lunes, 3 de diciembre de 2007

Chejov a I.L. Leóntiev-Scheglóv


Moscú, 22 de marzo de 1890.

Saludos, gentil Jeanito, gracias por la carta grande y por la benevolencia de la que ésta está llena de arriba abajo. Me placerá leer su cuento militar. ¿Éste saldrá en el número de Pascua? Yo hace tiempo ya que no leí nada suyo, ni mío.
Usted escribe que quisiera reñirme fuertemente, “en particular, por cuestiones de moral y de lo artístico”, habla sin claridad de ciertos delitos míos, que merecen un reproche amistoso, y amenaza incluso con la “influyente crítica periodística”. Si tachar la palabra “artístico”, pues toda la frase, puesta entre comillas, se hace más clara, pero adquiere un significado que, a decir verdad, no poco me perturba. Jean, ¿qué pasa? ¿Cómo entender? ¿Es posible que en los conceptos de la moral yo difiero de gente como usted, e incluso tanto, que merezco un reproche y una atención particular de la influyente crítica? Entender que usted tiene en cuenta alguna moral sabia, alta no puedo, ya que no hay ni bajas, ni altas, ni medias morales, sino hay sólo una, y exactamente esa que nos dio en tiempos de antaño a Jesucristo, y que ahora a mí, a usted y a Barantzévich1 nos impide robar, ofender, mentir y demás. Yo pues en toda mi vida, si creer en la tranquilidad de mi conciencia, ni en la palabra, ni en la práctica, ni en la intención, ni en los cuentos, ni en los vodeviles deseé la mujer de mi prójimo, ni su esclavo, ni su buey, ni ningún ganado suyo, no robé, no fui hipócrita, no adulé al fuerte y no busqué donde ellos, no chantajeé y no viví mantenido. Es verdad, en la pereza de mi vida que agoniza reí, comí, bebí, forniqué sin juicio, pero es que todo eso es personal, y todo eso no me priva del derecho a pensar que por el lado de la moral yo, ni por los más ni por los menos, me distingo de la regla común. Ni hazañas, ni vilezas –así soy yo, como la mayoría; pecados hay muchos, pero con la moral estamos en paz, ya que por esos pecados pago con creces, por las incomodidades que éstos acarrean tras de sí. Si usted quiere reñirme fuertemente por que yo no soy un héroe, pues arroje su fuerza por la ventana, y la riña cámbiela por su gentil risa trágica –eso es mejor.
Y a la palabra “artístico” yo temo, como las mercaderes temen a los espantajos. Cuando me hablan de lo artístico y lo antiartístico, de lo que es escénico o no escénico, de la tendencia, del realismo y demás, yo me pierdo, lisonjeo de modo indeciso y respondo con semiverdades banales, que no valen ni un grosh de cobre. Todas las obras yo las divido en dos clases: las que me gustan y las que no me gustan. Otro criterio no tengo, y si usted pregunta por qué me gusta Shakespeare y no me gusta Zlatovrátskii2, pues no sabré responder. Acaso, con el tiempo, cuando sea más juicioso, adquiriré criterios, pero por ahora todas las conversaciones sobre lo “artístico” sólo me fatigan, y me parecen una continuación de todas esas pláticas escolásticas, con las que los hombres se fatigaban en la Edad Media.
Si la crítica, a cuya autoridad usted se remite, sabe lo que usted y yo no sabemos pues, ¿por qué ésta hasta ahora calla, por qué no nos descubre la verdad y las leyes irrevocables? Si ésta supiera, pues créame, ya hace tiempo que nos hubiera señalado el camino, y nosotros sabríamos qué hacer, y Fófanov3 no estaría en un manicomio, Gárshin4 estaría vivo hasta ahora, Barantzévich no se entregaría a la melancolía5, y para nosotros no sería tan aburrido y fastidioso como es ahora, y a usted no le tiraría al teatro y a mí a Sajalín. Pero la crítica calla respetablemente o se deshace con una palabrería frívola de basura. Si ésta le parece influyente, eso es sólo porque es estúpida, inmodesta, insolente y gritona, porque es una testa hueca que oyes a la fuerza.
Por lo demás, dejemos todo esto y vamos a cantar de otra ópera. Por favor, no ponga esperanzas literarias en mi viaje sajaliniano. Yo voy no para la observación y no para la impresión, sino simplemente sólo para vivir medio año no así, cómo viví hasta ahora6. No se esperance conmigo, tío; si alcanzaré y sabré hacer algo, pues –gracias a Dios, si no –pues no me escarmiente.
Saldré yo después de semana santa. A su tiempo le enviaré mi dirección sajaliniana e instrucción detallada.
Mi familia lo reverencia, y yo reverencio a su esposa.
Que esté, gentilito capitán de estado mayor con bigotes, saludable y próspero.

Suyo, A. Chejov.

1Kazimír Barantzévich, escritor.
2Nikolai Zlatovrátskii, escritor, periodista, memorialista, autor de Corazones de oro y El viejo pecador, entre otros relatos.
3Konstantín Fófanov, poeta, autor de Los lobos y Poema primaveral, entre otros poemas.
4Vsiévolod Gárshin, escritor, autor de La florecilla roja y Los pintores, entre otros cuentos.
5Chejov escribe a “Iván Scheglóv” el 20 de marzo de 1890: “Fófanov está en un manicomio, Gliéb Uspiénskii sufre de alucinaciones… Barantzévich ansía retar a duelo a algún bribón, y morirá como Liérmontov”.
6En su Alrededor de Chejov, Mijaíl Chejov recuerda: “En abril de 1890, Antón Pávlovich emprendió un viaje hacia la isla Sajalín. Ese viaje fue concebido casualmente por completo. Se dispuso él al Lejano oriente como que de pronto, inesperadamente, de modo que en los primeros tiempos era difícil entender si hablaba en serio o bromeaba” (cap. VIII, pag. 216).

Imagen: Denis Sholokhov, Pushkin es sepultado.