viernes, 14 de diciembre de 2007

Chejov a A.N. Pleschéev


Irkútsk, 5 de junio de 1890.

¡Miles de saludos, querido Alexéi Nikoláevich! Finalmente, superé las 3 000 vérstas más difíciles, estoy en un número decente y puedo escribir. Me vestí a propósito todo de nuevo y lo más elegante posible, pues no se puede imaginar hasta qué grado me cansaron las grandes botas fangosas, la pelliza con olor a alquitrán o el paletó con heno, el polvo y las migajas en los bolsillos, y la ropa interior insólitamente sucia. Por el camino estaba vestido como tal hijo de perra, que hasta los mendigos me miraban de soslayo, y además, como a propósito, por los vientos fríos y las lluvias, la jeta se me agrietó y cubrió de escamas de pescado. Ahora, por fin, soy un europeo de nuevo, y lo siento con todo mi ser.
Bueno, ¿sobre qué escribirle? Todo es tan largo y ancho, que no sabes con qué empezar ni qué escoger. Todo lo de Siberia, que he vivido, lo divido en tres épocas: desde Tiumén hasta Tomsk, 1 500 vérstas, un frío aterrador día y noche, la pelliza, las botas de fieltro, las lluvias frías, los vientos y la lucha desesperada (no a vida, sino a muerte) con las crecidas de los ríos; los ríos inundaban las praderas y los caminos, y a cada rato cambiaba el carruaje por una barca y navegaba, como veneciano en góndola; los botes, su espera en la orilla, la navegación y demás –todo eso me quitaba tanto tiempo, que en los últimos dos días hasta Tomsk yo, con todos mis esfuerzos, sólo supe hacer 70 vérstas, en lugar de las 400-500 vérstas; hubo además unos minutos bastante espantosos, desagradables, particularmente en esos instantes, cuando el viento se levantaba de pronto y empezaba a golpear el bote. 2) Desde Tomsk hasta Krasnoyársk, 500 vérstas, un fango intransitable; mi coche y yo cargando en el fango, como moscas en un almíbar espeso; cuántas veces rompí el coche (éste es de mi propiedad), cuántas vérstas atravesé a pie, ¡cuántas manchas había en mi fisonomía y mi vestido!.. Yo no andaba, sino acariciaba el fango. ¡En cambio, maldije pues yo! Mi cerebro no pensaba, sino sólo maldecía. Me atormenté hasta el agotamiento, y me alegré mucho al llegar a la estación de correos de Krasnoyársk. 3) Desde Krasnoyársk hasta Irkútsk, 1 566 vérstas, el calor, el humo de los incendios forestales y el polvo; el polvo en la boca, en la nariz, en los bolsillos; te mirabas en el espejo y parecía que te habías maquillado. Cuando me lavaba en el baño, tras la llegada a Irkútsk, pues de mi cabeza corría una espuma de jabón no blanca, sino color gris-bayo, como si lavara a un caballo.
Cuando llegue le contaré del Eniséi y la taiga –muy interesante y curioso, ya que constituye una novedad para el europeo, pero todo lo restante es ordinario y uniforme. Hablando en general, la naturaleza siberiana se diferencia poco (exteriormente) de la rusa; hay diferencias, pero son poco notables a la vista. El camino es totalmente seguro. Los robos, los asaltos, los bandidos –todo son sandeces y cuentos infantiles. El revólver no es necesario en absoluto, y la noche en el bosque es tan segura como el día en la Niévskii. Para el peón –es otro asunto.
Lo beso y abrazo, y a los suyos les envío un saludo y los deseos de todo lo bueno. No se enferme, hijito, y no se aburra. Dios le dé salud y dinero. No olvide a su admirador y sinceramente benévolo.

A. Chejov.

Imagen: Isaac Levitan, Savvin-Storozhevsky monastery, Zvienigorod, XIX.