miércoles, 28 de noviembre de 2007

Se la buscó (De los anales del banco Ligóvskii-Chernoriéchenskii)


“¡Quisiera dormir! –pensé, sentado en el banco. –Voy a llegar a la casa y me voy a echar a dormir”.
-¡Qué beatitud! –murmuraba tras almorzar rápido y parado ante mi cama. -¡Es bueno vivir en este mundo! ¡Es importante!
Sonriendo sin término, desperezado y tumbado en la cama, como un gato al sol, cerré los ojos y me dispuse a dormirme. Por mis ojos cerrados corrió un hormigueo, en mi cabeza se remolinó una neblina, unas alas batieron, unos pellejos volaron al cielo desde mi cabeza... una hilacha se extendió desde el cielo hasta mi cabeza... Todo tan grande, suave, velloso, nublado. Por la neblina corrieron unos enanitos pequeños. Éstos corrieron, giraron y se ocultaron en la neblina... Cuando se esfumó el último enanito, y el asunto de Morfeo estaba ya en el sombrero1, me estremecí.
-¡Iván Ósipich, aquí! –gritaron en algún lugar.
Abrí los ojos. En el número vecino golpearon y descorcharon una botella. Me volteé hacia el otro costado y me cubrí la cabeza con la cobija.
-“Yo a usted la amé, el amor aún puede ser”... 2 –se extendió un barítono en el número vecino.
-¿Por qué no se busca un piano? –preguntó otra voz.
-Diaablos –rezongué. -¡No me dejan dormir!
Descorcharon otra botella y empezó a resonar la vajilla. Alguien caminó sonando las espuelas. Azotaron una puerta.
-¿Timoféi, tú pronto pues, el samovar? ¡Más vivo, hermano! ¡Unos platitos aún! ¿Bueno, señores? A la usanza cristiana. Uno pequeño... ¡Mademoisselle libélula3, patitas de carnero, je vous prie4!
En el número vecino empezó una parranda. Yo escondí la cabeza bajo la almohada.
-¡Timoféi! Si viene un rubio alto con una pelliza de oso, pues dile que estamos aquí...
Escupí, me levanté y golpeé la pared. En el número vecino se callaron. De nuevo cerré los ojos. Me corrió el hormigueo, el pellejo, la hilacha... ¡Pero ay!, al minuto gritaron de nuevo.
-¡Señores! –grité con voz suplicante. -¡Pues esto, finalmente, es una puercada! ¡Pues les ruegan! Yo estoy enfermo y quiero dormir.
-¿¿Eso usted, a nosotros??
-A ustedes.
-¿Qué se le ofrece?
-¡Dígnense a no gritar! ¡Yo quiero dormir!
-¡Duerma, a usted nadie lo molesta; y si está enfermo, pues diríjase al doctor! “Los caballeros tienen amor y honor”... –rompió a cantar el barítono.
-¡Que estúpido es esto! –dije. -¡Muy estúpido! Hasta vil.
-¡Le ruego no replicar! –se oyó tras la pared una voz anciana.
-¡Asombroso! ¡Un soberano apareció! ¡Un pájaro importante! ¿Y usted quién es?
-¡¡¡No re-plicar!!!
-¡Hombrones! ¡Se inflaron de vodka y gritan!
-¡¡¡No re-pli-car!!! –repitió unas diez veces la voz anciana, enronquecida.
Yo me revolvía en la cama. La idea de que no dormía por gracia de unos farristas ociosos, me conducía poco a poco a la furia... Se armó un bailoteo...
-Si no se callan –grité, ahogado de cólera, -pues voy a mandar por la policía! ¡¡Mozo!! ¡Timoféi!
-¡¡¡No replicar!!! –gritó otra vez la vocecita anciana.
Me levanté y, como un loco, corrí hacia los vecinos. Quería, fuera como fuera, salirme con la mía.
Allí parrandeaban... En la mesa había botellas. A la mesa estaban sentados unos personajes con ojos saltones, de sapo. En el fondo del número, en un diván, estaba semi-acostado un viejecito calvo... Sobre su pecho reposaba la cabeza de una conocida cocotte rubia. Éste miraba a mi pared y temblaba:
-¡¡No replicar!!
Abrí la boca para empezar a maldecir y... ¡¡¡oh, horror!!! En el viejecito reconocí al director del banco donde sirvo. Al instante volaron de mí el sueño, la cólera y el chapado... Salí corriendo de los vecinos.
Un mes entero el director no me miró y no me dijo una sola palabra... Nos evitábamos el uno al otro. Al mes se acercó de soslayo a mi mesa y, bajando la cabeza, mirando al suelo, profirió:
-Yo suponía... esperaba, que usted mismo adivinaría... Pero veo, que no tiene la intención... Hum... No se inquiete. Incluso puede sentarse... Yo suponía que... Nosotros, ambos, no podemos servir... Su conducta en los números de Bultíjin... Usted asustó tanto a mi sobrina... Entiende... Entréguele el asunto a Iván Nikítich...
Y, tras levantar la cabeza, se apartó de mí...
Y yo sucumbí.

1El asunto está en el sombrero (locución usual), el asunto está en el bolsillo, es nuestro.
2Yo a usted la amé, el amor aún puede ser, romanza de Alexánder Dargomuízhskii con letra de Alexánder Púshkin.
3Libélula (expresión familiar), muchacha vivaracha.
4Je vous prie, yo le ruego.

Título original: Narvalsia, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1882, Nº 47, con la firma: “Antosha Chejonté”.
Imagen: Pavel Fedotov, The Morning after the Official Has Received His First Decoration, 1846.