domingo, 30 de diciembre de 2007

Chejov a Al.P. Chejov


Moscú, 27 de diciembre de 1890.

Bueno, saludos, Sáshichka1. No respondí en tanto tiempo a tu carta por la siguiente razón: hasta mí llegaron rumores desagradables de que tú, al parecer, te dispones a venir a vernos para el primer día de fiesta; yo te esperaba, y por eso no te escribía. Y ya que tú (¡gloria a Alá!) no viniste, pues te escribo ahora.
Sí, yo regresé. Sí, Sáshichka. Recorrí todo el mundo, y si quieres saber qué vi, lee la fábula de Krilóv El curioso. ¡Qué mariposas, bichos, moscas, cucarachas! ¡Llévate los pantalones a la boca y atragántate con éstos de envidia!
Viajé a través de toda Siberia, navegué 12 días por el Amúr, viví 3 meses y 3 días en Sajalín, estuve en Vladivostók, en Hong-Kong, en Singapur, viajé por vía férrea en Ceilán, atravesé el océano2, vi el Sinaí, almorcé con los Dardanelos3, contemplé Constantinopla y traje conmigo un millón cien mil recuerdos y tres fieras notables, nombradas mangostas. Aquestas mangostas rompen la vajilla, saltan a las mesas y ya nos ocasionaron unas pérdidas por cien mil, pero con todo, y a pesar de todo, gozan del amor general4.
Cuando navegaba por el Archipiélago y miraba las islas santorín5, de las que hay ahí un abismo infernal, pues te recordaba a ti y a tu: “pater Arjimandritis, ¿tiine auto Sinopsis6?”
Ahora vivo en casa con los padres, a quienes venero. Pronto iré a Petersburgo, y escaldaré a tus niños bastardos con agua hirviendo.
Mucho quisiera verme contigo; aunque eres un hombre no instruido y además un borracho, de todas formas, a veces te recuerdo.
Reverencia a Natalia Alexándrovna y a los niños bastardos. ¡Pobres niños! (suspiro).
Con nosotros están Misha e Iván. Madre te agradece por la carta de felicitación y desea que le escribas una igual para año nuevo.
Si Guérshka7 aún no estiró la pata, pues una reverencia a él, y el deseo de todos los bienes caninos.
No seas Faisto, escribe.
Si en realidad piensas venir a vernos, es una idea maravillosa. Sólo que ahora no vengas, pues yo mismo voy a Peter. Si quieres, regresaremos juntos a Moscú, verás a los parientes y a las fieras.
En la India vodka no hay. Beben whisky.
Tu hermano indulgente

A. Chejovskii

1Sáshichka, diminutivo de Sásha, diminutivo de Alexánder Chejov.
2En su Alrededor de Chejov, Mijaíl Chejov relata: “Otro hecho, el encuentro con el barco francés que encayó en un banco. El Petersburgo, por obligación, tuvo que detenerse y prestarle ayuda. Soltaron una cuerda de alambre, un cable de remolque, lo unieron con la nave siniestrada, y cuando empezaron a halar, la cuerda se partió a la mitad. La amarraron, la acoplaron de nuevo, y el barco francés fue salvado. Por toda la ruta restante los franceses, que seguían detrás, gritaron “¡Vive la Russie!” y tocaron el himno ruso, y luego ambos barcos se separaron, cada uno siguió su ruta. Cuál no sería la desilusión después, cuando en el Petersburgo recordaron que habían olvidado, con el regocijo, cobrarle a los franceses mil rublos por el cable de remolque roto (todos los medios de salvación corren a cuenta del salvado) y, de esa forma, esos mil rublos fueron divididos entre todos los firmantes del acta sobre la salvación de la nave francesa, entre éstos mi hermano Antón” (cap. VIII, pag. 226).
3Los Dardanelos, estrecho entre la península de los Balcanes y Anatolia, une al Mar Egeo con el de Mármara. Llamado en la antiguedad Helesponto.
4Islas Santorín, forman parte de las Cícladas (islas griegas del mar Egeo); su isla principal es Santorín o Thera, con volcán activo.
5En su Del pasado lejano, María Chejova recuerda sobre una de las mangostas: “Investigaba cada rendija, se trepaba a las mesas, examinaba todo lo que estuviera ahí, pasaba las hojas de los libros, se asomaba a los tinteros, e incluso se mojaba las patitas en éstos, y después dejaba las huellas (…) Imagínense el cuadro: la visita llega, se sienta en la silla, de pronto le salta a la rodilla una fierecita del tamaño de un gatito maduro, y empieza a voltearle los bolsillos del saco, interesándose en cada cosa que se encuentra ahí… A las mujeres les esparcía los cabellos alisados del peinado, y les sacaba todas las horquillas y peinetas (…) La mangosta quería mucho a las personas, y cuando la dejaban en soledad, lloraba literalmente. Cuando alguien entraba a la habitación, saltaba y hacía mimos como un perro. Y por la noche dormía obligatoriamente en la cama de alguien, además ronroneaba como un gatito” (cap. VII, pag. 96-97).
6Pater Arjimandritis, ¿tiine auto Sinopsis?, padre archimandrita, ¿qué es la sinopsis?
7Guérshka, perro de Alexánder Chejov.

Imagen: Boris Kustodiev, Church in Winter, XX.

Chejov a I.L. Leóntiev-Scheglóv


Moscú, 26 de diciembre de 1890.

Lo felicito, capitán, con las fiestas, y le deseo todo lo que a su rango y talento conviene.
Me apresuro a disculparme. En una de sus cartas usted expresó el deseo, de que alguna de mis mangostas fuera nombrada Jean Scheglóv. Tal deseo es demasiado halagador para la mangosta y para la India pero, por desgracia, éste se retardó: las mangostas ya tienen nombre. Una mangosta se llama canalla –así, con cariño, la apodaron los marineros; otra, que tiene unos ojos muy pícaros, tramposos, se nombra Víctor Krilóv1; la tercera, una hembrita, tímida, insatisfecha y eternamente sentada bajo el lavabo, se llama Ómutova2.
El aire moscovita cruje: 24 grados. Calculaba ir mañana al pueblo, a donde Coquelin3 el Menor, pero me molestará la helada. E ir me hace falta: me siento no del todo saludable.
¡No obstante, cuántas piezas escribió usted en un verano! ¡Eso no es creación, sino ebriedad! Si estuviera en mi poder pues yo, por esa afición a los bastidores en perjuicio del arte, lo entregaría a usted a un tribunal militar de campaña o, por lo menos, lo enviaría en orden administrativo a Viliúisk4. El teatro es una institución útil, pero no tanto como para que los buenos escritores le den 9/10 de su potencia.
Quisiera estar en su casa para el día del santo y beber con usted.
Infórmeme la dirección de Barantzévich5. Si ve a ese hombre, pues reveréncielo.
Que esté saludable, gentil Jean. Las mangostas y mi familia lo felicitan y reverencian.
Yo saludo a su esposa y ruego trasmitir a ella mil mejores deseos.

Suyo, A. Chejov.

1Víctor Krilóv, dramaturgo, jefe de la Sección de repertorio de los teatros imperiales de San Petersburgo.
2Evguénia Ómutova, actriz del Teatro de Fiódor Korsh.
3Al pueblo de María Kiselióva y Alexéi Kiselióv. Chejov llama “Coquelin” a Serióga Kiselióv, en alusión a los hermanos Coquelin (el mayor y el menor), dos famosos actores franceses.
4Viliúisk, ciudad de Yakútia, en la Siberia oriental, fundada en 1634.
5Kazimír Barantzévich, escritor.

Imagen: Stepan Kolesnikov, Winter Landscape, XX.

sábado, 29 de diciembre de 2007

Chejov a A.S. Suvórin


Moscú, 17 de diciembre de 1890.

Gentil mío, ahora telegrafié que habrá cuento1. Tengo un cuento apropiado, pero es largo y estrecho, como una escolopendra; hay que limpiarlo un poco y rescribirlo. Lo enviaré con seguridad, ya que ahora soy un hombre no perezoso y trabajador.
La figura de Pleschéev con su herencia de dos millones me resulta cómica. ¡Veremos cómo llevará a remolque sus millones! ¿Para qué diablos le hacen falta? Para fumar tabacos, comerse 50 pasteles dulces al día y tomar agua de seltzer, son suficientes tres rublos diarios.
Traje conmigo cerca de 10 mil tarjetas estadísticas y toda clase de papeles. Quisiera estar casado ahora con alguna señorita sensata, que me ayudara a entender esta basura; cargarle todo el trabajo a mi hermana me da vergüenza, pues ella ya tiene bastante trabajo.
Me crece la pancita y empieza la impotencia. Después de los trópicos me resfrié: tos, bochorno por las noches, y me duele la cabeza.
Grigoróvich nunca fue portero en Las arenas, por eso aprecia tan poco el reino celestial. Miente él.
Me parece que vivir eternamente sería tan difícil, como no dormir en toda la vida.
Si en el reino celestial el sol sale tan bien como en el golfo de Bengala pues, me atrevo a asegurarle, el reino celestial es una cosa muy buena.
El contenido del cuento de Bellamy2 me lo refirió en Sajalín el general Kononóvich; un pequeño fragmento de ese cuento lo leí pernoctando en algún lugar de Sajalín sur. Ahora, cuando vaya a Peter, lo leeré entero.
Dígame, ¿cuándo promoverán a Léikin a consejero civil activo? Esa bielúga literaria me escribe: “En verano bajé 16 libras de peso”; escribe sobre las pavas, sobre la literatura y la col. El tono de la carta es asombrosamente regular, sereno.
Cuando vaya, voy a contarle todo desde el mismo principio. ¡Cuán errado estaba usted cuando me aconsejaba no ir a Sajalín! Yo ahora tengo la pancita, la gentil impotencia, miríadas de mosquitas en la cabeza, un abismo infernal de planes, y toda clase de cosas; y qué amargado sería ahora si estuviera en casa. Antes del viaje La sonata a Kreutzer era para mí un acontecimiento, y ahora me es ridícula y me parece estúpida. Ya sea que maduré por el viaje, ya sea que me volví loco –el diablo me conoce.
Conocí al Dr. Scherbák. En mi opinión, es un hombre notable. Ahí donde sirve todos lo quieren, y yo casi me hice amigo de él. En el pasado tiene una clase de papilla, que el mismo diablo se atasca en ésta.
Bueno, que esté saludable y no conceda importancia a sus achaques: serio, a juzgar por la carta, no es nada. Si contrae tifus o pulmonía, entonces es otro asunto.

Suyo, A. Chejov.

1Gúsiev.
2Looking backward, novela de Edward Bellamy; Alexéi Suvórin la publica en 1891 con el título Dentro de 100 años.

Imagen: Denis Sholokhov, Sergiev-Posad, Febrero.

El hombre (Un poco de filosofía)


Un alto, esbelto trigueño, joven, aunque ya lo suficiente fogueado, con un frac negro y una corbata blanca como la nieve, estaba parado en la puerta y, no sin tristeza, miraba a la sala llena de luces cegadoras y parejas danzantes.
“¡Es penoso y aburrido ser hombre! –pensaba. –El hombre es esclavo no sólo de las pasiones, sino también de su prójimo. ¡Sí, esclavo! Yo soy esclavo de esta multitud abigarrada, divertida, que me paga con que no me advierte. Su voluntad, sus mínimos caprichos me paralizan de pies y manos, como la boa paraliza al conejo con su mirada. ¡Al trabajo yo no le temo, me alegro de servir, pero ser servicial es repulsivo1! Y en particular, ¿para qué estoy yo aquí? ¿A qué sirvo? ¡¡Este eterno lidiar con las flores, con el champagne, que me saca de paso, con las damas y sus helados... es insufrible!! ¡No, eres terrible, suerte del hombre! ¡¡Oh, qué feliz seré cuando deje de ser hombre!!”
No sé, hasta dónde hubiera pensado aún el joven pesimista, si no se le hubiera acercado una muchacha de notable belleza. El rostro de la bella joven ardía de rubor y emanaba decisión. Ésta se pasó el guante por su frente marmórea, y dijo con una voz que resonó como una melodía:
-¡Hombre2, déme agua!
El hombre puso cara respetuosa, saltó del puesto y echó a correr.

1Cita incorrecta de La amargura del ingenio, comedia de Alexánder Griboyédov.
2Cheloviék, hombre, persona, criado, fámulo, mozo.

Título original: Cheloviek, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1886, Nº 52, con la firma: “El hombre sin bazo”.
Imagen: Boris Kustodiev, Portrait of the Painter Ivan Bilibin, 1901.

Tareas de un matemático loco1


1)Me perseguían 30 perros, de los cuales 7 eran blancos, 8 grises y los restantes negros. Se pregunta, ¿en qué pierna me mordieron los perros, en la derecha o en la izquierda?
2)Autolimio2 nació en el 223, y murió tras vivir 84 años. Una mitad de la vida la pasó en viajes, un tercio lo gastó en placeres. ¿Cuánto vale una libra de clavos y, estuvo acaso casado Autolimio?
3)En el año nuevo, de la mascarada del teatro Bolshói fueron sacados 200 hombres por pelea. Si los que peleaban eran doscientos pues, ¿cuántos eran los injuriosos, los borrachos, los levemente borrachos y los que deseaban, pero no hallaban ocasión de pelear?
4)¿Qué se obtiene tras la suma de esas cifras?
5)Se compraron 20 cajas de té. En cada caja había 5 puds, cada pud tenía 40 libras. De los caballos que cargaban el té, dos se cayeron en el camino, uno de los cocheros se enfermó y 18 libras se derramaron. La libra tiene 96 zolotníks de té. Se pregunta, ¿qué diferencia hay entre el pepino en salmuera y la perplejidad?
6)La lengua inglesa tiene 137 856 738 palabras, la francesa 0,7 más. Los ingleses se juntaron con los franceses y unieron ambas lenguas en una. Se pregunta, ¿qué vale el tercer papagayo y cuánto tiempo se necesitó para subyugar a esos pueblos?
7)El miércoles 17 de junio de 1881, a las 3 de la madrugada, debió salir el tren de la estación A por la vía férrea, para llegar a la estación B a las 11 de la noche pero, antes de la misma partida del tren, se recibió la orden de que el tren llegara a la estación B a las 7 de la noche. ¿Quién ama más prolongado, el hombre o la mujer?
8)Mi suegra tiene 75 años y mi esposa 42. ¿Qué hora es?

Informó Antósha Chejonté.

1Las “parodias matemáticas”, género común en la prensa humorística de la Rusia zarista. Véase, por ejemplo:
Problemas de aritmética mundana, de A.P. Podúrov (La libélula, 1879, Nº 30, pag. 7) Uf-y-Uf. Problemas premiados (ejercicio de vigilia del cerebro, para el aburrimiento), (La libélula, 1882, Nº 12, pag. 3).
2Autolimio, nombre inventado por Chejov.

Título original: Zadachi sumasshedshevo matematika, publicado por primera vez en la revista Budilnik, 1882, Nº 8, con la firma en el texto.
Imagen: John Singer , Portrait of Edouard Pailleron, 1879.

El negociante


Es un corredor, conejo de bolsa, director de danzas, comisionista, chauffeur, compadre, plañidero de entierros y agente de negocios. Ivánov lo conoce como un conservador empedernido y Petróv como un rematado nihilista. Se alegra de las bodas ajenas, le lleva caramelos a los niños y conversa con las viejas de modo pacienzudo. Está vestido siempre a la moda y peinado à la Capoule. Reservado. Tiene un gran librito de memorias que mantiene en secreto. Hacemos extractos de éste:
“Gastado en convite al ayuda de cámara del príncipe 5 r. 20 k. Vendí una acción de la vía Lozovó-Sevastópol, con todo sufrí una pérdida de 14 kóp.”.
“No olvidar enseñar a la condesa Dirína el nuevo patience1 con el nombre de Princesa: las 12 primeras cartas tomadas del mazo se distribuyen en forma de círculo; las siguientes se colocan, como sabes, sobre una u otra de esas cartas, sin mirar el palo, hasta la aparición de la dama de corazones, y demás. Recordar a propósito sobre Pétia Sivújin, deseoso de ingresar al regimiento Drimadiérskii. Ahí mismo hablar con la sirvienta Ólia respecto a los patrones para la mercader Víbujina”.
“Por el casamenteo a Eríguin le faltó pagar 7 rub. Ese mismo día, en el bautizo, vigilé a Kúzin, empecé a conversar con él de política de modo liberal, pero no le saqué nada sospechoso. Deberé esperar”.
“El ingeniero Funin me encargó alquilar un apartamento para su nueva querida, y le rogó a la vieja, o sea a Elena Mijáilovna, largarse con alguien. Prometí hacer eso y lo otro hacia el 20 de agosto”.
“La princesa Jlídina da 1000 r. por sus cartas amorosas al teniente Skótov. Pedir 5000, ceder por 3000, pero en ningún caso dárselas todas. Esa carta, donde se describe el encuentro en el jardín, vendérsela en particular en el futuro”.
“Fui testigo en el juicio. Le unté al fiscal en los labios, y por eso, cuando el defensor me empezó a pellizcar, el presidente intercedió por mí”.
“No olvidar darle por la jeta al agente Yankel, para que no mienta”.
“Ayer, en casa de los Bukáshin, durante el wint, me vigilaban. Tuve que perder 15 r. para el blezir2. De todas formas recibí una bofetada”.
“Gúsin me dio 25 r. para su entrega al periódico El gruñido, para que no publiquen la relación judicial. Quedará por ellos diez...”

1Patience, solitario.
2Blezir, hacer por blezir, hacer por hacer, por distracción, por broma.

Título original: Dilietz, publicado por primera vez en la revista Oskolkii, 1885, Nº 33, con la firma: “El hombre sin bazo”.
Imagen: Valentin Serov, Portrait of Count Felix Sumarokov-Elstone, later Prince Yusupov, 1903.

Para la temporada nupcial (Del librito de apuntes de un comisionista)1


Kúchkin, Iván Sávich, secretario de gobierno, 42 años. No bonito, picado de viruelas, gangoso, pero muy imponente. Aceptado en buenas casas y tiene una tía coronela. Vive del préstamo de dinero con por cientos. Estafador, pero en general un hombre honrado. Busca muchacha de 18-20 años que sea de buena casa y hable francés. Necesario debe ser agraciada, y tener una dote con un monto de 15-20 000.
Fiéshkin, oficial retirado. Bebe y padece de reuma. Desea una esposa que lo cuide. Conviene con una viuda, sólo no mayor de 25 años, y que tenga capital.
Prudónov, retocador, busca novia con fotografía que no esté empeñada y dé no menos de 2000 al año. Bebe, pero no de modo constante, sino como una esponja. Trigueño y tiene los ojos negros.
Gnusína, viuda. Tiene dos casas y cien mil contantes. Busca general, siquiera retirado. En el ojo izquierdo apenas se ve un albugo y habla con silbido. Asegura que aunque figura como viuda, en realidad es señorita, ya que su finado esposo, el día de la boda, se enfermó de temblores en todos los miembros.
Zhénskii, Difterít Alexéich, artista de teatro, 35 años, de título desconocido. Dice que su padre tiene una fábrica de vino, pero seguramente trapalea. Vestido siempre de frac y corbata blanca, porque no tiene otra ropa. Dejó el teatro por causa de voz ronca. Desea una mercader de cualquier complexión, sólo que tenga dinero.
Butúzov, antiguo capitán ayudante, condenado a destierro en el gobierno de Tomsk por malversación y falsificación, ¡desea hacer feliz a huérfana que vaya con él a Siberia! Debe ser de noble estirpe.

1Nikolai Léikin escribe a Chejov el 10 de octubre de 1885 que el censor “fue amonestado porque deja pasar en Retazos artículos demasiado ásperos, y exactamente por el Nº 39… La misma revista por poco salió ilesa…Me informó él asimismo, que el jefe de la Dir. princ. de asuntos de prensa está en contra por completo de las revistas satíricas, y no halla que éstas sean necesarias para el público… A mí me han ordenado que toda la reserva, cada semana, sea enviada al Comité para nuevo examen, y esto motivado por que, lo que pudo ser autorizado una semana antes, pues una semana después, debido a ciertas circulares, puede no ser ya autorizado”.

Título original: K svadebnomu sezonu, publicado por primera vez en la revista Oskolkii, 1885, Nº 39, con la firma: “El hombre sin bazo”.
Imagen: Bernardo Il Capuccino Strozzi, The old cocotte (Vanitas representation).

viernes, 28 de diciembre de 2007

La mala noche (Bosquejo)


Se oye ese ladrido ya cortado, ya alarmado, aullador que dan los perros cuando olfatean al enemigo, pero no pueden entender quién es y dónde está. En el aire oscuro, otoñal, violando el silencio de la noche, se ciernen sonidos de diverso género: un confuso farfullar de voces humanas, un correteo agitado, inquieto, un chirrido de portezuelas, un trote de caballos de silla.
En el patio de la hacienda Diádkinskaya, ante la terraza de la casa señorial, sobre un cantero de flores pelado, están paradas tres figuras negras sin moverse. Con la pelliza acampanada, amarrada con una cuerdita y los mechones de lana de carnero colgando, no es difícil reconocer al guarda nocturno Semión. Junto a él, el hombre alto de piernas flacas, con la levita y las orejas paradas, es el lacayo Gavríla. El tercero, con el chaleco y la camisa por fuera, robusto y torpe, que recuerda por la tosquedad de sus formas a los mujíks de madera de juguete, se llama Gavríla también, y sirve de cochero. Los tres se aguantan de una valla pequeña con las manos y miran a la lejanía.
-Sálvanos y apiádate zarina celestial –farfulla Semión con voz emocionada. -¡Qué horror pues, qué horror! Se enojó el Señor... Madre soberana...
-Eso no es lejos, hermanos... –dice con voz de bajo el lacayo Gavríla. –Unas seis vérstas, no más... Yo pienso que es en las granjas alemanas...
-Las granjas alemanas están más a la izquierda –lo interrumpe el cochero Gavríla. –Las granjas alemanas están allá, si te pones a mirar ahí, a ese abedul. Eso es en Krieshénskii.
-En Krieshénskii –conviene Semión.
Alguien descalzo, golpeando con los talones de modo apagado, pasa corriendo por la terraza y azota una puerta. La casa señorial está sumida en el sueño. Las ventanas negras como el hollín miran tétricamente, como en otoño, y sólo en una de éstas se ve la luz débil, opaca de una lámpara de pantalla rosada. Ahí, donde arde la lámpara, duerme la joven señora, María Serguéevna. Su esposo, Nikolai Alexéevich, fue a algún lugar a jugar a las cartas, y aún no ha regresado.
-¡Nastásia! –se oye un grito.
-Se despertó la señora –dice el lacayo Gavríla. –Esperen hermanos, le voy a dar un sermón. Dejen que me permita tomar unos caballos y unos trabajadores, cuantos hayan, voy a ir a Krieshénskoe, y rápido ahí, este mismo... Son gente que no entiende, tosca, hay que ordenar, cómo y qué.
-¡Bueno sí, tú vas a ordenar! Ordenar quiere, y a él mismo le crujen los dientes. Y sin ti allá hay bastante gente... Seguro hay comisarios, suboficiales y señores reunidos.
En la terraza, la puerta con cristal se abre con sonido, y aparece la misma señora.
-¿Qué pasa? ¿Qué ruido es ese? –pregunta, acercándose a las tres siluetas. -¿Semión, eres tú?
No alcanza Semión a responderle cuando, horrorizada, salta atrás y junta las manos.
-¡Dios mío, qué desgracia! -grita. -¿Hace mucho que es esto? ¿Dónde? ¿Y por qué pues no me despertaron?
Todo el lado sur del cielo está cubierto, densamente, de un resplandor púrpura. El cielo está inflamado, intenso, un tinte siniestro centellea en éste y tiembla, como si latiera. Sobre el inmenso fondo púrpura-mate se dibujan a relieve las nubes, las colinas, los árboles pelados. Se oye un toque de arrebato apurado, convulsivo.
-Esto es terrible, terrible –dice la señora. -¿Dónde arde?
-No lejos, en Krieshénskii...
-¡Ah, Dios mío, Dios mío! Nikolai Alexéich no está en casa, y yo no sé qué hacer. ¿El administrador sabe?
-Sabe... Fue para allá con tres barriles.
-¡Pobre gente!
-Y lo principal, señora, ellos no tienen río. Hay un estanque sarnoso, y para eso no en el mismo pueblo.
-¿Pero acaso lo apagas con agua? –dice el lacayo Gavríla. –Ahí, lo principal, no hay que darle curso al fuego. Hace falta que los que entienden, ordenen destruir las isbás... Permítame ir señora.
-No tienes por qué ir –responde María Serguéevna. –Tú allá sólo vas a molestar.
Gavrila, ofendido, tose y se aparta a un costado. Semión y el otro Gavríla, que no soportan el intelectualismo y el tono altanero del lacayo con levita, están muy satisfechos con la observación de la señora.
-¡Por lo tanto, sólo va a molestar! –dice Semión.
Y ambos, el guarda y el cochero, como deseando presumir ante la señora de su nivel, empiezan a soltar palabras religiosas.
-Los castigó Dios por los pecados... ¡Pues eso mismo es! El hombre peca y no piensa en eso, en cómo es, y el Señor este, este mismo...
La visión del resplandor influye en todos igualmente. Tanto la señora como los sirvientes sienten un temblor interno y frío, un frío tal, que les tiemblan las manos, la cabeza, la voz... El miedo es grande, pero la impaciencia es aún más fuerte... ¡Se quisiera subirse más alto y ver el mismo fuego, el humo, a las personas! La avidez de sensaciones fuertes prevalece sobre el miedo y la compasión hacia el dolor ajeno. Cuando el resplandor palidece o parece menor, el cochero Gavríla anuncia con júbilo:
-¡Bueno, parece que lo apagan! ¡Dios ayude!
Pero en su voz, de todas formas, se oye una notita de lamento. Cuando el resplandor se enciende y se hace como que más ancho, suspira y deja de la mano con desolación, pero por el afán con que intenta ponerse de puntillas, se advierte que experimenta cierto placer. Todos reconocen que ven un desastre terrible, tiemblan, pero si el incendio cesara de pronto, se sentirían insatisfechos. Esa dualidad es natural, y en vano se le reprocha al hombre egoísta.
Por muy siniestra que sea la belleza, es de todas formas la belleza, y el instinto humano no está en condición de no rendirle tributo.
Se oye un trueno menor: alguien camina pesadamente por el tejado de hierro de la casa.
-¿Vánka, eres tú? –grita Semión.
-¡Yo, con Nastásia!
-¡Te vas a caer, diablos! ¿Se ve?
-¡Se ve! ¡En Krieshénskii, hermanos!
-Por la ventana del tejado, es probable, se ve –dice María Serguéevna. -¿Acaso ir a ver desde ahí?
La visión del infortunio acerca a las personas. Tras olvidar su chapado, la señora, Semión y los dos Gavrílas van a la casa. Pálidos, temblando de miedo y ansiosos de visiones, atraviesan todas las habitaciones y suben por la escalera al desván. Por todas partes está oscuro, y la velita que sostiene el lacayo Gavríla no alumbra, y sólo arroja manchas luminosas opacas a su alrededor. La señora ve por primera vez en su vida el desván... Las vigas, las esquinas oscuras, el conducto de la estufa, el olor a telaraña y polvo, el suelo extraño, terroso bajo los pies, todo eso le produce la impresión de una decoración fantástica.
“¿Pues mira dónde viven los duendes?” –piensa.
Desde la ventana del tejado, el resplandor parece más amplio y más púrpura. Se ve el fuego. En el horizonte se extiende una larga franjita brillante, dorada. Ésta se mueve y se tornasola, como el mercurio.
-Pero ahí no una isbá arde. ¡Ahí, hermano, cuenta, agarró medio pueblo! –dice el cochero Gavríla.
-¡Oyes! Dejaron de tocar a arrebato. Entonces, la iglesia se quemó.
-¡Y la iglesia allá es de madera! –dice la señora, asfixiándose con el fuerte olor que desprende la zamarra de carnero de Semión. -¡Qué desgracia!
Cansados de mirar, descienden. Pronto llega el señor, Nikolai Alexéich. Estando de visita bebió en forma, y ahora, acurrucado en la calesa, ronca fuertemente. Lo despiertan. Mira aturdido al resplandor y farfulla:
-¡El caballo de si… silla! ¡Rá... rápido!
-¡No hace falta! –protesta María Serguéevna. -Bueno, ¿a dónde vas a ir en ese estado? ¡Ve a dormir!
-¡El ca-caballo! –ordena él, moviendo la cabeza.
Le entregan el caballo. Se trepa a la montura, sacude la cabeza y desaparece en la tiniebla. Los perros, entre tanto, aúllan y gruñen, como si olfatearan al lobo. Alrededor de Semión y los dos Gavrílas se reúnen las mujeres y los chiquillos. Los lamentos, los ayes, los suspiros y los signos de la cruz no tienen fin. Llega volando al patio un jinete.
-Seis personas se quemaron –farfulla sofocado. –¡Medio pueblo, como de la mano! El ganado pues se perdió, por lo visto. Al carpintero Stepán se le quemó la vieja.
La impaciencia de la señora alcanza límites extremos. El tráfico y el vocerío la incitan. Ordena enganchar la calesa y va sola al incendio. La noche es oscura y fría. El terreno se endureció un poco con la helada ligera de antes del amanecer, y los caballos golpean apagadamente sobre éste, como por una alfombra. El lacayo Gavríla está sentado al pescante, junto al cochero, y se agita con impaciencia. Escudriña, farfulla, y a cada rato se levanta con un aire, como si la suerte de Krieshénskii dependiera de él...
-Lo principal, no hay que darle curso al fuego... –farfulla. –Todo hay que, a sabiendas, ¿y acaso un simple mujík entiende?
Tras recorrer unas cinco-seis vérstas, la señora ve algo inusitado, monstruoso, que no a cada cual le toca ver -y eso, una vez en la vida-, y que no puede imaginar ninguna rica fantasía. La aldea arde en una hoguera inmensa. El campo de vista está cubierto por una masa de llamas movediza, cegadora en la que, como en la neblina, se ahogan las isbás, los árboles y la iglesia. Una luz brillante, casi solar, se mezcla con las bocanadas de humo negro y el vapor mate; las lenguas doradas se deslizan y, con un crujido voraz, sonriendo y ondeando alegremente, lamen las armazones negras. Nubes de polvo rojizo, dorado vuelan al cielo con rapidez y, como para mayor ilusión, palomas alarmadas se sumergen en esas nubes. En el aire hay una extraña mezcla de sonidos: un crujido monstruoso, un palmoteo de llamas parecido al palmoteo de miles de alas de pájaro, voces humanas, balidos, mugidos, chirrido de ruedas. La iglesia es terrible. Por sus ventanas se escapan al exterior las llamas y las nubes de humo denso. El campanario cuelga como un gigante negro dentro de una masa de luz y polvo dorado, ya se quemó todo, pero las campanas aún cuelgan, y es difícil entender de qué se sostienen...
A ambos lados del camino hay un tumulto, que recuerda una feria o la primera almadía después de una crecida. Las personas, los caballos, los carros, las pilas de trastos, los barriles, todo eso se mueve, mezcla, emite sonido. La señora mira ese caos y oye el grito estridente de su esposo:
-¡Mándenlo al hospital! ¡Échenle agua!
Y el lacayo Gavríla está parado en la carreta y agita las manos. Iluminado, produciendo una larga sombra, parece más alto de estatura...
-¡Lo quemaron, eso como dar de beber! –grita dando vueltas como el diablo antes de maitines. -¡Eh, ustedes! ¡No habría que darle curso al fuego! ¡No hay que darle curso!
A donde mires, por todas partes hay rostros pálidos, aturdidos, como rígidos. Aúllan los perros, cacarean las gallinas...
-¡Cuídate! –gritan los cocheros de los hacendados vecinos reunidos.
¡Un cuadro inusitado! María Serguéevna no cree a sus ojos, y sólo el calor intenso le hace sentir que todo eso no es un sueño...

Título original: Nedobraya noch (Nabroski), publicado por primera vez en la Peterburgskaya gazieta, 1886, Nº 302, con la firma: “A. Chejonté”.
Imagen: Templo en llamas.

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Chejov a F.A. Kumánin


Moscú, cerca del 10 de diciembre de 1890.

¡Saludos, gentil Fiódor Alexandróvich! Yo llegué. No salgo de casa a ningún lugar, ya que toso y me sueno la nariz a cada minuto –me resfrié en el Archipiélago1. Traje conmigo unas 50 tarjetitas2. Dígame, ¿con qué pegamento las pegan al cartón: con el engomado o con alguna otra porquería? ¿Cuál cartón es más apropiado?
En primavera voy al Océano antártico.

Suyo, A. Chejov.

1Mar Egeo, recibe el nombre de Archipiélago.
2Tarjetitas, fotografías.

Imagen: Vasiliy Polenov, La enferma (detalle).

Chejov a I.L. Leóntiev-Scheglóv


Moscú, 10 de diciembre de 1890.

¡Saludos, gentil Jean! Por voluntad del destino la estrella errante volvió de nuevo a vuestra constelación. ¡De nuevo estoy en Moscú y le escribo! Una vez más saludos.
A describir mi viaje y estancia en Sajalín no empezaré, ya que la descripción, incluso la más breve, saldría por carta ilimitadamente larga. Sólo diré que estoy satisfecho hasta el mismo cuello, saciado y maravillado hasta tal grado, que no quiero nada más, y no me ofendería si me agarrara una parálisis o la disentería me llevara al otro mundo. Puedo decir: ¡viví! Va por mí. Estuve en el infierno, que me parece Sajalín, y en el paraíso, o sea en la isla Ceilán1. ¡Qué mariposas, bichos, qué moscas, cucarachas!
El viaje, en particular a través de Siberia, parece una penosa, larga enfermedad; es penoso viajar, viajar y viajar, ¡pero en cambio son ligeros y airosos los recuerdos de todo lo vivido!
En Sajalín viví 3 meses y 3 días. Sobre los resultados de mis trabajos sajalinianos le informaré al encuentro, y ahora vamos a hablar de los hechos corrientes. ¿Es verdad acaso que Pleschéev recibió una herencia de dos millones? ¿Cómo está su salud y qué escribe usted, y cuáles son sus planes literarios? Se divorció de la abuela y del lado petersburgués... Lo felicito por la nueva era... Dios le dé en la nueva vivienda toda clase de bienestar.
Todo el tiempo estuve saludable; en el Archipiélago mismo, donde tuvimos tormenta y sopló el frío nordeste, me resfrié: ahora toso, me sueno la nariz infinitamente y siento bochorno por las noches. Hay que curarse.
Los míos irradian de alegría.
¡Ah, ángel mío, si supiera qué fieras gentiles traje conmigo de la India! Son –unas mangostas, del tamaño de un gatito de edad madura, unas fieras muy divertidas y vivarachas. Sus cualidades: el arrojo, la curiosidad y el apego al hombre. Salen al combate con la serpiente de cascabel y vencen siempre, no temen a nadie y a nada; respecto a la curiosidad, pues en la habitación no hay un solo hatillo y petate que ellas no deshagan; al encontrarse con alguien, antes que todo, se meten a mirar en los bolsillos: ¿qué hay ahí? Cuando se quedan solas en la habitación, empiezan a llorar. En verdad, vale la pena venir desde Petersburgo para verlas.
Voy a verme con la tía2. Que esté saludable.
En Petersburgo estaré, debe ser, no antes de año nuevo. A su esposa mi saludo de alma.

Suyo, A. Chejov.

La familia reverencia.

1En su Alrededor de Chejov, Mijaíl Chejov recuerda: “El tercer hecho, su baño en el Océano Índico. De la popa del barco soltaron un cabo. Antón Pávlovich se tiró de cabeza al agua con la nave a toda marcha, y tuvo que agarrarse de ese cabo. Cuando ya estaba en el agua, vio con sus propios ojos a unos peces-pilotos y a un tiburón que se acercaba (Gúsiev). Por todas estas peripecias fue condecorado después en la isla Ceilán, en ese paraíso terrenal. Aquí, bajo los mismos trópicos, en un bosque de palmeras, en un ambiente puramente mágico, fabuloso, recibió la declaración de amor de una india hermosa” (cap. VIII, pag. 226).
2Fedósia Dolzhénko (Morózova de nacimiento), hermana de Evguénia Chejova (madre de Chejov).

Imagen: Sergei Shishko, Winter Morning, XX.

Chejov a N.A. Léikin


Moscú, 10 de diciembre de 1890.

Como prueba de que estuve en la carcelaria Sajalín, buenísimo Nikolai Alexandróvich, le envío adjunto a ésta un documento de color rojo1. Es un pequeño, barato regalo por el gran gusto que me brindaron sus cartas. Recibí de usted en Sajalín tres cartas: una del 8 de julio, otra del 5 y la tercera del 6 de agosto. No respondí a éstas por razón de que mi respuesta, usted la habría recibido mucho más tarde que esta carta. El correo a Siberia es de áspide.
Traje conmigo material a montones para las pláticas, así que alimento la esperanza, puedo ser un interlocutor interesante durante un mes entero. Recorrí a caballo toda Siberia, navegué 11 días por el Amúr, navegué por el Estrecho tártaro, vi las ballenas, viví en Sajalín 3 meses y 3 días, hice el censo de toda la población sajaliniana, para lo que recorrí a pie todas las cárceles, casas e isbás, almorcé donde Landsberg, tomé té con Borodávkin, y demás y demás; después, en el camino de regreso, evitando el Japón en cólera, pasé por Hong-Kong, Singapur, Colombo en Ceilán, Puerto-Saida, y demás y demás. De mareo no padezco, y por eso la navegación fue totalmente favorable para mí. De Ceilán traje conmigo a Moscú unas fieras, macho y hembra, ante las que se apocan, incluso, sus pachones y su superior Apel Apélich2. El nombre de estas fieras –mangostas. Es una mezcla de rata y cocodrilo, de tigre y mono. Ahora están en la jaula, donde fueron encerradas por mala conducta: revuelcan los tinteros, los vasos, extraen la tierra de las macetas de flores, sacuden los peinados de las damas; en general, se comportan como dos pequeños diablos, muy curiosos, arrojados, y que aman al hombre tiernamente. Mangostas no hay en ninguno de los jardines zoológicos, son una rareza. Brehm3 nunca las vio, y las describió con palabras de otros con el nombre de “mungo”. Venga a verlas.
Durante todo el tiempo del viaje estuve saludable; en el Archipiélago, donde sopló de pronto el frío, me resfrié y ahora toso, tengo fiebre y constituyo en sí un resfriado continuo.
Bueno, ¿cómo vive, cómo están sus asuntos? Escriba todo con detalle. Escriba a propósito, ¿qué clase de historia es esa con los reseñistas, sobre la que me informaba en una de sus cartas4? ¿Qué hace Bilíbin? Reveréncielo, por favor.
Vivo ahora en la Pequeña Dmítrovka; una calle buena, la casa -un hotelito, dos pisos. Por ahora no es aburrido, pero el aburrimiento ya me hecha miradas por la ventana y me amenaza con el dedo. Voy a trabajar arduamente, pero es que no sólo de trabajo se puede saciar el hombre.
Ahora tomé aceite de ricino. ¡Brrr!
La helada, después de los trópicos, me parece de 100 grados. Siento frío. Reverencie a Praskóvia Nikíforovna y a Fédia, y deséeles todo lo bueno. Si salió en mi ausencia un libro suyo nuevo, pues mándelo.
Bueno, que esté saludable y próspero, que los cielos lo guarden, no esos grises que se ciernen ahora por el lado de Petersburgo, sino los verdaderos, donde viven los santos milagrosos.

Suyo, A. Chejov.

1Afiche de la pieza de Nikolai Léikin puesta en Sajalín.
2Apel Apélich, perro de Nikolai Léikin.
3Alfred Brehm, zoólogo y viajero alemán, autor de La vida de los animales (t.1-6, 1863-1869).
4Nikolai Léikin había escrito a Chejov el 5 de agosto de 1890 sobre unos críticos acusados de soborno.

Imagen: Yevgenye Chiukov, End of Winter, XX.

Chejov a A.S. Suvórin


Moscú, 9 de diciembre de 1890.

¡Saludos, mi preciado!
¡Hurra! He aquí, finalmente, me siento a la mesa de casa de nuevo1, rezo a mis desteñidos penates y le escribo. Tengo ahora tal buena sensación, como si no hubiera salido de casa en absoluto. Estoy saludable y próspero hasta la médula de los huesos. Aquí tiene un brevísimo recuento. Estuve yo en Sajalín no dos meses, como publicó usted2, sino 3 más 2 días. El trabajo que tuve fue intenso; hice el censo completo y detallado de toda la población sajaliniana, y vi todo, excepto una ejecución. Cuando nos veamos, le mostraré todo un baúl lleno de toda suerte de cosas carcelarias3 que, como material virgen, tiene un valor extraordinario. Sé ahora muchas cosas; la sensación que traje conmigo no es buena. Mientras viví en Sajalín, mi vientre experimentó sólo cierta amargura, como de aceite rancio; y ahora, en el recuerdo, Sajalín me parece todo un infierno. Dos meses trabajé intensamente, sin compasión del estómago4; al tercer mes pues, empecé a agotarme por la amargura recordada, el aburrimiento y la idea de que, de Vladivostók a Sajalín había cólera, y que yo, de esa forma, corría el riesgo de invernar en el presidio. Pero, gracias a los cielos, el cólera cesó, y el 13 de octubre el barco me sacó de Sajalín. Estuve en Vladivostók. De la región litoral y, en general, de nuestra costa oriental con sus flotas, tareas y ensueños oceánicos pacíficos diré sólo una cosa: ¡una pobreza escandalosa! Una pobreza, ignorancia y nulidad capaces de conducir a la desolación. Un hombre honrado cada 99 ladrones, que difaman el nombre ruso... El Japón lo evitamos, ya que en éste había cólera; por eso no le compré nada japonés, y los 500 rub. que me fueron dados para las compras los gasté en mis necesidades personales, por lo que tiene usted derecho legal a enviarme deportado a Siberia. El primer puerto extranjero en mi camino fue Hong-Kong. La bahía es maravillosa, un tráfico en el mar tal, como el que nunca había visto ni en los cuadritos; caminos magníficos, tranvías de caballos, vía férrea en la montaña, museos, jardines botánicos; a donde quiera que miraras, por todas partes veías el más delicado cuidado de los ingleses de sus necesidades, hay incluso un club de marineros. Viajé en generische, o sea, entre la gente; compré a los chinos toda clase de chucherías, y me perturbaba al escuchar cómo mis compañeros de viaje rusos, maldecían a los ingleses por la explotación de los extranjeros. Yo pensaba: sí, el inglés explota a los chinos, los cipayos, los hindúes, pero en cambio les da caminos, cañerías, museos, cristianismo; ustedes también los explotan pero, ¿qué les dan?
Cuando salimos de Hong-Kong empezamos a balancearnos. El barco estaba vacío y tenía unas oscilaciones de 38 grados, de modo que temíamos que se volteara5. De mareo yo no padezco –ese descubrimiento me sorprendió gratamente. Por el camino a Singapur arrojamos al mar a dos difuntos. Cuando ves cómo un hombre muerto, envuelto en lona, vuela girando al agua, y cuando recuerdas que hasta el fondo son unas cuantas vérstas, pues sientes miedo, y por algo empieza a parecerte que tú mismo morirás y serás arrojado al mar. Se nos enfermó el ganado vacuno. Por veredicto del doctor Scherbák6 y de su humildísimo servidor, mataron al ganado y lo arrojaron al mar.
Singapur lo recuerdo mal, ya que cuando lo recorrí estaba triste por algo, casi no lloré. Después viene Ceilán -el lugar donde estaba el paraíso. Aquí, en el paraíso, hice más de 100 vérstas por vía férrea y me sacié hasta el mismo cuello de bosques de palmeras y mujeres broncíneas. Cuando tenga hijos, pues les diré no sin orgullo: “Ustedes, hijos de perra; en mis tiempos yo tuve una relación con una indú de ojos negros… ¿dónde? En una plantación de cocoteros, en una noche de luna.” Desde Ceilán navegamos sin parada 13 días y nos alelamos de aburrimiento. El calor lo soporto bien. El Mar rojo es melancólico, viendo el Sinaí me enternecí.
Es bueno el mundo de Dios. Sólo una cosa no es buena: nosotros. Cuán poca justicia y humildad hay en nosotros, ¡qué mal entendemos el patriotismo! El esposo borracho, perdido y acabado ama a su esposa e hijos pero, ¿qué provecho hay de ese amor? Nosotros, dicen en los periódicos, amamos nuestra gran patria pero, ¿en qué se expresa ese amor? En lugar de conocimiento –descaro y fatuidad sin medida, en lugar de trabajo –pereza y puercada; no hay justicia, el concepto del honor no va más allá del “honor del uniforme”, un uniforme que sirve de adorno habitual en nuestros banquillos de acusados. Hay que trabajar, y todo lo restante al diablo. Lo principal –hay que ser justo, y todo lo restante vendrá.
Apasionadamente quisiera hablar con usted. Me arde el alma. No quiero ver a nadie, excepto a usted, ya que sólo con usted se puede hablar. Pleschéev al diablo. Los actores al diablo también.
Sus telegramas los recibía en un estado imposible. Todos desfigurados.
Fui desde Vladivostók a Moscú con el hijo de la baronesa Ikskul (la misma Víjujol), un oficial marino. Mámienka se alojó en El Bazar eslavo. Ahora iré a verla, me llama para algo. Es una buena mujer; por lo menos, el hijo está extasiado con ella, y el hijo es un muchacho puro y honesto.
¡Cuánto me alegra que todo se arregló sin Gálkin-Vráskii! Él no escribió sobre mí ni una línea, y yo me aparecí en Sajalín como un absoluto incógnito.
¿Cuándo lo veré a usted y a Anna Ivánovna? ¿Qué hay con Anna Ivánovna? Escriba de todo con detalle, ya que casi no les caeré antes de las fiestas. A Nástia y Bória una reverencia; como prueba de que estuve en el presidio, cuando vaya a verlos, me lanzaré sobre ellos con un cuchillo y gritaré con una voz salvaje. A Anna Ivánovna le quemaré su habitación, y al pobre fiscal Kóstia le voy a predicar ideas perturbadoras.
Lo abrazo fuertemente a usted y a toda su casa, con excepción del "Habitante"7 y Buriénin8, a los que ruego sólo reverenciar, y a quienes ya hace tiempo que es hora de deportar a Sajalín.
De Máslov me tocaba hablar con Scherbák a menudo. Máslov me es muy simpático.
Que esté guardado por el cielo.

Suyo, A. Chejov.

1En su Alrededor de Chejov, Mijaíl Chejov relata: “Cuando llegamos a Tula, el tren rápido en que viajaba Antón ya había llegado del sur, y mi hermano almorzaba en la estación en compañía del alférez de navío Glínka, que regresaba del Lejano Oriente a Petersburgo, y de cierto hombre-alienígena de aspecto extraño, con un rostro plano, ancho, y unos ojos rasgados, bizcos. Era el sacerdote principal de la isla Sajalín, el monje Iráklii, un buriato que venía con Chejov y Glínka a Rusia, con un traje de paisano de corte ridículo, sajaliniano. Antón Pávlovich y Glínka llevaban consigo unas fieras domésticas de la India, unas mangostas, y mientras almorzaban, las mangostas se paraban sobre las patitas traseras y se asomaban a sus platos. Ese monje sajaliniano, con una fisonomía plana como una tabla y sin la más mínima barba en el rostro, y esas mangostas resultaban tan insólitos, que alrededor de los que almorzaban se había reunido toda una multitud, que los miraba con la boca abierta.
-¿Es un indio? –se oían las preguntas. -¿Y eso, son monos?
Después del encuentro conmovedor con el escritor, mi madre y yo nos sentamos con él en un mismo vagón, y los cinco todos nos fuimos a Moscú” (cap. VIII, pag. 221-222).
2El Tiempo nuevo publica el 3 de diciembre de 1890, una nota sobre el regreso de Chejov de la isla Sajalín que concluye con estas palabras: “En el norte de Sajalín, donde se encuentra una colonia de forzados y deportados, pasó dos meses estudiando minuciosamente los usos y las costumbres” (Nº 5304, 3 de diciembre).
3Recuerda asimismo Mijaíl Chejov: “Mi hermano Antón trajo consigo conjuntos de yeso realizados por un forzado-escultor lugareño, que representaban escenas de la vida cotidiana de Sajalín: el castigo corporal, el culpable encadenado a la carretilla, y por el estilo: por desgracia, esos conjuntos estaban hechos de un material malo, y pronto se deshicieron por sí mismos” (cap. VIII, pag. 224).
4Sin compasión del estómago (locución usual), sin piedad de sí mismo.
5Recuerda también Mijaíl Chejov: “Cuando regresaba por la India en el barco Petersburgo, lo sorprendió un tifón en el Mar de la China, además, el barco iba sin carga por completo y escoraba 45 grados; el comandante del Petersburgo, el capitán Goutan, se acercó a mi hermano Antón y le aconsejó tener listo el revólver en el bolsillo todo el tiempo, para alcanzar a suicidarse cuando el barco se fuera a pique” (cap. VIII, pag. 224).
6A.V. Scherbák, médico de la Flota voluntaria.
7Alexánder Diákov (“El habitante”), periodista, colaborador del periódico Tiempo nuevo.
8Víctor Buriénin, periodista, dramaturgo, crítico, colaborador del periódico Tiempo nuevo.

Imagen: Llegada a Esquel en invierno, Foto de El Bolson.

Las Bellas

I

Recuerdo que, siendo alumno de quinto o sexto año del gimnasio, viajaba yo con mi abuelo desde la aldea Gran Kriépkaya, de la región del Don, hasta Rostóv del Don. Era un día de agosto tórrido, fatigoso, tedioso. Por el calor y el viento seco, caliente, que nos lanzaba al encuentro nubes de polvo, se nos cerraban los ojos, se nos secaba la boca; no queríamos ni mirar, ni hablar, ni pensar, y cuando el cochero medio dormido, el jojól Karpó, al fustigar al caballo me pegaba con el látigo en la visera, yo no protestaba, no emitía ni un sonido, y sólo al despertar del duermevela, echaba miradas a la lejanía abatida y dócilmente: ¿no se veía acaso a través del polvo algún pueblo? Para alimentar a los caballos nos detuvimos en una gran aldea armenia, Bájchi-Saláj, en casa de un armenio rico, conocido del abuelo. Nunca en mi vida había visto yo nada más caricaturesco que ese armenio. Imagínense una cabecita pequeña, rapada, con unas cejas tupidas, enmarañadas, una nariz de pájaro, con unos bigotes largos, canosos, y una boca ancha, de la que salía un largo chibuquí de cerezo; esa cabecita pegada torpemente a un torso flaco, jorobado, vestido con un traje fantástico: una corta cazadora roja, con unos anchos bombachos celestes-brillantes; andaba esta figura separando los pies y arrastrando los zapatos, hablaba sin sacarse el chibuquí de la boca, y se mantenía con una dignidad puramente armenia: no sonreía, abría los ojos e intentaba prestar a sus visitantes la menor atención posible.
En las habitaciones del armenio no había ni viento ni polvo, pero era tan desagradable, sofocante y tedioso, como en la estepa y el camino. Recuerdo que, polvoriento y extenuado por el bochorno, yo estaba sentado en una esquina, sobre un baúl verde. Las paredes de madera no pintadas, los muebles y los pisos cubiertos de ocre expelían un olor a madera seca, quemada por el sol. A donde miraras, por todas partes había moscas, moscas, moscas... El abuelo y el armenio hablaban a media voz del pastar, el pastizal, las ovejas... Yo sabía que pondrían el samovar una hora entera, que el abuelo tomaría té no menos de una hora, y después se echaría a dormir unas dos, tres horas, que se me iría un cuarto del día en la espera, después de lo cual sería de nuevo el calor, el polvo, las sacudidas en los caminos. Yo escuchaba el balbuceo de las dos voces, y me empezó a perecer que veía hacía ya mucho tiempo al armenio, el armario con la vajilla, las moscas, las ventanas, en las que pegaba el sol caliente, y que los dejaría de ver en un futuro muy lejano, y se apoderaba de mí el odio a la estepa, al sol, a las moscas…
Una jojlita con pañuelo trajo una bandeja con la vajilla, después el samovar. El armenio, sin prisa, salió al zaguán y gritó:
—¡Máshia! ¡Ven a servir el té! ¿Dónde estás? ¡Máshia!
Se oyeron unos pasos apurados, y a la habitación entró una muchacha de unos dieciséis años, con un vestido de percal sencillo y un pañuelo blanco. Lavando la vajilla y sirviendo el té, estaba parada de espaldas a mí, y yo sólo advertía que era fina de talle, estaba descalza, y que sus pequeños talones desnudos se ocultaban bajo unos pantalones larguiruchos.
El dueño me invitó a tomar té. Al sentarme a la mesa, miré el rostro de la muchacha que me servía el vaso, y sentí de pronto como si un viento corriera por mi alma, y barriera de ésta todas las impresiones del día, con su tedio y su polvo. Vi los rasgos cautivadores del más hermoso de los rostros, que hubiera hallado alguna vez en la vigilia o visto en el sueño. Ante mí estaba una bella, y yo lo entendía a primera vista, como entiendo el relámpago.
Yo estoy dispuesto a jurar que Másha o, como la llamaba su padre, Máshia, era una verdadera bella, pero no sé demostrarlo. A veces ocurre que las nubes se amontonan en el horizonte en desorden, y el sol, ocultándose tras ellas, las pinta a éstas y al cielo de todos los colores posibles: purpúreo, anaranjado, dorado, lila, rosado-sucio; una nubecita parece un monje, otra un pez, la tercera un turco con turbante. El resplandor abarca la tercera parte del cielo, brilla en la cruz de la iglesia y los cristales de la casa señorial, reverbera en el río y los charcos, tiembla en los árboles; muy lejos, sobre el fondo del crepúsculo, una bandada de patos salvajes vuela a algún lugar a pernoctar... Y el zagal que arrea las vacas, el agrimensor que va en la carretela por la represa y los señores paseantes: todos miran al ocaso, y todos y cada uno hallan que es terriblemente bello, pero nadie sabe ni dirá en qué estriba ahí la belleza.
No sólo yo hallaba que la armenia era bonita. Mi abuelo, un anciano de ochenta años, un hombre brusco, indiferente a las mujeres y las bellezas de la naturaleza, por un minuto entero, miró a Másha con cariño, y preguntó:
—¿Es su hija, Aviét Nazárich?
—Mi hija. Es mi hija… —respondió el dueño.
—Bonita señorita —elogió el abuelo.
La belleza de la armenia un pintor la llamaría clásica y estricta. Era, precisamente, esa belleza, cuya contemplación le infunde a usted, sabe Dios de dónde, la seguridad de que ve unos rasgos correctos, de que los cabellos, los ojos, la nariz, la boca, el cuello, el pecho y todos los movimientos de ese cuerpo joven se han fundido en un acorde íntegro, armonioso, en el que la naturaleza no se equivocó ni en un mínimo rasgo; le parece, por algo, que la mujer idealmente bella debe tener, exactamente, una nariz tal como la de Másha, recta y con un pequeño respingo, tales ojos grandes, oscuros, tales pestañas largas, tal mirada lánguida, que sus cabellos negros rizados y cejas le van, asimismo, al color blanco, tierno de la frente y las mejillas, como el juncal verde al riachuelo apacible; el cuello blanco de Másha y su pecho joven estaban poco desarrollados, pero para saber esculpirlos, le parece, hay que tener un enorme talento creador. Mira usted, y poco a poco le viene el deseo de decirle a Másha algo en extremo agradable, sincero, bello, tan bello como ella misma.
Al principio me fue ofensivo y vergonzoso que Másha no me prestara ninguna atención, y mirara todo el tiempo abajo; cierto aire peculiar, me parecía, dichoso y orgulloso, la separaba de mí y la ocultaba celosamente de mis miradas.
"Eso es, —pensé— por que estoy lleno de polvo, bronceado, y por que todavía soy un muchacho".
Pero después, poco a poco, me olvidé de mí mismo y me entregué por entero a la percepción de su belleza. Ya no recordaba el tedio de la estepa, el polvo, no oía el zumbido de las moscas, no entendía el gusto del té, y sólo sentía que al otro lado de la mesa estaba parada una muchacha bella.
Percibía yo la belleza como que de un modo extraño. No deseo, no éxtasis y no placer suscitaba Másha en mí, sino una penosa, aunque agradable tristeza. Era una tristeza indefinida, vaga como un sueño. Por algo, yo sentía lástima por mí mismo, por el abuelo, por el armenio y por la misma pequeña armenia, y tenía tal sensación, como si todos los cuatro hubiéramos perdido algo importante y necesario para la vida, que ya nunca jamás podríamos encontrar. El abuelo también se puso triste. Ya no hablaba del pastizal ni de las ovejas, sino callaba y, pensativo, echaba miradas a Másha.
Después del té el abuelo se acostó a dormir, y yo salí de la casa y me senté en el pórtico. La casa, como todas las casas en Bájchi-Saláj, estaba al sol; no había árboles, ni tejadillos, ni sombra. El gran patio del armenio, cubierto de armuelle y ovillos, a pesar del fuerte calor, se hallaba animado y lleno de júbilo. Tras una de las cercas no altas, que allá y acá cruzaban el gran patio, se efectuaba el trillado. Alrededor de un poste, clavado en el mismo medio del granero, enganchados en hilera y formando un solo radio largo, corrían doce caballos. A su lado andaba un jojól con un chaleco largo y unos bombachos anchos, restallaba el látigo y gritaba en tal tono, como si quisiera burlarse de los caballos y jactarse de su poder sobre ellos:
—¡A-a-h, malditos! ¡A-a-h... no hay cólera para ustedes! ¿Tienen miedo?
Los caballos bayos, blancos y píos, sin entender para qué los obligaban a girar en el mismo lugar, y aplastar la paja del trigo, corrían sin ganas, como a la fuerza, y agitaban las colas ofendidos. De abajo de sus cascos, el viento levantaba nubes enteras de pelusa dorada y se las llevaba lejos, por encima de la cerca. Junto a los altos y frescos almiares se afanaban las mujeres con los rastrillos y se movían los carros, y tras los almiares, en otro patio, corría alrededor del poste otra docena de tales caballos, y un tal jojól restallaba el látigo y se mofaba de los caballos.
Los peldaños en que me hallaba sentado estaban calientes; en las barandas flojas y los marcos de las ventanas, por algún lugar, brotaba por el calor la cola de la madera; bajo los peldaños y los postigos, en las franjas de sombra, se apretaban unos contra otros unos bichos rojos. El sol me quemaba la cabeza, el pecho y la espalda, pero yo no lo advertía, y sólo sentía cómo detrás de mí, en el zaguán y las habitaciones, golpeaban los pies descalzos por el suelo de tablones. Recogida la vajilla del té, Másha pasó corriendo por los peldaños, echándome fresco y, como un pájaro, voló hacia una pequeña y ahumada construcción, debía ser la cocina, de donde salía un olor a carnero frito y se oía un enojado vocerío armenio. Ella se esfumó por la puerta oscura y, en su lugar, en el umbral, apareció una vieja armenia, encorvada, de rostro rojizo y bombachos verdes. La vieja se enojaba y maldecía a alguien. Pronto, en el umbral, apareció Másha, enrojecida por el calor de la cocina y con un gran pan negro en el hombro; bellamente inclinada bajo el peso del pan, echó a correr a través del patio hacia el granero, se coló por la cerca y, envuelta en una nube de pelusa dorada, se esfumó tras los carros. El jojól, que fustigaba a los caballos, bajó el látigo y, por un instante, miró callado hacia los carros, después, cuando la pequeña pasó rápido junto a los caballos y saltó a través de la cerca, la siguió con los ojos y le gritó a los caballos en tal tono, como si estuviera muy afligido:
—¡Eh, que se caigan por un abismo, fuerza impura!
Y todo el tiempo oía yo después, sin cesar, los pasos de sus pies descalzos, y veía cómo ella, con un rostro serio, preocupado, corría por el patio. Pasaba corriendo ya por los peldaños, echándome fresco, ya a la cocina, ya al granero, ya tras el portón, y yo apenas alcanzaba a voltear la cabeza para seguirla.
Y mientras más a menudo me pasaba ella con su belleza ante los ojos, más fuerte se hacía mi tristeza. Me daba lástima yo mismo, ella y el jojól, que la seguía con su mirada tristemente, cada vez que ella, a través de la nube de pelusa, corría hacia los carros. Tenía acaso yo envidia de su belleza, o lamentaba que esa muchacha no era mía y nunca sería mía, y que yo era para ella un extraño; o sentía vagamente que su belleza insólita era casual, no necesaria y, como todo en la tierra, no duradero; o, acaso, era mi tristeza esa sensación peculiar, que suscita en el hombre la contemplación de la verdadera belleza, ¡Dios sabe!
Tres horas de espera pasaron de modo inadvertido. Me parecía que no había alcanzado a contemplar a Másha, cuando Karpó había ido al río, bañado al caballo y se ponía ya a engancharlo. El caballo mojado bufaba de gusto y golpeaba los pértigos con los cascos. Karpó le gritaba: "¡Atra-ás!" El abuelo se despertó. Másha nos abrió el portón chirreante, nos sentamos en la carreta y salimos del patio. Viajamos callados, como enojados los unos con los otros.
Cuando, a las dos o tres horas, surgieron en la lejanía Rostóv y Najicheván, Karpó, todo el tiempo callado, se volvió a mirar con rapidez y dijo:
—¡Y linda muchacha la del armenio!
Y fustigó al caballo.

II

Otra vez, siendo ya estudiante, iba por la vía férrea al sur. Era mayo. En una de las estaciones, al parecer entre Biélgorod y Járkov, salí del vagón para pasearme por la plataforma.
Sobre el jardincito de la estación, la plataforma y el campo descendía ya la sombra vespertina; la estación tapaba consigo el ocaso pero, por las más elevadas bocanadas del humo, que salía de la locomotora teñido de un tierno color rosa, se veía que el sol aún no se había ocultado por completo.
Andorreando por la plataforma, advertí que la mayoría de los pasajeros paseantes caminaba, y se paraba sólo junto a un vagón de segunda clase, y con tal expresión, como si en ese vagón estuviera sentada alguna persona célebre. Entre los curiosos que encontré cerca de ese vagón, se hallaba entre tanto mi compañero de viaje, un oficial de artillería, un chico inteligente, cálido y simpático, como todos los que conocemos en el camino de modo casual, y por poco tiempo.
—¿Qué miran ahí?—pregunté.
Él no me respondió y sólo me señaló con los ojos una figura femenina. Era una muchacha jovencita aún, de unos diecisiete-dieciocho años, vestida con un traje ruso, con la cabeza descubierta y una mantilla echada sobre un hombro con descuido; no era una pasajera sino, debía ser, la hija o la hermana del jefe de estación. Estaba parada junto a la ventana del vagón, y conversaba con cierta pasajera madura. Antes de alcanzar a darme cuenta de lo que veía, se apoderó de mí, de pronto, la sensación que experimenté alguna vez en el pueblo armenio.
La muchacha era de una belleza notable, y de eso no dudábamos ni yo, ni esos que la miraban junto conmigo.
Si, como se acostumbra, describir su aspecto por partes, pues en ella eran hermosos, realmente, sólo sus cabellos rubios, ondulados, espesos, sueltos y atados en su cabeza por una cintita negra, y todo lo restante era incorrecto o muy ordinario. Acaso por la manera especial de coquetear, o por los ojos entornados por la miopía, la nariz tímidamente respingada, la boca pequeña, el perfil débil y lánguidamente delineado, los hombros estrechos para sus años, a pesar de todo, la muchacha causaba la impresión de una verdadera belleza, y mirándola, pude convencerme de que el rostro ruso, para parecer hermoso, no necesita una rectitud estricta en los rasgos; es poco eso, incluso si le hubieran puesto a la muchacha, en lugar de su nariz respingada, otra recta y plásticamente impecable, como la de la armenia, pues su rostro, al parecer, hubiera perdido todo su encanto.
Parada junto a la ventana y conversando, la muchacha, encogiéndose por la humedad vespertina, nos echaba miradas a cada rato, ya se ponía en jarras, ya alzaba las manos a la cabeza, para arreglar sus cabellos; hablaba, se reía, expresaba en su rostro ya asombro, ya horror, y yo no recuerdo un instante, en que su cuerpo y su rostro se hallaran en sosiego. Todo el secreto y el hechizo de su belleza consistían, precisamente, en esos movimientos menudos, infinitamente gráciles, en la sonrisa, en el juego del rostro, en sus rápidas miradas a nosotros, en la conjunción de la fina gracia de esos movimientos con la juventud, la frescura y la pureza de su alma, que resonaba en su risa y su voz, y en esa debilidad que tanto amamos en los niños, los pájaros, los venados jóvenes, los árboles jóvenes.
Era esa belleza de mariposa a la que tanto le van el vals, el revoloteo por el jardín, la risa, el júbilo, y que no se aviene con la idea seria, la tristeza y el sosiego; y bastaría, al parecer, que un buen viento corriera por la plataforma o que cayera una lluvia, para que el cuerpo frágil se marchitara de pronto, y la belleza caprichosa se deshiciera, como polen de flor.
—Asíi… —balbuceó el oficial con un suspiro cuando, después de la segunda llamada, nos dirigíamos a nuestro vagón.
Y qué significaba ese “asíi", no me pongo a juzgar.
Puede ser que estuviera triste, y no quisiera irse de la bella y el atardecer primaveral al vagón sofocante, o puede ser que él, como yo, sintiera una lástima indefinible por la bella, por sí mismo, por mí y por todos los pasajeros que, lánguidos y sin ganas, arrastraban los pies hacia sus vagones. Al pasar junto a la ventana de la estación, tras la que estaba sentado junto a su aparato un telegrafista pálido, pelirrojo, de rizos altos y rostro desvaído, de pómulos salientes, el oficial suspiró y dijo:
—Apuesto que ese telegrafista está enamorado de esa bonita. Vivir en medio del campo, bajo un mismo techo con esa criatura etérea, y no enamorarse, está por encima de las fuerzas humanas. ¡Y qué desgracia, mi amigo, que burla ser encorvado, greñudo, grisecito, honrado y no tonto, y enamorarse de esa muchacha bonita y tontita, que le presta a uno cero atención! O peor aún: imagínese que ese telegrafista está enamorado y al mismo tiempo está casado, y que su mujer es tan encorvada, greñuda y honrada como él mismo... ¡Una tortura!
Junto a nuestro vagón, acodado en la cerca de la plazoleta, estaba parado el conductor, y miraba en dirección hacia donde estaba parada la bella, y su rostro demacrado, adiposo, no gratamente saciado, fatigado por las noches de desvelo y el balanceo del vagón, expresaba ternura y una profunda tristeza, como si hubiera visto en la muchacha su propia juventud, dicha, su sobriedad, pureza, mujer, hijos, como si se arrepintiera y sintiera con todo su ser, que esa muchacha no era suya, y que la dicha ordinaria, humana de la pasajera le quedaba a él, con su vejez prematura, torpeza y rostro grasiento, tan lejos como el cielo.
Tocó la tercera llamada, sonaron los silbatos, y el tren arrancó con pereza. Por nuestras ventanas pasaron primero el inspector, el jefe de estación, después el jardín, la bella con su sonrisa maravillosa, infantil-maliciosa…
Asomado afuera y mirando atrás, vi cómo ella, siguiendo con los ojos el tren, pasó por la plataforma junto a la ventana, donde estaba sentado el telegrafista, se arregló los cabellos y echó a correr al jardín. La estación ya no tapaba el poniente, era el campo abierto, pero el sol ya se ponía, y el humo se extendía en negras bocanadas por el verde terciopelo de los sembrados. Había tristeza en el aire primaveral, en el cielo oscurecido y el vagón.
El conocido conductor entró al vagón y se puso a encender las velas.

Título original: Krasavitzi, publicado por primera vez en el periódico Novoe vremia, 1888, Nº 4513, con la firma: "An. Chejov".
Imagen: John Singer, A gust of wind, 1886-87.

martes, 25 de diciembre de 2007

En la velada


-¡Culpable, permítame pasar, su excelencia!
-Usted se equivoca: yo no soy “su excelencia”.
-Entonces, ¿por qué se paró en la puerta pues? Pase…

Título original: Na viecherinkie, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1883, Nº 6, con dibujo de V.I. Porfíriev y la firma: “A. Chejonté”.
Imagen: Edgar Degas, Amigos del pintor entre bastidores, 1878-1879.

Texto de un dibujo sin título


-¡Qué linda estás hoy, hermanita! ¡Qué bonita! ¡Tus ojos brillan con tanta inteligencia y bondad que, si yo fuera hombre, te convidaría con una cena cada día! ¡Te va tanto esa palidez, esa expresión triste en el rostro, esas lágrimas en las pestañas, que estoy dispuesta a ahogarte en champagne! ¡¿Por qué yo no soy un hombre?!

Título original: Podpis k risunku biez zaglavia, escrito para la revista Oskolki, 1884, y prohibido por la censura.
Imagen: Toulouse-Lautrec.

Margarita moderna


-Pero si tú eres Margarita… ¿Dónde pues está tu novio Fausto?
-Ves, hijito… Aunque mi papásha era detective y encontró a muchos ladrones y rateros, no me pudo encontrar ni un solo novio… De esto yo concluyo, que ahora hay más ladrones que novios…

Título original: Sovriemennaya Margarita, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1884, Nº 3, con dibujo de V.I. Porfíriev y la firma: “A. Chejonté”.
Imagen: PianoMundo Opera.

lunes, 24 de diciembre de 2007

El ahogado (Escenita)


En la ribera de un río grande, navegable el alboroto que se produce, comúnmente, en los mediodías veraniegos. La carga y descarga de las barcazas está en su apogeo. Se oye la maldición y el chirriar de los barcos de modo incesante.
-Tirli… tirli… -gimen los bloques de cabrias.
En el aire flota el olor del pescado curado y la brea… Al agente de la sociedad naviera Schelkoper, sentado en la misma orilla del agua y en espera del expedidor de mercancías, se acerca un personaje rechoncho, con un rostro terriblemente demacrado, una chaqueta rota y unos pantalones a rayas remendados. Sobre su cabeza una gorra desteñida con una visera semidoblada, y la mancha de lo que alguna vez fue una cucarda… La corbata se deslizó del cuellito de la camisa y se agita por el cuello…
Vivat el señor mercader! –dice con voz ronca el personaje, haciendo el saludo militar. -¡Vivos! ¿No desea acaso, su excelencia, echarle una mirada al ahogado?
-¿Y dónde está el ahogado? –pregunta el agente.
-En realidad, el ahogado no existe, pero yo se lo puedo imitar. Un salto al agua, ¡y ante usted la muerte de un hombre que se ahoga! Un cuadro no tan triste como irónico, en el sentido de sus propiedades histriónicas… ¡Permítame, señor mercader, imitárselo!
-Yo no soy un mercader.
-Culpable… Mille pardons… Ahora hasta los mercaderes empezaron a andar de paisano, así que el mismo Noé no sabría separar a los puros de los impuros. Pero tanto mejor que es un intelectual… Nos vamos a entender el uno al otro… Yo también soy de los nobles… Hijo de un oficial, y en mi tiempo fui presentado a un rango de XIV clase… Así, milord, el artista de las bellas artes le ofrece sus servicios… Un salto al agua, y ante usted un cuadro.
-No, le agradezco…
-Si lo alarman razones de índole material, pues me apresuro a calmarlo… Le voy a cobrar no caro… Por ahogarse con las botas, dos rublos, sin las botas, sólo un rublo…
-¡Por qué pues esa diferencia!
-Porque las botas constituyen la parte más cara de la ropa, y secarlas es muy difícil. Ergo, ¿me permite ganarme algo?
-No, no soy un mercader, y no me gustan las emociones fuertes…
-Hum… Usted, en cuanto entiendo, probablemente, no conoce la esencia del asunto… Piensa que le propongo algo burdo, ignaro, pero ahí, excepto lo cómico y lo satírico, no va a ver nada… Va a sonreír una vez más, solamente… ¡Pues es risible ver cómo el hombre nada con ropa y lucha con las olas! Y además pues… me deja ganarme algo.
-Y usted, si en lugar de imitar a los ahogados, se dedicara a algún asunto.
-Un asunto… ¿A cuál asunto pues? A mí, una ocupación noble no me dan, gracias a mi inclinación al alcoholismo, y además, la protección es necesaria, y dedicarme a un oficio simple, de trabajo negro, me lo impide mi nobleza.
-Y escupa a su nobleza.
-O sea, ¿cómo pues escupir? –pregunta el personaje, alzando la cabeza con orgullo y sonriendo con malicia. –Si el pájaro entiende que es pájaro pues, ¿cómo el hombre noble no va a entender su título? Yo, aunque soy un pobre, un mendigo, un indigente, soy ooorgulloso… ¡Estoy orgulloso de mi sangre!
-Pero el orgullo no le impide nadar con ropa…
-¡Me sonrojo! Su observación tiene su porción de verdad amarga. ¡Ahora se ve al hombre ilustrado! Pero antes de tirarle la piedra al pecador, debe escuchar… Exacto, entre nosotros hay muchos sujetos que, olvidando su dignidad, le permiten a los mercaderes ignorantes untarle mostaza en la cabeza, embarrarlo de hollín en el baño para imitar al diablo, ponerle un vestido de mujer para hacer cosas obscenas, pero yo… ¡estoy lejos de todo eso! Por mucho dinero que me dé un mercader, no voy a permitirle a otros untarme mostaza en la cabeza, ni otra sustancia, aunque sea noble. Yo no veo nada indecente en imitar a un ahogado… El agua es una materia líquida, limpia. Con una zambullida no te embarras, sino al contrario, te haces más limpio. Y la medicina no está en contra de eso… Por lo demás, si no está de acuerdo, pues le puedo cobrar más barato… Dígnese, con las botas, por un rublo…
-No, no me hace falta…
-¿Por qué pues?
-No me hace falta, eso es todo…
-Si le echara una mirada a cómo me ahogo… Mejor que yo, en todo el río, nadie sabe ahogarse… Si los señores doctores se cercioraran de la cara de muerto que pongo, me ensalzarían… ¡Dígnese, le cobro sólo seis grívens! La iniciativa vale más que el dinero… A otro no le aceptaría ni tres rublos, pero noto por su cara que es un buen señor. A los científicos les cobro más barato…
-¡Déjeme, por favor!
-¡Como sepa!.. Al libre la libertad, al salvado el paraíso, sólo que en vano no acepta… Otra vez va a querer dar diez rublos, pero no va encontrar a un ahogado…
El personaje se sienta junto al agente en la orilla y, resoplando ruidosamente, empieza a buscarse en los bolsillos.
-Hum… diablo… -farfulla. -¿Dónde está pues mi tabaco? A saber, lo olvidé en el muelle… Empecé a discutir con un oficial de política, y con el arrebato metí la cigarrera en algún lugar… Ahora en Inglaterra hay un cambio de ministerio… ¡Es excéntrica la gente! ¡Permítame, su eminencia, un cigarrillo!
El agente ofrece al personaje un cigarrillo. En ese momento aparece en la orilla el mercader expedidor de mercancías que espera el agente. El personaje se levanta rápido, esconde el cigarrillo en la manga y hace el saludo militar.
Vivat su excelencia! –dice con voz ronca. -¡Vivos!
-Aah… ¡Es usted! –dice el agente al mercader. -¡Se hizo esperar bastante! ¡Y aquí, sin usted, mire, este gallardo me tortura! ¡Se pega con sus imitaciones! Me propone imitar a un ahogado por seis grívens
-¿Seis grívens? Pero eso, hermano, lo estás clavando, -dice el mercader. –El mejor precio es un cuartito. Ayer, treinta hombres nos imitaron el naufragio de un barco en el río, y nos cobraron, con todo y todo, un quintito, y tú… ¡mira tú! ¡Seis grívens! ¡Así sea, cobra tres grívens!
El personaje infla las mejillas y sonríe con desprecio.
-Tres grívens… Ahora un repollo tiene ese precio, y usted quiere a un ahogado… Va a estar grueso…
-Bueno, no hace falta… No hay tiempo para estar contigo aquí…
-Así sea ya, por la iniciativa… Sólo, no le cuente a los mercaderes que le cobré tan barato.
El personaje se quita las botas y, tras fruncir el ceño, alzando la barbilla, se acerca al agua y da un salto torpe… Se oye el sonido de la caída de un cuerpo pesado en el agua… Tras nadar hacia arriba, el personaje agita los brazos de modo absurdo, mueve los pies e intenta mostrar susto en su rostro… Pero en lugar de susto resulta un temblor de frío…
-¡Ahógate! ¡Ahógate! –grita el mercader. -¡Basta de nadar, ahógate!..
El personaje parpadea y, abriendo los brazos, se sumerge desde la cabeza. En eso estriba toda la imitación. “Ahogado”, el personaje sale del agua y, tras recibir sus tres grívens, mojado y temblando de frío, continúa su camino por la orilla.

Título original: Utopliennik (Tzenka), publicado por primera vez en la Peterburgskaya gazeta, 1885, Nº 226, con la firma: "A. Chejonté".
Imagen: Paco de Cáceres, El mendigo.