banco unos cien mil y una posesión patrimonial, que daba en arriendo. Era un hombre de reglas y en buena cuenta con su excelencia; a él no le costaba nada, como le decían a Ania, pedirle a su excelencia una esquela para el director del gimnasio, e incluso para el curador, para que a Piótr Leóntich no lo despidieran...
Mientras ella recordaba esos detalles, se oyó de pronto una música, que irrumpió por la ventana junto con el ruido de las voces. Eso el tren se detenía en el apeadero. Atrás de la plataforma, entre la multitud, tocaban un acordeón y un violín barato, chillón de modo animado, y de atrás de los altos abedules y los álamos, de atrás de las casas de campo, inundadas de luz lunar, llegaban los sonidos de una orquesta militar: debía ser, en las casas de campo había una velada bailable. Por la plataforma paseaban los veraneantes y los ciudadanos, venidos aquí con el buen tiempo a respirar un poco de aire puro. Estaba allí y Artínov, el posesor de todo ese lugar veraniego, un ricachón, un trigueño alto, grueso, parecido de cara a un armenio, con los ojos saltones y un traje extraño. Llevaba una camisa desabrochada en el pecho y unas altas botas con espuelas, y de sus hombros caía una capa negra, que se arrastraba por la tierra como una cola de vestido. Tras él, bajando sus hocicos agudos, andaban dos galgos.
A Ania aún le brillaban las lágrimas en los ojos, pero ya no recordaba ni a su madre, ni el dinero, ni su boda, sino le estrechaba las manos a los alumnos de gimnasio y a los oficiales conocidos, se reía contenta y decía con rapidez:
-¡Saludos! ¿Cómo anda?
Salió a la plazoleta bajo la luz de la luna, y se paró así para que la vieran toda, con su vestido nuevo, magnífico y con su sombrerito.
-¿Para qué estamos parados aquí? -preguntó.
-Aquí es el apartadero -le respondieron, -esperan el tren de correo.
Advertido que Artínov la estaba mirando, entornó los ojos con coquetería y rompió a hablar en francés en voz alta, y por que su propia voz sonaba tan hermosa, y se oía la música y la luna se reflejaba en el estanque, y por que la miraba avidamente y con curiosidad Artínov, ese conocido donjuán y travieso, y por que todos estaban contentos, de pronto sintió júbilo, y cuando el tren arrancó, y los oficiales conocidos en despedida le hicieron el saludo, ella ya cantaba una polka, cuyos sonidos le enviaba a su espalda la orquesta militar, que tronaba en algún lugar allá tras los árboles; y volvió a su coupe con tal sensación, como si en el apeadero la hubieran convencido, de que ella sería dichosa de seguro, a pesar de todo.
Los jóvenes se quedaron en el monasterio dos días, después volvieron a la ciudad. Vivían en un apartamento público. Cuando Módest Alexéich se iba al servicio, Ania tocaba el piano de cola o lloraba de aburrimiento, o se acostaba en el sofacito y leía novelas, o miraba una revista de modas. En el almuerzo Módest Alexéich comía mucho y hablaba de política, de asignaciones, traslados y recompensas, de que era necesario trabajar, que la vida familiar no era un placer, sino un deber, que el kópek cuidaba al rublo, y que él ponía, por encima de todo en el mundo, la religión y la moralidad. Y, teniendo el cuchillo en el puño, como una espada, decía:
-¡Cada persona debe tener sus obligaciones!
Y Ania lo escuchaba, temía y no podía comer, y comúnmente se levantaba de la mesa con hambre. Después de almuerzo el marido descansaba y roncaba ruidosamente, y ella se iba a donde los suyos. El padre y los muchachos le echaban miradas como que de modo peculiar, como si recién antes de su llegada la condenaran, por que se había casado por dinero con un hombre no amado, tedioso, aburrido; su vestido que hacía frú-frú, los brazaletes y en general su aspecto de dama los cohibía, insultaba; en su presencia se confundían un poquito, y no sabían de qué hablar con ella, pero con todo la querían como antes, y aún no se habituaban a almorzar sin ella. Ella se sentaba y comía con ellos el schi, las gachas y las papitas, fritas en una grasa de cordero que olía a vela. Piótr Leóntich, con mano trémula, se servía de la garrafa y bebía con rapidez, ávidamente, con repulsión, después se bebía otra copita, después la tercera... Pétia y Andriúsha, unos muchachos delgados, pálidos de ojos grandes, tomaban la garrafa y decían con extravío:
-No hace falta, pápochka... Es suficente, pápochka...
Y Ania también se alarmaba y le suplicaba no beber más, y él de pronto estallaba y golpeaba la mesa con el puño.
-¡Yo no le permitiré a nadie vigilarme! -gritaba-. ¡Chiquillos! ¡Chiquilla! ¡Los voy a echar a todos fuera!
Pero en su voz se oía debilidad, bondad, y nadie le temía. Después de almuerzo, comúnmente, se ataviaba; pálido, con la barbilla cortada por la afeitada, estirando el cuello flaco, se paraba media hora entera ante el espejo y se acicalaba, ya se peinaba, ya retorcía sus bigotes negros, se salpicaba perfume, se hacía el nudo de la corbata, después se ponía los guantes, el cilindro y se iba a sus lecciones privadas. Y si era fiesta, pues se quedaba en casa y pintaba al óleo o tocaba el armonio, que chirriaba y bramaba; intentaba sacarle sonidos afinados, armónicos y acompañaba cantando, o se enojaba con los muchachos:
-¡Miserables! ¡Canallas! ¡Estropearon el instrumento!
Por las noches, el marido de Ania jugaba a las cartas con sus colegas, vivientes bajo el mismo techo en la casa pública. Se juntaban durante las cartas las mujeres de los funcionarios, no bonitas, ataviadas sin gusto, groseras como cocineras, y en el apartamento empezaban unos chismes, tan no bonitos y sin gusto como las mismas funcionarias. Sucedía que Módest Alexéich iba con Ania al teatro. En los entreactos no la dejaba alejarse de sí ni un paso, sino andaba con ella del brazo por los corredores y el foyer. Tras intercambiar una reverencia con alguien, al instante ya le susurraba a Ania: "Consejero civil... recibido donde su excelencia..." o: "Con recursos... tiene su casa..." Cuando pasaban cerca del buffet, Ania quería mucho algo dulce; le gustaba el chocolate y el pastel de manzana, pero ella no tenía dinero, y le daba vergüenza pedírselo a su marido. Él tomaba una pera, la ablandaba con los dedos y preguntaba con indecisión:
-¿Cuánto cuesta?
-Veinticinco kópeks.
-¡No obstante! –decía, y ponía la pera en su lugar; pero como era embarazoso apartarse del buffet no habiendo comprado nada, pues exigía agua de seltzer y se tomaba solo toda la botella, y las lágrimas asomaban a sus ojos, y Ania lo odiaba en ese momento.
O de pronto, todo sonrojado, le decía con rapidez:
-¡Reverencia a esa vieja dama!
-Pero yo no la conozco.
-Es lo mismo. ¡Es la esposa del director de la cámara pública! ¡Reverencia pues, te digo! –rezongaba con insistencia. -La cabeza no se te va a caer.
Ania hacía la reverencia y la cabeza, en efecto, no se le caía, pero era torturante. Hacía todo lo que quería su marido, y se enfurecía consigo, por que él la engañaba como a la útima tontita. Se había casado con él sólo por dinero y, entre tanto, tenía ahora menos dinero que antes del casamiento. Antes su padre le daba siquiera dos grívienniks, pero ahora ni un grosh. Tomarlo en secreto o pedirlo ella no podía, le temía a su marido, temblaba ante él. Le parecía que el miedo a ese hombre, lo llevaba en su alma hacía ya mucho tiempo. Alguna vez en su infancia, como la fuerza más imponente y terrible, que avanzaba como una nube o una locomotora dispuesta a aplastarla, se imaginó siempre al director del gimnasio; la otra fuerza tal, de la que siempre hablaban en la familia y a la que por algo temían, era su excelencia; y había aún una decena de fuerzas más menudas, y entre éstas los maestros del gimnasio con los bigotes afeitados, severos, implacables, y ahora pues, finalmente, Módest Alexéich, un hombre de reglas, que incluso se parecía de cara al director. Y en la imaginación de Ania todas esas fuerzas se fundían en una, y con el aspecto de un oso blanco terrible, inmenso se abalanzaban sobre los débiles y los culpables, tales como su padre, y temía decir algo en contra, y sonreía de modo forzado, y expresaba un placer fingido cuando la acariciaban de modo grosero, y la ultrajaban con abrazos que le causaban horror.
Sólo una sola vez Piótr Leóntich se atrevió a pedirle cincuenta rublos prestados, para pagar cierta deuda muy desagradable, ¡pero que sufrimiento fue!
-Bien, yo se los daré -dijo Módest Alexéich tras pensarlo, -pero le advierto, que ya no lo voy a ayudar más, mientras usted no deje de beber. Para un hombre que figura en el servicio estatal, tal debilidad es vergonzosa. No puedo no recordarle un hecho conocido en general, que esa pasión perdió a muchas personas capaces, entre tanto que éstas con la abstinencia, puede ser, pudieran haberse hecho, con el tiempo, unas personas de posición elevada.
Y se extendían los largos períodos: "a medida que"… "partiendo de esta situación"… "en vista de lo recién dicho", y el pobre Piótr Leóntich sufría la humillación, y experimentaba un fuerte deseo de beber.
Y los muchachos, que venían a visitar a Ania, comúnmente, con las botas rotas y los pantalones gastados, debían escuchar también los sermones.
-¡Cada persona debe tener sus obligaciones! -les decía Módest Alexéich.
Y no les daba dinero. Pero en cambio le regalaba a Ania sortijas, brazaletes y broches, diciendo que era bueno tener esas cosas para los días negros. Y a menudo abría su cómoda y hacía una revisión: ¿acaso todas las cosas estaban enteras?

II

Sobrevino entre tanto el invierno. Aún mucho antes de Navidad, en el periódico local fue anunciado que el 29 de diciembre, en el círculo de nobles, "tendrá lugar" el habitual baile de invierno. Cada noche después de las cartas Módest Alexéich, inquieto, susurraba con las funcionarias, echando miradas a Ania con preocupación, y después andaba largo tiempo de una esquina a la otra, pensando en algo. Finalmente, cierta vez por la noche tarde, se detuvo ante Ania y le dijo:
-Tú debes coserte un vestido de baile. ¿Entiendes? Sólo que, por favor, aconséjate con María Grigórievna y Natalia Kuzmínishna.
Y le dio cien rublos. Ella los tomó pero, al encargar el vestido de baile, no se aconsejó con nadie, sino habló sólo con su padre, e intentó imaginar cómo se hubiera vestido su madre para el baile. Su difunta madre misma se vestía siempre a la última moda, y siempre andaba con Ania y la vestía con elegancia, como una muñeca, y le enseñó a hablar en francés y a bailar la mazúrka a la perfección (antes del casamiento sirvió cinco años de institutriz). Ania, así mismo como su madre, podía hacer de un vestido viejo uno nuevo, lavar los guantes con bencina, tomar en alquiler el bijoux1, y así mismo como su madre sabía entornar los ojos, tartajear, adoptar poses bonitas, llegar al éxtasis cuando era necesario, mirar de modo afligido y enigmático. Y del padre había heredado el color oscuro del cabello y los ojos, el nerviosismo y esa manera de acicalarse siempre.
Cuando, media hora antes de la partida al baile, Módest Alexéich entró sin levita a donde ella, para ponerse la orden al cuello ante su tremol, pues, encantado con su belleza y el esplendor de su vestido fresco y airoso, se peinó las patillas satisfecho y dijo:
-¡Mira cómo me eres... mira cómo eres! ¡Aniúta! –continuó, cayendo de pronto en un tono solemne. -Yo te hice feliz, y hoy tú puedes hacerme feliz a mí. ¡Te ruego, preséntate a la esposa de su excelencia! ¡Por Dios! ¡A través de ella yo puedo recibir el puesto de informante mayor!
Fueron al baile. He aquí el círculo de nobles y la entrada con el portero. El vestíbulo con las perchas, las pellizas, los lacayos ajetreados y las damas escotadas, que se cubren con los abanicos de las corrientes de aire, huele a gas de alumbrado y a soldados. Cuando Ania, subiendo por la escalera del brazo de su marido, oyó la música y se vio toda en el espejo enorme, iluminada por una multitud de luces, pues en su alma se despertó el júbilo, y ese mismo presagio de dicha que había tenido en la noche de luna, en el apeadero. Iba orgullosa, segura de sí misma, sintiéndose por primera vez no una muchacha, sino una dama, e imitando en el andar y las maneras, de modo involuntario, a su difunta madre. Y por primera vez en su vida se sintió rica y libre. Incluso la presencia de su marido no la cohibía ya que, al cruzar el umbral del círculo, adivinó ya por instinto, que la cercanía del viejo marido no la humillaba en absoluto sino, al contrario, le imponía ese sello de misterio picante, que tanto gustaba a los hombres. En el gran salón ya tronaba la orquesta y empezaban los bailes. Después del apartamento público, atrapada por las impresiones de la sociedad, el colorido, la música, el ruido, Ania echó un vistazo al salón y pensó: “¡Ah, que bien!”, y enseguida distinguió en la multitud a todos sus conocidos, a todos quienes antes encontraba en las veladas o los paseos, a todos esos oficiales, maestros, abogados, funcionarios, hacendados, a su excelencia, a Artínov y a las damas de la alta sociedad, ataviadas, muy escotadas, bonitas y feas, que ya ocupaban sus posiciones en las isbitas y los pabellones del bazar benéfico, para empezar el regateo en favor de los pobres. Un oficial enorme con charreteras -lo había conocido en la calle Vieja-Kiévskaya, cuando era alumna de gimnasio, y ahora no recordaba su apellido- surgió como de la tierra y la invitó al vals, y ella se alejó volando de su marido, y ya le parecía como si navegara en un bote de vela, en una fuerte tormenta, y su marido se quedaba lejos en la orilla... Bailó el vals, la polka y la cuadrilla con pasión, con afición, pasando de mano en mano, ardiendo con la música y el ruido, mezclando la lengua rusa con la francesa, tartajeando, riendo y no pensando ni en su marido, ni en nadie ni en nada. Tenía éxito entre los hombres, eso era claro, y no podía ser de otro modo, se sofocaba con la emoción, apretaba el abanico en sus manos de modo convulsivo, y quería beber. Su padre, Piótr Leóntich, con un frac arrugado que olía a bencina, se le acercó, tendiéndole un platito con un helado rojo.
-Tú estás encantadora hoy –decía, mirándola con éxtasis, -y yo nunca antes lamenté tanto, que te apuraras a casarte... ¿Para qué? Yo sé, lo hiciste por nosotros, pero... -con manos trémulas sacó un fajo de billetes y dijo-: Yo hoy recibí por las lecciones, y puedo saldar la deuda con tu marido.
Ella le puso el platito en las manos y, arrebatada por alguien, voló lejos y de pasada, a través del hombro de su caballero, vio cómo su padre, resbalando por el parquet, abrazaba a una dama y se paseaba con ella por el salón.
"¡Cuán grácil es cuando está sobrio!" -pensó.
La mazúrka la bailó con el mismo oficial enorme; éste con gravedad y pesadez, como un gordiflón en uniforme, andaba, llevaba con los hombros y el pecho, taconeaba con los pies casi-casi, no quería bailar en absoluto, y ella revoleaba a su alrededor, irritándolo con su belleza, con su cuello descubierto; sus ojos ardían con fervor, sus movimientos eran apasionados, y él se tornaba más indiferente y le extendía las manos con benevolencia, como un rey.
-¡Bravo, bravo!.. -decían en el público.
Pero poco a poco el oficial enorme se quebró, revivió, se agitó y, cediendo ya al encanto, cayó en frenesí y se movía de modo ligero, juvenil, y ella sólo llevaba con los hombros y miraba con malicia, como si ya fuera una reina y él un esclavo, y en ese momento le parecía que todo el salón los miraba, que todas esas personas los admiraban y envidiaban. Apenas el oficial enorme alcanzó a agradecerle, cuando el público de pronto se apartó, y los hombres se estiraron como que extraño, bajando los brazos... Eso iba hacia ella su excelencia, de frac y con dos estrellas. Sí, su excelencia iba precisamente hacia ella, porque la miraba fijamente, directo y le sonreía melosamente, y además mascaba con los labios, lo que hacía siempre cuando veía mujeres bonitas.
-Me alegro mucho, me alegro mucho... –empezó. –Y yo voy a ordenar poner a su marido en el hauptwache2, por que él hasta ahora nos ocultó tal tesoro. Yo vengo a usted con un encargo de mi mujer -continuó, dándole el brazo-. Usted debe ayudarnos... M-sí... Hay que asignarle un premio de belleza... como en América... M-sí... Los americanos... Mi mujer la espera con impaciencia.
La llevó a una isbita, hacia una dama madura, cuya parte inferior del rostro era grande de un modo desproporcionado, así que parecía como si tuviera en la boca una piedra grande.-Ayúdenos -dijo con la nariz, cantando. -Todas las mujeres bonitas trabajan en el bazar benéfico, y sólo usted sola por algo pasea. ¿Por qué no nos quiere ayudar?
Ella se fue, y Ania ocupó su lugar junto a un samovar plateado con tazas. Al momento empezó un animado regateo. Por la taza de té Ania cobraba no menos de un rublo, y al oficial enorme lo obligó a beberse tres tazas. Se acercó Artínov, el ricachón de ojos saltones que padecía de ahoguío, pero ya no con aquel traje extraño, con que Ania lo había visto en verano, sino de frac, como todos. Sin apartar el ojo de Ania, se bebió una copa de champagne y pagó cien rublos, después bebió té y dio cien más, y todo eso callado, sufriendo de asma... Ania llamaba a los compradores y les cobraba el dinero ya profundamente convencida, de que sus sonrisas y miradas no le brindaban a esas personas, nada más que un gran placer. Ya entendía que había sido creada, exclusivamente, para esta vida ruidosa, brillante y risueña con música, bailes y admiradores, y su antiguo miedo ante la fuerza que avanzaba y amenazaba aplastarla le parecía ridículo; ya no le temía a nadie y sólo lamentaba que no estuviera su madre, que se hubiera alegrado ahora junto con ella de sus éxitos.
Piótr Leóntich, ya pálido, pero teniéndose aún firmemente sobre sus pies, se acercó a la isbita y pidió una copita de cognac. Ania se sonrojó, esperando que dijera algo indebido (ya le daba vergüenza que tenía un padre tan pobre, tan ordinario), pero él bebió, le lanzó de su fajo diez rublos y se apartó con importancia, sin decir una palabra. Poco después, ella vio cómo iba en pareja a la grand rond3, y esta vez ya se tambaleaba algo, y gritaba algo, para gran confusión de su dama, y Ania recordó cómo unos tres años atrás en un baile, él se había tambaleado y gritado asimismo, y terminó en que el inspector lo llevó a la casa a dormir, y al otro día el director lo amenazó con despedirlo del servicio. ¡Cuán importuno era ese recuerdo!
Cuando apagaron los samovares en las isbitas, y las fatigadas benefactoras le entregaron la ganancia a la señora madura de la piedra en la boca, Artínov llevó del brazo a Ania al salón, donde fue servida la cena para todos los participantes del bazar benéfico. Cenaron unas veinte personas, no más, pero fue muy ruidoso. Su excelencia pronunció un brindis: "En este comedor lujoso, será apropiado beber por el florecimiento de los comedores baratos, que sirvieron de objeto al bazar de hoy". Un general de brigada propuso beber "por la fuerza, ante la que se apoca hasta la artillería", y todos se extendieron para chocar sus copas con las damas. ¡Fue muy, muy divertido!
Cuando acompañaron a Ania a su casa, pues ya aclaraba y las cocineras iban al mercado. Jubilosa, borracha, llena de nuevas impresiones, rendida, se desvistió, se derrumbó en el lecho y se durmió al instante...
A las dos de la tarde la despertó la doncella, y le informó que el señor Artínov había venido de visita. Se vistió con rapidez y fue a la sala. Pronto después de Artínov llegó su excelencia, para agradecerle por su participación en el bazar benéfico. Éste, mirándola melosamente y mascando, le besó la mano y le pidió permiso para visitarla otra vez, y se fue, y ella estaba parada en medio de la sala, admirada, encantada, sin creer que el cambio en su vida, el cambio asombroso, se había producido tan pronto; y en ese mismo momento entró su marido, Módest Alexéich... Y ante ella asimismo estaba parado ahora él, con la misma expresión obsequiosa, dulzona, servil-respetuosa, que ella estaba habituada a verle en presencia de los fuertes y los ilustres; y con éxtasis, con indignación, con desprecio, segura ya de que no le pasaría nada por eso, dijo articulando con precisión cada palabra:
-¡Largo de aquí, estúpido!
Después de eso Ania no tuvo ya ni un día libre, pues tomaba parte ya en un pic-nic, ya en un paseo, ya en un espectáculo. Regresaba a la casa cada día hacia la mañana, y se acostaba en el suelo de la sala, y después le contaba a todos de modo conmovedor, cómo ella dormía bajo las flores. Dinero necesitaba mucho, pero ya no le temía a Módest Alexéich, y gastaba su dinero como si fuera suyo; y no le pedía ni le exigía, sino sólo le enviaba las cuentas o las notas: "entregar al portador en total 200 r." o: "pagar de inmediato 100 r."
En la Pascua Módest Alexéich recibió la Anna de segundo grado. Cuando llegó a agradecer, su excelencia colocó a un lado el periódico y se sentó más profundo en la butaca.
-Entonces, usted tiene ahora tres Annas -dijo, mirando sus manos blancas de uñas rosadas, -una en el ojal, dos al cuello.
Módest Alexéich se puso dos dedos en los labios por cuidado, para no echarse a reír ruidosamente, y dijo:
-Ahora queda esperar la aparición de un pequeño Vladímir en el mundo. Me atrevo a rogar a su excelencia ser el padrino.
Aludía a la Vladímir de IV grado, y ya se imaginaba cómo iba a relatar en todas partes sobre éste, su retruécano, acertado por su ingenio y valentía, y quería decir algo más así tan acertado, pero su excelencia se sumergió en el periódico de nuevo y le asintió con la cabeza...
Y Ania siempre paseaba en tróika, iba de caza con Artínov, actuaba en piezas de un acto, cenaba y siempre menos y menos visitaba a los suyos. Éstos almorzaban ya solos. Piótr Leóntich bebía más fuerte que antes, no había dinero, y el armonio hacía mucho tiempo ya que lo habían vendido por la deuda. Los muchachos ahora no lo dejaban salir solo a la calle, y siempre lo vigilaban para que no se cayera; y cuando, durante el paseo por la Vieja-Kiévskaya encontraban a Ania yendo al vapor, con el encuarte apartado y con Artínov en el pescante en lugar del cochero, Piótr Leóntich se quitaba el cilindro y se disponía a gritar algo, y Pétia y Andriúsha lo tomaban del brazo y le decían de modo suplicante:
-No hace falta, pápochka... Basta, pápochka...

1Bijoux, joyas, alhajas.  
2Hauptwache, edificio principal de la guardia.
3Grand rond, gran ronda.

Título original: Anna na shee, publicado por primera vez en el periódico Russkie viedomosti, 1895, Nº 292, con la firma: "Antón Chejov".
Imagen: John Singer Sargent, The Pink Dress, 1912.

Mi plática con Edison (De nuestro propio corresponsal)


Yo estuve con Thomas Edison. Es un chico muy gentil, decente. Todas sus habitaciones están abarrotadas de teléfonos, micrófonos, fotófonos y restantes “fonos”.
-¡Yo soy ruso! –me recomendé a Edison. –Se oye hablar mucho de sus talentos. Aunque sus inventos no entraron aún en nuestro programa de centros de enseñanza secundaria, a pesar de eso, su nombre se recuerda a menudo en las “misceláneas” de los periódicos.
-Mucho gusto, ¡pero le advierto, por Dios, que no puedo prestarle dinero!
-¡Yo no le pido! –me confundí con la afrenta inesperada.
-Usted disculpe, pero yo leí y oí, que pedirle prestado a todos es un rasgo nacional de los rusos.
-¡Haga el favor, qué le pasa!
-Nos sentamos, charlamos.
-Bueno, ¿qué inventó de nuevo? –pregunté. -¡Seguro que inventó un abismo infernal1 de toda clase de cosas! Por ejemplo, ¿qué colgajo es ese?
-Eso es un gastronomofón… usted pone carbón candente en este orificio… hace girar esta hélice, aprieta esta pieza, libera la corriente, y a cien, doscientas millas de aquí obtiene el reflejo del carbón de forma aumentada. En el reflejo usted puede cocer y freír todo lo que le plazca…
-¡Aaah, dígame! ¿Y eso qué es?
-Eso es una cosa necesaria en extremo para los turistas. La recomiendo a su atención. En nuestro dinero vale un rublo, en el suyo tres rublos. Supongamos que usted viaja de Rusia a América, y deja a su esposa en la casa. Viaja uno, dos, tres años… ¿y qué le puede garantizar, que por el camino usted no querrá tener un hijo, a quien pudiera dejarle su buen nombre? Entonces, basta sólo acercarse a este alambre, realiza ciertas maniobras, y al otro día mismo recibe un telegrama: ¡nació su hijo!
-Aaah… Pero en nuestro país, Thomas Ivánich, eso se hace aún más fácil. Te vas a América, y dejas a tu amigo en la casa… Telegramas, por supuesto, no recibes, pero en cambio, cuando regresas a la casa, encuentras no a uno, sino a tres o cuatro: ¡saludos, papásha! En nuestro país, un doctor fue comisionado al extranjero con un objetivo científico. Llega de vuelta, y tiene nueve hijas.
-¿Y qué pues?
-¡Y nada! Se lo explicó como que a lo científico: el epitelio vibrátil, la presión sanguínea, esto, lo otro… ¿Y qué arandela es esa?
-Eso es un disco para investigar los pensamientos. Basta sólo pegarlo a la frente del sometido, poner la corriente, y los secretos son descubiertos…
-Aaah… Por lo demás, en nuestro país, eso se hace más fácil. Te metes en el escritorio, desellas una carta, dos, tres, ¡y todo como en la palma de la mano! ¡En nuestro país el bishopismo2 está muy en boga!
Y de esta forma examiné todos los nuevos inventos. Mis elogios le gustaron tanto a Edison que, al despedirse de mí, no resistió y dijo:
-¡Bueno, si es ya así, vaya con Dios! ¡Aquí tiene prestado!

1Un abismo infernal, una gran cantidad.
2Bishop, lector de pensamientos de fama mundial, de gira por Moscú en 1885.

Título original: Moya besieda s Edisonom (Ot nashevo sobstviennovo korrespondienta), publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1885, Nº 10, con la firma: “El hombre sin bazo”.
Imagen: John Cameron, Thomas Alva Edison American Inventor, XX.